La gran noticia – 3ra parte

Me resistí a hablar con Yuliana después de lo que había pasado con Pablo. Pero no podía dejar de pensar en ese beso. De pronto sonó el timbre de la puerta. Cuando vi quién estaba detrás, mi corazón pálpito fuerte, era Pablo. Me dijo: “Necesitamos hablar, por favor, ábreme la puerta”. Me quedé unos minutos en silencio y lo dejé entrar. Pablo se sentó, esperó que yo lo hiciera también y me miró con sus ojos cafés. Sentía que él no sabía cómo empezar la conversación. Me dijo: “Estoy confundido, ¿qué pasó?”. Agaché la mirada y le contesté: “Fueron las copas de más, no prestes atención”. Por dentro estaba demasiado avergonzada y triste. Pablo me dijo: “No he podido dejar de pensar en eso y en ti. No había tenido oportunidad de conocerte, pero esa noche sentí como si tuviera mucho tiempo hablando contigo. Tenemos muchas cosas en común, eres maravillosa…”. Lo interrumpí y le dije: “Pero Yuliana es mi amiga y a ella le interesas”. Me dijo: “Es verdad, Yuliana es hermosa y quería conocerla a través de ti”. Lo interrumpí de nuevo y le pedí que saliera de mi casa. Luego de eso, coordiné con Yuliana para hablar. Me contó lo emocionada que estaba por haber conocido a Pablo y le conté que a través de mí, él quería saber sobre ella. Se emocionó y me pidió que le diera detalles. Mientras le contaba, mi corazón se estrujaba. Estaba enamorada del pretendiente de mi amiga. Luego de ello seguí con mi vida. Pablo empezó a salir con Yuliana. Mi amiga se notaba muy emocionada y decidí rendirme. Y olvidarlo todo. Yuliana intentaba invitarme a sus salidas con Pablo pero yo ponía muchos pretextos. Y ella no insistía. Una noche, uno de los chicos de la oficina me invitó a salir, fuimos a un local donde iban todos los chicos de la oficina, agradable y con música en vivo. Nos sentamos, pedimos de comer y tomar. De pronto aparecieron Pablo y Yuliana, ella estaba deslumbrante y él muy guapo. Se sentaron en una mesa del otro lado. Yo no pude aguantar los celos e intenté coquetear con mi compañero de trabajo. Pablo nos vio de reojo, no pude evitar que nos mirara. Veía que mi amiga le hacía preguntas, pero él no dejaba de mirarme, yo seguía con lo mío. De pronto un tema musical muy movido se escuchó en todo el lugar, era propicio para bailar. Mi acompañante notó las ganas que tenía de mover los pies y me invitó a la pista. Estuvimos bailando muy compenetrados, yo me estaba divirtiendo. Pero dentro de mí, quería que Pablo sea quien esté en ese momento conmigo. De pronto y sin pensarlo, Pablo y mi amiga se acercaron también a la pista, mi amiga me saludó e hizo una seña de satisfacción por mi cita. Noté que Pablo no dejaba de mirarme y sentía que iba a explotar. Entonces, mi acompañante se dejó llevar por el siguiente tema musical que era un poco más lento, me besó. Yo me quedé helada y Pablo se le fue encima, empezó a gritarle y a reclamarle por su accionar. Yuliana estaba sorprendida y anonadada. De pronto, Pablo dejó en paz a mi acompañante, me agarró del brazo y lentamente me llevó hacia afuera. Me dijo que no sentía nada por Yuliana, había intentado conocerla e intentar quererla, pero estaba enamorado de mí, que no sabía qué hacer con lo que sentía y yo no pude más, me lancé a sus brazos y lo besé, sentía que solo éramos los dos, me acercó hacia él y fue el momento más romántico y dulce de mi vida.

Cuando nos dimos cuenta, Yuliana estaba en frente de nosotros, mirándonos con lágrimas en los ojos, de pronto salió corriendo del lugar, traté de alcanzarla, pero no pude. Pablo y yo nos quedamos sorprendidos. Después de ese día intenté ubicar a mi amiga. No me contestaba el celular y fui a su departamento, pero no la encontré y me enteré por el dueño del mismo que fue promovida en su trabajo y viajó a Londres. Yuliana solo me dejó una nota, en ella me explicó que había entendido lo que sucedía y que no quería hacerse daño pues Pablo me había escogido. Pero sentía enojo porque yo no le había contado lo que sentía por él. Esperaba que yo fuera feliz y si algún día nos encontramos, tal vez, luego de haberse recuperado, podríamos hablar de ello. Pablo y yo tenemos mucho tiempo de novios y nos vamos a casar, pero aún no podemos olvidar a Yuliana y estamos intentando ubicarla.

– Pamela Arteaga Lamadrid

La casa de la muerte

El lugar era inmejorable, en plena serranía, con las vistas más hermosas y el aire puro. La casa principal con desniveles fuera construida por unos alemanes, sus hijos fueron a vivir en la casa adjunta en el patio lateral para ceder la casa a los militares (¿bajo qué argumentos?). La verdad verdadera de los hechos ya es parte de la memoria del tiempo. Los humanos, medio humanos y casi humanos, que participaron de la historia de terror en aquella casa, ya murieron o perdieron la memoria por el Alzheimer.

El mundo estaba divido en dos bloques. Había plata para financiar a ambos proyectos. Faltaban valientes que arriesguen la vida por un ideal. Eran tiempos rudos, los militares estaban al mando del país y la consigna era frenar el avance comunista a cualquier precio.

Los pocos, los idealistas, aquellos que pensaban que las armas cambian al mundo o que estaban seguros de que las ideas valen una vida, ellos se arriesgaron… pensaban que los demás seguirían su ejemplo. ¡No fue así! Los demás ni se inmutaron con su destino. ¡Ni se enteraron de lo que pasó! Es siempre así, las mayorías quieren pan y circo, eso nomás. Entonces, luchar por las mayorías es una especie de suicidio…

Inés era muy joven, inicialmente no leyó la doctrina o “El Capital”, apenas, como “intelectual de oreja”, oyó todo lo que su enamorado le decía. Después asumió su discurso como siendo válido y propio, para luego hacer parte de los grupos de intelectuales y rebeldes al que su enamorado pertenecía: altas discusiones, grandes discursos, algo de hierba, contactos importantes…

De repente, Inés era una de ellos. Y ellos estaban secuestrando al embajador suizo. Inés participó en el secuestro del embajador y, por muy poco, casi lo matan. Por un pelo se salvó la vida del embajador. A Inés no le gustó la clandestinidad, el abandono a su trabajo en el banco, la forma como las cosas se escaparon de las manos, ni la improvisación a la hora de las negociaciones… al mismo tiempo, ella soñaba con su amor, con una vida juntos, con una familia. En los más de treinta días de secuestro, le quedó claro que eran compañeros de lucha, no de vida. Conoció al jefe: ¡tan lindo! Se quedó confundida y decidió dejar todo, escapar a Chile y empezar de nuevo.

En la terminal de buses de São Paulo, Inés fue detenida y trasladada a Rio de Janeiro para la casita del terror, para vivir una situación que ningún ser humano merece sufrir. Los medio humanos o casi humanos (porque andaban erectos, hablaban y sabían leer y escribir) que la acompañaban constantemente, la trataron de manera tan vil que, años después de haber salido del lugar, Inés dudaba de su valor como persona. En las constantes torturas y en las largas horas de golpizas, ellos lograron deshumanizar a Inés.

En la casa de la muerte no faltó la figura del médico psicópata que trabajaba, gustosamente, para los militares. Era el doctor Lobo quien admitió su participación en las secciones de tortura y confirmó la muerte de los presos. Lobo era el psiquiatra que examinaba a los presos para determinar si ellos tenían condiciones físicas para suportar nuevas torturas.

Inés fue la única que sobrevivió, los demás dejaron su nombre en los anales del tiempo y sus gritos entre las flores del jardín de la casa de la muerte: Aluisio, Ivan, Heleny, Maurício Guilherme, José Raimundo, Celso Gilberto, Gerson, Walter, Paulo de Tarso, Issami, Ana, Wilson, Thomaz Antônio, Carlos Alberto, Mariano Joaquim, Antônio Joaquim, David, José, Walter, Marilena y Victor Luiz.

Un militar dijo que se encargó de incinerar los cuerpos y fue asesinado esa misma tarde.

Por mi parte, creo que ninguna ideología merece el sufrimiento de ningún ser humano, peor su vida.

– Márcia Batista Ramos

SOBRE LA AUTORA:

Márcia Batista Ramos, nació en Brasil. Licenciada en Filosofía. Es gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Es columnista en la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia y en periodismo binacional Exilio, México. Publicó: Mi Ángel y Yo; La Muñeca Dolly; Consideraciones sobre la vida y los cuernos; Petty Barrón De Flores: La Mujer Chuquisaqueña Progresista Del Siglo XX; Tengo Prisa Por Vivir; Escala de Grises – Primer Movimiento; Rostros del Maltrato en Nuestra Sociedad; Dueto; Escritoras Cruceñas, Caballero, Reck & Batista; Escritoras Contemporáneas Bolivianas, Caballero, Decker & Batista; Caspa de Ángel – antología de cuentos, crónicas y testimonios del narcotráfico, Batista-Ramos & Carvalho Oliva. Es colaboradora en diversas revistas internacionales.

¿Quién mató al hombre de la mochila?

Hay una sola verdad, empero existen muchas versiones de los acontecimientos. Aquellos que vieron exactamente lo que pasó, temen por sus vidas. Yo no estuve allí cuando los hechos sucedieron, pero desde el primer momento que supe de la noticia, sabía que las versiones se encontrarían; en mis adentros, yo murmuré que otra vez manipularían la verdad, sin importar a quien le pueda doler.

Empecé a acompañar las noticias minuto a minuto y podía ver la pluma de Vargas Llosa escribiendo: “(…) El muchacho estaba a la vez ahorcado y ensartado en el viejo algarrobo, en una postura tan absurda que más parecía un espantapájaros o un Carnavalón despatarrado que un cadáver. Antes o después de matarlo lo habían hecho trizas, con un ensañamiento sin límites: tenía la nariz y la boca rajadas, coágulos de sangre reseca; moretones y desgarrones, quemaduras de cigarrillo, y, como si no fuera bastante (…) habían tratado de caparlo, porque los huevos le colgaban hasta la entrepierna”, en su obra: “¿QUIEN MATÓ A PALOMINO MOLERO?”

Mientras esperaban que llegue la lenta policía con su desgano para hacer el levantamiento del cadáver, la lluvia caía a raudales enfriando aquel cuerpo que cobijó a un ciudadano ejemplar, a un alma buena en el diminuto instante que llamamos vida.

El cuerpo estropeado daba cuenta del sufrimiento (como un Cristo en su pasión). Muchas heridas por doquier que lo mirasen. Parece mentira que haya en el mundo gente tan perversa. ¿Cuántos psicópatas disfrutaron de provocar tanto dolor? Como escribió Vargas Llosa: “(…)desnudo de la cintura para abajo, con una camisita hecha jirones.” Precisamente así, lo encontraron. Solamente no había moscas revoloteando alrededor de su cara, porque la lluvia no dejaba la sangre coagular, lavaba todo, la lluvia llevaba todo, además era de noche…

Uno nunca sabe cómo la vida acaba, nada es develado antes, y cuando el alma emprende viaje, a veces, el alma se va partida, desgarrada… porque toda la maldad que no vio en más de medio siglo, descubre en los últimos momentos en carne propia. Como si tuviera que percibir el instante de la revelación así, a través de las heridas.

Actualmente, las cámaras nos vigilan por todos los lados y una de ellas mostraba el hombre de la mochila, con su camisa amarillo crema, caminando tranquilamente antes de entrar al edificio, subiendo al ascensor que también fue abordado por una mujer. Imagino que la mujer se llevó el susto de su vida a la mañana siguiente, al ver en las noticias semejante acto. Durante los días que pasaron, ella recordó que le sonrió y que fue correspondida. Tal vez, la última sonrisa del hombre de la mochila fue para ella. Le confortaba pensar que el hombre llevó su sonrisa en la retina del alma para el más allá, quizás, él la recordará en la eternidad. También mostraron otra imagen donde el hombre de la mochila se dirigía al baño y se le veía casual, con las manos en los bolsillos, mirando a la mochila que yacía en el suelo, con sus cierres y demás características. Pero como no todo lo que vemos es, la mochila se trasformó en una bolsa de basura, en un lugar aparentemente limpio.

Cuando nacimos, sabíamos que un día nos tocaría morir, pero como dijo Wislawa Szymborska: “Aceptamos morir, pero no de cualquier manera”. Entonces todos nos aborrecimos con las noticias, los medios siempre tan elocuentes, no pudieron saciar la propia hambre, sus explicaciones nos repugnaron porque hacían gala de incongruencias, adjudicándose de la verdad al tiempo que minimizaban el estado del cuerpo muerto. Todo lo dicho no resolvió el misterio de quién lo mató. Por el contrario, dijeron que el hombre quiso imitar a Ícaro y voló desde el balcón en busca de no sé qué, que no tenía en los brazos de la mujer amada. Con horror y tristeza, la gran mayoría de los oyentes refutamos el destino que nos dieron a analizar. Concluyeron la conferencia en el buen estilo de Lituma, el personaje de Vargas Llosa: “(…) Nadie sabe nada, nadie ha visto nada, y, lo peor de todo, la autoridad no colabora.”

Dejé el mundo y su dolor a un lado, ojeé el libro de Wislawa donde estaba escrito: Todos queríamos una patria sin vecinos y vivir la vida en una tregua entre dos guerras. Ninguno de nosotros quería tomar el poder ni sufrir su dominio, nadie quería ser víctima”.

Afuera, en el silencio de la tarde azul iluminada, los Andes se estiran con la intención de tocar el cielo. No existen nubes perdidas en el azul. Sólo el silencio revoloteando por la tarde. Mientras identifico mi pequeño equipaje: un bolso cargado de esperanza, justo allí, donde la palabra acaba.

Un frío espantoso envuelve las piedras, la paja y el horizonte; y sé que todos se preguntan: ¿Quién mató al hombre de la mochila?

– Márcia Batista Ramos

SOBRE LA AUTORA:

Márcia Batista Ramos, nació en Brasil. Licenciada en Filosofía. Es gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Es columnista en la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia y en periodismo binacional Exilio, México. Publicó: Mi Ángel y Yo; La Muñeca Dolly; Consideraciones sobre la vida y los cuernos; Petty Barrón De Flores: La Mujer Chuquisaqueña Progresista Del Siglo XX; Tengo Prisa Por Vivir; Escala de Grises – Primer Movimiento; Rostros del Maltrato en Nuestra Sociedad; Dueto; Escritoras Cruceñas, Caballero, Reck & Batista; Escritoras Contemporáneas Bolivianas, Caballero, Decker & Batista; Caspa de Ángel – antología de cuentos, crónicas y testimonios del narcotráfico, Batista-Ramos & Carvalho Oliva. Es colaboradora en diversas revistas internacionales.

Salida por un café

Ya desnudos en la cama, uno dentro del otro, con las ventanas empañadas y las sábanas en el piso.

El silencio abrasador que es interrumpido por nuestros gemidos y la piel rosácea por la fricción de nuestros cuerpos.

No existe el tiempo, con poco aliento pero nada satisfechos continuamos hasta el anochecer.

Pose tras pose, nuestros corazones sienten reventar por la maratónica actividad sexual disfrazada de una salida por café.

Tú sometiéndome contra la pared y yo en puntillas, tratando de no perder tu boca y tu pelo que se han vuelto mi adicción.

Me siento viva y tenaz gracias a tus caricias y tus manos que entran y salen de donde pueden y tu mirada que me desnuda más de lo que ya estoy.

Entonces llegamos al clímax donde los orgasmos son una mera formalidad a todo el juego previo de la seducción.

Y terminamos mojados mirando al techo y sonriendo satisfechos por la complicidad y la inocente salida que terminó en sexo.

– SS.

La gran noticia – 2da parte

Después de muchos años lo volví a contemplar, se le notaba más maduro, ya no era el chiquillo bromista que ponía apodos, el palomilla, el que una vez dijo que me parecía a la “Pequeña Lulú”, un personaje de historieta norteamericano que fue adaptada a los dibujos animados y los niños la disfrutaban en los canales locales (Era una niña traviesa y muy lista que usaba unos zapatos muy graciosos).

Mi amiga se dio cuenta de que yo conocía a aquel muchacho guapo y elegante que estaba frente a mí. Yuliana preguntó: “¿Se conocen?” y ambos asentimos y sonreímos a la vez. “Mi nombre es Pablo y con tu amiga nos conocimos en la secundaria, yo era un chico muy molestoso y antipático con las chicas, les ponía apodos, pero una niña en especial se ganó el apodo más gracioso de la clase”. Empezó a contar sobre cómo me veía graciosa con mis zapatos de colegio y porqué el apodo de Lulú. Los tres reímos. Pablo nos comentó que después de terminar el colegio, una empresa muy importante en Inglaterra había solicitado sus servicios de analista de sistemas y quería que estuviera dirigiéndola desde esta parte del país. Dijo que no se acostumbraba a la comida europea y que prefería los locales de venta de comida hecha en casa o parecida a su lugar de origen. “Los primeros meses que llegué al extranjero empecé a extrañar mucho todo y me acordé de las tonterías que hice de joven, sentía mucha nostalgia y no pensé traer esos recuerdos al día de hoy”, apercibió.

Interrumpió su narración y le entregó las flores que llevaba consigo a mi amiga. Le comenté que había cambiado mucho y que se veía más atento y caballeroso. Me dijo, sonriendo, ya que me percaté de que actuaba como un niño inmaduro: “Sé tratar a las mujeres como se debe y respetarlas”. Yo sentía que estaba de más en la conversación, fingí que tenía una llamada importante y salí del restaurante. Mi amiga y Pablo se quedaron, de reojo vi que se sentaron en una mesa y pidieron algo. Nunca me había dado cuenta lo guapo que era Pablo, tal vez porque en ese tiempo era muy fastidioso y molesto y ahora yo sonreía inconscientemente mientras lo veía sentado frente a mi amiga. Reaccioné en ese momento y me pregunté qué es lo que estaba sucediendo, ya que me sentía de esa manera. Mi sonrisa se esfumó. Estuve un buen rato afuera del restaurante y decidí entrar para despedirme. Di un argumento falso de que había una emergencia en mi casa y salí huyendo del lugar sin mirar atrás.  Llegué a casa y me senté en el sofá con las manos apoyadas en las quijadas como una niña pensativa. Ya era muy tarde y me fui a dormir. A la mañana siguiente recibí un mensaje de mi amiga diciéndome: “le di tu número a Pablo, me dijo que quería hablar contigo de algo importante y se contactaría contigo, me cuentas que te dijo”.

Yo estaba desconcertada porque quería hablar conmigo. Después de unos días, estaba en el trabajo y recibí un mensaje: “Hola soy Pablo, ¿podemos hablar?, necesito tu ayuda”. Yo estaba nerviosa. Nos encontramos en un centro comercial y me invitó a cenar a uno de los restaurantes del local. Iniciamos la conversación y él me indicó que el motivo de que yo estuviera ahí era para sorprender a mi amiga, quería que le dijera todo sobre ella, pues quería conocerla un poco más. Me dijo que un día la vio en una discoteca, que no descansó hasta ubicar su paradero y que era una buena coincidencia que yo la conociera. Toda esa información me dejó perpleja. Mientras él hablaba, yo me sentía triste por lo que decía y me di cuenta de que Pablo me empezaba a gustar, pero él estaba enamorado de mi amiga. Después de una larga charla, quedamos en seguir saliendo para hablar más sobre ella, algunas veces juntos y a veces como aquella vez. Me di cuenta, a medida que lo fui conociendo, que Pablo era un hombre maravilloso, pero sus ojos estaban puestos en mi amiga Yuliana y yo no podía hacer nada. Hasta que una noche, cuando Pablo y yo estábamos cenando en un restaurante para planificar los últimos detalles y darle una gran sorpresa a mi amiga, nos ganaron las copas  y no pude resistirme más, lo besé, fue el beso más apasionado y tierno del mundo, me llevó a otro planeta. Era como si ambos estuviéramos en una misma sintonía y así lo sentimos. Después de un rato nos separamos, nos quedamos mirando en silencio hasta que salí huyendo del lugar, tomé un taxi y dejé a Pablo ahí. Los siguientes días no volví a recibir ni un mensaje de Pablo y seguí con mi vida normal hasta que recibí una llamada de Yuliana: “Hola amiga ¿por qué no has venido a visitarme?, tengo algo que contarte, estoy muy emocionada, quedemos en vernos” y colgó la llamada…

– Pamela Arteaga Lamadrid

Mi primer beso

Éramos adolescentes y él me gustaba mucho, cuando lo veía me ponía muy nerviosa pero, aun así, esperaba ansiosa los recreos para poder verlo ya que estábamos en diferentes aulas, no recuerdo cómo nos conocimos pero de inmediato hubo una conexión, yo también le gustaba. Siempre que podíamos, nos mirábamos disimuladamente y ninguno se animaba a hablarle al otro pero sabíamos que algo había por decir. Fue un juego interminable por mucho tiempo hasta que por fin nos hablamos. “Hola». Eso fue todo; fue demasiada la espera como para un simple “hola” pero tampoco pudimos decir más, sin embargo, al pasar los días, hubo más confianza y pudimos hablar. Como cualquier colegiala experimentando su primera ilusión, terminaba muy nerviosa después de una breve charla pero a la vez esperaba la siguiente oportunidad con ansias. Yo no había tenido enamorado o algún tipo de acercamiento con otro chico, era tímida, él era más atrevido así que se pudo dar algo, nada concreto, pero algo; fue mucho tiempo el cortejo, por decirlo así, que se tornó monótono y nos dimos cuenta de eso. Fue entonces que se dio la oportunidad de reavivar lo que se estaba muriendo. Una mañana en la que, por alguna razón que ya no recuerdo, hubo una especie de fiesta en el colegio, todos estábamos en un salón bailando y las miradas no cesaban entre nosotros, fue entonces que algo dentro de mí me dijo que saliera del salón, giré a la derecha y me fui detrás de los baños, poco después apareció, me puse tan nerviosa que quise irme pero me tomó por el brazo y casi de inmediato sus labios besaron los míos. Yo no sabía besar así que terminé mordiéndole la lengua y nuestros diente no dejaban de chocar bruscamente, me sonrojé  tanto y pensé que él ya no querría continuar porque noté que tenía experiencia, sin embargo siguió moviendo su cabeza de un lado a otro y yo trataba de imitar sus movimientos; quería que él pensara que yo tenía experiencia o que al menos sabía lo que hacía. Solo trataba de seguirle el paso para no morderle de nuevo la lengua o hacerle algo peor.

Cuando terminamos, él se fue y me quedé pensando en que, tal vez, tuve muchas expectativas. Tal vez lo idealicé mucho o tal vez creí que todos los besos eran dulces y únicos, pero la verdad es que ese primer beso fue un asco, pero no porque no supiera besar, sino porque no sentí nada, no hubo magia, no hubo conexión, no hubo sentimientos. Estaba decepcionada y con la desilusión de ese primer beso. ¿Fue por mí?, ¿fue por él?, la verdad es que no lo sabré nunca, lo que sí sé es que esa fue la primera señal de que tomaría malas decisiones a lo largo de todo mi vida amorosa y hoy, con 28 años, pude comprobarlo. Qué irónico, uno siempre piensa que la primera vez no se puede olvidar y yo estoy aquí, tratando de precisamente olvidar aquel beso que solo inició una cadena de malas decisiones en mi vida. El primer beso no siempre es el mejor.

– SS.

La gran noticia

Caigo rendida y me tiro a la cama boca abajo, mis zapatos se resbalan de inmediato de mis pies. No tengo ganas de levantarlos y ponerlos en su lugar, las piernas me pesan, me hormiguean. Al mismo tiempo, lanzo mi cartera a un lado de la cama. Siento como si un camión me hubiera pasado por encima. De pronto suena mi celular, una y otra vez. Eso me pareció raro. Y en la posición en la que estaba, estiré mi mano para meterla en la cartera y sacar el móvil, era Juliana, mi mejor amiga. Contesté casi de inmediato. Me dijo: “Estoy emocionada, acabo de conocer un hombre maravilloso, ¿tienes tiempo?”. Yo no podía más con mi cuerpo, pero se notaba que mi amiga necesitaba ser escuchada, por lo que quedamos en vernos. Después de colgar el celular, me di un baño y me puse lo primero que vi en mi armario. Recogí mi cabello y me hice una cola pequeña y salí. Nos encontramos en un restaurante del centro. Cuando llegué, tenìa una sonrisa en los labios. Llevaba un vestido rojo hasta las rodillas, resaltaba su figura, había pintado sus labios de un rojo muy intenso. Sus ojos brillaban y al verme saltó de su silla y me invitó a sentarme junto a ella.

Pedimos algo de tomar y de inmediato me preguntó sobre mi día y le conté del problema que había tenido en el trabajo con unos informes, que había estado subiendo y bajando escaleras para entregar a diferentes áreas algunos documentos y que mi día había sido muy monótono y sencillo. Me tomó de las manos, me miró con sus ojos saltones y me dijo que las cosas saldrían bien, que tenga paciencia y trate de poner a todos en su lugar si se lo merecían. Entramos en controversia en ciertos puntos, pero entendí que en parte tenía razón. Cuando terminé de hablar sobre mí, Yuliana emocionada me comentó que hace unos días había recibido unas notas muy extrañas. Al principio me dijo que pensaba que era uno de sus compañeros varones, pero después de encararlos y sacar conclusiones, resultó que ninguno de ellos era el responsable. Me contó que luego de ello empezó a recibir detalles, a veces rosas, otros días chocolates. Mi mejor amiga me contó que todo ello le intrigaba en un principio hasta que le llegó una invitación. En ella decia que no podía faltar y que se encontraran en un restaurante. Yuliana no estaba segura de asistir a la salida, pero después de pensarlo y de tomar sus precauciones, por si algo salía mal, se animó y aceptó. Después de esperar unos minutos, apareció el misterioso galán, alto, muy guapo y con un ramo de rosas en la mano. Casi nervioso y balbuceando, le dijo: “¿No te acuerdas de mí?”. Mi amiga al verlo se quedó sorprendida y le contestó: “¿Eres tú?”. Y él le respondió “Sí, el mismo…”.

– Pamela Arteaga Lamadrid

El autobús de la vida

Les contaré mi experiencia en esta extraña estación de autobuses. Éramos un enorme grupo de contemporáneos, entre los 16 y 17 años, podría resaltar una incertidumbre generalizada. Me incluyo, sabía que existía esta estación, sabía que alguna vez tenía que estar aquí pero no comprendía cómo actuar o a dónde nos dirigíamos. ¿Es esto normal en la vida?

Una vez en la estación, no pasó mucho tiempo hasta ver como algunos grupos se formaban para charlar y compartir risas por un momento. Identifiqué diversos grupos, como aquellos amigos que se notaba que se conocían de toda la vida, aquellas parejas tímidas que empezaban a coquetear, los chicos que empezaban a prender un cigarrillo y aquellos que simplemente estaban sentados uno al lado del otro sin decir ni una palabra. ¿A qué grupo debería ir? ¿Debería ser de aquellos que resalta con tan solo su presencia o debería pasar desapercibido? ¿Es que acaso tú tienes una sugerencia? No había letreros o señales que explicaran a dónde debíamos dirigirnos, pero había muchos buses esperando. Era evidente que debíamos subirnos a estos. ¿A cuál? La incertidumbre era generalizada, nuevamente. Pero debo comentar que los autobuses eran diferentes. Había aquellos tan sofisticados y modernos, que más parecían buses elegantes de turismo y sus pasajeros subían cómodamente para empezar a acomodar sus asientos, abrir sus bebidas y enrumbarse a donde sea que estuviéramos yendo. Había también buses que no tenían nada de especial, asientos duros, sin ventilación y stickers de «pague con sencillo». Ingresé a uno de estos buses más del montón. No elegí el bus, pero por lo menos tuve tiempo de elegir dónde sentarme. Pasaron algunos minutos y simplemente éramos un grupo de chiquillos tímidos sentados en un autobús que no escogimos y no sabíamos a dónde nos dirigíamos. Partimos, y este momento fue el que realmente me impactó. Arrancamos y por la ventana podía verse cómo corrían tras nuestro algunos chicos, gritando desesperadamente que nos detuviéramos, implorando por un espacio. Vi cómo un chico alcanzó a tocar la puerta del bus, mientras agitadamente imploraba que nos detengamos. Durante esos 10 o 15 segundos, solo alcancé a cruzar miradas con otros pasajeros y realmente no sabíamos qué hacer. La verdad es que sé que no había nada que podía hacer. Los buses ya habían abandonado a quienes se quedaron atrás y podía aún escucharse llantos, gritos y maldiciones.

