A lo lejos se desplomaba el atardecer, íbamos llegando a Lima. Para nosotros ese momento era aún de día o quizá ya caía la noche. El cielo combinaba ciertos tonos que pocas veces antes había visto juntos en un solo atardecer: líneas naranjas, como lenguas de fuego, casi fosforescentes, casi reales, se extendían sumisas a los pies del sol que ya sucumbía ante la crueldad del horizonte. Otras celestes aunque opacas, conformes y planas; pero había otras, y éstas eran las más extrañas, a las que no podría sentenciar dándoles un color, no sería exacto, mentiría.
-Todos esos colores están sólo en tu cabeza, yo no veo nada -dijo quizá aún dolida por lo que yo acababa de decir.
-Cree todo lo que quieras pero el amor no existe -sentencié, cerrando así una conversación que nos mantuvo enfrentados esporádicamente desde que salimos de aquella retirada playa sin nombre ni encanto en la que estuvimos acampando los cuatro últimos días, a la altura del kilómetro ciento ochenta de la Autopista Del Sur.
Antes no quise mentir con lo de los colores del cielo… y no lo hice. Sin embargo, lo acabo de hacer. Lo seguro es que sí fuimos con la intención de acampar pero al final ni siquiera armamos la carpa. Transpusimos nuestro cansancio las tres noches en la camioneta, desnudos, uno sobre el otro completamente ebrios, alucinados de tanta hierba. Esa última mañana, la del domingo, nos levantamos casi a las diez, sabiendo que tendríamos que regresar, y acaso sospechando que nunca debimos haber ido allá. Hicimos el amor con desapego, ausentes; se vistió aprisa y salió caminando hacia la orilla con los brazos cruzados a media altura sobre los pechos, como abrigándose las manos. Yo abrí la puerta y me paré al lado de la camioneta para cambiarme, la miraba sin atreverme a acercarme y lo cierto es que no sé bien por qué.
-¿Hay trago? -pregunté a la vez que miraba a ninguna parte por el espejo retrovisor. Aunque con ella el lenguaje es bastante obvio, esos gestos sin sentido, que preceden a una pregunta que intenta romper un corto silencio, no me abandonan y ya me había decidido a no esforzarme en evitarlos.
“Es la cuarta vez que preguntas lo mismo; si ya no sabes que decirme entonces mejor quédate callado”.
Al terminar de decir esto se pasó al asiento posterior y se echó encima de todo aquel desorden, conjurando, maldiciendo como si las cosas tuvieran madre. Últimamente esta era una actitud constante en ella, se irritaba con facilidad; recuerdo habérselo dicho, tratando de averiguar el por qué. No es fácil mantenerse al margen, uno siempre se llega a inmiscuir de una u otra forma, sobre todo cuando sucede que en tan corto tiempo las cosas cambian tanto y sin retorno.
Íbamos pasando San Bartolo y de pronto me vinieron recuerdos de cuando solía venir aquí con mi familia. Bueno, con mi viejo y mis hermanos; mi madre no era mucho de ir a la playa y se quedaba en casa pero se me ocurre pensar que no la pasaba tan mal librándose de nosotros por casi todo un día. Quería compartir estos recuerdos con alguien, con Edén, pero ella había decidido lo contrario.
– ¿Por qué no pones algo de música? -fue una pregunta que me llegó de a pocos, la dijo casi silabeando las palabras. Al mirarla por el espejo, vi que se había sentado y…
– ¿Qué pongo? -le pregunté mientras seguía observando los límites de su cuerpo por el espejo y la destreza para culminar lo que estaba haciendo. Aquella imagen me hizo sentir un extraño orgullo.
– No sé… cualquier cosa que vaya bien con todo esto -y lo encendió mientras me fingía una sonrisa en el espejo y absorbía el humo al tope de sus pulmones.
– Entonces es Lou Reed…
Al otro lado de las ventanas y arriba, la tarde caía pesadamente.
– ¿Te voy a dejar en tu casa?
– ¿En dónde estamos? -preguntó forzadamente.
Se me antoja pensar que estaba sucediendo eso que nos pasa a muchos –por lo menos a mí me pasó siempre- que cuando estamos durmiendo durante un viaje y de pronto nos despertamos, pareciera que no se hubiese avanzado mucho con respecto a la última vez que estuvimos despiertos y sin embargo sentimos haber estado envueltos en un largo sueño y entonces sucede que se quiere seguir durmiendo para así nunca llegar al destino. Esto sucede cuando no se quiere llegar ya sea porque el viaje fue muy placentero o algo indeseable nos espera al detenernos.
