El turismo es el negocio que usa la cultura y la monetiza. Es, por tanto, es la actividad más importante de nuestra región, porque involucra a tantos miembros de nuestra ciudad, que es muy difícil señalar a quien no se beneficie directa o indirectamente de ella. La pasión por nuestras costumbres, el orgullo por nuestra cultura y nuestro pasado reflejado en vestigios arquitectónicos, han sido empuje suficiente para que miles de personas tomen como opción laboral la industria del turismo, la que depende no solo de la historia, sino también del recurso humano indígena. Pero, al desarrollarse en un país con recurrentes conflictos sociales ¿Qué posición tenemos como industria frente a las protestas de las comunidades campesinas? ¿Reflexionamos sobre el respeto y la validez que les debemos a nuestras comunidades, más allá de la actividad turística de la que son parte?
La presente opinión nace de años de labor en la industria del turismo y del análisis de sus componentes y de los diversos miembros que la conforman; no tiene intención de ataque, sino de reflexión.
Como muchos cusqueños, alrededor de mis 16 y 17 años, tuve que escoger una carrera para laborar y, considerando la naturaleza de nuestra ciudad y el amor por la misma, opté por el turismo. Había escuchado repetidas veces que el turismo era una carrera para aquellos-as personas que amaban la cultura, su cultura, y que deseaban compartirla con quienes se atrevían a venir a nuestro país.
Ya en la universidad, con libro en mano y ensayos en la mochila, recorría las calles, pueblos y centros arqueológicos de mi ciudad. ¡Cómo no sentirme orgullosa! Pero, obviamente, como toda carrera, viene la parte del negocio: ¿Cómo vender tantas maravillas? ¿Es el turismo la carrera del futuro? ¿Cómo crear más interés por nuestra nación? Y en uno de los tantos cursos, se mencionó el “Turismo Responsable” con su frase célebre: “Debemos tener cuidado de lo que vendemos, de nuestro patrimonio; debemos controlar los efectos de una industria que cada año crece”. Y es puntualmente en un efecto me quiero detener: El efecto social en una ciudad que vive de vender su cultura, sobre todo su cultura viva.
Participación de las comunidades andinas en el turismo
No es secreto para nadie que desde que Machu Picchu fue declarado maravilla mundial, la cantidad de hoteles, agencias y restaurantes se dispararon. Hay opciones para todos los bolsillos y, a veces, para todos los colores. Pero también hay otras atracciones, como el turismo vivencial. Al respecto, resaltar comunidades como Misminay y la Nación Qero (por poner ejemplos) que muestran y reciben a cientos de turistas al año para mostrarles cómo es la vida del hombre del Ande. Después de estas experiencias, el visitante queda fascinado y en contacto con los herederos de nuestras tradiciones.
Por supuesto, “el impacto de las comunidades andinas” en la industria del turismo va más allá del espacio comunal, porque cuando ofrecemos nuestra gastronomía; muchos restaurantes mencionan los orígenes de los alimentos que ofrecen en sus viandas: “papas cultivadas en tal o cual comunidad, maíz de tal o cual valle”, y así, una verborrea que te abre el apetito y te hace sentir que comes cultura.
Y no puede faltar, por supuesto, las lecturas de hojas de coca y ofrendas a la tierra. Se llama a chamanes, en su mayoría quechua-hablantes, para que introduzcan al viajero en la espiritualidad de nuestra cultura ancestral. Con esto, el visitante queda extasiado al saberse bendecido por los Apus a través de la sabiduría de un Altomisayoq.
Y así, parte del negocio del turismo es vender todo aquello que, anónimamente o no, puedan producir miles de comunidades andinas fuera de nuestra ciudad; por supuesto, estas comunidades reciben beneficios económicos que les permiten desarrollarse y crecer a través de la inversión privada. Así funciona nuestra economía.
Como es evidente, nuestros comuneros, nuestros campesinos, son parte fundamental de esta industria… de esta ciudad; están en todo aunque no queramos ver.
Los proveedores, los campesinos, ¿tienen derechos?