La tensión inicial desapareció progresivamente a medida que el viaje se desarrollaba y comenzamos a conversar, compartir y divertirnos. Abrieron una botella de alcohol en el asiento trasero, prendieron un cigarro y muchos se atoraron al intentar fumar, bailamos y jugamos. Éramos un grupo de jóvenes que descubría la diversión juntos. Estábamos tan contentos de viajar porque viajar siempre es agradable, no importa a dónde. Al caer la madrugada, estábamos agotados y el silencio predominó. Recuerdo a esta persona, tan amable, carismática y graciosa que se sentaba detrás mío. Planeamos seguir viajando juntos y pasar la vida en un autobús. Nos abrazamos y pude sentir la calidez de otro ser humano por primera vez en mi vida, mi piel se erizó, mi columna vertebral se congeló y creo que amé. En medio de la madrugada, abrió la ventana y muchos despertamos al sentir el viento ingresar violentamente. La persona detrás de mí se paró de su asiento y simplemente se tiró por la ventana. Nada más, simplemente dejó de estar presente. Nadie vio su cuerpo impactar con el asfalto, nadie escuchó gritos, quejas o gemidos. Se fue. Y nuevamente, nos miramos sin saber qué hacer, nos miramos sin comprender qué sucedía. Algunos ni despertaron. Se fue. Alguien cerró la ventana y encontré una nota en el piso que decía «Nadie sabe a dónde va». No se equivocaba.

El autobús paró un momento. Bajamos para estirar las piernas y tomar un poco de aire. Nada especial. Subimos nuevamente y arrancamos, el autobús se encontraba con menos pasajeros que al inicio. Desde la ventana pude ver cómo algunos decidieron no subir y se quedaron viendo cómo partíamos. Probablemente, lo más triste al momento de partir nuevamente, fue ver como un grupo no subió por ir a comprar una botella de alcohol.

Ya no sé a dónde vamos. No sé si alguna vez este autobús se detendrá, si debería tirarme por la ventana en pleno viaje o si debería sentarme al final para beber. Si debería descansar y dejar que el viaje continúe. No sé nada y no sé si es normal no saber.

En el abismo

Caminaste durante horas por un sendero que parecía perderse sobre las montañas. El inicio sin fin, hacía del aire algo tan denso como la mala hierba en los sentimientos que hoy nos invaden. El destino, abstracto e irreal, se pintaba utópico entre la llanura. Sabías que al verlo, lo reconocerías.

En una curva del camino, mientras el amor te distraía la mente y el corazón, un incómodo mosquito cruzó zumbando por el rabillo de tu mirada. Al evitarlo, la salida que andabas buscando se materializó frente a ti. Lo supiste desde ese preciso instante.

A nivel del suelo, una enorme roca y un par de arbustos calmos te invitaron a entrar en un bellísimo paisaje, donde lo verde era altura y el cielo tenía sabor a recuerdo. Lejos, en piso de valle, las pequeñas casas se veían como un sueño del que nadie quiere despertar. Las sombras de las nubes maquillaban la vista y el vértigo se te antojaba más y más con cada segundo que pasaba.

Sin dudarlo, orillaste al borde del abismo. La dicha te envolvió cual pluma bailando en la brisa. Al compás de aquellas canciones que te aceleran la respiración, la noche cayó somnolienta y el tiempo pasó como agua discurriendo en la eternidad.

Todo lo impregnado en ese mágico lugar se te volvió en contra cuando te percataste de que era el momento de seguir. Con mucha paz en el interior, entendiste que de la vida no entendías nada y, durante breves pestañeos, fuiste feliz.

Luego del silencio más absoluto, te dejaste caer. Después de todo, era tu destino. Por fin habías encontrado el lugar perfecto para morir.

Qué angustia

Habían pasado varios meses desde que no recibía esas llamadas misteriosas, ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que, asustada, tomé el teléfono al escuchar sonar incansablemente el tono y que nadie contestó del otro lado. Llovió mucho esa tarde. Caminaba rauda por la calle mojada por la tempestad cuando llegué a casa y vi que la puerta principal estaba abierta, mis piernas temblaban. Hace un rato quería estar dentro para refugiarme de la lluvia, pero ahora no quería ni asomarme. Pensé “me han robado”. Estuve varios minutos quieta, respirando lentamente y sin hacer ruido, ninguna palabra quería salir de mi boca. Quería salir corriendo, pero mis piernas no respondían. Una voz interrumpió mi angustia. “¡Señorita! ¿Qué sucede? ¿Por qué no entra? Hace mucho frío”. Sus palabras me dieron valor y grité: “¡Me han robado! ¡Por favor, llame a la policía!” El amistoso hombre dejó lo que estaba haciendo y fue en mi auxilio: “¿Cómo así?”. Le expliqué detalladamente lo que había encontrado. Dijo: “No se preocupe, veré qué sucede”. Yo seguía en la puerta, podía mover ya mis piernas pero no tenía el valor para entrar. Mi amable vecino gritó “¡Señorita!”, yo salté del susto… “¿Hay alguien ahí?” demoré unos minutos en contestar y me dijo “No. No hay nadie. Puede entrar”. Entré raudamente pero aún seguía asustada. Solo pude pasar hacia la sala y el vecino se acercó, me dijo “Parece que alguien estuvo aquí y dejó esto…” Me entregó un sobre que decía “Ábreme cuando estés sola”. Mi vecino me aconsejó denunciar el hecho pues podría estar en peligro y se fue. Cuando logré abrir el sobre, aparecieron ante mí varias fotografías mías en varios lugares anotados, además las fechas y días en los que estuve en esos momentos. Además de una nota que decía “Yo lo veo todo y sé todo”.

– Pamela Arteaga Lamadrid

Seguro de vida

–¿Usted fuma?
–Ocasionalmente
–¿Qué tan ocasionalmente?
–Uno a la semana, tal vez dos.
–Ya veo… ¿Padece alguna condición cardiaca?
–Me han roto el corazón varias veces.
–¿Ha sufrido lesiones de gravedad?
–Mi espíritu es inquebrantable, siempre ha salido ileso de las más duras batallas
–¿En su familia hay antecedentes de enfermedades hereditarias?
–Mi padre y mi abuelo eran románticos empedernidos.
–Ok… ¿Su trabajo o pasatiempos lo exponen a riesgos o accidentes?
–Soy escritor, el único riesgo en mi vida es no encontrar la palabra adecuada.
–Señor, si no va a tomar esta entrevista con seriedad, no hay nada que pueda hacer por usted. Gracias por su visita.

Don Julio salió de la oficina de seguros con la misma certeza que lo inundaba al entrar en ella: su vida, tortuosa e inverosímil, seguiría siendo un largo camino a la miseria. Al emprender marcha, mientras se despedía con un ademán tosco y grosero, encendió con elegante dificultad su sexto cigarrillo de aquella mañana.

Fuego e indiferencia

Al cerrar la puerta me tomas por el cuello y me pegas contra la pared, me besas como si nunca lo hubieras hecho y me tomas por el pelo mientras saboreas mi cuello con tu lengua, poco a poco vas rasgando mi ropa para dejarme totalmente desnuda, trato de seguir tu ritmo pero no puedo, luego me dejas parada mientras tú subes tus manos desde mi tobillo hasta mis nalgas y en un instante estoy rodeando tus caderas con mis piernas para que así puedas tener mis senos a tu disposición, mientras me besas vas posando mi cuerpo en la cama y sin esperar demasiado separas mis piernas con total seguridad, entonces somos uno, somos fuego, debería gemir o gritar pero mi lengua está muy ocupada con la tuya y mis manos estrujando las sábanas mojadas, entonces bajas tu ritmo pero solo para darme la vuelta y cogerme arrodillada, yo solo me dejo llevar porque sabes que me gusta que me sometan y te gusta someterme, el adormecimiento no me impide disfrutar del mejor sexo de mi vida, hasta que por fin ambos satisfechos finalizamos con un beso. Ya para el final, nos abrazamos y dormimos unas horas para luego vestirnos.

Entonces salimos del hotel, cada uno por su lado y es cuando caigo en  cuenta que solo en la cama somos felices, que solo unas horas me perteneces, que solo un momento me amas, que no sabré de ti hasta que una noche me digas que me deseas y yo aceptaré porque soy débil y porque también te deseo, te deseo a más no poder, tanto que se me olvida tu conveniente indiferencia y ausencia en los días posteriores, se me olvida que no escribes, que no llamas ni preguntas, pero aun así yo siempre te responderé y te daré encuentro a donde tú me digas para poder ser fuego las veces que quieras.

– SS.

Ladrones del tiempo

Mi nombre es Doniyor. Mi vecino Abdullah y yo nos hemos hecho amigos cercanos. Un día no pudimos encontrar ninguna forma de divertirnos. No teníamos objetivo. No sabíamos qué hacer. Cuando estábamos haciendo algo con un trozo de madera, mi padre se despertó de repente. Tenía los ojos entreabiertos cuando dijo:

“¡Oigan, ladrones de tiempo! ¿Están perdiendo el tiempo?”

No entendía en absoluto el significado de los «ladrones de tiempo» de mi padre. Quise preguntar, pero él se durmió.

Mi amigo Abdullah también preguntó «¿Somos ladrones?»

Cuando llegó el día, entró en su casa. También me quedé dormido por el agotamiento. Pero recordé que llegaría tarde a la escuela, así que rápidamente me lavé la cara y tomé té a toda prisa.

No recuerdo lo que comí. Pensé que llegaría tarde a la escuela, pero la clase aún no había comenzado. Tan pronto como llegué, entró el maestro. Todos saludamos al maestro con respeto.

“¡Mis queridos estudiantes! Estoy encantado de verlos. Mi alegría es ilimitada.”

Justo cuando nuestro profesor nos estaba explicando el tema, uno de mis compañeros entró y dijo: «Profesor, lo siento, llegué tarde hoy».

“Doniyor, no llegues más tarde”, dijo el maestro. “Esta vez te perdono, pero la próxima vez te castigaré”.

“Queridos alumnos”, dijo el maestro, “debéis construir un nuevo Uzbekistán y, al mismo tiempo, justificar la confianza de vuestros padres, dispuestos a dar la vida por vosotros. Si te vuelves famoso, estaré orgulloso de decir en la calle que le enseñé a este estudiante”, dijo.

Estas palabras de mi maestro tuvieron un efecto especial en mí y aumentaron la confianza en mí mismo. Varios susurros comenzaron en el salón de clases.

«¿Vendrás a mi cumpleaños mañana?» También escuché esas palabras. Estaba claro que nuestro maestro también escuchó estas palabras.

«Ladrones de tiempo», dijo el maestro. Su mirada aguda hacia los estudiantes estaba marcada por el arrepentimiento. «Ladrones de tiempo».

Había escuchado estas palabras de mi padre mientras jugaba con mi amigo. Por eso no me extrañó escucharlas.

Mis compañeros de clase estaban atónitos.

Doniyor temblaba de miedo, como mi amigo Abdullah, como si hubiera cometido un crimen.

«Doniyor, ¿por qué estás temblando?» preguntó el maestro.

“Nos llamaste ladrones, ¿verdad? Después de todo, ¿no se castiga a los que roban?”

“Los ladrones de tiempo son castigados por el tiempo mismo. Al hacerlo, te estás haciendo daño a ti mismo.» dijo el profesor.

“Maestro, no entiendo el significado de esta oración en absoluto. Cuéntenos sobre el robo de tiempo”.

“Por lo general, los que roban son castigados”, dijo el maestro. “Los ladrones de tiempo no son una excepción. Es cierto que el ladrón del tiempo no es castigado. Ni siquiera es responsable ante la ley. Pero perder tu tiempo ahora es equivalente a robar tu tiempo, tu futuro. Si dedicas todo su tiempo a la ciencia, ahorrará tiempo y te convertirás en una persona destacada en el futuro.”

“¡Oh! Mi amigo Abdullah y yo somos los ladrones de nuestro futuro”, pensé.

Estas palabras del maestro me inspiraron y en ese momento me di cuenta de lo que era un «ladrón de tiempo».

Incluso volví a nuestra casa a toda prisa: “Abdullah, ¿estás ahí? A partir de hoy, puedo decir que entiendo el valor del tiempo.”

“Sí, Abdullah, entendimos, ahora no debemos robar nuestro tiempo, solo estudiaremos. En el futuro, estaremos entre las personas destacadas mencionadas por mi maestro.” “Estoy de acuerdo contigo.”
¡No pierdas tu tiempo! ¡Siempre recordaré que el tiempo es un trofeo!

– Abdumominov Abdulloh

Las tijeras de podar rosas

Hoy estuve en el jardín podando las rosas y mi nieta Natalie, esa personita maravillosa y encantadora que la vida me dio, que es la personificación de la inocencia y vivacidad, se acercó y preguntó:

– ¿Abuelita, cuando eras niña, todo era diferente? ¿Cómo era tu casa?

En un segundo mi mente me traslado al pasado, a mis tiernos 4 años, con la falda ajedrez escoces, zapatitos de charol y mediecitas blancas. En un tiempo en que no existían robots ni aparatos inteligentes para delegar las tareas domésticas. Cuando no estábamos familiarizados con los los televisores, los teléfonos móviles, los ordenadores y otros dispositivos inalámbricos que han aparecido en nuestras vidas. Pero, además, no existía la increíble cantidad de artefactos que disponemos ahora. Entonces, nos dábamos tiempo para cortar el césped, para limpiar la casa, amasar el pan…

Lógicamente, no podíamos soñar que un día los robots cortadores de césped o las hidrolimpiadoras y muchos aparatos que funcionan de forma autónoma, que nos permiten desligarnos de tareas para las que no tenemos tiempo, existirían y los utilizaríamos con tanta naturalidad.

Además, no nos importaba mucho el medioambiente, como ahora que todos los sistemas son ecológicos y sostenibles evitando la contaminación ambiental.

Las estufas eléctricas o las estufas de pellets son un buen ejemplo de esto, ambas con sistemas de bajo consumo y un funcionamiento que evita la emanación de residuos tóxicos, no depredan la naturaleza y empiezan a calentar solas, basta con dejarlas programadas. Ya nadie se imagina el crepitar del fuego en la chimenea… tampoco pueden imaginar el olor de la carne asada a carbón o el pollo cocido a la leña.

Ahora el jardín se moja solo con un sistema subterráneo que mantiene la adecuada humedad de las plantas.

Miré firmemente a mi pequeña nieta, le acaricié el pelo sin saber por dónde empezar a comunicar las diferencias abismales entre su mundo y el mío… con la voz parsimoniosa le dije:

– Mí niña linda, yo nací y crecí en el mundo antiguo donde las comodidades que eran modernas, ahora son tan antiguas que hasta son chistosas… no existían máquinas con inteligencia artificial en el cotidiano, las comodidades no eran accesibles a todos; aún no vivían entre nosotros los extraterrestres y el planeta era un caos. Existía todo tipo de miseria y la paz era un sueño, un ideal que parecía inalcanzable. Yo nunca pensé que fuera vivir tanto y llegar a ser tan vieja como para ver tantos cambios.

Los cambios empezaron, precisamente, en el año 2021. En el primer minuto del primer día del año. Era de noche, en aquella época el planeta tenía otra inclinación, entonces, cuando la mitad del planeta estaba en el día, la otra mitad estaba en la noche. Cuando unos estaban en invierno, los otros estaban en verano. No era como ahora que el sol aparece y se oculta para todo el planeta al mismo tiempo. Además, había luna…

Pues, bien, las personas estaban en la calle saludando el nuevo año de manera primitiva, con fuegos de artificio y haciendo exageraciones como beber sin medida. Entonces, aparecieron miles de miles de naves espaciales y derramaron una especie de llovizna que cayó sobre todos los seres vivos del planeta Tierra e, inmediatamente, los perros y gatos empezaron a hablar, las personas se olvidaron del mal y todos empezaron a trabajar en sintonía, adaptándose instantáneamente a la nueva vida. A cada ser humano fue asignado un extraterrestre que le ayudaba a comprender el nuevo orden y a adaptarse a las nuevas tecnologías.

Así, desaparecieron las lavadoras de ropa, porque ahora tenemos estas vestes auto limpiantes que podemos cambiar su forma y color solamente con nuestro pensamiento cuando tocamos su etiqueta.

Ya nos alimentamos de otras cosas, como el maná que bebes en tu taza de cristal cada día. Y no faenamos animales y estamos en harmonía con la naturaleza.

La casa era diferente porque necesitábamos más cosas para poder vivir con cierta comodidad. Te explicaré una a una, pero otro día. Hoy te diré que todo ha cambiado y el amor impera en el planeta y nadie, de las nuevas generaciones, conoce lo contrario. Pero lo que sigue igual y no entiendo por qué, son las tijeras de podar las rosas.

Publicado en la Antología: “Ampulheta@: Crônicas futuristas”. Christina Ramalho –I. ed. –Natal/RN: Lugraf, Brasil (2020).

– Márcia Batista Ramos

SOBRE LA AUTORA:

Márcia Batista Ramos, nació en Brasil. Licenciada en Filosofía. Es gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Es columnista en la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia y en periodismo binacional Exilio, México. Publicó: Mi Ángel y Yo; La Muñeca Dolly; Consideraciones sobre la vida y los cuernos; Petty Barrón De Flores: La Mujer Chuquisaqueña Progresista Del Siglo XX; Tengo Prisa Por Vivir; Escala de Grises – Primer Movimiento; Rostros del Maltrato en Nuestra Sociedad; Dueto; Escritoras Cruceñas, Caballero, Reck & Batista; Escritoras Contemporáneas Bolivianas, Caballero, Decker & Batista; Caspa de Ángel – antología de cuentos, crónicas y testimonios del narcotráfico, Batista-Ramos & Carvalho Oliva. Es colaboradora en diversas revistas internacionales.

Sombra

Estoy muy cansado
Ya me cuesta despertar en las mañanas
Cada noche al acostarme
Ruego a los dioses que esa sea la ultima

Ya no soporto el dolor
Cada vez me cuesta más respirar
Cada aliento que tomo
Es como una cuchilla en mis pulmones

La comida ha perdido su sabor
No importa que ingiera
Todo me sabe a una nada completa
Asquerosa y sin sentido

Creo que solo despierto en las mañanas
Impulsado por las promesas que jure cumplir
Impulsado por ese honor y orgullo que un día defendí
Pero incluso eso ya esta perdiendo importancia para mi

Todo ha perdido su valor
Todo ha perdido el color
Vago por este mundo como un espectro
Un ser sin alma ni corazón, uno que solo espera el final

(*) Errores expresamente intencionales del autor.

BERSERK

Tonto, a veces el fatuo, 

loco y medio vivo. 

Risas y torrentera funesta, 

lirio medio crespo sobre el río, 

suerte de sirena en mar medieval. 

El berserk sin su amada, 

al que le falta un ojo y lleva un solo brazo;

son dos caminos bifurcados, 

yo tomé el menos transitado, 

eso marcó la diferencia;

solo en memoria del amor, 

mis pasos volverían a andar sobre el fuego,

solo deseaba volver a casa, 

si tu mirada cristalina aún me esperaría. 

El más valiente con la idea más clara, 

de lo que hay enfrente de sí, 

la gloria y el peligro por igual, 

sin embargo comienzo a buscarlos. 

No caminamos junto a la muerte, 

es lo que aborrecemos, 

la combatimos hasta el final, 

sin poder ser los vencedores. 

Los lazos, cosas frágiles, 

suelen romperse bajo tensión.

Una vez rotos, 

ya no habrá nada que ganar; 

prefiero dominar mis emociones, 

sin la  indulgencia del pasado vengativo. 

Sin saber qué hacer,

cuando encuentras la verdad,

como el otoño se lleva la primavera, 

es lo inherente de vivir el ciclo, 

entender que ya te has ido,

que dejaste libre al invierno,

congelaste el viento en mi sosiego, 

y deshojaste los sauces

con tu soplido carmesí.

A partir de entonces

Éramos como dos pequeñas florecillas pululando bajo una eterna primavera. Al recordar su advertencia, oculté mis fervientes deseos de besarla. El color de sus labios se asemejaba al de una nube en el atardecer más hermoso de mi vida y la esponjosa caricia de sus roces podía llamar la atención de cualquier incauto. Mis ganas se multiplicaban a cada segundo transcurrido pero su apercibimiento era tan claro como el agua del que no me dejaba beber.

“No lo hagas, no te atrevas, después de esto no habrá marcha atrás”.

Pronto, la fuente de inspiración se vio trunca en un callejón sin salida. Su miedo, indescifrable y latente, nos estaba carcomiendo con voracidad. Me acerqué un poco para estimular alguna reacción suya y ella solo atinó a voltear el rostro, simulando que no me conocía.

Recordé también, como quien encuentra una aguja en el pajar, la sutileza de su sarcasmo. Aquel arma de doble filo que ponía en tela de juicio a cualquier dicho, idea o frase que pronunciaran sus palabras. Ahí me di cuenta que no nos encontrábamos en una situación excepcional. Toda esa pantomima se resumía en la más frívola invitación a intentarlo y atenerme a las consecuencias.

En ese momento, volvió a girar para encontrarme de reojo y su pícara sonrisa fue suficiente. Lo supe apenas las pupilas se encontraron. Caí en su abismo lo más rápido que pude. El acto fue fugaz y sin dar tregua a ningún tipo de reacción.

Nuestras bocas quedaron estampadas desde aquel instante y para siempre.

Y, a partir de entonces, no me arrepiento de nada.

Monedas falsas

Don Rómulo estaba furioso. Luego de un fuerte intercambio de palabras con un veinteañero que la había cerrado el paso, el viejo comenzó a calmarse a pedido de sus turbados pasajeros. La avenida de la Cultura siempre ha sido un caos a las cuatro de la tarde, sobre todo si uno se dirige al centro. A esa hora, el brillo del sol te da en toda la cara como el puñetazo de un púgil en formación.

En la puerta del bus, como siempre, estaba Joselito. El oficio de cobrador no era algo ajeno para él. A sus trece años ya se conocía de memoria todos los paraderos de la ruta y esto le ayudaba a darse sus gustos en cabinas de internet y cigarrillos baratos que nunca podía terminar. Experto en pedir sencillo y calcular el vuelto con rapidez, el pequeño sagaz ya tenía la viveza criolla impregnada en la mirada.

Pasado aquel día y varias vueltas después, el dúo decidió hacer una ronda final para terminar su jornada. Saliendo de la ciudad, entre las asociaciones pro-vivienda y con la noche encima, solo quedaba un transeúnte en la fila del fondo. Joselito se le acercó para cobrarle el pasaje.

Cuando volvió a la parte frontal del vehículo, el niño se quedó mirando con detenimiento la moneda que el hombre le había alcanzado. Cargado de un largo lapso de duda, se levantó a regañadientes de su comodidad y fue a encarar la osadía de su último cliente.

–Está falso.
–¿Disculpa? – respondió el solitario.
–Esta moneda es falsa, tienes que darme otra.
–¿Cómo no te fijaste y me diste el vuelto?, ya no te la puedo cambiar.
–Pero está falsa, no seas vivo –replicó el niño con un nerviosismo que crecía como espuma sobre su cabeza.

Desde adelante, don Rómulo se había percatado de la tensión e intervino sin dudarlo. Clavado en su asiento, intentó girar la cabeza y vio con el rabillo del ojo que el joven se negaba a pagar nuevamente.

–Ya pues amigo, hay que ser honestos –dijo el viejo.
–¿Disculpe?, yo ya le di mi pasaje al niño y él me dio el vuelto, no es mi culpa que no se haya fijado, además, ¿cómo sé que no me está dando otra moneda?

Joselito sintió una indignación tan grande que quiso insultar al hombre de la última fila. Se acercó a él con la rabia ardiente y una intención peligrosa que parecía ahogarse en sus párpados inundados de inocencia. Antes de que pudiera articular palabra, el pasajero le dijo que no le pagaría de nuevo y lo mandó al diablo de manera sutil.

Don Rómulo, impaciente, había girado todo el cuello y parte de su torso para recriminar el cambio de sencillo. Cuando ambos miraron al conductor, lanzaron un grito aterrador que rompió la tensión en mil pedazos.

El viejo dio una vuelta inmediata y las luces altas del camión que venía hacia él lo cegaron en un instante. La maniobra sobre el volante fue rápida y violenta. El bus, que estaba invadiendo el carril contrario, tambaleó con fuerza brusca sobre sus llantas. La fricción del caucho y el asfalto derivó en un chirrido infernal fundiéndose con un bocinazo eterno. En cuestión de segundos, ambos ruidos se perdieron en el camino mientras los habitantes del vehículo se alejaban milagrosamente de la desgracia.

El alterado pasajero comenzó a recriminar la falta de atención del chofer y pidió bajarse en el siguiente paradero.

–Aprende a conducir, viejo de mierda.

El silencio fue sepulcral hasta que el dúo llegó a su destino. Incluso allí, ninguno de los dos pronunció palabra. Estaban congelados, como si la vida aún pasara frente a sus ojos.

–¿Qué sucedió, don Rómulo? –preguntó el niño.
–No lo sé, Joselito –respondió el viejo al mismo tiempo que su mano temblorosa apagaba el motor del bus–. Creo que a veces le temo más a las monedas falsas que a la muerte misma.

Cuando él bajó del carro, el niño se quedó pensativo, como esperando algo que jamás llegaría. En ese momento, se dio cuenta de lo hermosas que eran las estrellas.

UN DÍA EN MI VIDA

Me levanto como cada día a las 5 de la mañana
Porque ya no aguanto a las voces que me atormentan en sueños
Así que para silenciarlas empiezo a entrenar
Me enfoco tanto en el ejercicio que silencio mi mente

Luego de eso, comienzo un ritual de limpieza
Donde limpio cada parte de mi cuerpo de la contaminación de este mundo
Limpio hasta el mínimo rincón
Al punto de dejar mi piel enrojecida

Después debo cambiar mi rostro
Ese rostro apático y carente de alegría
Por uno que, por lo menos, me haga ver humano
Para así poder ver a la cara mi familia, esa que alguna vez me amo

El resto de mi día es ordinario
Labores de estudiante y trabajos extraordinarios
Aquellos que hago para sustentar mi vida mediocre
Para que al final llegue la noche

Esa noche donde las voces regresan
Para recordarme lo mediocre e inexistente soy
Voces que me acosan hasta que caigo agotado
Y me duermo sabiendo que al día siguiente volverá a ser lo mismo
Porque no tengo el valor para cambiar o acabar con esto

El gato y ella

El gato negro abrió los ojos. Despertó asediado por el ruido de las máquinas que funcionaban en una construcción cercana. La luna se reflejaba en sus dilatadas pupilas mientras su cola permanecía inmóvil, sus bigotes se acomodaban a la suave brisa nocturna y su pelaje combinaba con aquella noche primaveral. Se encontraba en el tejado sobre el cual había pasado toda una vida. Su lugar favorito, sin duda alguna.

La periferia de ese techo estaba adornada por numerosos árboles que él usaba como transporte a tierra. Todos los humanos que vivían cerca lo conocían y no se hacían problema de alimentarlo una o diez veces por día, además, era el sitio perfecto para alejarse de la plaga urbana a la que otros llamaban perros. Estas cualidades convertían a ese tejado en un paraíso para cualquier felino. Empero, el gato tenía un motivo más poderoso para elegir siempre el mismo hogar: una mujer.

Cada vez que el minino levantaba la cabeza hacia la casa del frente, veía una solitaria ventana en el segundo piso de la misma. Ocasionalmente, desde su interior, se filtraba una tenue luz artificial que daba forma a la silueta de su amada. Las noches en las que esa ventana resplandecía eran muy raras, por ende, esa luminiscencia fungía como señal para que el gato supiera que ella estaba ahí. Él intentaba llamarla con largos maullidos pero era inútil. Algunas distancias parecen abismales cuando hablamos de amor.

Esta es la historia de una de esas noches.

Las horas pasaban con lentitud, los minutos discurrían largos y los segundos demoraban una eternidad. Al lado del gato, dos toritos de Pucará iniciaron una de sus interesantes conversaciones que tenían lugar, sin falta, todos los días a partir de las veintisiempre en punto. Ambos tótems, con mucha sabiduría y pasión, hablaban sobre política, religión, filosofía y varios temas de interés. El minino disfrutaba escuchar esas charlas, silencioso y atento. Sin embargo, en esta ocasión se sentía diferente.

Ni él mismo supo si se trataba de su instinto o un presentimiento externo, pero algo lo incitó a moverse de ahí. Sin estar seguro, sintió que su pequeño corazón se inundaba con un raro pesar o tal vez era la monotonía incomodando en su mente. Aparentando estar cansado de escuchar el coloquio de los toritos, se levantó sereno, estiró sus patitas delanteras, empinó la cola lo más que pudo y se despidió con un largo bostezo. Sin pensarlo dos veces, decidió bajar del tejado y visitar la ventana de su amada.

El gato, emocionado, se dejó manejar por la sensación que lo colmaba, aun siendo algo que lo tenía intranquilo. Muy lejos de sentirse preparado, una mezcla de ansias y miedo empezó a revolotearle como una mariposa en el estómago. Cuando tuvo el panorama frente a él, fijó un sendero con la mirada, caminó elegantemente de teja en teja y dio un salto para alcanzar la rama del árbol más cercano. Descendió por su tronco y llegó hasta la acera. Volvió a mirar hacia la ventana y vio la silueta de ella dibujándose a contraluz. Antes de continuar, soltó un breve ronroneo.