– Estamos a la altura de la Universidad, más o menos.
– ¿Cómo que más o menos?
– Acabamos de pasarla… tengo que echar gasolina.
Conocí a Edén hace seis meses aproximadamente, a mediados de agosto; cuando discutimos me saca en cara que ni siquiera me acuerdo del día y que eso se debía a lo poco que me interesaba pero lo cierto es que ella tampoco lo recuerda, y lo que es peor, lo niega. No sé muy bien que circunstancias me llevaron a acercarme a ella en esa fiesta –porque de eso sí me acuerdo. De principio, yo estuve allí más por lealtad a un amigo que por cualquier otra cosa. De un tiempo a esta parte, ya no me resultan interesantes las fiestas; en realidad creo que nunca me resultaron interesantes pero las soportaba, ahora ya no. Si la memoria no falla, fue algo así.
– ¿Me invitan un cigarro? -al retirarse nuestras miradas se cruzaron. Percibí en la de ella una vaga curiosidad.
– Hola… ¿bailamos? -no atiné a más.
– No… -respondió, dirigiendo la mirada distraídamente hacia el fondo del vaso para luego, cerrando los ojos, tomar un sorbo lento y largo que casi lo terminó.
– Bueno, entonces déjame conseguirte otra bebida…
– Eres muy pretencioso…
– ¿Qué soy qué?
– No está mal, considerando… -aquella sonrisa malévola se ha quedado grabada en mi memoria. Quizá va a ser, algún día, el único recuerdo que me quede de ella. Desde ese momento lo supe. Edén sería la chica con la quién yo quería estar; pensé que con un poco de suerte la relación duraría incluso hasta el verano. Iba a hacer que eso sucediera de una u otra forma y así fue.
Ella vivía con su abuela materna y una tía que era la menor de las hermanas de su madre, en una quinta en el Barrio de La Punta. Aquella casa siempre me llamó la atención, se notaba que era bastante antigua y sin embargo estaba bien conservada. Las paredes eran mucho más altas de lo normal y estaban cuidadosamente bien pintadas de un color blanco humo que las hacía parecer incluso más elevadas. Las maderas del techo eran largas y muy delgadas, tanto así que un día pensé que si las contase, no acabaría nunca, se veían en muy buen estado, brillaban como si estuvieran embadurnadas con algún tipo de cera. Pero lo más extraño era que una vez que se hubiese entrado a la casa, desaparecía el aroma de la brisa marina que estaba impregnado en el resto del vecindario.
Me contó se separaron cuando ella no había cumplido aún cuatro años y desde los catorce vivía con su abuela, nunca pudo llevarse bien con su padrastro. Este la echó de la casa un día que Edén llegó totalmente ebria a media noche y en plena discusión le dijo que lo único que él hacía bien era comer de la plata de su mamá y levantar putas en la Javier Prado, que ella lo había visto varias veces.
– Se ve que eras una chiquilla de mierda… ¿Nunca te pegó?
– Una vez lo intentó. Cuando se me estaba viniendo encima con una correa, se tropezó y se fue de cara sobre la mesa de centro. Le comenzó a salir sangre a borbotones y se puso a gritar como loco, mi mamá gritaba aún más fuerte y lloraba. Yo ya estaba en la puerta de la cal e preparada a correr en caso que me siguiera, de pronto me dio un ataque de risa…
– ¿Y qué hiciste?
– Lo de siempre, me fui a la casa de mi abuela… Me quedé una semana aquella vez. Mi mamá me fue a buscar, me dijo que Alfonso no me iba a hacer nada peor yo no le creí aunque regresé.
– ¿Y por qué te quiso pegar? esperando por respuesta algo que me hiciera reír.
Fue una de las primeras veces que vi a Edén realmente alterada, recuerdo que bajó de la camioneta y empezó a caminar rápido y luego a correr. Intenté seguirla pero la perdí. Esa misma tarde la busqué en su casa pero su tía me dijo que se iba a quedar en casa de una amiga en Lince hasta el día siguiente. Yo sabía que eso era mentira, ella no tenía ninguna amiga en Lince… Edén no tenía amigas.
– ¿Me vas a llevar a La Punta?
– Si… -le respondí mientras observaba con atención como muchas personas cruzaban la autopista en cualquier lugar, de cualquier manera, como si estuviesen cruzando un parque.
– Se ve que no te aloca la idea de llevarme al Callao…
– ¿Qué quieres? ¿Qué te lo pida regalándote una rosa?