La vida de nuestras comunidades va más allá de lo laboral. Todas estas personas son ciudadanos peruanos que sufren las consecuencias de los gobiernos. Como cualquier peruano, tienen derechos avalados por las leyes. No obstante, la realidad es otra, porque en la práctica, a los ojos de muchos, estos ciudadanos no valen más que las personas de ciudad. Muchas veces ni siquiera nos vale un saludo adecuado, o tan siquiera mirarlos. ¿Por qué? ¿Porque su nivel de educación no es adecuado?, ¿Porque su uso del español no es correcto? ¿Porque su vestir demuestra pobreza, su uso de los modales actuales es nulo? Y así, hay muchos “porqués” que se usarán para justificar el maltrato.
Estas comunidades sufren la indiferencia de los gobiernos y de algunas personas, quienes no los ven como iguales y que no son capaces de validarlos como tales. Estos últimos años, las voces de estas comunidades han remecido con fuerza nuestro status quo; han decidido hacer valer su derecho al voto. Como respuesta, hemos han gritado y expuesto tretas con tintes racistas, porque, parafraseando a políticos, autoridades, ciudadanos y muchos empresarios, “estos qué van a saber”.
Pero ellos saben qué es lo que necesitan para mejorar sus condiciones de vida, saben que son discriminados y saben también que, cuando conviene, son símbolo de respeto, sobre todo en las propagandas turísticas. Pero, para la industria del turismo – y para la sociedad – si algo no sirve para vender, entonces no existe y se descarta.
Turismo, protestas y la (ir)responsabilidad
Enfatizo que no respaldo la violencia ejercida por algunos manifestantes durante las protestas del mes de diciembre. El autoritarismo, venga de donde venga, no es sano. Pero, desde el ingreso de las comunidades campesinas a la ciudad del Cusco, los niveles de vandalismo se han reducido. Y ese hecho ya dice mucho.
Sin embargo, en los últimos días, he sido testigo silenciosa del nivel de racismo y clasismo que se tiene en esta ciudad y también en la industria turística. Parece que importa más el césped trágicamente aplastado de la Plaza Mayor del Cusco que el derecho a la protesta. La plaza, que hace tiempo no es del cusqueño. La querida Plaza Mayor, y todo el Centro Histórico, se ha dispuesto al extranjero para mejorar su experiencia en la ciudad de los Inkas. Los cusqueños bajan la cabeza ante el visitante y, al mismo tiempo que alaban su origen, también reniegan de los verdaderos dueños de nuestras calles: todos los cusqueños de adentro y fuera de la ciudad. Importa más la imagen que nuestra “linda ciudad” ofrezca al mundo, que la imagen que podamos tener entre nosotros.
El turismo es trabajo, pero también es una industria que depreda. Pedimos que ingrese más gente a la Llaqta de Machu Picchu, aunque ello signifique atentar contra su conservación porque “tenemos que vender”. Pedimos la construcción del aeropuerto internacional cuando nuestro “mejor museo” en la ciudad tiene la misma exhibición desde hace 20 años. Vendemos turismo vivencial y alabamos al hombre del Ande, pero lo terruqueamos y lo tratamos de ignorante si ejerce su derecho de protesta. Le decimos “igualado” si reclama lo que muchos de nosotros ya tenemos garantizado.
Para vender un destino, también hay que asegurarnos de que este sea seguro, tranquilo y adecuado para todos, tanto para el visitante como para el que vive aquí. El destino no está hecho solo de edificaciones coloniales, de caminos inkas y de danzas costumbristas. El destino está hecho de su gente, sobre todo de aquella que mantiene viva la cultura y las tradiciones, no por plata, sino porque es su modus vivendi y por amor, amor a la tierra que lo vio nacer.
¿En qué momento el turismo decidió compartir lo suyo exclusivamente con el que paga y no con el que genera? ¿En qué momento nos olvidamos de la posición del hombre del Ande, del campesino, en la cultura? ¿En qué momento nos creímos ciudadanos de primera, propasando los derechos de otros? ¿En qué momento olvidamos que los “pueblitos mágicos”, la gastronomía, los retiros shamánicos, tienen éxito por las comunidades que producen y conservan de manera natural nuestra cultura? ¿Cuántas veces le daremos más respeto, más credibilidad y más bondad al que viene de visita que al que vive con nosotros, en esta tierra?
A criterio personal, en esta “ciudad de los Inkas” se protege y valora todo lo que nos dejaron nuestros antepasados, menos a sus herederos lógicos. Por eso digo que la industria del turismo está demostrando que es buena para vender, pero mala para empatizar.
– Marcia Castro