***

Ella estaba concentrada. Incluso cuando el ruido lejano de algunas máquinas era molesto y estresante, podía ignorarlo con facilidad. La habitación en la que se encontraba pertenecía al segundo piso de una casa muy antigua y su pequeña ventana no le ofrecía una vista panorámica de la ciudad, sin embargo, disfrutaba el paisaje urbano que tenía a su alcance. Sentada frente a su laptop y con una taza de café como su única compañía, de rato en rato giraba sobre sí misma para abrir la delgada cortina y mirar a través del vidrio. Su poco espacio visual la había acostumbrado a ver dos toritos de Pucará en el tejado del frente. Junto a ellos, cada noche, siempre veía a un gatito negro acurrucado en su compañía. Esta vez no fue así.

***

A esa hora, la calle estaba casi vacía y el ruido de las máquinas se detuvo tan súbitamente que dejó al mundo en un silencio absoluto. El minino caminaba alerta, observando todo a su alrededor. Varios metros a su derecha, una joven pareja se declaraba su amor con un largo abrazo. Al otro lado, un hombre mayor vestido de saco largo y sombrero, deambulaba con las manos en los bolsillos. Cuando vio que era seguro cruzar el frío asfalto, se lanzó con la mayor rapidez posible. Unos segundos después, sin previo aviso y desde las sombras, una bestia irrumpió en la tranquila escena.

Ladrando, un enorme perro corrió a toda velocidad hacia el pequeño animal.

La efímera tranquilidad de la calle se hizo pedazos en un instante y las pocas almas que existían cerca no pudieron evitar el susto provocado por tal escándalo. La pareja de jóvenes voltearon de golpe y el hombre mayor giró asustado para ver lo que ocurría. El gato, con el miedo atrincherándose en su cuerpo, salió del estado de shock y emprendió una carrera infernal en busca de un lugar donde pudiera estar a salvo.

***

Ella escuchó el ruido proveniente de afuera pero no le prestó atención. Sin inmutarse ni cortar su inspiración, siguió escribiendo tranquila.

***

El gato no sabía a dónde ir. Las altas paredes a su alrededor complicaban su huida, los delgados postes de luz no le ofrecían ningún refugio y ya había dejado el árbol demasiado atrás como para volver y treparlo. Mientras el can se acercaba con fiereza, vio entre los muros una reja metálica que se podía cruzar con facilidad. El problema era que tampoco representaría dificultad alguna para su perseguidor. Al no ver otra opción, tomó su única ruta de escape.

El perro estaba a dos metros de su presa cuando esta se ocultó en las sombras. Dentro de su incontrolable rabia, la siguió hasta atravesar una reja formada por varias varillas de metal y ahora solo tenía que avanzar un poco más. Usando su desarrollado sentido del olfato, se guio para encontrar al felino.

El gato se escabulló hasta donde sea que hubiese podido escapar. Sin mucho camino por recorrer, llegó a esconderse detrás del rosal ubicado en la esquina más profunda de un pequeño jardín. Ese jardín, protegido por la delgada reja de metal, era adyacente a una casa antigua que tenía una ventana grande en el primer piso y una de menor tamaño en el segundo. Parecía que nadie había vivido allí en años.

Inmóvil, el minino se refugió en la frondosidad que ese lugar le ofrecía. Durante su huida, notó que una de sus extremidades estaba lastimada. Entre las muchas espinas del rosal, alguna de ellas le había producido un corte que ahora se traducía en un ardor insoportable. Muy a pesar de ello, ese no era el momento de distraerse. Él sólo quería salir de ahí y buscar a su amada.

El perro, enfurecido con su víctima, olfateaba con rudeza y buscaba el mejor camino para atraparla. A modo de advertencia, lanzó una nueva y potente secuencia de ladridos. El golpe acústico puso nervioso al gato. “Ya me encontró”.

El felino exploró sus posibilidades. Pensó en saltar fuera del arbusto con la mínima posibilidad de que el perro no lo viera, cruzar la reja y huir. Rápidamente descartó esa idea por la distancia que tendría que recorrer y la cercanía de su cazador. Antes de poder pensar en otra solución, vio al can cerrándole cualquier tipo de salida.

El tiempo se agotaba y decidió que era momento de afrontar el problema, cara a cara. Sacó sus garras y las empezó a afilar sobre la tierra, preparándose para atacar. La herida que se había hecho se encontraba en su parte posterior, más precisamente, en la pata derecha, por lo que intuyó que el salto iba a ser doloroso. Cuando alistaba el impulso, una fuerte luz contrajo sus pupilas.

El perro, también sorprendido por el brillo, giró hacia la enorme ventana para ver lo que ocurría. No pasaron ni tres segundos hasta que, al costado, el sonido de una puerta abriéndose dio paso a una figura humana emergiendo de la casa. El fiero animal se sintió intimidado. De repente, un bastonazo de gran tamaño y considerable fuerza le cayó en la cabeza.

Aturdida, la bestia se dio media vuelta, quejándose del insoportable dolor. Con el temor fresco a un segundo golpe, dio un salto que cruzó la reja y huyó tan lejos como era posible.

***

“¡Otra vez ese perro de mierda, entrando a mi jardín sólo para cagar en mis rosas!” fue el grito de la anciana que acababa de golpear al colado perro callejero en el frontis de su casa. Mientras ella se quejaba, alguien más se acercaba a la puerta, como bajando unas escaleras.

Una bella joven llegó a la entrada. Al ver la escena, preguntó asustada: “¡Abuelita! ¿Qué pasó?”. La vieja mujer le explicó a su nieta el motivo de su exaltación y ella intentó tranquilizarla. Cuando se disponía a volver, notó que algo parecía moverse detrás del rosal. Con una curiosidad casi gatuna, se acercó con cautela hacia la pequeña sombra.

***

Al verla, el minino no podía creer que se encontraban tan cerca. Todos esos días esperando su silueta por la ventana se resumían a ese momento. Ahora estaba ahí, a pocos centímetros de ella.

Y ella era hermosa. Tenía la piel morena, el cabello oscuro y los ojos más brillantes que ningún hombre o felino hubieran visto jamás. Mirarla fijamente equivalía a un viaje de ida y vuelta por toda la galaxia sin haberse movido un solo milímetro. El gusto del gato por esa mujer superaba lo entendible.

***

Ella seguía esforzándose para ver lo que había detrás del rosal. La luz emanada por la ventana era de ayuda pero no lo suficiente. Cuando se apoyó en sus rodillas para observar mejor, un pequeño animal salió con timidez. No tardó mucho en darse cuenta de que se trataba del gato negro que vivía en el tejado del frente.

“¡Hola bebé! ¿Qué ocurre? ¿Acaso ese perro estaba persiguiéndote?”

El minino quedó totalmente embelesado con su voz. Con tierna suavidad, caminó hasta llegar a su lado e inclinó la cabeza como buscando una caricia. Ella extendió su mano. Apenas sintió el contacto, un sentimiento indescriptible embargó al felino que empezó a ronronear como nunca.

Al tomarlo en su regazo, ella advirtió que de la parte posterior del animalito brotaba algo húmedo. En ese instante vio la sangre. “¡Pobrecito! Vamos, buscaré algo para curar tu herida”. Dicho esto, se adentró en la casa con él en sus brazos.

Esa fue la última vez en la que el gato negro estuvo en su tejado, al lado de los toritos de Pucará.

Desde entonces, ellos siempre lo veían con su amada.

Siempre feliz. Siempre a contraluz. Siempre por la misma ventana.

El amante

La misma cojudez siempre. Subir a la mina, quedarse veinte días, bajar con sentimientos encontrados porque debería extrañar a mi mujer, pero en casa me aburro. Ella me aburre, por eso no la extraño. Cuando llego a Lima, primero visito a mi viejita. Le doy su propina y escucho sus quejas sobre mis hermanos. Ella también me tiene harto, sin embargo, es mi viejita y tengo que quererla. No tengo opción. En tanto mi mujer me pregunta dónde estoy, le miento: ya voy a llegar, hubo retraso, hice horas extras. Ella odia a mi mamá y mi mamá la detesta. «Esa mujer no te da hijos. ¿Qué hace sola en la casa? Cuidado con los cachos, hijo».

Me muerdo la lengua, el que no quiere tener hijos soy yo. Por eso me hice la vasectomía hace años. Nadie lo sabe. Resoplo y le doy un beso en la frente a mi viejita. Ella sabe que ya me voy y se cerciora de que me vaya angustiado. «Me duelen los tobillos, mañana iré al doctor, tu hermano no tiene efectivo para llevarme, préstale por favor». Le doy veinte soles, muy a parte del billete que le di al llegar. Tomo un taxi, estoy cansado, sin embargo, no quiero llegar a casa. El camino de una hora se me hace eterno. ¿Por qué tuve que casarme? ¿Qué le vi a esa mujer? Mis pensamientos ralentizan al compás del tráfico. Evoco los besos con mi profesora de secundaria, escondidos en el baño de docentes. Nunca pude olvidarla.

El taxi avanza lento, los baches me incomodan. El conductor putea a otro y los conchasumares se dejan oír. Se disculpa y pone segunda. Remedo: concha su mare, muy bajito. Otro semáforo en rojo, otra lisura. Pasa a verde, el carro del año 97 suena como quejándose. Parece que se ahoga. Por la puta, pienso. El conductor se orilla, sale del auto y directo va a la maletera, saca una botella grande de gaseosa que está llena de agua. Adelante, el vapor del motor recalentado empieza a subir al cielo. Dios no quiere que llegue a casa. «Disculpe, joven» me dice y arranca. Avanzamos y mi mujer empieza a escribirme mensajes. La ignoro. El conductor responde su celular. Tengo ganas de decirle algo, pero al parecer es su esposa, entonces lo entiendo. Apago mi móvil, ya voy a llegar. Siempre lo hago.

—Joven, tengo que hacer una parada urgente, es camino a su destino. No demoro.

—Prefiero que no, mi mujer me espera, si llego tarde pensará lo peor.  —Le miento ya que no me importa que piense lo que quiera.

—Está bien.

Mientras conduce, hace una llamada. «No puedo mujer, entiende, debes esperar, dejo a este muchacho y voy directo para allá»

Me da lástima y le digo que mejor haga su bendita parada. «Gracias, y disculpe el inconveniente» responde aliviado.

A pocos minutos, siento que desacelera y pone las luces intermitentes, dobla por unas calles. «¿Será un asalto? Le hubiera dado más plata a mi viejita». Baja dejando el motor prendido. Toca una puerta y una mujer sale. De curioso sigo la escena. Creo reconocerla. Afino la mirada mientras bajo la luna sucia del auto. Ella le entrega un paquete y se acerca al carro. A pocos pasos, la reconozco… es mi profesora, la de los besos. Está diferente. Muy delgada y arrugada. Sus labios carnosos de antaño ahora lucen marchitos.

—Joven, disculpe las molestias y gracias. —Me dice con esa voz que hace mucho no escuchaba. Se da media vuelta y regresa a su puerta.

No me ha reconocido o es muy buena actriz. Han pasado quince años desde la última vez que nos vimos. Estoy nervioso. Empiezo a sudar y a tener una erección. Al rato llego a casa. Mi mujer está ahí y me dice que tiene una sorpresa para mí, no le hago caso. Recordando a la profesora, tomo de la cintura a mi esposa, la cargo y la llevo al cuarto. Empezamos a besarnos. Procuro concentrarme en mis recuerdos de secundaria. Incluso la imagen actual de tan seductora mujer me sigue pareciendo atractiva. Creo que pude sentir su aroma cuando se acercó al vehículo, aunque puede ser una ilusión de mi mente. Mi mujer y yo estamos desnudos, próximos a intimar más. Sus ojos, mirándome con picardía, me detienen. No siento nada por ella y se ve reflejado en mi miembro. Empiezo a ponerme la ropa. Ella se ve contrariada. He parado sin decir nada. «¿Nos vamos a separar?» pregunta. «Es lo mejor» respondo y salgo del cuarto mientras pienso en la profesora y lo fácil que sería convertirme en su amante. Voy a la sala. Sobre el sofá hay una pequeña caja decorada con un moño. Abro la tapa y dentro hay ropita de bebé. Mi viejita siempre tiene la razón, maldita sea.

– Mirza Mendoza

SOBRE LA AUTORA:

Mirza Mendoza, es cuentista limeña nacida en 1985.

Es colaboradora en la editorial Libre e Independiente y en la editorial Sexta Fórmula. Participa en la antología «El día que regresamos» de Pandemonium Editorial. Autora del ebook «Tenebrismo» y del ebook «El currículum de una ludópata». Es parte de la antología «4 Narradores». Su cuento «Cadáveres abandonados» conforma la antología «Relatos de Pandemia» de editorial La Rata Esquizofrénica. Su cuento «Mochila de emergencia» conforma la antología «Última estación» de editorial Ángeles del Papel. Ha sido publicada en diversas revistas digitales de México y Argentina.

La trenza

Mientras trenzaba el pelo, frente al espejo, trenzaba miles de pensamientos. Desde la desintegración del cuerpo después de la muerte, hasta la perdurabilidad de los cabellos que no perecen después de la defunción.

Para las mujeres celtas, el pelo largo significaba fertilidad y para los hombres fuerza. Los indios Navajos, nativos americanos, creen que los pensamientos originados en la cabeza salen afuera junto con el cabello y están en él; los pensamientos nuevos están cerca del cuero cabelludo y los viejos en las puntas de los pelos crecidos. Cuanto más larga es la cabellera, más pensamientos habrá en ella. Tal vez, sea cierto, al tiempo que su cosmovisión es excluyente y discriminadora con los calvos.

Mira fijamente al espejo y dícese a sí misma: antes era antes, ya pasó. El espejo no contesta nada y ella sigue trenzando sentimientos solidificados en el tiempo, junto con el cabello.

Se acuerda de que, desde la antigüedad, la creencia en la juventud eterna, el éxito, la fuerza, la sabiduría, fue siempre relacionada con la existencia de una cabellera exuberante, vigorosa. Tal es el caso de los antiguos egipcios que relacionaban el pelo con el estatus social, de ahí la importancia de las pelucas, en muchos casos, rociadas con polvo de oro. En el museo de El Cairo se encuentra el cabello de la reina Tyi, del siglo XIII antes de Cristo, probablemente porque creían que la vida residía en el cabello, no en las calles, en las fiestas o en las redes sociales. Porque la percepción del mundo y de la vida, cambia según la época y el lugar.

Se percata de que muchas ilusiones ya no existen. Se acuerda de su costumbre de prender velas e inciensos, como una manera de mantener cierta esperanza y fe. Tal vez, porque vivir tiene algo terrible e intrínseco. No sabe… No está segura. Nada es absoluto.

En el panteón de los dioses griegos, Hathor, la diosa de la naturaleza extraordinariamente erótica, era llamada la hermosa melenuda. Su historia, como tantas otras, llegó hasta nuestros días y ella nunca hizo implantes de silicona, tampoco cuestionó su género en algún momento de su existencia, no importa, la historia de su melena llegó a nuestros días.

La diosa cazadora y guerrera, Artemisa, se hacía peinar por la ninfa Psecas. Le perfumaba el cabello y el cuerpo con esencias aromáticas elaboradas a base de flores, especias y aceites. Por eso, los griegos hacían hervir flores y hierbas como la mirra o el olíbano, las hojas de vid y los extractos de rosa, y ligaban la preparación con aceite de oliva. Para suavizar el cabello, además de peinarlo, le daban brillo con lociones, pomadas y cera de abejas.

En el Olimpo, las diosas eran representadas luciendo largas cabelleras perfumadas como la de Psique, Afrodita, Artemisa o Venus, la diosa del amor y de la belleza, que lucía un largo pelo rubio.

Pensó que algo no le dejaba fluir…

Siempre está en la batalla personal, tratando de estar bien. Mira hacia adentro de sí misma, con cierto cuidado, despacio, para no cortar su propio ritmo.

Le vino a la mente otra mujer hermosa que tenía un bonito y frondoso pelo: Pandora, la primera mujer de la tierra a quien Hefesto, dios del fuego, moldeó a imagen y semejanza de las diosas inmortales.

Pensó que la única magia que existe es estar vivos, lo mismo cuando no se entiende la magia esta.

En la Edad Media relacionaban el cabello con el poder, por tal razón, cuando se acusaba a una mujer de practicar la brujería, se le rapaba la cabellera. En el siglo XX, en Francia, después de la Segunda Guerra Mundial, quemaban el cabello de las mujeres que habían sido amantes de los nazis durante la ocupación.

Sabiendo que todo está cargado de injusticia y dolor, pero sabiendo que después acaba y pasa; lo mismo que no debería ser como es, después pasa y viene otro ciclo con las injusticias propias de cada época y lugar; terminó su trenzado de pelo.

En diferentes épocas, la pérdida del cabello era concebida como la perdida de la vida.

Mientras colocaba un lazo en la trenza recordó a Calipso, conocida como “la de las bellas trenzas”; que como cuyo nombre indica, lucía unas largas trenzas y destacaba por su belleza y su armoniosa voz. Pensó en que el cabello ha tenido un papel importante en las historias mitológicas y numerosas veces ha sido símbolo de belleza y poder.

Pensó en respirar las entrelineas y los silencios. Decidió empezar a vivir y así, frente al espejo, cortó la bella trenza.

– Márcia Batista Ramos

SOBRE LA AUTORA:

Márcia Batista Ramos, nació en Brasil. Licenciada en Filosofía. Es gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Es columnista en la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia y en periodismo binacional Exilio, México. Publicó: Mi Ángel y Yo; La Muñeca Dolly; Consideraciones sobre la vida y los cuernos; Petty Barrón De Flores: La Mujer Chuquisaqueña Progresista Del Siglo XX; Tengo Prisa Por Vivir; Escala de Grises – Primer Movimiento; Rostros del Maltrato en Nuestra Sociedad; Dueto; Escritoras Cruceñas, Caballero, Reck & Batista; Escritoras Contemporáneas Bolivianas, Caballero, Decker & Batista; Caspa de Ángel – antología de cuentos, crónicas y testimonios del narcotráfico, Batista-Ramos & Carvalho Oliva. Es colaboradora en diversas revistas internacionales.

El tiempo mítico entre palabras, silencios y otras vidas

 “Cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo”
Mario Benedetti

Muchas veces me senté en silencio al lado de la abuela. Ella siempre con su tejido de punto crochet entre las manos, me observaba un momento y enseguida, ante mi silencio, preguntaba:

 -¿Hijita quieres algo?

Ante mi negativa ella seguía, aparentemente, entretenida con su tejido a punto crochet, luego me miraba casi sin levantar la cabeza y empezaba a hablar:

-¿Sabes, hijita? Los antiguos griegos contaban que Cronos, el Dios del tiempo, era el hijo de Urano (el cielo) y Gea (la tierra). Cronos dirigió a sus hermanos y hermanas, los Titanes, en una revuelta contra su padre y se convirtió en el rey de los dioses. Se casó con la Titana Rea; con quien tuvo un total de seis hijos, pero Cronos tenía el mal hábito de comerse a sus hijos recién nacidos para evitar que un día, igual que él hizo con su padre, sus hijos lo destronasen como rey de los dioses. Con el nacimiento de su último hijo, Zeus, Rea engañó a Cronos y lo hizo comer una piedra. Zeus entonces derrotó a su padre. Tal vez por eso, el tiempo también parece consumirlo todo, permaneciendo siempre indestructible. Los antiguos creían en la existencia de un tiempo absoluto. Pensaban que el tiempo era una especie de alfombra tendida donde ocurrían todos los sucesos, ya que para ellos, el tiempo era considerado como un marco de referencia fijo, inmutable, sobre el que van sucediendo los acontecimientos. Además, creían que el tiempo había existido desde siempre. También creían que existiría para siempre. Ellos imaginaban que todos los humanos conocíamos el tiempo desde cuando nacíamos, pues, estaban seguros de que podíamos percibir el tiempo mismo siendo pequeños bebés. Sin embargo, el tiempo es un concepto que rebasa nuestra comprensión. Y lo mismo después de nuestra muerte, el tiempo sigue siendo una condición subjetiva de nuestra intuición humana. Además, el tiempo es una representación de nuestra intuición, de nuestro estado interior, por eso, la duración del tiempo es relativa, es muy propia de cada uno; de ahí que los instantes pueden parecer eternos y los grandes intervalos pueden desintegrarse ante nosotros con la ligereza de todo lo que es superficial.

Yo observaba a mi abuela con su elocuencia calmada mientras ella seguía discurriendo sobre el asunto que le parecía importante hablarme en aquel momento, añadiendo con mucho cariño:

-De diferentes maneras, es difícil sospechar cómo podría desarrollarse la vida al margen de la dimensión del tiempo, ya que él parece intrínseco a todo lo que ocurre en la naturaleza, ya que hay un ritmo cadencioso en los niveles macroscópicos y microscópicos, ya sea en los periodos de día y noche, en las órbitas de los planetas, en los ciclos de división celular, en los ritmos circadianos en los animales y en muchos más elementos observables. Sin embargo, hijita, nosotros no hemos nacido con la percepción del tiempo incluida en nuestros sentidos; según fuimos desarrollándonos, hemos aprendido a percibirlo, así como poco a poco, vas aprendiendo cosas según vas creciendo. Cuando estamos muertos, el tiempo tiene otro sentido, en un abrir y cerrar de ojos pasan cien años, así que en la muerte, a diferencia de la vida, no padecemos las paradojas del tiempo. En la muerte el tiempo es estático, tibio y amarillo, los objetos e ideas flotan a nuestro alrededor, desprovistos de una fuerza gravitacional semántica sobradamente estable. Asimismo, en la muerte, el tiempo puede recuperar su narrativa, sus sedimentos, algunos perfumes y, sobretodo, los sentimientos…

Mientras la abuela hablaba y contaba del espacio imaginario mítico y no aparente, de las simultaneidades experimentadas en las realidades vividas, de la temporalidad mítica y la compleja simultaneidad de ritmos entrelazados que permiten sincronías facilitando la posibilidad de la reversibilidad, de la circularidad temporal propia de la eternidad en lugar de la linealidad que convierte a los mitos; mientras hablaba tantas cosas, en sus manos crecía el tejido en forma de flores en punto crochet. Mis ojos, sin perder de vista sus movimientos, buscaban su mirada lúcida, encendida por las palabras, que de vez en cuando también buscaban mis ojos con una expresión positiva.

Siempre que me senté en silencio al lado de la abuela, tuve la impresión de estar alrededor del fuego, escuchando la sabiduría de los mayores al tiempo que calentaba mi espíritu con la caricia amorosa transmitida a través de sus palabras.

Después, la abuela, tal vez cansada de tanto tejer y hablar, se disipaba en el aire con su tejido a punto crochet entre las manos, quedando, apenas, un olor a rosas…

– Márcia Batista Ramos

SOBRE LA AUTORA:

Márcia Batista Ramos, nació en Brasil. Licenciada en Filosofía. Es gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Es columnista en la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia y en periodismo binacional Exilio, México. Publicó: Mi Ángel y Yo; La Muñeca Dolly; Consideraciones sobre la vida y los cuernos; Petty Barrón De Flores: La Mujer Chuquisaqueña Progresista Del Siglo XX; Tengo Prisa Por Vivir; Escala de Grises – Primer Movimiento; Rostros del Maltrato en Nuestra Sociedad; Dueto; Escritoras Cruceñas, Caballero, Reck & Batista; Escritoras Contemporáneas Bolivianas, Caballero, Decker & Batista; Caspa de Ángel – antología de cuentos, crónicas y testimonios del narcotráfico, Batista-Ramos & Carvalho Oliva. Es colaboradora en diversas revistas internacionales.

L’intruso

–Entonces, ¿sabes quién es?
–Sí –respondió el corazón.
–¿Sabes su nombre, su edad, a qué se dedica y todo eso?
–Así es.
–¿Y qué es lo que sabes?
–Que tiene una banda, que es como un influencer o algo así.
–¿Cómo te enteraste?
–A veces ella es muy obvia.
–¿Y qué piensas al respecto?
–Me da celos.
–¿Qué más?
–Me estás presionando.
–Lo siento –dijo la razón mientras miraba desafiante, como alentando la tristeza.

–Me gustaría saber cómo así lo conoce.
–Dijo que es un amigo suyo desde hace varios años.
–¿Amigo?
–Así es.
–No parece.
–¿Y qué parece?
–Sabes bien lo que parece.
–Explícate.
–Es alguien especial para ella.
–¿Cómo sabes eso?
–Lo sé porque tú lo sabes.
–Puede que solo sea un amigo y ya.
–Pero no lo es.
–¿Entonces?
–Pienso que es alguien que no puede sacar de su vida.
–Tienes razón en algo, no en todo, pero en algo –la razón se inclinó hacia atrás, acomodándose con desdén.

–No me tortures, si sabes algo deberías decírmelo.
–Aunque te lo explicara, no lo entenderías.
–¿Por qué quieres hacerlo más complicado?
–No lo estoy complicando.
–¿Y prefieres que siga haciéndome ideas antes que aclarar las cosas?
–Prefiero que confíes en mí.
–¿Cómo hacerlo después de todo lo que vi?
–¿Exactamente qué fue lo que viste?
–Que aún le escribe, la busca y la extraña.
–¿Y tú crees que ella le haría caso?
–Espero que no, pero sé que es así.
–¿Por qué lo dices? –Los ojos de la razón dieron una señal de temor.
–Porque presiento que aún la ama.
–Eso no tiene nada que ver, no es importante.
–Sí lo es.
–Claro que no, él puede hacer lo que quiera sin ser correspondido.
–El problema es que ahí es donde nace mi duda.
–¿Y qué duda es esa?
–¿Qué tal si es lo que ella quiere? ¿Qué tal si es correspondido?
–Lo dudo mucho.
–Es difícil saberlo, aunque sé que tú sabes algo –corazón volvió a encender un cigarrillo.

Luego de un silencio incómodo, la razón tomó la palabra.

–¿Sobre qué es todo esto?
–Aún no estoy seguro.
–¿Y cómo pretendes demostrarlo?
–No quiero demostrarlo, solo quiero saberlo.
–¿Por qué?
–Porque ya no puedo amar sin sentir que me duele y tampoco puedo sentir el dolor sin amar.
No tienes ni la más mínima idea de lo difícil que es ser o no ser algo que se tambalea. Desde que ella se fue, ya no puedo dormir en mentiras ni despertar ileso con lo que arde la verdad.
–Entonces no lo hagas –ahora la razón se había volteado, como ignorando la tristeza.
–Prometo que ya no lo haré, pero antes quiero que me quites esta duda.
–¿Qué quieres que te diga?
–Todo lo que sepas sobre él.
–Está bien. Sé que estuvieron juntos, no sé hace cuánto. Sé que ella aún siente algo por él, no sé exactamente qué. Y sé que volverán, no sé por qué, pero así es.
–¿Y cómo sabías todo eso?
–Ella me lo dijo.
–¿Y por qué solo a ti?
–Porque, querido amigo, cada vez que ella aparece, solo la admiras sin escuchar.

Solo para fumadores (Tributo a Julio Ramón Ribeyro)

Muy como el flaco, empecé a los catorce o quince años, apoyado en la descolorida baranda afuera del ICPNA. Como a cualquiera, la primera pitada me causó una tos implacable y la promesa de no volver a hacerlo más, mas nunca he sido el indicado para hablar de compromisos.

Le perdí la gracia por mucho tiempo hasta que llegó la época de los quinos y las fiestas de promoción. Ahí, el fuego forrado de blanco fue mi mejor arma para combatir al frío y al mal del primer amor que me atormentó durante tres largos años. Luego, como cerrando el mismo ciclo, también terminé el colegio.

En la universidad conocí a mi primera relación seria que me pidió abandonar este hábito por cuestiones estéticas. Como un fugitivo, tuve que mantener el humo en secreto y disimular el olor que me dejaba. En aquel entonces, fumaba sin importarme la calidad de lo que entrara a mis pulmones y no me inclinaba por un sabor o una sensación en especial. Después de un año y un poco más, con todo terminado, me sumergí en el mundo de las marcas. Así comprendí la importancia de identificarme con la empresa que me ofreciera la mejor muerte.

Motivado por mi ignorancia en el campo, comencé a probar de la variedad para familiarizarme con los diferentes nombres y sus propiedades. Los Lucky nunca han sido de mi agrado por parecerme muy inconsistentes, los Pall Mall y los Premier estaban… más o menos (a veces más menos que más) y no tengo palabras para describir mi repulsión hacia los Golden Beach. Atorado en ese trajín, entre decisiones nefastas y vueltos incompletos, descubrí que mis favoritos siempre habían sido los Hamilton. No los tomé como la gran maravilla al principio, pero poco a poco se consolidaron como irremplazables. Su comodidad para mi bolsillo y su aroma a nostalgia me fueron enamorando, año tras año, en un sinfín de cajetillas para el bar, la noche y mi literatura.

Ya con la consigna de casero en todas las carretillas a las que frecuentaba, compartí mis tabacos y parte de mi rutina universitaria con una querida amiga mexicana con quien adopté la manía de prender uno sin haber terminado el anterior. Debido a que su estancia aquí fue muy limitada, quiero dedicar estas líneas para decirle que la extraño y espero que muy pronto podamos quemar algunos cerillos de nuevo.

Con el pasar de los años, mi costumbre tabaquera se fue quedando trunca porque solo la aplicaba como compañera para bebidas bohemias y viajes cansados. No me había considerado un fumador empedernido ni cuando encendía los cigarrillos de siete en siete en fiestas que no valen la pena recordar. De a pocos, mi consumo se mantuvo leve y estable, como esa colilla que sigue apagándose en un cenicero eterno.