– Hablando de mal humor… ¿Me paso adelante?
– Si quieres. -Lo hizo a la vez que encendió dos cigarrillos y sintonizó una radio en AM que transmitía música folclórica.
– ¿Qué radio es?
– No sé. -me respondió casi sin prestarme atención. Tenía la mirada perdida en algún lugar allá afuera, el viento le revolvía la larga cabellera negra siempre de la misma forma sensual que fácilmente me encendía. Estaba allí a mi lado y la sentía distante, casi ausente.
– ¿Por qué me preguntas si te voy a llevar a tu casa?
– ¿Qué pasa? ¿Te piensas poner sentimental y decir que la pregunta está de más? ¡Qué por supuesto me vas a llevar!
– ¿Y si fuera así? ¿Algo de malo en eso?
– No lo sé pero quizá tú lo sepas… ¿tienes un Rizzla? -me preguntó esta vez dulcemente. Hay algo en ella que sabe cómo intentarlo pero se atreve muy poco y muy de vez en cuando.
– Si, busca en la gaveta -le respondí evitando sonreír.
Faltaba muy poco para que termine de oscurecer. De pronto un cúmulo de sensaciones me invadieron, quería detenerme y caminar y no podía. Quería conducir a más velocidad y era imposible. Edén se recostó en mi hombro sin decir palabra alguna, fumando pausadamente. No era más que una reacción típica en ella, yo lo sabía pero de alguna manera me engañé pensando que trataba de acercarse, así de un modo tan simple y a la vez tan estúpido. Siempre creí que no hay ser que se exprese mejor corporalmente que una mujer, en esto yo a menudo me pierdo, quedo desubicado y de seguro que ella lo había notado.
– ¿Recuerdas que una vez no quisiste llevarme a casa? preguntó mientras con mucha ternura me daba de fumar.
– Sí pero sabes muy bien porqué lo hice
– Me lo dijiste al día siguiente. Yo hasta ahora no lo recuerdo
– Y eso que importa
– A mí me importa… -dejó algo por decir que me impulsó a seguir hablando.
– Mientras conducía, a cada maldita cuadra, abrías la puerta y amenazabas con tirarte, decías que te querías liberar, me empezaste a gritar un montón de cosas… Estabas completamente ida, se te pasó la mano esa noche, con los tragos y con todo.
– Y me dejaste donde tu prima… -hubo algo de intriga en su modo de decirlo, como esperando a que le replicara.
– Nunca te conté lo que pasó donde Ruth…
Escuché que su voz se fue apagando sin advertir que en el futuro la falta de ésta me llenaría de un silencio lejano y pesado, como el de todos los días desde la última vez que la vi.
– Dijiste que pasarías por mí a las 8.30 y llegaste a las mil… Bueno, él a salió a comprar algo para el desayuno y el imbécil de Polo sentado enfrente mirándome las piernas… Me paré frente a él, me levanté la falda, me jalé el calzón a un lado y se la enseñé; casi se la puse en la cara. ¿Te gusta? Agárrala, anda, vamos… Se puso de todos los colores y quedó mudo en medio de su propio silencio. Se retiró no sé a dónde, seguro a hacerse una paja… No sé…
Casi desde el principio compartimos nuestra afición por la lectura, en algunos casos nos habían marcado los mismos libros. En otros, no. Ella no soportaba a Vargas Llosa porque lo considera el perfecto escritor de supermercado y un farsante por presentarse de candidato a la presidencia de un país en cual casi nunca vivió; yo pienso que es un excelente ensayista aunque le cueste dejar el hígado de lado. En lo político ya no lo escucho tanto, creo que es una copia mansa del discurso de Margareth Thatcher.
Según Edén, su pertenencia más preciada era una caja grande, cúbica de cartón –esas en las que antes venían los rollos de papel higiénico Suave- y bastante vieja. Allí guardaba sus libros, eran setenta y cuatro en total, varios de estos en inglés. Me dijo, con esa dulzura seca muy de ella, que paseo su insoportabilidad colegial por varios centros educativos; ya no los recordaba todos y esto parecía no importarle mucho. Me contaba de tardes interminables, en su temprana adolescencia, cuando se echaba sobre el fresco césped de su jardín a leer acerca de ciudades incas perdidas en medio de la selva. Y también poesía. Walth Whitman fue quien encendió en ella la pasión por la poesía. Es por eso que pensó estudiar inglés, para poder leer a Whitman en su idioma. Lo hizo casi por su cuenta y en uno que otro instituto que su madre le pagaba a escondidas del padrastro.
