Cuando estamos juntos somos felices, disfrutamos de nuestra compañía, reímos y jugamos, todo es perfecto, no existen incómodos silencios y podemos casi anticipar lo que necesita el otro.
Tenemos los mismos gustos y a la vez nos complementamos, los planes salen perfectos porque estamos los dos, perfecta comunicación y casi podemos adivinar lo que pensamos, sabemos cuándo necesitamos un abrazo, un beso o ir a la cama a encender el infierno.
Y cuando no estamos juntos, pensamos constantemente en la próxima cita y en que no fueron suficientes los besos que nos dimos al despedirnos y queremos más, mucho más, y no dijimos todo lo que pensábamos o no expresamos todo lo que sentimos, que el tiempo juntos no fue suficiente.
Casi obsesionados el uno con el otro, con nuestros olores, nuestras manos, nuestras miradas, nuestra complicidad al punto de que un movimiento sutil enciende nuestras más bajas perversiones, casi no podemos estar en público porque la tensión sexual se siente de inmediato y disimularlo es imposible.
Así también, cuando uno se siente vulnerable, el otro trata de componer lo malo, aquello que nos lastima y mueve cielo y tierra para que ya no sufra, es tanta la conexión que ambos se lastiman cuando uno lo está, no podemos mirar el sufrimiento del otro sin salir lastimados también, amar con locura al otro no es tan fácil, uno puede recibir el puñal pero el otro es el que sangra.
Y cuando no todo fluye como queremos, se arruga el corazón, el nudo en la garganta se agranda y la impotencia te consume, cuando no reímos ni jugamos, cuando el uno no tolera la presencia del otro, cuando de la boca no sale ni una palabra y de los ojos brotan las lágrimas, en ese momento queremos desaparecer.
En ese momento, vernos es como un rayo que parte en dos la relación que unas horas antes era perfecta, no sabemos qué es lo que queremos ni lo que pensamos y no podemos besarnos ni abrazarnos, cualquier contacto físico se siente como agujas entrando por todo el cuerpo y la rabia de no poder tocarnos brota por los poros.
La obsesión desaparece por completo y casi somos extraños que jamás se conocieron, que no durmieron juntos y que no se besaron hasta el alma, no existe complicidad pero el deseo carnal sí y solo queda morder la almohada y esperar a dormirnos para ya no desearnos.
De pronto salen a brote todos los desperfectos de esa relación perfecta, que la paciencia era fingida y la complicidad disimulada, que tantas horas juntos no eran necesarias y que anticipar lo que uno quería era agotador, que saber todo lo que pensábamos era acosador y estar siempre en la cama era mera obsesión, que nuestro círculo social nos consideraban tóxicos, que tu familia no me toleraba de todos modos y la mía tampoco, que no éramos suficiente el uno para el otro.
Al final todo lo bueno desaparece y solo queda la suciedad de algo que no sabíamos que teníamos que limpiar y que todo el esfuerzo fue en vano, que hay que empezar de cero con medio corazón en la mano y media cordura en su lugar, que hay que salir a delante a pesar de ti y retomar las viejas costumbres de cuando uno caminaba solo por la vida, tratar de tomar por positivo todo lo aprendido y dejar de lado lo deshecho que quedaste porque la vida sigue contigo o sin ti.
Hay que borrar de la memoria los recuerdos, el aroma, las caricias, los sabores, los orgasmos, los gemidos, los textos y las llamadas. Hay que borrar de la memoria tus manos, tu piel, tu lengua, tus labios y la fuerza con la que me tumbabas a la cama. Hay que borrar la cama, el piso, la mesa, el sofá, hay que borrarte de mi cuerpo y mi mente y dar por hecho que, al final, lo malo superó lo bueno.
– SS.