Entonces llegó Pamela y me enamoré sin norte ni sur. Lamentablemente, mi vida es una constante decepción que sufre una enfermedad crónica de verdades incompletas y cuyo síntoma principal es la pérdida de lo que más quiero. Toda esta experiencia me llevó a reiniciar mi vicio de calar por sufrimiento, el mismo que empecé en la pre-adolescencia y se me había hecho esquivo por razones que escapan del corazón. Mezclando la necesidad con el gusto, me convertí en una máquina de volutas que funcionaba de cuatro a seis turnos por noche; así sea en la calle, la azotea, los taxis o cualquier otro lugar que pudiera tolerar mi desdicha.

Entre recuerdos amargos y terapias mal escogidas, con la poesía ya encima, conocí a un gran compañero de puchos para seguir jugando a esta rasposa actividad libre de beneficios. Cada dos sábados, sumergidos en las letras de Juan de Dios Peza y pendientes del otro, nos preguntábamos si había o no había. Si no había, tocaba invitar.

Hoy por hoy, con el maldito infortunio que conlleva una enfermedad directamente ligada a la respiración, tuve que controlar mis insistentes gustos por un tiempo. Dicen por ahí que uno siempre vuelve a donde fue feliz y, al no poder volver a la universidad ni a Pamela, solo quedó aferrarme a ese aroma que deja la ceniza mientras se abraza de un recuerdo y se impregna en la ropa.

Y muy como el flaco, quiero decir que ya empiezo a sentirme algo agitado. Mis procesos bronquiales ya no se curan con facilidad y no me quedan más segundos aires. No quiero terminar este pequeño tributo sin soltar una idea plasmada sobre la cruda realidad; porque esto no es una reflexión ni una oda, este es el puro gusto de escribir solo para complementar al hermoso acto fumar: “El cigarro es el suicido perfecto, asegurándote un prólogo lo suficientemente largo para disfrutar de todo, antes de ir a la tumba”.

Seguramente, en algunos años, revisaré y reeditaré este texto con todos mis sentimientos encontrados y a flor de piel. Por ahora, volveré a encender un desgraciado pitillo ante la innecesaria necesidad de sentir el humo entre mis fauces. Pues aún cargo, como mis pulmones negros, con la culpa de seguir fumando y el placer de poder hacerlo.

Matar el amor

Eran las 7 de la noche, salí diez minutos después, hacía mucho frío y sabía que sería una noche muy larga, subí al taxi y seguimos su ruta hasta que se bajó, esperé un momento mientras lo veía por la ventana impaciente, en ese instante, mi corazón tenía la esperanza de estar equivocada.

Fue cuando ella apareció, feliz y directo a sus labios. Mientras se besaban, la primera lágrima de toda la noche salía del fondo de mi ser. Empezaron a caminar agarrados de la mano, hablando de sus planes y sus cosas. Yo, detrás de ellos, llevando el cigarro con la mano fría y temblorosa a mis labios, con el aliento frío.

Estaban tan concentrados que jamás se percataron de mi presencia y menos él, ya que llevaba siguiéndolos más de media hora y no por masoquista, no por falta de amor hacia mi misma, sino por certeza y porque mientras ellos hablaban de su eterna historia, yo reconstruía todo mi futuro y no dejaba de preguntarme si él la amaba de verdad o solo era un capricho.

Ella se veía como yo, no en su apariencia, sino en su forma de hablarle, de tocarlo, de abrazarlo, le decía “te amo» con la misma ilusión con la que yo se lo decía a él, más hipócrita no podía ser, la besaba como a mí, la miraba como a mí, en ciertos momentos, hasta me resultaba gracioso y me reía pero con el alma en la boca.

No sé cómo me di cuenta exactamente, seguro fue mi intuición, porque en realidad no existió un cambio en él que me hiciera sospechar pero, desde un tiempo atrás, ya no sentía la misma seguridad que antes, creía que me conocía porque, de ser así, me habría dicho que su felicidad ya no estaba a mi lado y sabría que lo entendería porque no soy de las que tapan el sol con un dedo.

Mientras los miraba, tenía ganas de enfrentarlos, saber si ella era tan víctima como yo o su cómplice, si él tendría el único gesto digno de aceptarlo y disculparse aunque no se lo permitiera, saber desde cuándo y por qué, saber si ya no me amaba y qué pasaría con todo lo que construimos, pero soy más inteligente que eso, cada pregunta ya tenía su respuesta y las disculpas no borrarían el dolor ni la decepción.

A las ocho de la noche ya tenía todo claro y destruido. Pensé mucho en el drama y las disculpas hipócritas que me daría cuando se lo contara. Para sufrir, prefiero hacerlo sola, así me levantaría sola también, entonces decidí acercarme sutilmente para no malograr su momento feliz; en cuanto reconoció mi presencia, el rostro se le congeló. Me aseguré de que me viera y supiera que era yo.

De pronto, toda la calle quedó en silencio, solté el humo de mi cigarro y luego lo tiré al piso sin quitarle la mirada, parecía muy tranquila pero mi corazón palpitaba a mil por hora y las piernas me temblaban. Antes de que mis lágrimas mojaran mi rostro, di media vuelta y desaparecí en la oscuridad. De regreso a casa, pensaba en que todo había terminado.

Pero resultó el inicio de una transición salvaje de la felicidad a la impotencia de no poder controlar el llanto, de no levantarme de la cama por días, de no mirarme al espejo por miedo a ver en lo que me había convertido, de no matar el amor.

De lo único que podía estar segura era de que, esa noche, el mensaje había quedado claro porque jamás supe de él, tal vez no le interesó, pero eso realmente facilitó las cosas dentro de lo que cabe; y como todo mortal, tenía que pasar por las etapas del desamor: negación, ira, llanto, risas irónicas, embriaguez, adicción, frialdad, aceptación y no sé, en realidad, cuantas etapas son.

No quedaba ni rastro de la mujer que alguna vez fui y eso me destruía más porque jamás viví algo parecido, las largas noches con tristes canciones que ni conocía, los inexistentes amigos que me veían con lástima y tristeza, casi loca, tirada en el sofá. Di todo por perdido.

Sin embargo, una noche recordé la persona que era antes de todo esto, incluso antes de él y me di cuenta que sabía ser feliz, que tenía todo sin haberlo conocido, que sabía lo que valía y lo que merecía, que podía ser mejor y que, si bien es cierto que con él conocí el amor, no merecía mi destrucción. Recordé que me amaba más de lo que a él lo amé, que inconscientemente lo acomodé a mi vida sin volverlo el eje, que mis planes funcionarían con él o sin él.

Me di cuenta que ya era momento de superar aquello que no me mató, que debía secar mis lágrimas y levantar el mentón, que en un futuro no muy lejano, me burlaría de mi comportamiento autodestructivo. Es momento de dar el primer paso, es momento de brillar y continuar.

– SS.

En la tumba de A

No sé cómo empezar este frío relato, probablemente sea el más crudo que alguna vez he escrito.

Siempre he tratado de ponerme reglas, incluso para escribir. Suelo ser de una visión equilibrada, trato de no ofender descaradamente, pero tampoco busco santificar.  Sin embargo, en esta ocasión, un sentimiento engorroso ha guiado mis latidos los últimos días.

Tu muerte, tu repentina muerte desembocó todo un derrumbe en mis arterias, un derrame oscuro de rabia, impotencia y destrucción. Nunca había sentido tal sensación, vi como el luto entristecía a la gente a mi alrededor, se apagaban las luces de sus cabezas mientras la noticia corría de boca en boca, el mensaje apesadumbrado de tu pronta partida.

No creas que no quedé impactada. La muerte repentina, sobre todo en gente que vaga en el tiempo de la juventud, es algo que deja sin aliento a cualquiera. Pero una vez pasados los segundos de incredulidad, no sentí más. Mis propios problemas, el día a día y la rutina, se volvieron a mí para seguir con la vida.

La noticia vuela y los periódicos ya mostraban en la sección de obituarios tu lamentable deceso, el texto póstumo se deshacía en elogios a tu amable, cálida, dulce y honesta vida, la pérdida de una valiosa ciudadana, una leal amiga, una profesional intachable, todo un ejemplo de ser humano le era arrebatado al cruel y frío mundo. Las primeras voces chismosas ya murmuraban en la plazoleta, todas con fingido dolor. Ya en los mercados del pueblo se decían las frases más reconfortantes:

“Si murió joven quizás era buena”

“La hierba mala nunca muere, se fue joven, debió ser bondadosa”

 “Nos dejó un ángel que protegía con cariño y amor”

Y así, las chismosas y chismosos del pueblo hablaban de tu persona. Si de pronto hubiera llegado un foráneo, habría de creer que se hablaba de la siguiente Santa Teresita del niño Jesús, muy venerada en la zona.

Y aquí estoy yo, dos semanas después, parada frente a tu fría tumba, pensando que es curiosa la forma en la que pasamos la vida, tratando de sobresalir para finalmente acabar bajo la misma tierra en la que competimos por distinguirnos en la vida.

No traigo flores, no pienso dejar flores en tu tumba, yo que conozco tu otra faceta, no cumpliré con los protocolos ni con la etiqueta que demanda nuestra iglesia y que exige mudamente nuestra sociedad. No puedo mentir, al menos no como tú.

Sabes… creo ser un humano sin aspiraciones divinas, no busco la  trascendencia de mi  alma purificada. Por otro lado, no pretendo que creas que busco la aprobación del anticristo y que repelo a la humanidad, simplemente pretendo verla tal y como es: con blancos, grises y negros. Y aprender a amarla y odiarla de acuerdo a las circunstancias.

Este pequeño pueblo, en el que habitamos, está muy lleno de falso positivismo, lleno de sonrisas y deseos falsos al prójimo, solo en la privacidad de nuestras casas podemos vociferar a fiera voz los reales deseos por otro, o murmurar en las cocinas lo mucho que despreciamos a tal o cual ser humano. Pero no tiene sentido que te recuerde el deporte en el que has ganado medallas al punto de dejar vacíos y melancólicos a quienes te rodean.

Pero no dejaré caer el hierro solo en ti, la actitud tímida, en introspectiva, a veces es una ventaja cuando de ver realmente a la gente se trata, basta unos segundos de observación y entendimiento para ver que todos estamos hechos de la misma mezcla de bondad, hipocresía, rabia y lamento. Aunque nos pasemos la vida negando las partes más detestables o dolorosas de nuestro ser, apariencias es todo lo que, creen, nos queda.

Estas dos semanas, el alud de rabia, cólera e indignación; ha sido el pan de cada día. No omitiré que los dos primeros días, mi cabeza se pasó sermoneando a mis sentimientos y me obligué a prender una vela en tu nombre, rezando por la llegada de tu alma a las puertas de San Pedro. Pero mis rezos, que pedían por tu bienestar y te perdonaban a viva voz por los errores que cometiste conmigo, se entorpecían cuando una bola de rabia se atoraba en mi garganta y terminé dejando que la vela siguiera su curso, incluso vi como una oscura y gorda mosca aterrizaba en la cera líquida, quemándose y ahogándose. Lo tomé como una señal. Apagué la vela y decidí acabar con el ridículo teatrito que me estaba imponiendo.

Salir a las calles fue un infierno, tu nombre y fotos con tu rostro en cada afiche y periódico eran una verdadera molestia, más aun, ver esa sonrisa que ante mí se disparó maliciosa y desdeñosa. Pero exploté, exploté cuando los viejos conocidos mutuos se abrazaban y se daban el pésame ante tu fatal partida, hablaban de las excursiones, las fiestas y lo hermoso de tu potente y brillante luz. Y si mal no recuerdo, esas bocas que escupen anécdotas dulces y buenas, eran las mismas que dedicaron floridos y ácidos adjetivos durante las reuniones después del trabajo en la cantina, rodeados del vino y el whisky, todos sentían la confianza y la libertad de escupir sobre tu ahora santo nombre, todos indignados con la falsedad de tus acciones, rabiando porque se sentían usados y humillados, todos sintiéndose como esclavos tuyos y escupiendo secretos que estaban cansados de esconder. Ahora esas bocas babean pena y extrañan a la loca manipuladora que convirtió muchas de sus tardes en infiernos silenciosos, solo para conservar el trabajo y llevar el pan a sus familias, es claro que sabías que el poder yacía en tus manos y nunca dudaste en jugar con él a tu soberano antojo.

Y luego yo, víctima de tus mentiras y manipulaciones. La pregunta que más ronda en mi mente es “¿Por qué a mí?”, no recuerdo haber empañado tu buen nombre, es más, como muchos en el pueblo, cedí ante la pulcra apariencia que emanabas, te admiré y traté de ser amable durante muchas ocasiones. No tomes esto como una victimización, santo no soy y mucho menos pretendo que, al morir, todos eleven mi humanidad a la santidad. Pero con tu muerte cayó la rabia de nunca haber podido decirte mi sentir, de nunca poder haber revelado tus intenciones y haberte dejado en tu pequeño reino, manipulando incluso a seres que yo amo.

Me quitaste la felicidad de tener un trabajo honesto, te burlaste a mis espaldas y tramaste sucias tretas para deshacerte de mí, usaste los asquerosos chismes y, con cartitas entre secretarias, compartías tu animadversión mientras me sonreías y fingías justicia y neutralidad para ayudarme cuando más lo necesitaba. Yo confiaba en ti y veía cómo ayudabas a otros tantos, pensé que dentro de la cordialidad de nuestras relaciones, serías igual conmigo. Pero no, salí apuñalada y traicionada, sabiendo que aún después de que me fuera, seguirías lastimándome a través de personas que significan el mundo para mí. Tal es el performance que aparentas que, incluso, al vernos de casualidad en los bares y cantinas, me saludabas con un beso en la mejilla. Por supuesto que con mi retirada no acabaron las largas tertulias y quejas que escupían los demás, fue ahí que entre copas y sinceridad, se escapó la frase “Ella solo ayuda a quienes le agradan, y tú, nunca le agradaste” Nunca pude haberme decepcionado más, pero entendí que las apariencias son realmente un juego de las grandes ligas.

Ahora, en el solitario cementerio, te divulgo sin remordimiento que no me da pena tu partida, que no lloré, que no pienso que un ángel se haya ido. Y vengo a dejarte la desagradable valija que dejaste conmigo, vengo sin flores pero sí con algo que nadie te ha dado, honestidad sin medias tintas. No dudo haya habido bondad en ese pequeño cuerpo, pero sí que viví la maldad que en ti reside y como víctima de tales acciones me abro y te digo adiós. No espero que el inframundo y sus terrores te traguen, pero tampoco rezaré para que los ángeles canten celestiales himnos para ti.

Si alguien de verdad te quiso y de verdad quisiste, entiendo que tu partida duela, tienes padres después de todo. Pero reniego de aquellos que, en vida y llamándose tus amigos, decidieron escupir en ti antes que decirte al menos un trago de verdad para frenar tus manías, o al menos, para develar la verdad de tus acciones con la esperanza de que seas el ser humano que ahora pintan los periódicos y el anuncio de la iglesia que prepara tu misa, llena de lamentos mentirosos y omisiones a la vida que realmente llevaste.

No fuiste santa, tampoco el diablo, pero te dejo el peso que me diste y que el más allá se encargue de ti y seguramente de mí, cuando el beso de la muerte me sea dado.

Adiós, A.

– Marcia Castro

El pase largo

No quise pensarlo mucho y me decidí por el pase largo que dibujó una hermosa parábola en el cielo de aquella tarde. En campo rival, Pedro tuvo cierta dificultad para controlarla pero su mágica zurda fungía de guante. La mantuvo así por algunos segundos hasta que le duplicaron la marca y se vio en la obligación de abrir el juego por el costado.

Chemita apareció como un rayo. Veloz para el desborde, pudo avanzar algunos metros cuando la figura de Hugo emergió como la de un coloso impasable. La disputa del esférico fue rápida e injusta. Sin pensarlo dos veces, ya estábamos volviendo para evitar el contraataque. Un cambio de banda letal y Sergio la tenía en su poder.

Su capacidad de disparo, fuertísimo, soltó el latigazo apenas tuvo el espacio libre. Pedro había vuelto de nuestra ofensiva fallida e hizo un esfuerzo sobrehumano para desviar la trayectoria con un planchazo. Muy a pesar de haber conseguido su intención, el balón seguía en ruta directa a nuestra portería.

Martín no es alguien acostumbrado a pararse bajo los tres palos y aquel día le tocaba estar ahí contra su voluntad. Sus reflejos, mermados por la sorpresa del remate, lo llevaron a estirar un manotazo temeroso que llegó a rozar el misil con la punta de sus dedos. Ayudados por la fortuna, escuchamos ese sonido metálico que te devuelve el alma al cuerpo y los pies en la cancha.

Ahora era una dividida. Intenté llegar antes pero Galileo se encontraba mejor posicionado y se la llevó varios centímetros por delante. Si lograba volver al área y conectar al medio, todo estaba perdido.

Fui a cubrirlo con cierta desesperación para poner fin a su ataque. Él, astuto, quiso filtrarla entre mis piernas. En circunstancias así, es arriesgado juntarlas mucho porque se concede el espacio para un pase. Tampoco hay que separarlas a lo loco porque uno queda expuesto a la humillación. La solución es ser paciente pero sin calma, cerrando los espacios, jodiendo el control y siendo consciente de que dependes de la picardía del rival. Fue así que escuché a Jair pidiendo el toque. Galileo no lo dudó ni por un segundo y se la dejó a su compañero.

La espontaneidad del fútbol podrá resolver muchas cosas, sin embargo, la decisión prematura puede ser la mejor arma en situaciones de riesgo.

Jair es un regatero nato. En ese momento, tenía mil opciones de cara a mí. Irse de largo, pisarla, retroceder el juego, izquierda, derecha, arriba, remate… o mandarla bombeada para Sergio. Felizmente escogió la última, porque yo me la había jugado para cerrar exactamente esa.

Brazos atrás, cuerpo inclinado y pierna izquierda extendida. La fuerza impresa en su centro impactó de lleno en el interior de mi pie. El balón, en lugar de ir afuera, se fue hacia adelante.

Paradójicamente, ese despeje salió mejor que el pase al principio de este relato. Sobre nuestras cabezas, la bocha daba mil vueltas y todos la veíamos hipnotizados. Cuando empezó a descender, nos dimos cuenta de que el contexto era favorable. Su arquero, Elí, había salido más de lo necesario y teníamos a un hombre listo para el remate. Era nuestro turno.

Pedro no lo dudo y fue a ganarla. Hugo buscó cerrarlo pero ni el adivino más astuto pudo haber visto lo que pasaría. Pedro fintó y ambos pasaron de largo. Chema la recibió cómodo, por el medio, con un amplio panorama frente a él. Los pases sin tocarla son, de lejos, los recursos más bellos en este deporte.

Elí no tuvo otra opción más que salir y cubrir todo el espacio posible. Era el uno contra uno. Chema intentó llevárselo en diagonal pero su control fue excesivamente ancho. La palla se le iba directo al lateral cuando vi que Martin había empezado una carrera endemoniada para acompañar la ofensiva. Ahora corría para mantenerla viva.

Justo en el borde, desafiando a los límites de nuestro mundo, nació un nuevo envío con destino de área. La rapidez del suceso fue como un espejismo y lo vimos de inmediato. Su trayectoria era abierta y horrible. No tenía destino de nada. Sé que en ese instante nos sentimos resignados. Los hombros y las ilusiones cayeron de par en par.

De la nada, como el héroe nacido en fuera de juego, apareció Ronald, nuestro nueve que se había quedado en el área rival durante toda la jugada. Fiel a su costumbre lauchera, llegó a la caprichosa y la contuvo antes de que fuera demasiado tarde. La remató en su media vuelta, sin siquiera ver a donde la mandaba. Felizmente, directo al arco. Era gol.

Por fin lo habíamos conseguido. El descuento. Ahora estábamos 5 a 1.

Mi funeral

Parado ahí, ante ese féretro desconocido, no pude evitar tener las reflexiones más crueles y crudas que no deberían ser normales a esta edad. Los asistentes, que se acercaban para dar su último adiós, no parecían mostrar el mínimo sentimiento de tristeza por quien yacía en el ataúd. Solo los más cercanos eran quienes derramaban las lágrimas más reales, los suspiros más dolorosos y los abrazos más sinceros a la par que se auto-convencían de que el difunto por fin descansaba en paz. Mi hipocresía no alcanza para eso.

En tanto un niño se acercó a ofrecerme una bebida caliente sobre una charola de plata, decidí que ese no iba a ser mi destino. Frente a la inevitabilidad del suceso, imaginé un desenlace diferente para mis días. Nada de extraños, nada de terceros, nada de inoportunos que aparezcan a fin de pillarse un vaso de ponche mientras visiten a un cadáver con el que nunca cruzaron temas de interés ni se invitaron un miserable cigarro en una madrugada llena de risas.

Me fui sin despedirme, con la epifanía aún fresca, directo a escribir la lista negra para mi velorio. Empecé con algunos nombres de la época escolar, entre profesores y ex-compañeros, la mayoría sin apellidos. Luego, entré al terreno de los amores pasados o que no llegaron a ser. Exactamente ahí, detuve el lapicero para ahorrar tinta, cayendo en cuenta de que la susodicha ya ocupaba dos hojas y una cara. Parecía el registro de una boda.

Entonces pensé en simplificar. La condensación de filas me llevó a agruparlas por características comunes y diferentes etapas de mi vida. Presa de un arrebato peculiar, comencé a desconsiderar a mis mejores amigos con una increíble indiferencia. No me sentí a gusto dejando fuera a tanta gente, pero cualquier excusa era válida: su timbre de voz es irritante, alguna vez me hizo esperar, no congeniamos en el gusto musical, me aburre su presencia, etcétera. En cierto punto, con criterios ridículos y poco fiables, manejé mi tarea con el objetivo de que fuese un asunto exclusivamente familiar.

Finalmente, pude notar que había perdido todo sentido de lógica cuando ya estaba descartando a mi propia sangre. Parientes lejanos, tíos a los que no veía jamás, primos que confundía con sobrinos y viceversa. Aletargado, caí en un estado paranoico con la idea de que no merecía una despedida como tal. Quería algo más simple, algo sin invitados que no me recuerden y puros forasteros enterrándome porque simplemente es su trabajo. Ningún alma que me pueda juzgar.

El hecho de tener una ceremonia tan privada me fascinaba, pero la pregunta obvia saltó un segundo antes que la emoción. ¿Cómo hacer para que nadie quiera asistir? Hasta ese momento, había tenido una existencia normal dentro de los parámetros exigidos por esta sociedad: un casi graduado, sin antecedentes penales, que se hacía cortar el cabello y que a veces vestía formal. No me tomó más de cinco minutos decidir que podía echar esa rutina a la basura con tal de cumplir mi nuevo objetivo. Era tiempo de un cambio y ya lo tenía resuelto.

Durante las semanas siguientes me dediqué a un comportamiento repulsivo con la única finalidad de hacerme odiar. Me olvidé de los modales y de las cortesías vacías, adopté un vocabulario mucho más grosero y conduje mis deseos a la promiscuidad. Estas nuevas costumbres, auspiciadas por el exceso de alcohol y abuso de drogas, fueron empeorando hasta derivar en serios problemas con mi entorno, discusiones que terminaron en peleas y, al fin y al cabo, la tan ansiada soledad. Estaba listo.

Antes de recuperar algún ápice de aprecio y preocupación por parte de cualquiera, me las arreglé para conseguir una pistola y cometer mi delito. Como otrora fuera mi hábito de no fumar, la locura de ser fiel a mis principios me llevó a reconsiderar mi decisión. No la de mi muerte, esa ya estaba pactada conmigo mismo, sino la de una explicación, aunque esta sea banal. Así, sin dar muchas vuelta al asunto, escribí la nota de suicidio más ambigua de la historia:

“Te vi venir, cansado de ti y agobiado por lo que fue un asunto de suma importancia. Estabas demacrado, con un pesar muy denso y la pena más latente que se puede expresar, pero estabas. La sensación que te forzaba a continuar también te arrastraba, devorando tu inocencia y escupiéndotela en la cara. Lo noté en tu mirada fría, reflejando el temor al silencio inerte que solo puede conseguirse en la tumba. No sé si fue tu hambre de respuestas inmediatas o tu exagerada manía de libertad, pero encaraste a la inmundicia del ser y perdiste. Si no sabes que hay después, ¿para qué dudar?

Allá tú. Al final, todo pasa exactamente como menos te lo esperas.”

Intenté releerla pero las voces en mi cabeza me decían que ya era hora. Cargué el arma, puse el cañón en mi sien, cerré los ojos con fuerza y jalé del gatillo sin saber qué esperar.

Y sin embargo, ahí estaban. Docenas de personas en mi funeral.

La dama de la morgue

Ella llegó un viernes por la noche cuando mi turno estaba por expirar. Su frágil cuerpo se deslizaba en la cama. Tenía el rostro más bello que jamás había visto en mi vida. Sus cabellos parecían aún flotar mientras que su tersa piel no presentaba ningún desnivel. Su sonrisa de lado, extrañamente, aún se mantenía encendida y sus ojos como dos cárceles descansaban plácidamente. Era perfecta, salvo un menudo detalle: ¡estaba muerta!

Creerán que he perdido la razón y que mis deleites colindan con la necrofilia; pero no es así, ¡no me juzguen! No soy un enfermo, no es que desfilen por mi mente ideas escabrosas ni lascivas. ¡Habráse visto! Solo quiero seguir contemplando ese rostro que os juro me sonríe, que me lanza palabras silentes en un código que solamente ella y yo reconocemos. Estoy por descifrarlo, solo necesito un tiempo más.

En otra vida sé -ahora estoy completamente convencido- que nos conocimos, que constituimos un vínculo que trascendió espacio y tiempo y que hoy nos ha llevado a un indefectible reencuentro que precisamente tenía que atestiguar la muerte de uno de los dos para consumarse.

No sé cuánto tiempo llevo aquí, las horas de la vigilia y el sueño se entrecruzan, dejándome una sensación onírica.

El médico que me releva en la sección de tanatología forense acaba de llegar ¡no le permitiré que me robe su sonrisa! Aquella musa inmóvil en la camilla es mía; ¡únicamente mía! Una inefable dama que tras su muerte vino a buscarme. No les puedo permitir -a esos seres grises- que me la arrebaten ahora que finalmente logró hallarme.

Se oyen los pasos de mi colega, sus sucias manos pretenden girar la manija de la puerta, ¿se largará acaso cuando la encuentre trancada?

-Hey, no te molestes en insistir, la puerta está con llave. Tengo un caso muy particular aquí, yo cubriré todo tu turno también esta noche -impávido se lo digo mientras advierto algunos murmullos allá afuera-.

Balbucea unos instantes; la desconfianza lo invade, pretende denegarse, lo piensa unos segundos más y al fin cede a mi deseo. Imagino que entiende la firmeza de mi voz, sabe que es mejor no jugar conmigo. Oigo a sus pasos alejarse y finalmente desaparecen al igual que los susurros. ¿Esta escena ya la he pasado antes? ¡Qué más da!

Somos nuevamente solo ella y yo. Nuestro instante ha llegado, pondré un tango y danzaremos en el aire, convertiremos esta sombría sala de autopsias en el salón de baile donde habremos de cortejarnos sin rubor. Seré su caballero, será mi dama, recobraremos esa vida que se nos fue arrebatada pero que en la hora final -si no se nos es devuelta- inventaremos. ¿Diseccionarla? ¡No!, jamás osaría auscultar (dañar) ese cuerpo tan perfectamente aletargado y que ahora suspira evocándome.

¿Qué pasó con el mensaje? Ya no puedo descifrarlo, necesito sus órdenes, sin ellas no sé qué hacer.

El diagnóstico de su dimisión es: “Paro cardiaco súbito”, puedo verlo escrito en un obsceno papel. El mío también lo será si no me responde, si no me arroja más indicios. “No tengas miedo ¡yo te cuidaré!” -le susurro al oído-.

Ningún familiar ha venido a reclamarla, debería pasar al departamento de morfología de la universidad entonces, pero ¡oh coincidencia! hace una semana esta entró en una huelga indefinida y no es posible llevarla para allá. Ergo, su cuerpo debería descomponerse pero no lo hace porque es mágica, claramente este mezquino mundo le es ajeno pues sus reglas no tienen jurisdicción en ella; ni siquiera la implacable muerte puede arrebatarle la vida.

¿De dónde viene ese olor a rosas? Ah, ya recuerdo, son las mismas rosas que le entregué el día de nuestra boda. Pinzas, bisturíes, éter, ácido sulfúrico, acetona, mascarillas, guantes quirúrgicos… ¡no me sirven para nada! Me sirve, por el contrario, el poema que debo recitarle para que se embriague de él, se desentumezca cada arista de su cuerpo y vuelva a magnificarse con una sonrisa.

Estimo que ya han pasado muchas horas.

-”Dime, ¿esos ojos jamás se volverán a abrir?, ¿por qué no me respondes?, ¿acaso hice algo mal?, ¿o debo ser yo el que esté tendido en esa camilla y tú la que lloras sin consuelo como en este instante lo hacen mis ojos pusilánimes?