Por aquel entonces yo tenía –ahora ya no- un cuarto en una pensión en el Centro de Lima, en el jirón Azángaro a unas pocas cuadras del Parque Universitario; solíamos pasarnos días enteros allí metidos haciendo el amor, bebiendo vino y fumando hierba pero sobre todo leyendo poesía. Recuerdo una vez que a ella le tocaba escoger el libro y se apareció como casi nunca con un bolso muy extraño que sólo se lo vi en aquella ocasión. Traía dos botellas grandes de ron rubio, dos toallas playeras completamente viejas y agujereadas pero limpias, una gaseosa de dos litros y tres cintas de música.
– ¿Y todo esto?
– Tus toallas ya dan asco… ¿Alguna vez las lavas? -Esas sonrisas cortas, cercanas y limpias son las que tengo como recuerdo cuando no estoy con ella.
– Se supone que estoy en mis días de peligro… – “Entonces tendremos cuidado a la hora de llegar a la meta” le dije pensando que aprobaría mi consideración aunque en realidad esta no llevaba mucho de cierta.
– No te preocupes que no te creo ni una palabra, ni una sola. Además, para algo tengo la boca -dijo clavándome sus ojos burlones.
El cuarto era bastante lúgubre, estaba en el segundo piso; las ventanas eran grandes y toscas, unos plásticos que alguna vez habrían sido transparentes reemplazaban los vidrios faltantes. Las paredes de quincha eran altas y ya plomizas por la polución, tenían manchas de formas extrañas, como mapas de un mundo ajeno a este a los cuales les puse nombre para algún día inventarlas en mi otra realidad. El piso era de madera y crujía a cada paso que uno daba. La luz natural parecía no querer entrar por decisión propia, quizá porque la lujuria y la gula que solían acontecer en esa habitación la opacaban y la hacían innecesaria.
También tenía un pequeño baño mohoso y oscuro que nos daba la tranquilidad de estar allí por nosotros pero al cual evitábamos en lo posible de entrar. El único foco colgaba de un alambre pelado en medio del cuarto y era toda la luz que teníamos. La puerta no cerraba bien y la aseguraba con la silla pequeña; la más grande estaba celosamente reservada para nuestros malabares eróticos. Solíamos sacar el colchón -si es que a ese costal de pajas malolientes se le podría considerar tal- y ponerlo sobre el piso, luego sobre este mis dos almohadas y finalmente nosotros boca arriba, desnudos y con un libro sobre nuestras narices. La vida era sólo el presente, el de al lado, no necesitábamos más.
– ¿Qué libro has traído?
– Los Poemas Completos de Whitman, en inglés…. The Complete Poems.
– Walt Whitman… -repetí silabeando el nombre completo.
Dejé la habitación del Jirón Azángaro a fines de diciembre, una semana antes del año nuevo; me resultaba ya un gasto difícil de cubrir. Si bien no iba todos los días ni mucho menos, el lugar se había convertido en nuestro refugio, a ella también le costó aceptarlo. A veces cuando estamos muy borrachos o muy volados – o por lo general las dos cosas a la vez – y la nostalgia nos cae a golpes, Edén me dice que fue su culpa el que hayamos tenido que dejar el refugio; lo cierto es que nunca lo vi de esa manera.
– ¿Sabes? Mi abuela no cree que tengas 30 años, dice que aparentas ser más viejo o algo así…. Y que tienes cara de mañoso.
– Bueno amor, eso es todo un cumplido para mí… ¿Y tú qué crees?
– Yo creo que en este instante te voy a pedir que me lleves al refugio y me des duro… Que me dejes sin fuerza ni siquiera para caminar… Y sabes qué más me preguntó mi abuela y delante de mi tía Irma.
– No sé… Vamos, dímelo…
– Me preguntó: Edén, hijita, ¿ya has tomado leche de hombre? A mi tía se le cayó la cara al suelo… Yo me reí entre asombrada y nerviosa.
– No jodas… ¿Y qué le dijiste? -le pregunté ansioso, sonriendo con los pulmones llenos de humo, apunto de atorarme, mientras nuestras miradas se centraban en el cuidadoso pase del porro de mis dedos a los suyos.
– Que sí, que claro… Y mi tía Irma me gritó: “Cállate cochina, respeta que estamos en la mesa”. Pero bien que se hace la estrecha, como si yo no supiera que tiene un tremendo consolador escondido en su cuarto.
– No pares amor, no pares.
– El otro día yo estaba en el techo tomando sol y sentí que alguien entro al baño. Me asome al tragaluz y vi que era la tía Irma, se iba a bañar. Ahí le vi el aparato, se lo pasaba por todo el cuerpo, se lo metía hasta en las orejas.
– ¡Qué vieja degenerada…! -exclamé a manera de broma.
Noviembre fue siempre para mí un mes extraño, lleno de anécdotas, de conflictos. No es que sea supersticioso, sólo que es verdad. Me reclamó tímidamente que en realidad ella sabía muy poco de mí y que no conocía ningún lado oscuro en mí y que eso era imposible. Le conté que hasta lo que va de mi vida, pude haber sido padre ya dos veces pero no fue así.
– ¿Aborto? -me preguntó cómo sabiéndolo de antemano.
– Una abortó y yo hice nada por evitarlo. La segunda decidió tenerlo pero tuvo una pérdida en el segundo mes… Fue terrible para ella, casi se muere, estuvo en el hospital como un mes o algo así.
– ¿Para ella?… ¿Y para ti? -su expresión me decía que cualquier respuesta que le diese no la iba a convencer.
– Mira, eso fue algo bastante triste pero yo estaba más preocupado por el a, el bebé nunca llegó a nacer, fue algo natural.
Hay cosas que uno se esfuerza por olvidar y quizás por eso son las que más fácil se recuerdan; yo esperé convencerla de que aborte y cuando se lo dije, lo que me respondió me hizo replantearme todo lo que hasta en aquel momento creía. Ariana. Ella fue la única mujer a la que le dije que amaba y era cierto.
“Yo no voy a detener el milagro de la vida que l evo dentro de mi ser simplemente porque tú piensas que no eres capaz de ser padre. Ni siquiera necesito que lo reconozcas… No necesito de tu pena ni de tu simpatía…”
Fui a verla al hospital días después, cuando ya me retiraba me llamó a su lado y casi al oído me pidió que no volviera, que en nombre de lo que habíamos tenido, que por favor ya no la buscara. No la he vuelto a ver desde ese entonces. La amé –quizás ya no- y eso no contó absolutamente para nada. De pronto es que el amor dura sólo un par de segundos y lo viene después son sus consecuencias, pensé, tratando de consolarme. Hoy lo tengo por seguro que es así.
– ¿Pero no intentaste volver a verla?
– No.
Edén me dijo que lo que yo tenía era un trauma. No lo creo. Pienso más bien que nos ponemos muchos condicionamientos cuando nos relacionamos. He hablado de todo esto con ella y pareciera que por primera vez alguien me ha escuchado sin necesidad de preguntarme nada, sin esperar más de lo que dije, sin esperar más de mí.
A veces pienso en esas dos criaturas que pude tener, lo cierto es que no me pone tan mal como en realidad quisiera. Las imagino esforzándose por aprender a caminar, algo que hacemos casi por inercia; las imagino jugando a la luz de un falso reflejo mientras yo las observo desde alguna sombra cercana, casi sin respirar; las retengo en sus movimientos tratando de inventarles otros, aún más perfectos; les dibujo la sonrisa que no tuvieron para consolarme de una pena que no siento.
De pronto deseo que llueva torrencialmente para salvarme pero muero aún más ya que en Lima no llueve. Siempre me he preguntado por qué pareciera que es la única capital del mundo donde no llueve aunque sé que eso no es cierto.
“Necesito más a menudo esta inmensidad frente a mí… este silencio lleno de ruidos calmos… siempre.” Parada en la orilla de cara al mar, le contaba cosas al viento; yo tirado en la arena detrás de ella, la escuchaba como si fuera un intruso a la vez que contemplaba la perfección en las líneas de su sombra, que parecía querer levantarse y demostrarnos que las sombras tienen un mundo aparte del nuestro.
– Edén, cuéntame más de cuando eras niña… Quizás toda la belleza del momento me aturdió dejándome sin que decirle y se me ocurrió preguntarle esto que, al acabar de hacerlo me pareció insincero.
– No me gustan ese tipo de acercamientos… cuando te lo cuente lo sabrás, no me preguntes cosas así, de la nada, saliendo del silencio…
– Pero tú lo haces… -le dije, justificándome.