No teníamos que desenvolver estos papeles, el orden es una locura, ¿por qué mierda te fuiste antes que yo?, ¿estás ahí? ¿O es que debo interpretar tu silencio, como una visible señal de condescendencia a la decisión que tomaré? ¿Ese bisturí más grande y filoso es el medio que me presentas para cumplir con mi misión? ¡Lo comprendo!, lo acercaré a mi cuello”.

Las primeras gotas de sangre de deslizan por mi torso.

Ya no huelo rosas sino productos antisépticos de limpieza, ya su rostro no esboza una sonrisa sino una agobiada mueca, ya sus cabellos no emergen en el aire, solo le cubren el rostro y estorban, ya su piel no se percibe lozana sino consumida… ¡Su silueta es un saco sombrío en plena descomposición!

¿Qué diablos pasa? Mi mente no es la misma; no es la mía. No está bien; no estoy bien. Siento que nuestra historia fenece en las encrucijadas de un sueño y da pase a una realidad inalterable…

¿Quiénes son ellos que fuerzan la entrada y allanan el lugar junto al médico? Ya le había dicho que hoy supliría su turno, ¿por qué me apuntan y me acorralan, me reducen y me introducen una aguja que debo suponer lleva un tranquilizante? “¡No! ¡Suéltenme!”, ellos quieren separarnos, no me interesa que ella haya perdido todo su vigor y su belleza, le juré estar a su lado más allá de la muerte, “¡libérenme!”, no me pueden arrebatar el derecho de estar a su lado. Las palabras se me entrecortan, la vista se me nubla, el cuerpo se me hace pesado, las fuerzas se me desvanecen: – “¡por favor!, si me voy, solo quiero despertar a tu lado amor mío…”

*

Ya son 5 días que me encuentro en este sanatorio, me han diagnosticado espectro de esquizofrenia y otros trastornos psicóticos. Encima de una mesa se halla desperdigado un periódico que tiene por titular: “Médico forense pierde la razón luego de permanecer encerrado durante 3 días en el cuarto de necropsias donde desarrollaba su labor. El galeno fue hallado en un estado lamentable junto a un cadáver -que ya mostraba signos de descomposición- de una joven mujer. Los policías y personal médico del lugar entraron segundos antes de que el profesional atente contra su propia vida. Antes de inyectarle un tranquilizante manifestó que aquel cuerpo inerte le pertenecía a su mujer -fallecida hace unos meses- y que su deber era reencontrarse con ella”.

Ellos no saben nada, ni doctores, ni periodistas ni policías. Reducen sus argumentos a un trastorno mental inexistente, no saben interpretar siquiera los códigos de la eternidad, del amor y de un pacto irrevocable ¡Ella es mi amada y la seguiré esté donde esté!

Hoy en sueños me ha visitado nuevamente y finalmente he logrado comprender todas sus demandas. Ella me sigue aguardando: debo concluir con lo que esos grises individuos me truncaron en aquella hostil sala de necropsias. Nuestro reencuentro está asegurado; aquel incisivo cuchillo que un cocinero acaba de descuidar sobre la barra será la puerta que -incansablemente- he buscado desde que su ausencia se magnificó. Al otro lado, ¡ella me espera!

– Andrei Velit

La mujer en el bosque

Tenía un cigarro entre los dedos. Creí que estaba solo cuando escuché un sonido y entonces, al voltear, mis ojos se clavaron en los de ella. Eran tan intensos que no pude dejar de mirarlos, percibí que su cabello estaba alborotado, sus labios resecos, sus mejillas sonrojadas, la expresión en su rostro me produjo escalofríos. Era el rostro más apacible que jamás había visto.

Cuando dio la vuelta, me desesperé y traté de seguirla, pero de la misma forma en que apareció, se había desvanecido. No pude sacar de mi mente aquella mirada en los próximos días en que traté de verla de nuevo, parado en el mismo punto, a la misma hora y casi con el mismo aire.

Llegué a pensar que se trataba de una criatura mítica, de esas que se les aparece a incautos para volverlos locos con su belleza y que luego jamás vuelves a ver; aun así, estaba decidido a revelar el misterio de aquella mujer que con solo una mirada y sus ojos comunes me había enamorado.

Un día, en que ya estaba por retirarme del bosque con las esperanzas marchitas, escuché su voz. Mi corazón casi se detuvo. Había imaginado, desde aquella vez, como podía ser el sonido de su voz y era tan dulce como su rostro, su “Hola» me derritió, me dijo entonces que me veía muy seguido en ese lugar y que la curiosidad la obligó a preguntarme el porqué.

Entonces me sentí tan tonto y ridículo cuando le respondí, pero si había decidido encontrarla y saber quién era, no podía dejar pasar la magia ni el momento por más tonto que me sintiera. De todos modos, si una locura le parecía la historia, al menos podré contarla.

En el mejor de los casos, el esfuerzo habrá valido la pena, porque desde que la vi supe que ella era para mí y que rendirme a su apacible presencia sería mi mayor placer; entonces la tomé de la mano y empezamos a caminar. Mientras le contaba el pasado, iba construyendo mi presente y mi futuro con esa mujer.

– SS.

En las noches

Hace un tiempo atrás creía que me amabas tanto como yo también lo hacía, que te preocupabas por mí de la misma forma como yo lo hacía, que hacías sacrificios tan difíciles como los míos, que los momentos en que no nos veíamos eran tan difíciles para ambos y, entre mis lágrimas y mis sonrisas, creía que esperarte estaba bien, que me mantuvieras en el anonimato era porque el momento aún no había llegado, que andar detrás de ti era lo necesario. Yo lo creía y por eso no me era difícil hacerlo; porque lo hacía por ti.

Esperaba con ansiedad las noches para nuestros encuentros y creía que la forma en como me besabas, en como me tocabas y me hacías el amor; era por tu desesperación de no tenerme, eso me llenaba de tanta alegría porque creía que hacíamos el amor.

Entonces, al día siguiente, después de esperar tanto un mensaje o una llamada, llena de impotencia y desilusión, creía en que fue un día muy ocupado para ti y que tenías asuntos más importantes, entonces olvidaba todo cuando llegaba tu mensaje, al anochecer.

Me había concentrado tanto en que llegaran las noches que no me di cuenta de lo que pasaba conmigo en las mañanas, no me di cuenta que la angustia carcomía mi corazón, que ya no creía necesario algo de afecto o atención, que un mensaje era la muestra más grande de amor, que yo debía esperar y esperar, que había detenido mi vida, mi alegría, mi esencia. No me di cuenta de que ya no era yo.

Mientras tanto, disfrutabas tus logros y progresos y que me tenías ahí, para ti, con tan solo un mensaje. Sabías que te amaba y que disimuladamente me amoldaste a tu vida, a tu tiempo, a tu placer. Estaba encadenada a ti con la llave en mi mano, pero sabías que no la usaría… hasta ese momento.

En que una noche vi en tus ojos la seguridad, la soberbia, tu ego, vi que no hacíamos el amor. Tus caricias toscas, tus besos fríos, tus palabras huecas me sacudieron el alma y arrugaron el corazón. En ese instante, como si del anuncio de mi muerte se tratara, vi como había perdido mi vida y sentí tanto miedo porque no tenía nada más, porque creí que lo tenía todo. Quedé vacía y aturdida. Para cuando tomé consciencia, tú ya no estabas.

Y me quedé inmóvil viendo que en realidad me habías utilizado, que solo era un pasatiempo, que no era parte de tu vida ni de tus pensamientos, que yo siendo tan capaz e independiente me había aferrado, me había enamorado. Que mi imponente carácter sucumbió a tus caricias, que mis expectativas fueron engañadas por tus promesas, que mi personalidad decidida se acurruco en tus brazos y mi determinación se fue al carajo. Me quedé abrazando mis deshechos sentimientos y secando mi ego, me quedé llorando a la que era yo, antes de ti.

– SS.

Me diste música

Durante muchos años me he privado de escuchar música. No como un ritual estricto a cumplir, simplemente no me apetecía. Me excusaba a mí mismo para no poner música y me di cuenta que ya llevaba varias años con ese comportamiento. Estaba considerando cambiar esta actitud, y entre trabajos y responsabilidades, siguieron pasando otro par de años más. Ya me daba igual, no había necesidad de escuchar música y tenía que fingir que escuché las recomendaciones musicales que me daban.

Resultó que, por esos extraños sucesos de la vida, me encontraba escuchando las recomendaciones musicales que me diste a las 2 a.m. Al comienzo me sentí muy extraño, como quien está rodeado de extraños en un salón de reuniones. Me sentí extraño, pero lleno de curiosidad de saber qué es lo que tanto te atraía de esta música. Todo era tan nuevo, tan raro y todo era un nuevo mundo. Lo disfruté.

Llegó el momento de guiarme solo por este camino que ya conocía pero no había recorrido por años. Empecé con alguna canción aleatoria que me agradaba pero no me traía ningún recuerdo en particular. Luego, una me hizo sentir lleno de energía. Proseguí y no sé en qué momento caí en las canciones de mi adolescencia. Estaba lleno de nostalgia, lleno de recuerdo, sensaciones y sentimientos. Nostalgia otra vez. Pensé que, en algún momento, alguna de estas melodías me harían llorar. No sucedió. Me sentía feliz. Miré el pasado con una sonrisa y recordé que así se sentía la felicidad.

Este regreso a este camino empezó gracias a ti, a las conversaciones y las recomendaciones. Hoy puedo voluntariamente reproducir una canción mientras realizo cualquier labor como trabajar, limpiar o descansar. Gracias. Puede sonar muy tonto, pero puedo ser un poco más feliz gracias a ti. ¿Me dejarías hacer algo para que tú también seas feliz?

Rony Vásquez Guevara, escritor y académico, que está marcando época con la emblemática editorial «Quarks»

El jurista Rony Vásquez Guevara, muy a parte de su labor profesional, se dedica a las actividades literarias, ya que es un estudioso de la crítica y producción del género breve, específicamente la minificción (caracterizada por brevedad extrema, ficcionalidad y narratividad), además, es uno de los mayores impulsores del género a nivel internacional.

Erick Rony Vásquez Guevara nació en Lima – Perú, 1987. Publicó: Cuadernillo de pulgas (2011); Cuaderno de pulgas (2011); Circo de pulgas. Minificción peruana. Estudio y antología (1900-2011) (2012); En pocas palabras – Antología del microcuento liberteño (2012); En pocas palabras – Antología del microcuento cajamarquino (2013); El universo de los caracteres. Brevísimo estudio y antología (2014); Tuiteratura (2016) y El último dinosaurio vivo. Antología personal (2016), entre otros.

Sus minificciones han sido traducidas al inglés, ruso, italiano, persa y francés.

De formación académica, su línea de investigación es la minificción y demás brevedades literarias, cuyos ensayos y artículos han sido publicados en revistas especializadas de Colombia, México, Estados Unidos y Perú.

Ha sido invitado de diversas ferias internacionales de libro. Participó en el Seminario de Estudios sobre Minificción de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su taller de minificción “El dinosaurio” se impartió en República Dominicana, Venezuela y Perú. Es un intelectual polifacético, como crítico y ensayista, colabora en importantes revistas literarias, además de hacer ponencias en diversos medios académicos.

Asimismo, está profundamente relacionado con las principales revistas peruanas, editoriales y centros de estudios de literatura breve, como: Mirmidonia. Revista andante de Microrrelatos; Centro Peruano de Estudios sobre Minificción; Editorial Micrópolis S.A.C.; Plesiosaurio. Primera revista de ficción breve peruana y fue editor invitado por la revista Ekuóreo (Colombia, 2013).

Rony sabe que, en los tiempos actuales donde impera la inmediatez, la ficción breve es el arte que podría enriquecer nuestras vidas, por eso, en un trabajo quijotesco, sin percibir remuneración alguna, mantiene a “Quarks Ediciones Digitales” que difunde el microrrelato y promueve su lectura.

La editorial “Quarks” cuenta con un acervo diverso de contenido de gran calidad, asimismo, de mucha calidad de edición; con una variedad temática que abarca la literatura de diversas índoles, como de carácter fantástica; también, temáticas referidas a la denuncia social, aunque este grupo es el sector minoritario cuenta con material contundente de grandes nombres de la microliteratura internacional. Además, existen algunos textos brevísimos incluidos en las diversas publicaciones que colindan con la tradición oral. Son textos brevísimos, ficcionales y narrativos, con una influencia sustancial del discurso oral que rescatan contenido regional de los países que representan.

Quarks Ediciones Digitales posee dos colecciones: “Máximo minúsculo” que está dirigido a la publicación de antologías y “Ciudadano mínimo” que publica libros de autor.  Promoviendo así, la microficción y sus autores a nivel internacional.

Percibo y me gusta y sé que no me equivoco que, para Rony, el arte literario no es como una arena de gladiadores, sino, que coincidimos con algo que siempre afirmo: “la literatura es una fiesta, un encuentro”; es por eso que constantemente publica a otros escritores.

Estas actividades editoriales, sumadas a las actividades profesionales, no fueron capaces de ocultar el lado profundamente literario e imaginativo de Rony Vásquez Guevara, que escribió diversos libros, valiosos ensayos, y numerosos microrrelatos.

Rony Vásquez Guevara es un intelectual inquieto y autocrítico que está caminando por el sendero ancho de la literatura del siglo XXI, no solo por la calidad de lo que escribe, como también por la hermandad que lo caracteriza y se revela en la generosidad de publicar y distribuir exento de costo, los libros de Quarks ediciones, comprobando que el verdadero arte es una misión de pocos, mientras escribe su nombre en los anaqueles de la historia de la literatura del siglo XXI.

“I

Era medianoche cuando sintió que sus brazos empezaban a
moverse. Decidió, entonces, romper el cajón. No fue fácil.
Continuó escarbando y logró ver la Luna. Había salido del
encierro funerario. Empezaría una nueva vida.

II

Sabía que papá vestía un pijama blanco para dormir, pero
desconocía que la bisabuela llegaba a casa todas las
medianoches con su pijama para preparar el desayuno.

III

A medianoche, mi esposa y yo, escuchamos que alguien llamaba
a la puerta del clóset. Ella, algo temerosa, se acercó para
averiguar. «Ya regreso», me dijo. Ingresó en el clóset y cerró su
puerta.
He despertado para ir a trabajar y el desayuno no está
preparado.”[1]

– Márcia Batista Ramos

SOBRE LA AUTORA:

Márcia Batista Ramos, nació en Brasil. Licenciada en Filosofía. Es gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Es columnista en la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia y en periodismo binacional Exilio, México. Publicó: Mi Ángel y Yo; La Muñeca Dolly; Consideraciones sobre la vida y los cuernos; Petty Barrón De Flores: La Mujer Chuquisaqueña Progresista Del Siglo XX; Tengo Prisa Por Vivir; Escala de Grises – Primer Movimiento; Rostros del Maltrato en Nuestra Sociedad; Dueto; Escritoras Cruceñas, Caballero, Reck & Batista; Escritoras Contemporáneas Bolivianas, Caballero, Decker & Batista; Caspa de Ángel – antología de cuentos, crónicas y testimonios del narcotráfico, Batista-Ramos & Carvalho Oliva. Es colaboradora en diversas revistas internacionales.


[1] Rony Vásquez Guevara: “A medianoche”; COLECCIÓN Comarca Mínima, El Taller Blanco Ediciones, Bogotá, Colombia, septiembre de 2019.

Error de cálculo

Decidí caminar detrás de ti y seguir el sendero imaginario dibujado por la suave silueta de tu sombra que a esas horas de la tarde ya no reflejaba tu estatura real. A pesar de tener un horario bastante ajustado, fue el instinto de la atracción lo que me llevó a hacerlo. Estaba fascinado por el movimiento de tu cabello y la manera en la que tu holgada chompa confabulaba con tu figura para crear una ilusión muy atractiva a la vista.

Sea lo que fuese, no planeaba cambiar esa ruta por un buen rato. Tu forma de andar era tan elegante que parecías flotar al ritmo del viento, frágil y maleable por la más mínima influencia sobre tu ser. Cualquier persona que me estuviera observando, posiblemente, habría deducido que mis intenciones no eran buenas. Para mi suerte, tu falta de interés sobre tu entorno y los audífonos blancos que llevabas puestos ayudaron a que no te des cuenta de mi existencia sobre todo cuando ya había pasado una considerable cantidad de tiempo y yo seguía tras tus pasos.

Para mí, eras todo un misterio. Tu nombre, tu edad, tus gustos, tu aroma, todo. Pude ver el perfil de tu rostro un par de veces cuando el instinto te hacía girar la cabeza para alejar los cabellos rebeldes que invadían tu visión de cuando en cuando pero volvías a mirar adelante porque no podías perder de vista el camino que traías encima. Ya habíamos completado un trayecto promedio entre Santa Úrsula y Magisterio convertido en un paseo entretenido y obligatorio para mi duda.

Se me ocurrió poner en medio algún tema de conversación o una excusa, por más banal que fuera, para iniciar una charla. Nunca antes había hecho algo así pero vaya si valía la pena intentarlo. Noté que la longitud del espacio que nos separaba se había reducido, era algo lógico considerando que durante mi fantasía aceleré mi caminar. La idea de conocerte revoloteaba en mi cabeza como un pavo real dentro de una jaula pequeña. Repentinamente, el temor que fluía con la timidez empezó a acechar. Era dañino, tóxico y me planteó dudas. Intenté rechazarlo pero volvía a insistir con más fuerza. Jodía y no dejaba pensar con claridad.

Antes de decidirlo ya tenía todo planeado. Igualaría tu ritmo y soltaría palabras al azar en voz baja, luego, te quitarías la música de los oídos para preguntarme que fue lo que había dicho y entonces dejaríamos que todo fluya. Seguiría tu corriente contestando tus preguntas con más preguntas, jugaría con tus reacciones y mediría tu comodidad conforme lo nuestro avanzaba. De salir todo bien, aparcaríamos en un café cercano o con un cigarrillo en alguna plazoleta donde los ciclos nacen y terminan. Creo que estaba listo.

Aceleré y ya casi te había alcanzado mientras preparaba mi boca para tartamudear cuando pasó lo que tenía que pasar. El recuerdo de lo ocurrido aún me golpea el estómago y deja un vacío incómodo en mis entrañas. Un sujeto alto con el cabello corto y ropa de skater te abordó en cuestión de segundos. Al instante, tú le diste un abrazo y te quedaste prendada al increíble exceso de colonia jamaiquina que arrastraba desde hace varias cuadras. Fue lo que dijiste a continuación lo que terminó de matar a mis emociones sobrevaloradas. “Hola mi amor”. Sin rodeos ni bromas, simplemente el hecho, tan doloroso, que me dejo en claro tú indisponibilidad.

Mi inútil habilidad de ilusionarme en exceso me había traicionado despiadadamente y sin medir sus consecuencias. Los rebasé con prisa y me escondí en la primera grieta que pude encontrar. Evité sentirme mal hasta ponerme en orden y entender que fue más culpa tuya que mía. Después de sacudir los pensamientos inocentes, llegué a la conclusión que todo esto había sido un simple error de cálculo, un número fuera de lugar que no supe fraccionar y malogró toda la página. Después de todo, nunca fui bueno en matemáticas.

La brecha

 “Lo que decimos no siempre se parece a nosotros”.
– Jorge Luis Borges

¿Quién soy? Estoy tratando de averiguarlo. Eso no tiene nada que ver con algún problema en la memoria o cualquier cosa que se relacione con la mente humana. Apenas, reviso gavetas abarrotadas de papeles que acumulé toda la vida, con anotaciones que podrían servir para escribir un libro (que nunca fue escrito), que, por motivos varios, se quedó en el olvido, en las gavetas del escritorio. Pareciera que los recuerdos estuvieron guardados en un frasco, entre papeles, en cada gaveta.

Leí varios diarios y no escribí ninguno durante toda mi vida, debido a que perdí mucho tiempo y no tuve interés por la escritura demasiado personal o íntima, que me permitiera escribir pequeñas crónicas sobre cosas sencillas que ocurrieron en mi niñez o en el transcurso de la vida. Tampoco me dediqué a estudiar el inglés antiguo, el sánscrito y cosas parecidas, excepto, por un corto tiempo que estudié el esperanto.

Tal vez, sea una cuestión de carácter, el hecho de respetar la privacidad de mis hijos y no contar sus hazañas o no mostrar las fotos de familia y contar las historias que casi ocurrieron y emperifollarlas un poco, para parecer que soy lo que en verdad no fui y nunca seré.

Detesto los deportes masivos como el fútbol. Las fiestas populares como los prestes y el carnaval.  Me gustan los juegos solitarios: el ajedrez, la equitación, la natación.

En los días de lluvia, pienso mucho para no darme cuenta de que llueve, porque, por algún motivo bastante oculto en mi subconsciente, no me gusta la lluvia, aunque sé que es muy necesaria y de importancia vital para todos los seres vivos. 

Mi madre era católica, como todas las buenas señoras de la pequeña aldea donde vivíamos cuando yo era pequeño. Mi padre era librepensador y yo, no entiendo de religión y no sé si quiero ser un libre pensante, si quiero ser igual a mi padre o si quiero ser un católico apostólico romano.

Leí gran parte de la obra de Borges y eso, creo, es lo que me confunde un poco, porque él tuvo más influencia sobre mi pensamiento que el cura del pueblo, mi profesora o mi madre o mi padre. Tal vez, porque pasamos clases de francés juntos, cuando aún éramos niños, e inglés cuando fue necesario hablar fluidamente esa lengua, en el tiempo que la sociedad lo exigía; así como exigía, una buena caligrafía.

En nuestro tiempo, hacíamos lo que era necesario hacer, no así, lo que nos gustaba. Pero no haré ninguna digresión sobre la necesidad y el concepto de responsabilidad que nos inculcaron los mayores.

Tampoco utilizaré estas pocas líneas para hablar del universo mitológico que representa el amor; o para contar sobre las veces que amé y las veces que fui amado. Sencillamente porque el tedio de la espera se apoderó de mi existencia. La incertidumbre tejió su manto sobre mi presencia y la duda sobre si un día seré, crece como un hongo que me deja inerte y coagulado entre papeles en las gavetas del escritorio.

Cuando fui al cuartel, me separé de Borges, él, por razones obvias, no pudo ingresar al cuartel, a pesar de que no le hubiera gustado. Por su temperamento, apenas me escribía cartas esporádicas, hasta que un día se extinguió su cuerpo y él se hizo inmortal.

La vida pasó, de forma lenta y gradual en mi caso. Y estoy aquí, entre papeles en las gavetas del escritorio, con mi edad incierta que bien podría pasar el siglo. Estoy aquí con esperanzas adolecentes… Atiborrado de remembranzas e incertezas. Sin ningún tipo de resquemor que me nuble el alma.

Otra vez, me pregunto: ¿Quién soy?

Borges decía que: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.”

Yo diría que mi memoria es un acumulo de anotaciones, para una historia que quizás se escriba. Quizás, jamás se escriba… Porque soy un personaje, sin nombre, de una historia que Márcia no escribió, sobre mi niñez junto a Borges y del camino que cada uno tomó en una encrucijada de la vida.

Existe una brecha entre escribir y vivir. No todos los lectores comprenden, asimismo, no todos los escritores lo saben.

– Márcia Batista Ramos

SOBRE LA AUTORA:

Márcia Batista Ramos, nació en Brasil. Licenciada en Filosofía. Es gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Es columnista en la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia y en periodismo binacional Exilio, México. Publicó: Mi Ángel y Yo; La Muñeca Dolly; Consideraciones sobre la vida y los cuernos; Petty Barrón De Flores: La Mujer Chuquisaqueña Progresista Del Siglo XX; Tengo Prisa Por Vivir; Escala de Grises – Primer Movimiento; Rostros del Maltrato en Nuestra Sociedad; Dueto; Escritoras Cruceñas, Caballero, Reck & Batista; Escritoras Contemporáneas Bolivianas, Caballero, Decker & Batista; Caspa de Ángel – antología de cuentos, crónicas y testimonios del narcotráfico, Batista-Ramos & Carvalho Oliva. Es colaboradora en diversas revistas internacionales.

Cerdos

Cerdos, todos son unos cerdos, asquerosos y repugnantes. Entes lujuriosos que caminan y se empujan por estrechos pasillos mientras desvisten con la mente y manosean con la mirada. Sus billeteras arden por el deseo de un cuerpo perfecto. Van por ahí, totalmente ardidos, buscando a la muchacha con el rostro más dulce y la carne más fresca. Sin duda ni remordimiento, se abalanzan a cada puerta entreabierta donde se filtre esa tenue luz roja que indique disponibilidad.

Al otro lado de esas puertas, donde ya no llega la inocencia, se encuentran ellas. Tan impuras. Tan frías. Tan anónimas. Se venden exponiendo el cuerpo, seduciendo a los incautos y atrapando a cada par de ojos pervertidos con el simple encanto de la piel. A veces sonríen, a veces mastican un chicle y a veces calan un cigarrillo. Intentan provocar apelando al instinto más primitivo de los cerdos que las observan.

Ellos, embelesados, van cayendo uno por uno. Se dejan dominar por cualquier pretexto. Son de metal y su imán es la figura, la belleza, el aroma. Gustosos y depravados, aceptan la invitación en la manera más infame posible. Mientras más rica, mejor.

No lo verás. No lo escucharás. No sabrás lo que ocurre ahí aunque lo sepas a la perfección. El trato se cierra y se ejecuta al instante. Los cerdos gozan, se divierten, calman sus ganas carnales y desfogan sus roñosas fantasías en las pobres muchachas mientras que ellas… bueno, a los cerdos no les interesan, al fin y al cabo solo son putas. Su respetable oficio consiste en eso: un penoso acuerdo de mutua complicidad y ninguna cláusula de privacidad.

Cuando termina el juego, es momento de irse. Los cerdos salen satisfechos y complacidos, sintiéndose ganadores, alardeando su inmunda autoestima frente a sus igualmente inmundos colegas. Sonríen con hipocresía, jactándose de una proeza irreal, siempre con la frente en alto y mugre en la consciencia.

Ahora toca descansar el miembro porque una sola vez no basta. Piden una cerveza y se sientan a esperar el cambio de turno. Ya saben de memoria quien remplaza a quien y quien será su siguiente puerta. Obviamente, estarán encantados de volverlas a ver.

Pero ellas, no.

Fantástico

(…) Le preguntaron «¿Qué es lo mejor que te pudo pasar en la vida?», una pregunta seria y un tanto difícil de responder, pero el muchacho sin titubear ni pensar detalladamente, respondió: «Lo mejor que me pudo pasar en la vida fue haber nacido y poder ayudar a las personas», sin embargo, aún no había concluido de contestar la pregunta y agregó: «No tendría sentido mi vida sin poder ser alguien servicial».

De pronto, el dueño del bar se quedó por un momento estupefacto, pues no podía creer semejante respuesta, se mostraba un tanto incómodo y con una actitud desconcertante al cual lanzó otra pregunta, «¿No has pensado en buscar un buen empleo para vivir?». Aquel joven era apenas un estudiante, que se ganaba la vida atendiendo en una cabina de internet para sustentar sus estudios de abogacía, el joven nuevamente contestó: «No vine al mundo a trabajar para vivir, tampoco vivo para trabajar y acumular bienes u obtener reconocimiento alguno, mi propósito en este mundo es simplemente ayudar a los más necesitados». Pues este joven creía en la justicia y en la ayuda que él podía brindar a los demás con lo más mínimo que pudiera ofrecer.

El dueño del bar se sentía un tanto avergonzado con la respuesta de aquel joven, pues él trabajaba solamente para vivir, no aspiraba más que juntar dinero y tratar de llenarse de bienes con el cual impresionar a la gente, cuidar y vivir bajo las apariencias y el qué dirán de los demás. Una vez más el dueño del bar le preguntó, «¿No has pensado en tu futuro?¿No quisieras tener una casa lujosa o una camioneta del año?». El joven le contestó: «Mi objetivo no es coleccionar bienes o impresionar a la gente, vivir bien no implica tener una zapatilla con el cual salir a diario con un par diferente, para mí basta tener un suelo donde dormir, la comida necesaria para cada día y vestimenta que me pueda abrigar y cubrir».

El dueño se quedó sin palabras, no hizo ninguna pregunta más y se marchó diciendo: «Veo que aún eres muy joven y no sabes nada sobre la vida». Queriendo presumir y tener razón sobre el sentido de la vida. Sin embargo aquel joven, conociendo la intención de ese señor, preguntó: «¿Sabe qué es lo más fantástico de todo ello? El poder contar con el respaldo de aquellos quienes te aman, ya sea tu familia, tu enamorada, algún familiar cercano y por último, los amigos. Siempre que haya alguien con quien puedas contar, es una motivación para seguir adelante» (…)

Abandonado

Desperté agonizando por el frío y mi madre aún no había regresado. Desde ese ángulo, la caja vacía era un inmenso campo en el que alguna vez me soñé persiguiendo a esas aves grises que me visitaban cada mañana. Al levantar mi cabeza, volví a la realidad.

El cielo seguía tan oscuro como cuando apenas anochece. Algunos carros pasaban a una velocidad exagerada y acompañados de un ruido infernal al que tuve que acostumbrarme a la fuerza. El olor nauseabundo de la basura ya empezaba a sentirse en toda la avenida Ejército y las luces titilaban con hambre. O probablemente era yo, ya no estoy tan seguro.