– ¿Te estás quejando? O es que…
– Hey… sólo estaba preguntando algo, no necesitas darme todo ese circo con tu actitud de “radical girl”… me jode sobremanera que me respondan con preguntas…
– Qué sentimental que estás últimamente, no me extraña…
Eso en realidad me hirió, de pronto porque era cierto y falso a la vez. Era algo que iba más allá de ella, había empezado a sentir que el tiempo pasaba más rápido solamente para mí y al hacerlo no me daba chance ni de mirar mi rastro, lo que iba dejando atrás aunque esto fuera muy poco.
– Sí, tienes razón. Lo que pasa es que me estás empezando a dar pena. Eres borracha, fumona… eso no tiene nada de malo. Lo malo es que empiezo a sospechar que ni lo disfrutas, que te engañas… por último, es tu problema.
– Nunca pensé que en circunstancias adversas te brotaran así los complejos… es divertido, ¿sabes?
– Si vas a seguir con tu rol o de condescendencia, mejor cállate.
– Tengo una mejor idea. Mejor me voy, ¿no crees? Camino hasta la pista, tiro dedo y me voy… Y me cago en ti y en tus complejos.
– No tienes por qué caminar. Con gusto te l evo hasta la pista -le dije casi riéndome con maldad, deseando en alguna parte, conocida y a la vez oculta de mi ser, que me diga que bueno, para así quedarme allí solo y arrepentirme por el resto del día.
– Gracias…. y espero que pare un hombre solo, así de aquí hasta Lima se la voy chupando todo el camino sin parar… pensando en ti y en tus complejos.
– Te faltan vencer aún muchos demonios Edén, muchos… tu silencio te desnuda, te traiciona.
Sin notarlo, la tarde del viernes pasó casi en silencio después de aquella discusión; sólo en la noche cuando volvimos a entrar a la camioneta volvimos a hablar en la misma forma en que siempre lo hacíamos, como si unas horas antes no hubiese sucedido nada. Hicimos el amor varias veces aquella noche, casi ya sin hablar.
Al despuntar el alba, abrimos unas latas de atún y unos panes que se supone eran el almuerzo; luego volvimos a hacer el amor y leímos poesía: Abolición de la muerte. Empezamos a sentir frío y apretándose contra mí, me hizo sentir la calidez de su espalda, de sus nalgas, de sus piernas entrelazadas con las mías, de sus pies…
Despertamos en medio de una tarde húmeda, completamente gris y triste; el mar parecía no querer golpear la orilla y daba la impresión de haberse retirado algo expectante. Abandoné esa extraña impresión pensando decirle a Edén que mejor sería irnos esa misma tarde.
– No… ¿te das cuenta? -Me preguntó tomando un poco de arena en sus manos para luego dejarla caer por entre sus dedos lentamente, de a pocos.
– ¿De qué?
– Ni bien el clima se muestra hostil, los sentimientos de las personas cambian, así, tan de pronto.
– Eso sólo nos demuestra que somos parte de la naturaleza y que sus cambios nos afectan en la medida que la afectan a ella… No todo evitamos el SER humanos.
Al decir esto encendí un cigarrillo y tomé un largo sorbo de ron que quedó de la noche anterior. Debí haberme perdido por un momento en algún pensamiento, de pronto a lo lejos escuché la voz de Edén que me repetía algo que no entendí.
Fue la segunda semana de octubre. Mauro había conseguido un buen empleo en Chiclayo y me pidió que lo ayudara con la mudanza; tendría que llevarse todas sus pertenencias y era muy inseguro enviar todo por encomienda. La propuesta era que a cambio de una paga que yo consideré justa más los gastos de combustible y alojamiento por dos días en Chiclayo, llevara las cosas que no quería enviar por carga. Era ya un mes y medio que salía con Edén, pasaba con ella casi todo el día, todos los días y empecé a sentir que nos estábamos ahogando muy pronto; necesitaba un tiempo a solas, para replantarme, para dudar un poco más. Sentí que estaba cayendo en la etapa en la que todo salía bien y eso es un mal indicativo; el exceso de luz me estaba cegando, me estaba quedando sin contrastes donde ocultarme para sabes que aún estaba allí. De pronto el mundo se había reducido a ella conmigo y me sentía bien y me sentía ridículo por momentos como un tipejo cursi y descarado portando un ramo de rosas rojas por la calle contando los segundos que faltan para hincarse ante su amada. Me sentía así de mal. Miraba mi rostro en el espejo y me conocía de memoria; escuchaba pronunciar mi nombre y decía “¿Qué?”, pero en realidad ya me estaba anticipando mucho a mí mismo. Tenía que hacer algo al respecto.