Ya son varios días desde que la amable señora del sombrero blanco me trajo aquí por última vez. Ella siempre dejaba algo de comida para mí y mis hermanos, nos cargaba con suavidad y luego se sentaba durante horas a nuestro lado mientras conversaba con las cabezas que se asomaban para vernos. Eran muy pocas las veces en las que ellas se quedaban ahí y era más raro aun cuando decidían llevarse a uno de nosotros. Fue así como todos se fueron yendo, uno por uno, cada cierto tiempo. Y un día me quedé solo. Nunca nadie vino por mí.

Mi madre dijo que tenía que ir un poco más lejos para encontrar algo decente que comer. Hasta ahora no la he vuelto a ver. Supongo que sigue buscando. Mi colita está pendiente a su llegada.

Las horas quietas son demasiado largas para un cachorro como yo. No necesito una cama cómoda y mucho menos algo lujoso. Debes saber que me siento completo con el sonido de tu voz prestándome atención y alguna caricia ocasional hasta el cansancio. Sé que nunca podré compensarte con algo de valor, así que solo puedo ofrecerte mi lealtad completa y cariño incondicional. Te lo juro por la patita.

Bueno, tal parece que nadie vendrá. Mi garganta está muy seca por la falta de agua y ya no tengo muchas ganas de jugar. Me hubiera gustado conocer un poco más del mundo, caminar por esas calles que siempre tuvieron un olor peculiar y jugar con los otros perros que ladran en el otro lado de la acera. Ya no soporto el peso de mis pestañas, así que dormiré otra siesta mordisqueando la idea de que alguien me llevará a su hogar.

No lo sé.

No me gusta pensar que la vida de un callejero no vale lo suficiente como para no ser rescatada.

Realidad o sueño

Son los últimos días del año 2020 y hoy me encuentro escribiendo un pequeño texto, sentado en uno de los escritorios de mi habitación, la luz un tanto opaca, no me interrumpe la mirada, una taza de café al costado izquierdo y unos cuantos documentos que reclaman mi atención, un poco de lluvia para ambientar y recordar el frio de la calle, los pasos de mi madre por el pasillo y un poco de música actual para recordar lo acontecido.

Algunas fotografías en el escritorio, un par de bolígrafos y mi celular esperando la llamada de mi amada, la oscuridad que me rodea y una casaca en el espaldar de mi silleta si es que tengo que acudir a alguien.

La pasión por la escritura no se me termina, aún extraño esos pequeños recitales en los diversos cafés de la ciudad, alguno que otro bar y nuestras reuniones periódicas con el Búho, un grupo de amigos literatos que se encargan de ponerle sentido a la vida.

A pesar de no encontrarme recitando a causa de esta pandemia, la imaginación se me viene a la cabeza y alguno que otro recuerdo de años pasados, mi pasión por la escritura no se me termina, pero un pequeño cosquilleo en la palma de las manos me señala que termine este párrafo.

Pues en el siguiente, haré recuerdo de aquellos cafés en el que solíamos degustar con un buen espectáculo de literatura o quizás ver a los amigos compartiendo su arte con los bohemios, muchos de ellos lectores de diversos géneros, desde filosofía hasta fantasía, pues todo texto cae bien para el cerebro.

En medio de la noche, un poco de imaginación, la lluvia no para de caer, algunos recuerdos negativos quieren influenciar en mis sentimientos, pero el pensamiento es dominante y pide un poco de imaginación.

Es así que el futuro es incierto, pero el soñar no puede estar de más, aquel anhelo por volver a recitar, compartir el arte con los demás y escuchar nuevamente el sonido del aplauso. Un tono de melodía para los oídos y la audiencia disfrutando lo leído.

El café está por cerrar, los amigos que se abrigan y se ponen sus chalinas, gorritos de colores y casacas de polar; veo por ahí al dueño del local feliz y sonriente, las personas sin mascarillas caminando libremente, pues la pesadilla de un virus mortal fue solo una ilusión.

Regresando a la realidad, es hora de cerrar este texto, es tarde, casi media noche, los ojos parpadean de cansancio, el trajín del día exige al cuerpo un descanso después de haber estado todo el rato en vertical, la cabeza extraña la almohada en el cabezal, y el cuerpo deseando sentir la suavidad del pijama.

En esta noche no escribiré más palabras, solo sé que fue un año controvertido, de mucho aprendizaje, de reflexión, donde los sueños así como los recuerdos y aquellas realidades, están sujetos al simple hecho de la voluntad.

Las palabras

La casa fue un pequeño cuartel español que sirvió de protección y albergue para los Jesuitas de la extinta Misión de San Juan, cuando viajaban desde El Oro hasta la audiencia de Charcas, cargados del metal precioso, que explotaban en las minas de su misión, con la gracia de Dios y la sangre de los indígenas apresados en cualquier lugar y también a las orillas del río Grande, otrora navegable hasta la audiencia de La Plata.

Después de la Republica la casa fue guarida de cuatreros, hasta que un palestino de pasado dudoso, los mató a tiros y se apropió de la casa, que pasó a sus herederos, que un día derrumbaron la torre de vigilia para que la historia se olvide que existió un cuartel y cambiaron algunas paredes de tapial por adobes, la paja por teja y llamaron al antiguo cuartel y guarida de cuatreros de hacienda.

Los años y la historia corrieron a raudales, toda suerte de gente vivió y murió entre sus muros: por enfermedad, tiro o degüelle. Sus almas no pudieron abandonar el lugar y se acomodaron en los rincones oscuros para no molestar, otros en el sótano que sirvió de mazmorra y les es más familiar. Algunos se acercan a la puerta de la capilla, que siempre dejo abierta, por si quieran entrar. El caso es que convivimos como almas benditas que deambulamos en el mismo espacio.

Por esas cosas del destino, esos encuentros que no sabemos explicar y para calmar nuestra mente llamamos reencuentros, ocurren con frecuencia. A veces, los reencuentros perturban tanto, que queremos negar los sentimientos que nos provocan, porque somos humanos con una única diferencia: ellos ya no tienen un cuerpo…

Otro día estuve sola en la casa y en la cabecera de la angosta mesa del comedor de diario, sentó uno de ellos, respirando profundo, como si tuviera las vías respiratorias cargadas y con la mirada inquieta dijo:

-Soy Dante. No el que escribió sobre “El amor que mueve el sol y las estrellas”. Soy Dante, el que no aprendió a escribir en la última vida y que vine cruzando el mar, muchas veces castigado en el carajo, porque no podía acallar a mis demonios… Después anduve en lomo de bestia y caminé mucho para llegar aquí y encontrar la muerte. ¡Ah! ¿Me escuchas? La muerte, estoy muerto. ¿Y tú qué me miras?

-No aprendiste a escribir y sabes un verso de Dante. Por eso, por un verso, llamas mi atención… Soy una simple mortal que se deja llevar por las palabras bonitas. Me gustan los versos. Recuerdo siempre los versos bonitos que llegaron ante mis ojos para iluminar mis días tristes, en los largos meses en que convalecía, en la adolescencia marcada por la enfermedad, la muerte y el miedo… Días grises que quedaron como una pequeña sombra en el resto de mis días. Un simple verso, me conmueve y no hace falta que venga de los labios de un poeta, si es verdadero puede ser de la voz de un agricultor o taxista. Si es verdadero…

-La verdad de las palabras no existe, amiga mía. No seas ilusa. El soldado, el agricultor o el poeta pueden decir las mismas palabras, empero, no podrás saber cuál voz es verdadera, porque nunca podrás saber lo que lleva en el corazón un hombre. Algunos, son falaces ilusionistas, que quieren arrebatar la gracia de un cuerpo y para seducir pueden decir los versos más dulces. Ya no eres niña, para dejarte embaucar por simples palabras, expresiones vacías de sentimientos.

-Es que las palabras sirven para expresar los sentimientos… Las palabras cuando llegaban por medio de los libros, con formas, sonidos, olores y muchos colores, acercándome a otros universos, me permitían transportarme de forma maravillosa. Entonces cuando vienen de una voz sincera, me conmueven, me llegan al alma.

-Las palabras crean realidades y has de creer en la realidad que te plazca. Nunca sabrás qué voz es sincera, qué palabras son verdaderas o no, porque nunca podrás conocer la intención de tú interlocutor. Ya viví largos años en un cuerpo y muchos más años en la muerte, fuera del cuerpo y vi la gente hablar de amor y de sueños, hacer planes y construir una nueva vida apenas con palabras bonitas. Sin un gesto, sin la mera intención de dar un paso para concretizar el mundo ilusorio construido ante el otro. Solo palabras bonitas, jamás verdaderas, jamás sinceras. Como débiles sombras, como siluetas poco definidas y difusas… Hay palabras que expresaban un mundo de perfección que jamás existió, pero sirven para presentarse ante una sociedad que se fija en las apariencias, entonces pueden reflejar una relación familiar perfecta, amorosa, comprensiva entre personas que se aman y son unidas, cuando en verdad son un grupo de personas solitarias bajo un mismo techo, con sus vacíos insondables y llenos de miedos que no pueden comunicar, magnificando cualquier menguado tema a fin de sobrellevar la existencia frente a la sociedad… Las palabras son amigas fieles que nos acompañan desde la infancia hasta la tumba y más allá. A veces nos convierten en esclavos de algunas ideas. Otras veces somos hijos herederos de ellas. En el mundo caótico que habitamos, nos han explicado que valemos más por lo que callamos, que por lo que decimos y es así que las palabras se hacen nudos en la garganta.

-Pero las palabras encierran realidades poderosas, llaves que abren nuestra mente e inyectan emociones, ideas y sueños.

-Correcto. Sin embargo, es lo que aceptas en tu mente es lo que quieres creer. Porque la verdad de las palabras del otro, no sabes. La magnitud de la intención con que el otro expresa sus sentimientos, no conocerás, solamente a través de una experiencia. Nunca sabrás si es real cuando un hombre te pide en matrimonio, hasta que se case contigo… ¿Me hago entender? Puedes creer en sus palabras, si quieres imaginar que son sinceras. Pero no puedes saber si son sinceras o verdaderas como dijiste. Toda promesa es ficticia. Toda, incluso aquella que te inspira a hacer cambios en tu vida. El criterio de la verdad y de la sinceridad, antes de la experiencia, se apoya exclusivamente en el criterio del interlocutor.

– ¿Acaso eso es malo? Para nada. Es, más al contrario, beneficioso. Todos tenemos eso que se llama buena fe y lo notamos cuando, nos encontramos con alguna persona que su simple presencia nos llena de alegrías y surge el Impulso que llamamos amor y a partir de ese momento hacemos planes y construimos otra vida juntos. Es algo genuino, es normal. Por eso las sociedades se forman alrededor de una familia y se sostienen.

– Se sostienen en base a palabras falaces, por el miedo a las palabras ajenas, por la presión social. No en base a la verdad.

-¿Pero, Dante, dime cuál es la verdad? Me confundes con tanto escepticismo. No crees en las palabras, ni en la familia, tampoco en el amor. Si las palabras, sean falsas o verdaderas, son la unidad de medida para todos los humanos. Pues son nuestras palabras, cuando callamos o hablamos, cuando vemos o no, cuando nos negamos a oír o escuchamos, son nuestras palabras, la única unidad de medida de la verdad que poseemos. Es la palabra que hace verosímil lo que no existe.

– ¿Con eso quieres decime que no soy verosímil? ¿Quieres decir que las palabras me hacen existir y ser verdadero? ¡Tu espíritu irrita a los demonios! Porque ahora no poseo un cuerpo como tú… ¡Oh! ¿Quieres decir que no existo?

Hace unos días estuve desempolvando y de repente lo encontré entre los archivos de la memoria, hecho pedazos… En su mano derecha había un papelito doblado, escrito con una letra tan familiar que parecía la mía:

“Las palabras son apenas palabras cuando son pronunciadas por las personas comunes, empero cuando un poeta las articula, se vuelven máximas a los ojos de todos los mortales. Eso me confunde un poco, porque preferiría escuchar ciertas cosas de la gente que no sabe tejer un mar de ilusiones con palabras, tal vez, porque podrían ser más sinceras; tal vez, porque no abandonarían las palabras como muñequitas rotas a la vera del camino; tal vez, porque no me abandonarían como suelen hacer los poetas.”

– Márcia Batista Ramos

SOBRE LA AUTORA:

Márcia Batista Ramos, nació en Brasil. Licenciada en Filosofía. Es gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Es columnista en la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia y en periodismo binacional Exilio, México. Publicó: Mi Ángel y Yo; La Muñeca Dolly; Consideraciones sobre la vida y los cuernos; Petty Barrón De Flores: La Mujer Chuquisaqueña Progresista Del Siglo XX; Tengo Prisa Por Vivir; Escala de Grises – Primer Movimiento; Rostros del Maltrato en Nuestra Sociedad; Dueto; Escritoras Cruceñas, Caballero, Reck & Batista; Escritoras Contemporáneas Bolivianas, Caballero, Decker & Batista; Caspa de Ángel – antología de cuentos, crónicas y testimonios del narcotráfico, Batista-Ramos & Carvalho Oliva. Es colaboradora en diversas revistas internacionales.

El beso deseado

Pasé varios meses acechándola. Observé su salida por las mañanas y su regreso muy tarde entre las sombras. Fui su vigía. Ella era una hermosa muchacha de mirada profunda. La veía a diario salir, quizás, rumbo al trabajo o a estudiar. Yo era vendedor ambulante, ofrecía periódicos en la calle por las mañanas y golosinas el resto del día.

Me prendé de ella. Cada vez día la veía más hermosa y fuera de mi alcance. No sabía sobre ella, pero intuía que era una joven carismática. Su sonrisa, su andar tranquilo me daban esa impresión. Yo me veía tan tosco, siempre con las uñas mugrosas y vistiendo el mismo pantalón por semanas. No tuve esperanza de que posará sus ojos en los míos aunque sea por unos segundos. Mi timidez no me permitía acercarme a ella.

Una noche casi al dar las nueve, y sin verla llegar a casa, inicié la retirada hacía la mía. Con desánimo di unos pasos para alejarme de su calle. Mi día había sido malo en las ventas, admirarla hubiera llenado mi día de felicidad. Sin embargo ella no llegaba, tardaba y yo tenía que descansar mis huesos.

Caminé aletargado. Di un largo suspiro y volteé la esquina. Alcé la mirada, ella venía hacia mí, rumbo a su casa. Mi corazón se aceleró, sentí una opresión de alivio en el pecho. Disminuí la velocidad de mis pasos para verla con detenimiento, siempre quise saber a qué olía, y era mi momento de comprobarlo. Me detuve cuando estuvo muy cerca de mí, fingiendo que arreglaba los dulces y cigarros.

Cerré mis parpados y sentí su aroma. Su Perfume (de lirios, madera y tierra fresca) inundó mis sentidos, en ese instante mi ser se elevó y alcanzó el nirvana. Al despejar mis ojos, ella estaba frente a mí y me dijo:

—Dame dos cigarros por favor y me regalas fuego.

—…

—¿Me escuchas?

—…

—¿Estás bien?, ¿será sordo este joven?

—La escucho—dije incrédulo—disculpe, tome aquí los tiene. Deme un momento para buscar el encendedor.

—¿Cuánto te debo?

—Se los regalo.

—No puede ser, yo te los pago, tuve un duro día hoy, no hallé a un… bueno no importa, estoy furiosa así que por favor, déjame pagarte.

—Está bien señorita, creo que yo también fumaré, no fue un buen día para las ventas.

—¡Ay! Así querías regalármelo. Entonces ¿tú también fumas? ¿Lo haces seguido?

—No fumo, no fumo, solo que bueno, este… yo… también quiero relajarme, usted me está comprando dos cigarros y lo voy a celebrar así.

Acerqué el encendedor y ella esperó a que prendiera el cigarro sosteniéndolo en los labios. Yo temblaba y a duras penas pude hacerlo. Saqué uno para mi he hice lo propio, esperé a que se fuera para admirarla por detrás y poder celebrar mi interacción con ella. Sin embargo, no se movió, dio grandes bocanadas y expulsó hilos delgados de humo que se disipaban en la fría oscuridad.

—Creo que el cigarro no será suficiente, ¿me acompañas a casa?, tengo miedo a que me asalten.

Yo empecé a toser por la impresión y por mi inexperiencia fumando. Accedí moviendo mi cabeza afirmativamente, mientras trataba de no verme tan patético. Ella botó el cigarro a medio fumar a la vereda y lo pisó. Con paso acelerado avanzó y yo la seguí como un corderito.

La calle estaba solitaria, pero para mí era un campo verde en plena primavera y escuché a los pajaritos cantar.

—Llegamos, ¿me esperas aquí?

—Sí señorita, aquí la espero—le dije muy intrigado y sorprendido.

Al rato salió, se había cambiado de ropa y llevaba una gran cartera. Acompáñame, ¿conoces el parque de atracciones abandonado?

—Sí señorita, pero ese lugar debe ser peligroso.

—¿Tienes miedo?

—No.

—¿Tienes familia, estás solo en la ciudad?

—Tengo familia, están lejos, vivo solo aquí.

—¿Estás bien de salud?, ¿toses normalmente?, ¿tienes alguna enfermedad importante?

—No, no señorita, estoy delgado pero soy muy saludable.

—Qué bueno, ¿cuál es tu nombre?

—Tomás…, Tomás Aguirre.

—Me llamo Sandra, no sé por qué, pero te tengo confianza. Presiento que no eres un mal hombre. Necesito relajarme, el cigarro no me ayudó, tengo un poco de hierba, quiero fumarla en ese lugar abandonado, el parque de diversiones, ¿me acompañas?

—¿Yo? Sí.

Me clavó la mirada donde yo navegaba a mis anchas, en un mar oscuro, tenebroso pero hermoso. En el trayecto no habló más y yo no sabía que decirle o que preguntarle. Al poco tiempo llegamos, no había nadie más en ese lugar. Olía extraño entre mezcla de orines, alcohol y marihuana. Nos sentamos en las bancas que antes habían albergado a muchas familias contentas de pasar su día ahí.

—Tengo aquí un poco de hierba ¿tú has fumado esto antes?

—No señorita, pero yo la voy a cuidar mucho, aunque no creo que sea saludable consumir eso.

—Esto es medicinal. Te invito un poco, te vas a sentir bien.

—Mejor no señorita Sandra, así estoy bien.

—¿Me estás rechazando el regalo?

—No señorita, yo no podría ser capaz de rechazarle algo a usted.

—Trátame de tú, creo que tenemos la misma edad, mira, ya los tengo listos, listos para prender.

Saqué el encendedor, ya sin nervios. Prendió el porro y me lo puso en la boca. Sacó otro, lo prendió y aspiró. Yo empecé a hacerlo pero con mucha cautela. Ella ensayó un tarareo y se quitó el abrigo, lo tiró al suelo y se acercó a mí. Sentí su muslo pegado al mío. Yo tuve temor de voltear. Tenerla tan cerca me incitaba a querer abrazarla y besarla. Tuve mucha voluntad para quedarme quieto mirando al frente, rezando para no dejar aflorar mis instintos. Cuando terminé la oración ella tenía sus brazos encima de mis hombros. «Dios quiere que lo haga» me animé y retirando la marihuana de mis labios giré mi rostro hacia ella quien ya me esperaba con la boca abierta. En ese momento se juntaron todas las emociones, el efecto de la droga, más el beso que siempre añoré.

En mi mente, el lugar se iluminó, todo dio vueltas. Los juegos mecánicos resplandecían. Escuché las carcajadas de los niños, quienes felices subían una y otra vez a las atracciones. De tanta felicidad me desmayé o eso creí cuando abrí mis párpados. Estaba a oscuras, apenas una lámpara iluminaba el ambiente. Quise poner mis manos en la cara, pero estaban atadas. Sentí que no llevaba ropa, solo una sábana encima. Mis ojos se acostumbraron a la tenue luz y aunque estaba amarrado de manos y pies pude incorporarme levemente, estaba en un cuarto sucio. Vi, a duras penas, material médico, al costado mío, pinzas, bisturís y otros objetos de los cuales yo no sabía sus nombres. «La droga debe tener este efecto», me consolé. Me apacigüé un poco cuando escuché la voz de Sandra a lo lejos. «Estoy alucinando», me tranquilicé, y cerré mis ojos para tratar de controlar lo que estaba sintiendo, para tratar de cambiar de escenario y regresar al parque de diversiones para seguir besando a Sandra. Oí su voz cada vez cerca… «Seguro que ahora despierto en un campo, sí, un campo de flores junto a ella», razoné. Respiré profundo y con los párpados cerrados, por fin la escuché:

—Mira, ¡está joven! Qué bueno que sigue dormido, la dosis de anestesia es la correcta, llevo años haciendo esto. ¡No puedes bajar el precio! De él sacarás órganos sanos. Está delgado, sin embargo los análisis de sangre dicen que está muy bien de salud. ¿Cuándo te he fallado? No me rebajes la paga ¡maldita sea! Sabes que tengo deudas con la mafia.

—No Sandra, ésta vez no será la paga de siempre. Ya te dije que lo que te ofrezco está bien por este «mendigo», además esta vez te la llevaste fácil, ¿crees que no te vigilo?

—Trátalo bien, ¿ok? Me simpatizaba. Él siempre me veía todos los días salir y entrar a esa casa alquilada que me ubicaste. ¿Dónde está el dinero?

– Mirza Mendoza

SOBRE LA AUTORA:

Mirza Mendoza, es cuentista limeña nacida en 1985.
Es colaboradora en la editorial Libre e Independiente y en la editorial Sexta Fórmula. Participa en la antología «El día que regresamos» de Pandemonium Editorial. Autora del ebook «Tenebrismo» y del ebook «El currículum de una ludópata». Es parte de la antología «4 Narradores». Su cuento «Cadáveres abandonados» conforma la antología «Relatos de Pandemia» de editorial La Rata Esquizofrénica. Su cuento «Mochila de emergencia». Conforma la antología «Última estación» de editorial Ángeles del Papel. Ha sido publicada en diversas revistas digitales de México y Argentina.

Óleo sobre tela

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.

– Pablo Neruda

No creías en nada, Laura, antes dudabas de nuestro sublime romance. Hace algunos años, tenías una posición incrédula y yo no conseguía descifrarla por el sucinto silencio tuyo. Menos mal, sucedió toda nuestra pasión entre ambos, yo haciendo como hombre y tú renaciendo como mujer. Nuestro ardor fulgía, mientras mi alma te descubría, cuando mi amor te prefería entre un sueño de pureza. Fue durante nuestros bellos recuerdos de fantasía cuando se dio nuestra magia idílica. Ante ello, yo no discuto más los pasados paralelos. Esta vez, mujer, larga nuestra dulzura, sola nuestra confianza, se hizo latente con evocaciones imperecederas; se volcó en nuestras alucinaciones solamente lúcidas. Y claro, que fue elevado nuestro abrazo de intimidad ardiente. Además, fue tan vívido y preciado para ambos, que voy contártelo otra vez. Por cierto, hoy te digo un secreto más de lindura; mi recital inmediato, va a ser más preciso y descriptivo, antes que nuestro primer día, cuando nos sentimos juntos, cuando nos supimos enamorados, atrás de una vasta lejanía. Aquí recomienza entonces, nuestra historia encantada, hermosa mía, mi mujer de las muchas existencias.

Si mal no recuerdo, la noche de aquel jueves anhelante, estuve recostado contra el camastro de mi cuarto umbrío. Me envolvía en las sábanas de arco iris, mientras en los pies las sentía suaves, un poco frías. Luego, decidí erguir un poco el cuerpo hacia el espaldar rojizo del descansar. Lo hice sin saber cómo me dejaba llevar por la soledad de la noche, una noche muy taciturna y ella muy espejada. Acomodé así entre las rutinas, una almohada de plumas atrás de mi cabeza. Esperé algo bueno por hacer entre el espacio sereno. Del mismo instante, quise tomar el poemario de Neruda, que estaba encima de la repisa de caoba. Estaba al lado derecho mío. Pronto lo acerqué al rostro lánguido. Lo abrí con suma elegancia. Comencé a leer; Me gustas cuando callas a medida que salían unas nebulosas del cielo limpio. Yo repasaba ya las frases en verso suavemente hacia mis ojos fugados. Todo el canto iba al ritmo impuesto por el poeta inmortal. Su armonía parecía contener unos bajos deslices de nostalgia. Por el demás gusto, fue tanta la belleza artística, que hube de llegar al estremecimiento de sentirme absolutamente deslumbrado y quemado por el fuego astral. Así entonces, mi propia conciencia se vio arrastrada por la altura amorosa del verso final.

Una vez terminada la última estrofa, no contuve la pasividad. Amor, elevé un poco la voz de este gran artífice áulico. Evoqué otra vez el poema con rubores en las mejillas. Percibía mi voz rumorosa, deshilándose desde esa única emoción poética. Del hecho, santo fue como volver al pasado del universo llenamente nuestro. Laura, fue estar reposado entre tu mariposa flotante, fue como verte en verdad, abajo de mi ulular fantástico. En cualquier caso surrealista, no sé bien como nos bebimos nuestra lluvia de vida. Sola te profesaba cerca de mí y sola te sentía, adentro de mí, amada adónica. Todo se nos daba sobre unos tiempos indecibles. Era divino acariciarte junto a tu intimidad femenina. Cada danza de cuerpos ajenos, vibraban en una unión espiritual. Luego del último grito, te alejaste del placer y me dejaste ebrio de placer. Y yo, volví otra vez al presente y dejé el poemario al lado de otras obras maestras. De repente me supe cansado volviendo a una llenura en ausencia. Me pensé solo y sufrí tu ausencia, mirando hacia el tejado de las lunas impresionistas. Así pues, que decidí presionar ya el interruptor de la luz del cuarto y sin ningún fin, me recosté en la lentitud relajante del lecho blándido.

A esa hora, sólo apreciaba por atrás de los ventanales del recinto, algunas estrellas sin distancia de luminosidad. Y otra vez lejana tú y tus besos febriles. Aún pensaba en vos sinceramente. Aún me quería en tu nobleza y yo paseando con los dedos tu sonrisa de blancura. Seguía amándote desde lo distante con presunto cuidado. Te figuraba ahora entre el pensamiento, bajo la negrura de mis ojos recién apagados. Luego comencé a sentir un agradable adormecimiento que procuraba distanciarme de a poco de aquel sitio agonizante. Me fui alejando de la habitación forzosamente. El sueño me sacó del dolor oscuro, donde antes se ahogaba la muerte. Del otro espejo viviente se abrió entretanto un mundo desconocido. Ya me soltaba con cuidado hacía sus maravillas inhóspitas, se desvestía bajo una lentitud acompasada y entre una intensidad eternizada. Pero a la vez, todo pareció suceder fugazmente, hacia mi videncia. Laura, mientras entraba más y más hacia lo hondo de paisaje vaporoso, yo recorría a solas el sendero de un bosque con un traje negro. Iba yo como sin un rumbo escogido. Y cerca de mí, escuchaba el crujir del césped a cada paso andado. Además, parecía que te estuviera persiguiendo con locura porque mi alma siempre te ha amado. Tú lo sabrás más que nuestro corazón sin coraza. Aparte, antes del principio creador, te anhelé desde siempre con sobrada vehemencia, te quise con una esperanza abrazadora. Por esto bello, la brisa del paraje era ligeramente fría. Volaba acompañada por un olor perfumado a flores invernales, ellas flores, siempre impregnadas con pureza angelical. Y tan sólo yo y la tristeza, que se me agolpaba en el espíritu, durante este recorrido incierto. Por esto bello, se me venían las lágrimas como una avalancha de nieve arrasadora.

Ahora, yo esquivaba unas ramas de cipreses frondosos. Al tiempo, exploraba la selva más bien primaveral. Trataba de mirar una y otra vez hacia el horizonte perlado y hacia toda su inundación de frescura. Pero mi confusión era sincera, no veía con sincera claridad. El cielo del cielo, se removía sutilmente nublado como si fuera una ceguera inmaculada. Había además una bruma espesa, revolviéndose en la atmósfera ondeante, rodeando las hojas azules y los troncos boscosos de esta naturalidad edénica.

Así por cierto, debido al deambular mareado, escogí tomar por un paraje extremo del bosque, originado con madrigales. Ahora allá, rebasaba varias rocas revestidas con musgos babeantes. Sorteaba durante el mismo camino, un arroyo de agua trasparente y repleto de peces rojos. Todo este paraíso de unción, se hacía más fijo en realidad. Lo percibí un poco tangible, mientras me sentía otra vez exhausto en esta perfección existencial. Desde lo individual, me impresioné por obviedad y renuncié a la búsqueda tuya en este escondite. Afortunadamente, para mi incierta ansiedad, resolví recorrer otras cuantas praderas intensas. Aparte, había descubierto a lo lejos, una cabaña de maderas antiguas, mientras más allá de la otra orilla, aparecía un lago finamente plateado, era un lago místico y algo apacible.

Así entonces, fui solo hasta allá, haciendo uso de una exagerada precaución, entre la bruma maleable, entre la quietud nevada. De paso a paso, fui reconociendo la cabaña sin ningún habitante y de una vez, estuve andando por las afueras de aquel hogar descuidado hasta cuando vi un escaño de metal, escondido entre varios arbustos de abejas, entre pequeñas rosas violetas y otras vegetaciones, sembradas a un rincón de la puerta desvencijada. Supe próximo este asiento de relajación. Luego, resolví recostar allí, mi cuerpo ajado. Descansé un poco la mente mientras volvía a evocar tus bellos encantos de mujer; Laura. Y cierto, Laura, estiré mis brazos de piel morena hacia los costados y entrecrucé las piernas. Al mismo presente, observé un brillante rebrotar de mañanas entre vuelos de cisnes, cantando ellos bajo las nubes pintorescas, cortando las auroras invisibles. Divisaba enseguida el reflejo de unas altas montañas que parecían mecerse en ese mismo lago de olas leves. Ya a mi vez, volví el rostro, justo al frente y de golpe, aprecié todo este cuadro milenario, queriendo recortase vertiginosamente. El sueño atractivo, Laura, sin embargo allí, no acabó con la magnitud. Yo hice un máximo esfuerzo por volver a ese espacio increíble otra vez; sólo por vos procuraba revivirlo en los instantes salvadores. Sucesivamente percibía que la acción inmediata resurgía como leves nociones de fijación. De un solo chispazo entonces, te descubrí, mi enamorada, pude contemplarte con tu alta figura de belleza proviniendo del lejano mundo. Venías ahora, recorriendo un sendero de arena por entre los árboles tupidos de matorrales. Te acercabas junto a tus pasos lentos hacía mí. Venías ondeando tu cabellera castaña. Hubo pese a todo, otro apagón violento en esa instancia. Se hizo con un sentido palpitante. Al corto tiempo, regresó completo el espejismo y tú regresaste a mí. Te hiciste al lado mío con delicadeza; nos aferramos a nuestras manos, nos besábamos como si lleváramos muchos años de estar juntos. Tenías el vestido de coloraciones blancas, que tanto me gusta verte; te quedaba muy precioso y te queda muy hermoso. Se te hace todo digno a tu elegancia celestial. Luego, te aproximaste más y más hacia mi hombría. Te viniste encima de mí con timidez y me abrazaste con calores tiernos. Al otro sublime encanto, me susurraste al oído: Amor, vamos a pasear por el edén, quiero recibir la brisa, quiero contemplar los pájaros azules. Ante la petición tuya, aprobé el antojo tuyo; sin vacilar nunca. Sin pensarlo una sola vez; te dije que sí, te amé en verdad. Así que ambos nos levantamos enlazados, nos alejamos felices del pasado, hacia los cipreses danzantes del bosque.

Ahora, no hay más recuerdos legendarios. No sé tampoco cuántos siglos llevamos reunidos en nuestro sueño sereno. Sólo más bien, hoy sé que me gustas, que cautivas cuando me abrazas, que encantas con tu presencia, cuando vienes otra vez y me despiertas, atrás de la otra realidad, entre un beso y entre muchos más besos. Y hoy me sé embelesado, hoy me siento enamorado porque ya estoy contigo, hoy estamos por fin juntos, adentro de nuestra fantasía. Y hoy estoy alegre, alegre de que nuestro amor sea cierto; Laura, novia mía, mi Laura virgen.

– Rusvelt Nivia Castellanos

SOBRE EL AUTOR:

Rusvelt Julián Nivia Castellanos nació el 24 de septiembre de 1986. Actualmente reside en Ibagué; Tolima, Colombia. De profesión es Comunicador social y periodista, carrera que estudió en la Universidad del Tolima. Ha participado en el Taller de cuento Hugo Ruiz Rojas en la Universidad del Tolima y en el taller de Relata, Escribarte, Ibagué.

El álter ego y la gracia olvidada

Hoy la vida perdió un poco más de su gracia.

Eran las 7 a.m. y no había sonado el despertador. Es normal esperar que todo se repita, que salga el sol, que encuentres agua en el grifo y que puedas repetir, distraídamente, la usanza de los últimos tiempos.

Hacer lo mismo sin experimentar el factor sorpresa. No soportas esperar para luego regocijarte con una sorpresa…

Nunca miras la tele, especialmente porque a ti no te gusta la política, ni el fútbol, peor las clases de cocina televisada. Cualquiera diría, que no te gusta nada.

Te gustaba leer, antes de que el mundo fuera mundo. Eso yo lo sé. Te gusta leer. Anoche leías el poema de Huidobro y te quedaste dormido. No es que no te guste… por gusto, por simple gusto, ya leíste unas veintitrés o veinticuatro veces el poema entero. Anoche pasó algo. Anoche te quedaste dormido, en el canto I.

[1]¿(…) por qué perdiste tu primera serenidad? \ ¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa \Con la espada en la mano?”

Tu inconsciente es el lugar en que se almacenan todos aquellos recuerdos que deseas apartar y que no son accesibles conscientemente. Es donde guardas, las cosas que nunca hablas. O la verdad verdadera, de todo aquello que haces público.

En nuestra adolescencia inmaculada, creíamos que había un único camino…1977 o 78. Escuchábamos música toda la tarde y por las noches, apenas dormíamos. Los primeros cigarrillos, rara vez, alguna hierba mala… la seguridad de ser uno y ser millones, sin saber de lo agridulce que es la vida. Éramos felices y ni sabíamos. Después, empezaste a percatarte de tantas cosas. Te volviste rebeldía, más por imitación que por conciencia…

Nunca rezaste. No crees en plegarias muertas… ¿Anoche te vi de rodillas rezando? No sabes todo lo que te pasa, no lograste alcanzar el silencio, ni por un minuto, una única vez.

 “¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus \ (ojos como el adorno de un dios?”

Vaya, vaya lloras mientras planeas… Ni siquiera logras tocar el piso, permaneces flotando en el “8vacío”. Y te duele mucho y lloras.

“¿Por qué un día de repente sentiste el terror de \ser?”  

¿Recuerdas? La muerte te abrazó cuando la buscaste. Todos corrieron a separarlos y el abrazo se diluyó, trayendo el silencio mojado por lágrimas… Sin redimirte o purificarte, descubriste tu propio caos lumínico de ser humano.

Tanto desencanto amontonado. Los días no siempre fueron dorados, algunas veces no llegó la primavera, te dejaste estar: “Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir” era mi voz que te llamaba para que no me dejes así: tan solo, tan triste, tan quieto; mirando al espejo tratando de reconocerme o identificarte, para encontrarme, entre tantos; en ese doble espejismo, que quita la solidez de nuestro mundo externo y que se disipa cuando, creemos que no existe por si, que existe por nosotros.

“¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce \ (de todos los vientos del dolor? A penas te callas, no \Se rompió el diamante de tus sueños en un mar \ (de estupor”

No pasó nada. Todo está bien. Apenas nos volvimos extraordinariamente (im)previsibles. Tal vez, porque no nos comprendieron o no nos comprendimos, desde los presupuestos más adecuados, porque eres (insostenible). De carácter disperso, distraído, ansiosamente distraído. Y te debates en la angustia de existir. “(…) morirás Se secará tu voz y serás \ (invisible”

Ya no estaré, ni los otros, que te acompañamos en vida, haciendo eco en tu mente. Hablando cuando te callas, cuando buscas silencio…  Presentándome ante ti, a veces, a través de los sueños, de los símbolos y del lenguaje de los arquetipos, otras veces, por medio de la conducta motivada y, accidentalmente, de los lapsus verbales. Ya no estaré cuando mueras. Tu mente, por fin, será solo silencio.

Tal vez, puedas recordar que anoche pasó algo. Anoche te quedaste dormido, en el canto I. No terminaste tu lectura. Habías orado de rodillas la plegaria petrificada, por otras voces, en el tiempo.

Y hoy la vida perdió un poco más de su gracia.

Ya sabes que uno de nosotros existe como un individuo separado, que ve el mundo a través de sus propios ojos, conoce los límites que lo separa de los demás y del mundo que le rodea, y asume dicha separación en su pensamiento y en su modo de interactuar con el entorno. Por eso tú escribes mientras caes.

“Piensas que no importa caer eternamente si se \ (logra escapar\ ¿No ves que vas cayendo ya? \Limpia tu cabeza de prejuicio y moral \Y si queriendo alzarte nada has alcanzado \Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo \ (de la sombra \Sin miedo al enigma de ti mismo”

Ahora te preguntas por la trascendencia, que abrirá las dimensiones para una experiencia del (no) fundamento y para la poesía como consumación, como no ser.

Tu posición es elevada, te encuentras en el espacio sideral y, empiezas a caer: “Cae \Cae eternamente \Cae al fondo del infinito \Cae al fondo de ti mismo \Cae lo más bajo que se pueda caer \Cae sin vértigo \A través de todos los espacios y todas las edades”

Mientras caes, piensas que: ¿y si no hubiera nada ahí afuera que pudiésemos reconocer como separado de nosotros mismos?

Tú no serías tú, y yo no sería yo, y tu caída sería sin fin. No podríamos conceptualizar nuestra noción del yo, pues no habría un ser delimitado en el que pensar. No tendríamos medio para determinar que somos distintos del mundo que nos rodea.

Mientras caes amanece en el mundo de signos y códigos. Y tú no sabes qué pasó anoche y te dejas caer, mientras ves que “\Cae en infancia \Cae en vejez \Cae en lágrimas \Cae en risas”

¿Dónde está la gracia? ¿Tu elegancia, tu postura, tu arrogancia tu garbo? ¿Dónde me olvidaste a noche?

“(…) Estás solo \Y vas a la muerte derecho como un iceberg que \ (se desprende del polo \Cae la noche buscando su corazón en el océano \La mirada se agranda como los torrentes \Y en tanto que las olas se dan vuelta \La luna niño de luz se escapa de alta mar”

¿Huidobro, te preguntaste, por qué nos llamaron Vicente?

– Márcia Batista Ramos

SOBRE LA AUTORA:

Márcia Batista Ramos, nació en Brasil. Licenciada en Filosofía. Es gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Es columnista en la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia y en periodismo binacional Exilio, México. Publicó: Mi Ángel y Yo; La Muñeca Dolly; Consideraciones sobre la vida y los cuernos; Petty Barrón De Flores: La Mujer Chuquisaqueña Progresista Del Siglo XX; Tengo Prisa Por Vivir; Escala de Grises – Primer Movimiento; Rostros del Maltrato en Nuestra Sociedad; Dueto; Escritoras Cruceñas, Caballero, Reck & Batista; Escritoras Contemporáneas Bolivianas, Caballero, Decker & Batista; Caspa de Ángel – antología de cuentos, crónicas y testimonios del narcotráfico, Batista-Ramos & Carvalho Oliva. Es colaboradora en diversas revistas internacionales.


[1] Huidobro, Vicente. “Altazor o el viaje en paracaídas” –Canto I. Madrid (1931).

Marido y mujer

Ellos conversan en el bar de los cisnes. Juntos, se murmuran los secretos mimosos y suyos. Y sus manos se tocan con suavidad al vaivén de la bruma que se agita suspirada en la calle décima. El viento de hoy es frío en Bogotá y ellos se beben el café caliente con las voces, adentro del establecimiento que es apacible. La tarde reluce en la mujer, Aura, la sombra desaparece en la cara del joven, Felisín, mientras él reconoce a esa cineasta de ojos negros. Dejan otra vez las tazas sobre la mesa. En la rockola suena la música de Ely Guerra. Ambos se desean con timidez. Sus brazos los rozan con una parsimonia temblorosa. Lo importante es estar a solas. La piel de la fémina es serenática. Su alma aviva en mocedad su belleza. El enamorado entonces con galanura, le acaricia una mejilla con sus dedos. Despacio, la consiente con felicidad. Huele su fragancia, le coge el pelo con sus labios. Sin embargo, no es capaz de besarla. De hecho, Felisín ve que acaba de aparecer el esposo por la entrada secundaria. Mejor entonces, corre la silla hacia atrás en un acto disimulado y solo se pone a silbar a medida que Saleza se acerca y los saluda diciendo:

-Hola, mis amores, pero como están de bien, que dicha de verlos.

Ya aquí cierra la boca, por cierto que él guarda un revólver en el bolsillo del pantalón, desde hace casi dos días.

– Rusvelt Nivia Castellanos

SOBRE EL AUTOR:

Rusvelt Julián Nivia Castellanos nació el 24 de septiembre de 1986. Actualmente reside en Ibagué; Tolima, Colombia. De profesión es Comunicador social y periodista, carrera que estudió en la Universidad del Tolima. Ha participado en el Taller de cuento Hugo Ruiz Rojas en la Universidad del Tolima y en el taller de Relata, Escribarte, Ibagué.

La duda

Estaba a punto de besarme, una pequeña gota de sudor empezó a caer lentamente por mi mejilla, me hizo despertar; las sábanas se habían enredado entre mis piernas, hacía demasiado calor, 31 grados para ser precisa, hice movimientos sobre la cama y abrí lentamente mis ojos.

Mis cabellos estaban alborotados y mi boca totalmente seca, como sí hubiera caminado por el desierto varios días sin probar una gota de agua. Tomé mi celular mire la hora y ya eran un cuarto para las ocho, anoche no había podido dormir. Hace una semana que se me había terminado mi contrato laboral, debía la renta del departamento pero era la primera vez porque cuando trabajaba la pagaba sin falta y se estaban por vencer las fechas de pago de todos los servicios.

El calor era insoportable, salí de la cama casi de inmediato, tomé una toalla y me metí al baño, mientras estaba entretenida agasajando mi cuerpo con el chorro de la ducha un mensaje llegó a mi celular; lo supe por el tono ridículo que le coloque, no le di mucha importancia al principio porque en esta última semana no recibía ni buenas ni malas noticias. Pero cuando salí del baño y tomé el móvil, vaya sorpresa que me lleve. Tal fue el escándalo que hasta la toalla que me envolvía el cuerpo cayó desvanecida…

“Quiero verte, dónde podemos vernos o tal vez puedo llamarte para coordinar, necesito hablar contigo” decía el mensaje, no tenía destinatario, no reconocía el número del que provenía el mensaje; al principio me vino la duda y luego al pasar las horas tranquilamente lo ignoré, pues no llegó un nuevo mensaje del mismo número, todo transcurrió normal, recogí la ropa sucia, la puse a lavar, hice limpieza, luego salí a tomarme un café, horas después regresé al departamento y navegué en internet buscando ofertas de empleo y enviando currículos, luego cayó la noche, vi un poco de series en la televisión y sin darme cuenta caí rendida.

Mis días transcurrieron, diría yo, bajo la cotidianidad de siempre, estaba revisando el correo, cuando volvió a sonar el celular; demoré un momento en revisar y nuevamente el mismo número que hace unos días inquieto mi día, esta vez el mensaje decía: “No te hagas la interesante te vi en el café hace unos días  ni siquiera me saludaste, por qué no me has escrito para coordinar”. Me quedé totalmente desconcertada, porque alguien que me conoce y quería hablar conmigo me reconoció y no pudo hablarme. Empecé a asustarme, llamé a varios amigos preguntando si alguien me había visto hace unos días, pero todos estaban realizando actividades diferentes.

Todo el día la pasé pensando en qué era lo que sucedía, era a mí a quien escribían, era una broma. Eran las siete y media de la noche y mientras veía una película el timbre sonó y cuando me disponía abrir, un sobre misterioso se deslizó por debajo de la puerta…

– Pamela Arteaga Lamadrid

Escucha el relato leído por su autora aquí.

Calle Plateros, 5:42 a.m.

La noche anterior salí por un Inkaria. Nada más.

Que mentira tan grande para un hígado tan gastado.

Desperté de mi leve inconsciencia y me encontré caminando en aquella demacrada calle que ya ha visto suficiente. Recuerdo que se me hizo muy difícil contener la avalancha de maldiciones que querían salir de mi boca. El extenuante frío me encogía los pulmones y la borrachera estaba a punto de abandonarme a mi suerte. Era una amante que cobraba por horas. Para empeorarlo todo, ya no había alcohol.

Los postes de luz estaban a punto de cumplir su horario de trabajo. Poco a poco, Plateros se fue convirtiendo en un antro sin música para clientes sin efectivo. Los jóvenes intoxicados deambulaban de vereda en vereda, haciéndose antojar por la interminable fila de taxis que adornaba todo el largo de la vía. Vi, entre ellos, un patrullero que se encontraba en un bucle de interminables rondas nocturnas.

El humo del tabaco ya no entraba igual, se volvía rasposo y dejaba de ser amable con mi garganta, como si se negara a ser inhalado. Hace rato que los vasos habían perdido su forma y noté que mi vista se tornaba nublosa. La luz del día comenzó a ser molestia. No estaba seguro si acababa de salir de un hueco o si el amanecer había ocurrido demasiado rápido.

Cuando mi visión pudo acomodarse al agotante brillo, vi un par de figuras humanas que caminaban con torpeza. Dos chicos con las casacas a medio poner me decían que la noche se les había escapado de las manos. Pasaron al lado de una señorita que iba en sentido contrario y sus ojos quedaron clavados en la singular belleza de la minifalda que ella modelaba. Los instintos son veloces cuando se trata de lujuria. Me atrapó a mí también.

Unos cuantos pasos más allá, la chica en minifalda se encontró con un amante insípido. Ella se acercó para un beso en la boca pero él le volteó la cara. La escena se convirtió, al instante, en la típica pelea de pareja. Los celos saltaron sin tener piedad de nadie. Ella le reclamaba asuntos privados, luego, le exigía privacidad. Él, inseguro, se dio media vuelta y caminó sin volver a voltear. Tal parece que el amor siempre estará destinado a morir en fines de semana.

De repente, mi amigo se acercó con una pésima noticia: “Ya no están vendiendo nada”.
“¿Ni siquiera Sin comentarios?”.
“Nada”.
“Bueno, al diablo”. Fuimos a mi casa, tenía media botella de pisco escondida en algún lado.

Me despedí de la calle Plateros hasta una nueva ocasión.

En el sinuoso terreno del “no vuelvo a tomar” ya no quedan espacios disponibles, así que será una promesa. Además, hay algo sobre ese lugar que siempre me ayuda a curar cabeza.

Pelea gris

Esta gris amiga, que suele aparecer de vez en cuando, da volteretas acariciando mi cabeza y susurrando en mis oídos.

Siempre estuvo ahí, vigilante, esperando el momento oportuno para tomar mi mano y arrastrarme dentro de su cuerpo, y lo ha logrado. 

No sé cuando, no sé cómo, pero lo hizo, y desde entonces se cree dueña de mi ser, ataca mis pasos y los vuelve lentos, abraza mis pulmones y el aire parece no entrar, aprieta mi estómago y el hambre no está más; y lo peor…  come mi cerebro y lo vomita con ideas aterradoras, miedos infundados que pasean por mis nervios en la misma sintonía en la que circula mi sangre.

De pronto yo no estoy en mi cuerpo, lo veo a la distancia siendo manejado por esta amiga, y la lucha comienza. Quiero detenerla, y no obedece, se ríe causando ecos, y veo mis ojos ennegrecidos por el pánico, todo pierde el color, la gravedad no me ata a la tierra, aparezco en el limbo, sin fuerza, sin voluntad.

Quienes más amo parecen distanciados, entes de relleno que solo aportan con su nombre y un par de minutos a mi lado, me sonríen y abrazan, pero ese cuerpo ya no es mío, y esta amiga no les cree, los aleja, los desea eliminados, quiere mi cuerpo para ella sola, para alimentarse hasta los huesos y no dejar nada, ni siquiera el recuerdo.

Me acerco con cautela, y trato de recuperar mi piel, grito cuanto puedo para que mi cuerpo reaccione, pero un susurro de ella es más fuerte que el alboroto que yo pueda causar.

A veces gano la batalla, pero ella sigue ahí, esperando al más pequeño tintineo de luz y así apoderarse de este envase una y otra vez.

Quiero deshacerme de ella, dejarle en claro que no estoy a su servicio, y cuando creo lograrlo devora mis sentidos y me causa temblores, ansiedad, frío, vacío y soledad y agrede en demasía, golpea con bravura y lanza el golpe de gracia: me obliga a buscar la muerte.

Con la debilidad que tengo por la pelea, le obedezco y ella ensancha la sonrisa y respira aceleradamente, levanto la mirada a sus cuencas vacías y solo puedo llorar, ella acaricia con sus húmedas y frías garras mi rostro, asintiendo con la cabeza, trata de portarse materna, solo ella me entiende, es lo que quiere hacerme creer.

Me acompaña al abismo, cuando caigo me levanta, me da empujoncitos hasta que llegamos al borde, sonríe tanto que se rasga la comisura de sus labios, pero no le importa, está creciendo, y yo estoy muriendo.

Su voz rasposa, invade mis oídos, y de pronto, estamos ahí, en el abismo; ella lista para ver el espectáculo y yo lista para darle lo último que queda de mí. Pero algo pasa, el tiempo se detiene, ella deja de sonreír y se arrastra agitada para detenerme, emite gemidos lastimeros, está llorando, sabe que mi fin podría ser el suyo, pero como no le oigo, trepa por mi espalda, desesperada y me inyecta de miedo, el frío aire invade mis pulmones y caigo en sus brazos, no siento nada y me desvanezco entre sus flacos brazos, ella me regresa de vuelta, cada paso que da la hace más pequeña, más débil, más nada.

Con llanto fingido me deja vacía, se apoya en mi pecho y como no puede hablar, se acerca a mi garganta y juntas murmuramos: “Eres cobarde para morir” y así lloramos por un buen rato, porque nadie ha ganado pero si nos hemos lastimado, ella se aleja, se despide, pero ambas sabemos que volverá, porque necesita de mí, me da tregua para sanar las heridas.

Es cuando despierto, débil pero aliviada. “Un episodio más” así le llamo, desde el día uno sin ella, debo buscar la vida, hallar la luz, y refugiarme en el amor de quienes no se han rendido conmigo, debo forjar una nueva armadura para no perder la siguiente batalla, una más fuerte e iluminada.

Vendrás amiga, y espero algún día estar lista y acabarte completamente, ser yo quién ría sobre tu cadáver y se aleje triunfante para celebrar con los pocos aliados que queden.

– Marcia Castro

CUAL LLEGUE PRIMERO

Vuelve a repetirse la triste canción, abrumando de eco la habitación avejentada por el descuido del dueño, a hacer languidecer la potencia del foco apunto de quemarse, a hacer rechinar la puerta con el soplido del viento, a invitar a la lluvia que pase por la ventana malograda y enfriar un corazón con la humedad de las paredes. El tierno amor como cardo se marchita y las espinas parecen cenizas que se destruyen con el roce de cualquier objeto, permitiendo ser manipulada y arrancada al antojo de cualquiera, pero, ¿cómo regenerarla? si el agua de la confianza ya no es absorbida por sus raíces, como un poeta vetusto en su escritorio forzando su creatividad y recurriendo a álbumes de antaño para recobrar su memoria extinta, pero al parecer los recuerdos nos son suyos, son de su amada y los momentos felices no son con él, el pobre viejo solo rechina los dientes y humedece los ojos con las pocas lágrimas que le quedan y observa con detenimiento las fotos, volteando de vez en cuando los cartones para leer las dedicatorias. Con la voz áspera por el vino se cuestiona ¿por qué siguen allí las fotos? ¿por qué no se borraron las dedicatorias? ¿hasta ahora lo recuerda con amor? ¿por qué? y, ¿por qué?, el viejo tan solo sube la mirada, guarda el álbum y se acomoda en su sillón favorito, prende un cigarrillo y espera la hora del almuerzo o de la muerte, cual llegase primero ya no le importaba… La canción triste termina, la habitación vuelve a su silencio habitual y el amor vuelve a su primavera.

No podemos seguir así

“¡No podemos seguir así, tenemos que verla!”, gritó el corazón mientras se lamentaba amargamente. Estaba sosteniendo un vaso de whisky casi vacío en una mano y un cigarro recién encendido en la otra. Se encontraba recostado en el sofá, recubierto por una sábana delgada y recordando al amor.

“No podemos verla. No vamos a verla. Solo vamos a esperar”, respondió la razón con una serenidad desesperante. Él estaba sentado en una silla, dándole la espalda a su compañero y con los ojos clavados en un libro, uno de esos antiguos, de los que la poesía se había encargado de matar.

“No entiendo cómo ya no puedes amarla, si tú eras quien siempre estuvo detrás de ella. Si no es ahora, ¿cuándo? Si no es aquí, ¿dónde? Si no es ella, ¿quién? No me vengas con eso de esperar, que tú bien sabes que eso jamás nos ha servido, es más, eso nos ha terminado de joder cada maldita vez. Pero no ahora, no aquí, no con ella”. Corazón se levantó con dificultad y buscó alguna botella que aún tuviera contenido. Cuando la encontró, se lo terminó de servir con torpeza, llevó el vaso a la altura de su demacrado rostro y bebió el enésimo sorbo de la noche.

“Debemos esperar y punto, no seas terco. Ya estás demasiado ebrio como para seguir despierto, mejor apágate un rato y déjame manejar esto a mí”. Razón se levantó cerrando el libro entre sus manos. Luego, giró sobre su cuerpo para mirar a su compañero que ya estaba nuevamente tendido en el sofá con el licor a la mitad y el cigarro consumido.

Corazón se levantó nuevamente, acabó hasta la última gota del vaso que tenía en su mano, lanzó el cigarro al costado y encaró a la razón. “¿Manejarlo tú? Por favor, si tú no sabes nada de estas cosas. Tú eres el cuerdo, el que debe actuar con calma y serenidad, pero cuando la locura es necesaria, debo entrar yo, el avezado, el que corre los riesgos y al que siempre lastiman. Tú eres el que debería apagarse hoy, porque si ella no responde, no sabrás como lidiar con eso”.

“Tal vez estés en lo cierto, pero nunca más que yo. Nos conozco y sé que lo único que haremos ahora será adivinar lo que sea que pueda pasar aun sabiendo que siempre estaremos equivocados. Después de todo, esa es la causa de tu miedo: la incertidumbre.” La razón se quedó mirando fijamente al corazón que empezaba a quebrarse de nuevo y los ojos se le inundaban de lágrimas.

“¿Cómo es posible llegar a este extremo de sentimentalismo? Nunca nos preparamos para esto ni imaginamos que algo así podría llegar a pasar. Me arriesgué impulsado por ti y tus consejos. Ahora eres tú el que debería sacarnos de esto pero parece que no te interesa. Dime, ¿Por qué quieres seguir esperando, sin buscarla ni hacer nada?” dijo el corazón, mientras se secaba los ojos como podía y pedía compasión con la mirada.

La razón agachó la cabeza, dio un largo suspiro y abrió el libro que tenía entre las manos, justamente en la página que estaba viendo. Entre las hojas, había una foto de ella. “Porque, al igual que tú, tampoco quiero que esto termine. Aún la amo y no quiero olvidarla”.

Crítica

Había sido una mañana durísima. Entre mi sueño interrumpido y un café frío, las ganas de vivir se me estaban agotando en una rutina devastadora. Hace tiempo que no encontraba la paz mental necesaria para afrontar mi situación, mis problemas, ni mi vida.

Algunas semanas atrás, recibí una carta que no me daba la reverenda gana de leer, así que la tenía por ahí, llenándose de polvo entre documentos inútiles. Cuando me tocó revisar ese montón de árboles muertos, la carta resbaló como rogándome por recibir atención. Pensé que si alguien se había tomado la molestia de dirigirse a mí, sería muy descortés hacerlo esperar un poco más.

Abrí el sobre con indiferencia y noté que no tenía remitente. No le presté mucha importancia ni cuidado hasta que empecé a leer su maldito contenido. Al hacerlo, mi garganta se anudó.

“Estamos todos jodidos, Pareja. Ayer venía en el bus y no sabes la congestión de la evitamiento con Hilario Mendivil hermano, peor que Lima con el cristo morado, te lo juro; pero qué se hace.

Hoy me entregan la sentencia en el juzgado, Parejita. Parece bueno mi abogado pero era mejor el Alatrista dicen, solo que ese pata cobra un huevo y es tirar la plata como si sobráse, además, ni siquiera es él quien está en las audiencias dicen, está huevón.

Y ya sabes, que si todo sale bien, nos vamos por las respectivas chelas con el «boga» en su oficina por Pampa del Castillo.

Estamos jodidos, wayki. No pude llamarte, 12 años. Pero como alguien dijo hace mucho tiempo; en el Perú, solo hay dos tipos de problemas: los que nunca se resuelven, y los que se resuelven solos, Parejita.”

Luego de hacer algunas llamadas a un entorno no tan cercano, me enteré que un querido amigo mío había caído en una grieta del sistema por supuesta apología al terrorismo. Él era una de esas personas que no podía callar su voz. Me contaron que había asistido a una de esas tantas movilizaciones contra la corrupción y su error había sido usar una pañoleta roja para evitar ser reconocido. La policía no fue amable, mucho menos el juez a cargo. Indagando más y más, descubrí que le habían dado tres años de pena, pero, durante su primera semana allí, un matón que había perdido a su familia en el Ayacucho de los años ochenta, asesinó a mi amigo en su propia celda.

No pude cargar ni un minuto más con el peso de su ausencia. Rompí en llanto por la memoria de quien fuera mi mejor compañía de la infancia, pubertad y parte de mi adolescencia. Empecé a maldecir el momento en que nos distanciamos. Ahora él ya no estaba y solo había un responsable.