– ¿Cuándo dices que vienes? -me preguntó en tono casi desinteresado, mirando hacia el muelle.
– No sé, tres o cuatro días… en realidad es pronto.
– Bueno, tú sabrás… total, ¿de qué se trata todo esto? Bien podrías irte sin decírmelo, no es que tengas que…
– No empieces… no es que tenga o deba, lo hago porque quiero.
– No me interesa, ni quiero saberlo todo… ¿me entiendes? Tú me cuentas lo que quieres y ya, por mi lado yo también… sólo te pido que no me insultes.
– Pero si sólo se trata de tres o cuatro días…
– Ya ves… me sigues insultando… ¿Por quién me tomas? No se trata de que sean dos o tres días o mil… Por favor, no me digas que no pasa nada entre los dos; no me digas que se trata solamente de ti y que no es nada con lo que tenemos… No quiero escuchar eso. Se trata de los dos y tú lo sabes… Es algo personal, lo sé…
– Mira, mañana lunes me voy estoy de vuelta el jueves; no es gran cosa, ¿o sí?
– Puedes venir el otro año si quieres… muy bien sabes que eso es tu problema y yo no necesito saberlo pero hay algo que no me estás diciendo, al final… ¡olvídalo…! -dijo haciendo un movimiento con la mano como queriendo apartar el aire en frente de ella.
Empezó a moverse nerviosamente en el asiento, hablaba como restando importancia a lo que estaba diciendo; trataba de cambiar de tema pero no podía sostener una conversación sin detenerse a mirarme a los ojos y sonreír levantando las cejas como si nada la molestase. Capté tristeza en el fondo de su sonrisa; cada vez que se ponía muy expresiva con las manos, como tratando de convencerme de algo, era que estaba en algún apuro con lo que sentía y tenía que ocultarlo. Esa señal de fragilidad la envolvía en una vaga belleza que me resultaba imposible de ignorar. Era como contemplar a alguien herido, suplicando que no se le haga más daño y eso me causaba un involuntario placer.
Las nubes pasaban delante de la luna, cubriéndola por largos ratos para luego dejarla a la vista de quienes buscan en ella el consuelo –para muchos, acaso el más antiguo y el único- que les brinda la noche. El silencio entre los dos se hizo grueso, casi impenetrable; muchas veces las cosas que no se dicen son las que mejor se entienden.
A la mañana del segundo día de haber llegado dejé la camioneta en un taller hasta el día siguiente; era la primera vez que estaba en Chiclayo y quería caminar o por lo menos hacer más contacto con la gente lugareña.
Una fila de autos, la mayoría antiguos Dodge o Chevrolet, anunciaban como destino final el puerto de Pimentel. Serían aproximadamente las ocho de la mañana y después de tomar un jugo de frutas en la Plaza de Armas decidí ir a la playa. El día estaba fresco, el cielo despejado, no podría estar mal sentarse frente al mar por un rato.
Volví a preguntar por el nombre de la playa.
– Pimentel, señor, la mejor playa de Chiclayo… A sol cincuenta señor…. En diez minutos estamos allá jefe…
Pensé que eso de la mejor playa era lógico decirlo pero de seguro habrían otras mejores, aún así iría a Pimentel, sin imaginar siquiera que allí cambiarían muchas cosas para mí.
– Bueno, saquemos las cosas, la carpa primero… Ayúdame a armarla Edén… -le dije mientras miraba la orilla hacia ambos lados para ver dónde nos habíamos estacionado.
– Cálmate, acabamos de llegar… Ármate un porro, brindemos por la llegada y después hacemos tu carpa y todo lo que quieras.
No había gente acampando en las cercanías, daba la impresión que no había pasado nadie por allí pero de pronto la bocina lejana de un bus en la autopista me hizo regresar a la realidad.
Fue un espejismo verla salir del mar. Edén se había recostado a mi lado y quedó dormida balbuceando no sé bien qué maldiciones a qué personas mientras yo miraba con detalle cada comisura de su cuerpo y sentía que nos pertenecíamos. Lo imperceptible de su respirar le daba una apariencia de fragilidad aún mayor, de algún modo presentía que esa primera noche iba a ser distinta.
Es curioso como una botella de vino y algo de fumar pueden abrir puertas que te lleven incluso a sentir temores placenteros y dolores excitantes.
Aquella noche, a escondidas de mis miedos, preparé una velada especial para el estreno de unas posturas sexuales que, se me antojaba pensarlo, prometían muchísimo placer.
– Esas chaquiras que vez al í son todas originales. Yo mismo las he huaqueado… son de esta zona.
Celestino, orgullosamente huaquero y chamán, había nacido en Ecuador pero pasó casi toda su vida en el norte de Perú. Su aspecto era pétreo y su voz era áspera y firme, como si siempre estuviese sentenciando lo que dice aunque sus largas pausas al hablar hacían, al principio, que uno quede en un ansioso limbo que terminaba cuando sabiamente resolvía alguna duda o simplemente daba un dato histórico.
– Los Cupisnique… siempre sueño con sus arañas trepando los muros de sus templos… Es un sueño que siempre vuelve.
– ¿Te atacan las arañas? –pregunté mientras observaba los curtidos pliegues de su bronceado rostro.
– No. Nunca me atacan. Solo las veo que pasan… miles, muchas.
Miraba con atención las cosas que Celestino tenía. Piezas de cerámica y orfebrería que fue guardando y fotos de otras piezas que fue vendiendo a coleccionistas; telares incompletos, collares, anillos, aretes hechos de huesos de aves y especies marinas y alguna que otra antigüedad virreinal. Me llamó la atención en particular un cuchillo de combate medieval por los ornamentos de su empuñadura.
– Mil kilómetros…. Casi todo es desierto y aun así fueron grandes ancestros. Nos dejaron un legado que no podemos ni siquiera igualar…. Mil kilómetros, muchas veces…. Y las mujeres…. Las mujeres…
– ¿A qué te refieres con “mil kilómetros”? -pregunté algo confundido.
– Ellas tuvieron el poder por mucho tiempo…. Gobernaron en grandes extensiones de territorio…. Decidían la vida y la muerte…. De ellas viene toda la sabiduría.
– ¿Por qué “mil kilómetros”, Celestino?
– Y las arañas… siempre las arañas. En el as estaba la vida misma…
Me resultaba difícil sacar a Edén de mi mente. Escuchaba su nombre en la brisa que me golpeaba el rostro. Y no es que extrañara que estuviese allí, de hecho me sentía a gusto pensando en ella pero al mismo tiempo sentía que estaba bien que estemos distanciados y esa sensación me daba un poco de temor. ¿Sería que no la amaba? Me llenaba de dudas. Recordaba con especial detalle la última vez que estuvimos juntos. Creo que a pesar de toda esa noche que pasamos teniendo sexo intenso, sentíamos los dos que nos estábamos acercando al final de nuestra historia. Un halo de tristeza nos invadió al terminar extenuados uno al lado del otro y darnos la espalda. Luego de unos largos minutos de quietud me di vuelta y empecé a acariciar su cabellera, casi imperceptiblemente para ella y al asomarme temerosamente sobre su hombro izquierdo, noté que lloraba en silencio con la mirada puesta en ningún lado, vacía.
– ¿Sabes? El otro día Clarisa me preguntó si de veras te amaba.
Edén solía romper silencios incómodos de esa manera, de la nada. He llegado a creer que es un mecanismo de defensa ante esos silencios hirsutos
¿No era que amar es no poder sentirse bien sin el ser amado cerca de ti?
– El hombre en estas costas desiertas tiene mucho más tiempo de lo que la gente cree… Incluso desde antes que haya costa… El tiempo es infinito para el futuro y para el pasado… es un gran círculo que se cierra más al á de lo que podemos imaginar en tiempo y espacio. No podemos… pero el tiempo va y viene.
Esperaba con nerviosismo mi vuelta a Lima, estaba ansioso y no sabía bien el por qué. De pronto eran las ganas de ver a Edén, de abrazarla, de respirar su olor, de comerla a besos, de sentirla completarme en silencio, de humedecerme entre sus murmullos, de sentir ese placentero dolor que me provocan sus uñas y sus dientes. Ella estaba presente en mí de una manera absoluta, aun así sabiendo que nunca me diría quien realmente era, sus verdaderos deseos y metas. El lugar secreto que ella tenía era inalcanzable, inubicable. Solo quedaba esperar a que me dejara entrar algún día y sabía que eso no era posible; no se le puede pedir a una mujer que vaya contra su naturaleza. Y yo ya sabía que amaba a Edén y por lo mismo la iba a dejar ir, para siempre.
Esta historia ha sido construida sobre datos recogidos en muchos lugares, escuchando a quien quiso ser escuchado, en viajes inolvidables que me sugirieron que tendría que poner esas cosas por escrito y compartirlas con la inmensa minoría de los míos.
– Ernesto Muro