Y que más se puede esperar de un sistema judicial de mierda si todos están ahí para tapar su porquería. Y que nos quieren meter la rata con eso de la falta de pruebas corroboradas. Y que no nos damos cuenta mientras ellos ya están en España. Y que te vas al carajo si no tienes vara porque aquí parece que te encierran al azar aun con una buena defensa. En el Perú no importa que seas inocente, importa que tengas plata.

Visité la tumba de mi parejita un miércoles lluvioso de esos en los que las almas condenadas no salen a penar.

Al salir del cementerio, sentí nausea y asco por varias cosas. Por mí, por no haber abierto esa carta antes y por no haber conversado con él cuando aún podía. Por su proceso, su juez y su sentencia. Pero sobre todo, por esa pútrida razón por la que muchas personas tienen que rogar de rodillas, casi humillándose, ante esa ciega hija de puta comprada a la que llaman justicia.

– Rodrigo Ampuero Oróz y Pedro Javier Sedano

Dioramas

A lo lejos se desplomaba el atardecer, íbamos llegando a Lima. Para nosotros ese momento era aún de día o quizá ya caía la noche. El cielo combinaba ciertos tonos que pocas veces antes había visto juntos en un solo atardecer: líneas naranjas, como lenguas de fuego, casi fosforescentes, casi reales, se extendían sumisas a los pies del sol que ya sucumbía ante la crueldad del horizonte. Otras celestes aunque opacas, conformes y planas; pero había otras, y éstas eran las más extrañas, a las que no podría sentenciar dándoles un color, no sería exacto, mentiría.

-Todos esos colores están sólo en tu cabeza, yo no veo nada -dijo quizá aún dolida por lo que yo acababa de decir.

-Cree todo lo que quieras pero el amor no existe -sentencié, cerrando así una conversación que nos mantuvo enfrentados esporádicamente desde que salimos de aquella retirada playa sin nombre ni encanto en la que estuvimos acampando los cuatro últimos días, a la altura del kilómetro ciento ochenta de la Autopista Del Sur.

Antes no quise mentir con lo de los colores del cielo… y no lo hice. Sin embargo, lo acabo de hacer. Lo seguro es que sí fuimos con la intención de acampar pero al final ni siquiera armamos la carpa. Transpusimos nuestro cansancio las tres noches en la camioneta, desnudos, uno sobre el otro completamente ebrios, alucinados de tanta hierba. Esa última mañana, la del domingo, nos levantamos casi a las diez, sabiendo que tendríamos que regresar, y acaso sospechando que nunca debimos haber ido allá. Hicimos el amor con desapego, ausentes; se vistió aprisa y salió caminando hacia la orilla con los brazos cruzados a media altura sobre los pechos, como abrigándose las manos. Yo abrí la puerta y me paré al lado de la camioneta para cambiarme, la miraba sin atreverme a acercarme y lo cierto es que no sé bien por qué.

-¿Hay trago? -pregunté a la vez que miraba a ninguna parte por el espejo retrovisor. Aunque con ella el lenguaje es bastante obvio, esos gestos sin sentido, que preceden a una pregunta que intenta romper un corto silencio, no me abandonan y ya me había decidido a no esforzarme en evitarlos.
“Es la cuarta vez que preguntas lo mismo; si ya no sabes que decirme entonces mejor quédate callado”.
Al terminar de decir esto se pasó al asiento posterior y se echó encima de todo aquel desorden, conjurando, maldiciendo como si las cosas tuvieran madre. Últimamente esta era una actitud constante en ella, se irritaba con facilidad; recuerdo habérselo dicho, tratando de averiguar el por qué. No es fácil mantenerse al margen, uno siempre se llega a inmiscuir de una u otra forma, sobre todo cuando sucede que en tan corto tiempo las cosas cambian tanto y sin retorno.

Íbamos pasando San Bartolo y de pronto me vinieron recuerdos de cuando solía venir aquí con mi familia. Bueno, con mi viejo y mis hermanos; mi madre no era mucho de ir a la playa y se quedaba en casa pero se me ocurre pensar que no la pasaba tan mal librándose de nosotros por casi todo un día. Quería compartir estos recuerdos con alguien, con Edén, pero ella había decidido lo contrario.

– ¿Por qué no pones algo de música? -fue una pregunta que me llegó de a pocos, la dijo casi silabeando las palabras. Al mirarla por el espejo, vi que se había sentado y…
– ¿Qué pongo? -le pregunté mientras seguía observando los límites de su cuerpo por el espejo y la destreza para culminar lo que estaba haciendo. Aquella imagen me hizo sentir un extraño orgullo.
– No sé… cualquier cosa que vaya bien con todo esto -y lo encendió mientras me fingía una sonrisa en el espejo y absorbía el humo al tope de sus pulmones.
– Entonces es Lou Reed…
Al otro lado de las ventanas y arriba, la tarde caía pesadamente.

– ¿Te voy a dejar en tu casa?
– ¿En dónde estamos? -preguntó forzadamente.
Se me antoja pensar que estaba sucediendo eso que nos pasa a muchos –por lo menos a mí me pasó siempre- que cuando estamos durmiendo durante un viaje y de pronto nos despertamos, pareciera que no se hubiese avanzado mucho con respecto a la última vez que estuvimos despiertos y sin embargo sentimos haber estado envueltos en un largo sueño y entonces sucede que se quiere seguir durmiendo para así nunca llegar al destino. Esto sucede cuando no se quiere llegar ya sea porque el viaje fue muy placentero o algo indeseable nos espera al detenernos.

– Estamos a la altura de la Universidad, más o menos.
– ¿Cómo que más o menos?
– Acabamos de pasarla… tengo que echar gasolina.

Conocí a Edén hace seis meses aproximadamente, a mediados de agosto; cuando discutimos me saca en cara que ni siquiera me acuerdo del día y que eso se debía a lo poco que me interesaba pero lo cierto es que ella tampoco lo recuerda, y lo que es peor, lo niega. No sé muy bien que circunstancias me llevaron a acercarme a ella en esa fiesta –porque de eso sí me acuerdo. De principio, yo estuve allí más por lealtad a un amigo que por cualquier otra cosa. De un tiempo a esta parte, ya no me resultan interesantes las fiestas; en realidad creo que nunca me resultaron interesantes pero las soportaba, ahora ya no. Si la memoria no falla, fue algo así.

– ¿Me invitan un cigarro? -al retirarse nuestras miradas se cruzaron. Percibí en la de ella una vaga curiosidad.
– Hola… ¿bailamos? -no atiné a más.
– No… -respondió, dirigiendo la mirada distraídamente hacia el fondo del vaso para luego, cerrando los ojos, tomar un sorbo lento y largo que casi lo terminó.
– Bueno, entonces déjame conseguirte otra bebida…
– Eres muy pretencioso…
– ¿Qué soy qué?
– No está mal, considerando… -aquella sonrisa malévola se ha quedado grabada en mi memoria. Quizá va a ser, algún día, el único recuerdo que me quede de ella. Desde ese momento lo supe. Edén sería la chica con la quién yo quería estar; pensé que con un poco de suerte la relación duraría incluso hasta el verano. Iba a hacer que eso sucediera de una u otra forma y así fue.

Ella vivía con su abuela materna y una tía que era la menor de las hermanas de su madre, en una quinta en el Barrio de La Punta. Aquella casa siempre me llamó la atención, se notaba que era bastante antigua y sin embargo estaba bien conservada. Las paredes eran mucho más altas de lo normal y estaban cuidadosamente bien pintadas de un color blanco humo que las hacía parecer incluso más elevadas. Las maderas del techo eran largas y muy delgadas, tanto así que un día pensé que si las contase, no acabaría nunca, se veían en muy buen estado, brillaban como si estuvieran embadurnadas con algún tipo de cera. Pero lo más extraño era que una vez que se hubiese entrado a la casa, desaparecía el aroma de la brisa marina que estaba impregnado en el resto del vecindario.

Me contó se separaron cuando ella no había cumplido aún cuatro años y desde los catorce vivía con su abuela, nunca pudo llevarse bien con su padrastro. Este la echó de la casa un día que Edén llegó totalmente ebria a media noche y en plena discusión le dijo que lo único que él hacía bien era comer de la plata de su mamá y levantar putas en la Javier Prado, que ella lo había visto varias veces.
– Se ve que eras una chiquilla de mierda… ¿Nunca te pegó?
– Una vez lo intentó. Cuando se me estaba viniendo encima con una correa, se tropezó y se fue de cara sobre la mesa de centro. Le comenzó a salir sangre a borbotones y se puso a gritar como loco, mi mamá gritaba aún más fuerte y lloraba. Yo ya estaba en la puerta de la cal e preparada a correr en caso que me siguiera, de pronto me dio un ataque de risa…
– ¿Y qué hiciste?
– Lo de siempre, me fui a la casa de mi abuela… Me quedé una semana aquella vez. Mi mamá me fue a buscar, me dijo que Alfonso no me iba a hacer nada peor yo no le creí aunque regresé.
– ¿Y por qué te quiso pegar? esperando por respuesta algo que me hiciera reír.

Fue una de las primeras veces que vi a Edén realmente alterada, recuerdo que bajó de la camioneta y empezó a caminar rápido y luego a correr. Intenté seguirla pero la perdí. Esa misma tarde la busqué en su casa pero su tía me dijo que se iba a quedar en casa de una amiga en Lince hasta el día siguiente. Yo sabía que eso era mentira, ella no tenía ninguna amiga en Lince… Edén no tenía amigas.

– ¿Me vas a llevar a La Punta?
– Si… -le respondí mientras observaba con atención como muchas personas cruzaban la autopista en cualquier lugar, de cualquier manera, como si estuviesen cruzando un parque.
– Se ve que no te aloca la idea de llevarme al Callao…
– ¿Qué quieres? ¿Qué te lo pida regalándote una rosa?
– Hablando de mal humor… ¿Me paso adelante?
– Si quieres. -Lo hizo a la vez que encendió dos cigarrillos y sintonizó una radio en AM que transmitía música folclórica.
– ¿Qué radio es?
– No sé. -me respondió casi sin prestarme atención. Tenía la mirada perdida en algún lugar allá afuera, el viento le revolvía la larga cabellera negra siempre de la misma forma sensual que fácilmente me encendía. Estaba allí a mi lado y la sentía distante, casi ausente.

– ¿Por qué me preguntas si te voy a llevar a tu casa?
– ¿Qué pasa? ¿Te piensas poner sentimental y decir que la pregunta está de más? ¡Qué por supuesto me vas a llevar!
– ¿Y si fuera así? ¿Algo de malo en eso?
– No lo sé pero quizá tú lo sepas… ¿tienes un Rizzla? -me preguntó esta vez dulcemente. Hay algo en ella que sabe cómo intentarlo pero se atreve muy poco y muy de vez en cuando.
– Si, busca en la gaveta -le respondí evitando sonreír.

Faltaba muy poco para que termine de oscurecer. De pronto un cúmulo de sensaciones me invadieron, quería detenerme y caminar y no podía. Quería conducir a más velocidad y era imposible. Edén se recostó en mi hombro sin decir palabra alguna, fumando pausadamente. No era más que una reacción típica en ella, yo lo sabía pero de alguna manera me engañé pensando que trataba de acercarse, así de un modo tan simple y a la vez tan estúpido. Siempre creí que no hay ser que se exprese mejor corporalmente que una mujer, en esto yo a menudo me pierdo, quedo desubicado y de seguro que ella lo había notado.

– ¿Recuerdas que una vez no quisiste llevarme a casa? preguntó mientras con mucha ternura me daba de fumar.
– Sí pero sabes muy bien porqué lo hice
– Me lo dijiste al día siguiente. Yo hasta ahora no lo recuerdo
– Y eso que importa
– A mí me importa… -dejó algo por decir que me impulsó a seguir hablando.
– Mientras conducía, a cada maldita cuadra, abrías la puerta y amenazabas con tirarte, decías que te querías liberar, me empezaste a gritar un montón de cosas… Estabas completamente ida, se te pasó la mano esa noche, con los tragos y con todo.
– Y me dejaste donde tu prima… -hubo algo de intriga en su modo de decirlo, como esperando a que le replicara.
– Nunca te conté lo que pasó donde Ruth…
Escuché que su voz se fue apagando sin advertir que en el futuro la falta de ésta me llenaría de un silencio lejano y pesado, como el de todos los días desde la última vez que la vi.
– Dijiste que pasarías por mí a las 8.30 y llegaste a las mil… Bueno, él a salió a comprar algo para el desayuno y el imbécil de Polo sentado enfrente mirándome las piernas… Me paré frente a él, me levanté la falda, me jalé el calzón a un lado y se la enseñé; casi se la puse en la cara. ¿Te gusta? Agárrala, anda, vamos… Se puso de todos los colores y quedó mudo en medio de su propio silencio. Se retiró no sé a dónde, seguro a hacerse una paja… No sé…

Casi desde el principio compartimos nuestra afición por la lectura, en algunos casos nos habían marcado los mismos libros. En otros, no. Ella no soportaba a Vargas Llosa porque lo considera el perfecto escritor de supermercado y un farsante por presentarse de candidato a la presidencia de un país en cual casi nunca vivió; yo pienso que es un excelente ensayista aunque le cueste dejar el hígado de lado. En lo político ya no lo escucho tanto, creo que es una copia mansa del discurso de Margareth Thatcher.

Según Edén, su pertenencia más preciada era una caja grande, cúbica de cartón –esas en las que antes venían los rollos de papel higiénico Suave- y bastante vieja. Allí guardaba sus libros, eran setenta y cuatro en total, varios de estos en inglés. Me dijo, con esa dulzura seca muy de ella, que paseo su insoportabilidad colegial por varios centros educativos; ya no los recordaba todos y esto parecía no importarle mucho. Me contaba de tardes interminables, en su temprana adolescencia, cuando se echaba sobre el fresco césped de su jardín a leer acerca de ciudades incas perdidas en medio de la selva. Y también poesía. Walth Whitman fue quien encendió en ella la pasión por la poesía. Es por eso que pensó estudiar inglés, para poder leer a Whitman en su idioma. Lo hizo casi por su cuenta y en uno que otro instituto que su madre le pagaba a escondidas del padrastro.

Por aquel entonces yo tenía –ahora ya no- un cuarto en una pensión en el Centro de Lima, en el jirón Azángaro a unas pocas cuadras del Parque Universitario; solíamos pasarnos días enteros allí metidos haciendo el amor, bebiendo vino y fumando hierba pero sobre todo leyendo poesía. Recuerdo una vez que a ella le tocaba escoger el libro y se apareció como casi nunca con un bolso muy extraño que sólo se lo vi en aquella ocasión. Traía dos botellas grandes de ron rubio, dos toallas playeras completamente viejas y agujereadas pero limpias, una gaseosa de dos litros y tres cintas de música.
– ¿Y todo esto?
– Tus toallas ya dan asco… ¿Alguna vez las lavas? -Esas sonrisas cortas, cercanas y limpias son las que tengo como recuerdo cuando no estoy con ella.
– Se supone que estoy en mis días de peligro… – “Entonces tendremos cuidado a la hora de llegar a la meta” le dije pensando que aprobaría mi consideración aunque en realidad esta no llevaba mucho de cierta.
– No te preocupes que no te creo ni una palabra, ni una sola. Además, para algo tengo la boca -dijo clavándome sus ojos burlones.

El cuarto era bastante lúgubre, estaba en el segundo piso; las ventanas eran grandes y toscas, unos plásticos que alguna vez habrían sido transparentes reemplazaban los vidrios faltantes. Las paredes de quincha eran altas y ya plomizas por la polución, tenían manchas de formas extrañas, como mapas de un mundo ajeno a este a los cuales les puse nombre para algún día inventarlas en mi otra realidad. El piso era de madera y crujía a cada paso que uno daba. La luz natural parecía no querer entrar por decisión propia, quizá porque la lujuria y la gula que solían acontecer en esa habitación la opacaban y la hacían innecesaria.
También tenía un pequeño baño mohoso y oscuro que nos daba la tranquilidad de estar allí por nosotros pero al cual evitábamos en lo posible de entrar. El único foco colgaba de un alambre pelado en medio del cuarto y era toda la luz que teníamos. La puerta no cerraba bien y la aseguraba con la silla pequeña; la más grande estaba celosamente reservada para nuestros malabares eróticos. Solíamos sacar el colchón -si es que a ese costal de pajas malolientes se le podría considerar tal- y ponerlo sobre el piso, luego sobre este mis dos almohadas y finalmente nosotros boca arriba, desnudos y con un libro sobre nuestras narices. La vida era sólo el presente, el de al lado, no necesitábamos más.

– ¿Qué libro has traído?
– Los Poemas Completos de Whitman, en inglés…. The Complete Poems.
– Walt Whitman… -repetí silabeando el nombre completo.

Dejé la habitación del Jirón Azángaro a fines de diciembre, una semana antes del año nuevo; me resultaba ya un gasto difícil de cubrir. Si bien no iba todos los días ni mucho menos, el lugar se había convertido en nuestro refugio, a ella también le costó aceptarlo. A veces cuando estamos muy borrachos o muy volados – o por lo general las dos cosas a la vez – y la nostalgia nos cae a golpes, Edén me dice que fue su culpa el que hayamos tenido que dejar el refugio; lo cierto es que nunca lo vi de esa manera.

– ¿Sabes? Mi abuela no cree que tengas 30 años, dice que aparentas ser más viejo o algo así…. Y que tienes cara de mañoso.
– Bueno amor, eso es todo un cumplido para mí… ¿Y tú qué crees?
– Yo creo que en este instante te voy a pedir que me lleves al refugio y me des duro… Que me dejes sin fuerza ni siquiera para caminar… Y sabes qué más me preguntó mi abuela y delante de mi tía Irma.
– No sé… Vamos, dímelo…
– Me preguntó: Edén, hijita, ¿ya has tomado leche de hombre? A mi tía se le cayó la cara al suelo… Yo me reí entre asombrada y nerviosa.
– No jodas… ¿Y qué le dijiste? -le pregunté ansioso, sonriendo con los pulmones llenos de humo, apunto de atorarme, mientras nuestras miradas se centraban en el cuidadoso pase del porro de mis dedos a los suyos.
– Que sí, que claro… Y mi tía Irma me gritó: “Cállate cochina, respeta que estamos en la mesa”. Pero bien que se hace la estrecha, como si yo no supiera que tiene un tremendo consolador escondido en su cuarto.
– No pares amor, no pares.
– El otro día yo estaba en el techo tomando sol y sentí que alguien entro al baño. Me asome al tragaluz y vi que era la tía Irma, se iba a bañar. Ahí le vi el aparato, se lo pasaba por todo el cuerpo, se lo metía hasta en las orejas.
– ¡Qué vieja degenerada…! -exclamé a manera de broma.

Noviembre fue siempre para mí un mes extraño, lleno de anécdotas, de conflictos. No es que sea supersticioso, sólo que es verdad. Me reclamó tímidamente que en realidad ella sabía muy poco de mí y que no conocía ningún lado oscuro en mí y que eso era imposible. Le conté que hasta lo que va de mi vida, pude haber sido padre ya dos veces pero no fue así.

– ¿Aborto? -me preguntó cómo sabiéndolo de antemano.
– Una abortó y yo hice nada por evitarlo. La segunda decidió tenerlo pero tuvo una pérdida en el segundo mes… Fue terrible para ella, casi se muere, estuvo en el hospital como un mes o algo así.
– ¿Para ella?… ¿Y para ti? -su expresión me decía que cualquier respuesta que le diese no la iba a convencer.
– Mira, eso fue algo bastante triste pero yo estaba más preocupado por el a, el bebé nunca llegó a nacer, fue algo natural.

Hay cosas que uno se esfuerza por olvidar y quizás por eso son las que más fácil se recuerdan; yo esperé convencerla de que aborte y cuando se lo dije, lo que me respondió me hizo replantearme todo lo que hasta en aquel momento creía. Ariana. Ella fue la única mujer a la que le dije que amaba y era cierto.

“Yo no voy a detener el milagro de la vida que l evo dentro de mi ser simplemente porque tú piensas que no eres capaz de ser padre. Ni siquiera necesito que lo reconozcas… No necesito de tu pena ni de tu simpatía…”

Fui a verla al hospital días después, cuando ya me retiraba me llamó a su lado y casi al oído me pidió que no volviera, que en nombre de lo que habíamos tenido, que por favor ya no la buscara. No la he vuelto a ver desde ese entonces. La amé –quizás ya no- y eso no contó absolutamente para nada. De pronto es que el amor dura sólo un par de segundos y lo viene después son sus consecuencias, pensé, tratando de consolarme. Hoy lo tengo por seguro que es así.
– ¿Pero no intentaste volver a verla?
– No.

Edén me dijo que lo que yo tenía era un trauma. No lo creo. Pienso más bien que nos ponemos muchos condicionamientos cuando nos relacionamos. He hablado de todo esto con ella y pareciera que por primera vez alguien me ha escuchado sin necesidad de preguntarme nada, sin esperar más de lo que dije, sin esperar más de mí.

A veces pienso en esas dos criaturas que pude tener, lo cierto es que no me pone tan mal como en realidad quisiera. Las imagino esforzándose por aprender a caminar, algo que hacemos casi por inercia; las imagino jugando a la luz de un falso reflejo mientras yo las observo desde alguna sombra cercana, casi sin respirar; las retengo en sus movimientos tratando de inventarles otros, aún más perfectos; les dibujo la sonrisa que no tuvieron para consolarme de una pena que no siento.
De pronto deseo que llueva torrencialmente para salvarme pero muero aún más ya que en Lima no llueve. Siempre me he preguntado por qué pareciera que es la única capital del mundo donde no llueve aunque sé que eso no es cierto.

“Necesito más a menudo esta inmensidad frente a mí… este silencio lleno de ruidos calmos… siempre.” Parada en la orilla de cara al mar, le contaba cosas al viento; yo tirado en la arena detrás de ella, la escuchaba como si fuera un intruso a la vez que contemplaba la perfección en las líneas de su sombra, que parecía querer levantarse y demostrarnos que las sombras tienen un mundo aparte del nuestro.
– Edén, cuéntame más de cuando eras niña… Quizás toda la belleza del momento me aturdió dejándome sin que decirle y se me ocurrió preguntarle esto que, al acabar de hacerlo me pareció insincero.
– No me gustan ese tipo de acercamientos… cuando te lo cuente lo sabrás, no me preguntes cosas así, de la nada, saliendo del silencio…
– Pero tú lo haces… -le dije, justificándome.
– ¿Te estás quejando? O es que…
– Hey… sólo estaba preguntando algo, no necesitas darme todo ese circo con tu actitud de “radical girl”… me jode sobremanera que me respondan con preguntas…
– Qué sentimental que estás últimamente, no me extraña…
Eso en realidad me hirió, de pronto porque era cierto y falso a la vez. Era algo que iba más allá de ella, había empezado a sentir que el tiempo pasaba más rápido solamente para mí y al hacerlo no me daba chance ni de mirar mi rastro, lo que iba dejando atrás aunque esto fuera muy poco.
– Sí, tienes razón. Lo que pasa es que me estás empezando a dar pena. Eres borracha, fumona… eso no tiene nada de malo. Lo malo es que empiezo a sospechar que ni lo disfrutas, que te engañas… por último, es tu problema.
– Nunca pensé que en circunstancias adversas te brotaran así los complejos… es divertido, ¿sabes?
– Si vas a seguir con tu rol o de condescendencia, mejor cállate.
– Tengo una mejor idea. Mejor me voy, ¿no crees? Camino hasta la pista, tiro dedo y me voy… Y me cago en ti y en tus complejos.
– No tienes por qué caminar. Con gusto te l evo hasta la pista -le dije casi riéndome con maldad, deseando en alguna parte, conocida y a la vez oculta de mi ser, que me diga que bueno, para así quedarme allí solo y arrepentirme por el resto del día.
– Gracias…. y espero que pare un hombre solo, así de aquí hasta Lima se la voy chupando todo el camino sin parar… pensando en ti y en tus complejos.
– Te faltan vencer aún muchos demonios Edén, muchos… tu silencio te desnuda, te traiciona.
Sin notarlo, la tarde del viernes pasó casi en silencio después de aquella discusión; sólo en la noche cuando volvimos a entrar a la camioneta volvimos a hablar en la misma forma en que siempre lo hacíamos, como si unas horas antes no hubiese sucedido nada. Hicimos el amor varias veces aquella noche, casi ya sin hablar.
Al despuntar el alba, abrimos unas latas de atún y unos panes que se supone eran el almuerzo; luego volvimos a hacer el amor y leímos poesía: Abolición de la muerte. Empezamos a sentir frío y apretándose contra mí, me hizo sentir la calidez de su espalda, de sus nalgas, de sus piernas entrelazadas con las mías, de sus pies…
Despertamos en medio de una tarde húmeda, completamente gris y triste; el mar parecía no querer golpear la orilla y daba la impresión de haberse retirado algo expectante. Abandoné esa extraña impresión pensando decirle a Edén que mejor sería irnos esa misma tarde.
– No… ¿te das cuenta? -Me preguntó tomando un poco de arena en sus manos para luego dejarla caer por entre sus dedos lentamente, de a pocos.
– ¿De qué?
– Ni bien el clima se muestra hostil, los sentimientos de las personas cambian, así, tan de pronto.
– Eso sólo nos demuestra que somos parte de la naturaleza y que sus cambios nos afectan en la medida que la afectan a ella… No todo evitamos el SER humanos.
Al decir esto encendí un cigarrillo y tomé un largo sorbo de ron que quedó de la noche anterior. Debí haberme perdido por un momento en algún pensamiento, de pronto a lo lejos escuché la voz de Edén que me repetía algo que no entendí.

Fue la segunda semana de octubre. Mauro había conseguido un buen empleo en Chiclayo y me pidió que lo ayudara con la mudanza; tendría que llevarse todas sus pertenencias y era muy inseguro enviar todo por encomienda. La propuesta era que a cambio de una paga que yo consideré justa más los gastos de combustible y alojamiento por dos días en Chiclayo, llevara las cosas que no quería enviar por carga. Era ya un mes y medio que salía con Edén, pasaba con ella casi todo el día, todos los días y empecé a sentir que nos estábamos ahogando muy pronto; necesitaba un tiempo a solas, para replantarme, para dudar un poco más. Sentí que estaba cayendo en la etapa en la que todo salía bien y eso es un mal indicativo; el exceso de luz me estaba cegando, me estaba quedando sin contrastes donde ocultarme para sabes que aún estaba allí. De pronto el mundo se había reducido a ella conmigo y me sentía bien y me sentía ridículo por momentos como un tipejo cursi y descarado portando un ramo de rosas rojas por la calle contando los segundos que faltan para hincarse ante su amada. Me sentía así de mal. Miraba mi rostro en el espejo y me conocía de memoria; escuchaba pronunciar mi nombre y decía “¿Qué?”, pero en realidad ya me estaba anticipando mucho a mí mismo. Tenía que hacer algo al respecto.
– ¿Cuándo dices que vienes? -me preguntó en tono casi desinteresado, mirando hacia el muelle.
– No sé, tres o cuatro días… en realidad es pronto.
– Bueno, tú sabrás… total, ¿de qué se trata todo esto? Bien podrías irte sin decírmelo, no es que tengas que…
– No empieces… no es que tenga o deba, lo hago porque quiero.
– No me interesa, ni quiero saberlo todo… ¿me entiendes? Tú me cuentas lo que quieres y ya, por mi lado yo también… sólo te pido que no me insultes.
– Pero si sólo se trata de tres o cuatro días…
– Ya ves… me sigues insultando… ¿Por quién me tomas? No se trata de que sean dos o tres días o mil… Por favor, no me digas que no pasa nada entre los dos; no me digas que se trata solamente de ti y que no es nada con lo que tenemos… No quiero escuchar eso. Se trata de los dos y tú lo sabes… Es algo personal, lo sé…
– Mira, mañana lunes me voy estoy de vuelta el jueves; no es gran cosa, ¿o sí?
– Puedes venir el otro año si quieres… muy bien sabes que eso es tu problema y yo no necesito saberlo pero hay algo que no me estás diciendo, al final… ¡olvídalo…! -dijo haciendo un movimiento con la mano como queriendo apartar el aire en frente de ella.
Empezó a moverse nerviosamente en el asiento, hablaba como restando importancia a lo que estaba diciendo; trataba de cambiar de tema pero no podía sostener una conversación sin detenerse a mirarme a los ojos y sonreír levantando las cejas como si nada la molestase. Capté tristeza en el fondo de su sonrisa; cada vez que se ponía muy expresiva con las manos, como tratando de convencerme de algo, era que estaba en algún apuro con lo que sentía y tenía que ocultarlo. Esa señal de fragilidad la envolvía en una vaga belleza que me resultaba imposible de ignorar. Era como contemplar a alguien herido, suplicando que no se le haga más daño y eso me causaba un involuntario placer.
Las nubes pasaban delante de la luna, cubriéndola por largos ratos para luego dejarla a la vista de quienes buscan en ella el consuelo –para muchos, acaso el más antiguo y el único- que les brinda la noche. El silencio entre los dos se hizo grueso, casi impenetrable; muchas veces las cosas que no se dicen son las que mejor se entienden.

A la mañana del segundo día de haber llegado dejé la camioneta en un taller hasta el día siguiente; era la primera vez que estaba en Chiclayo y quería caminar o por lo menos hacer más contacto con la gente lugareña.
Una fila de autos, la mayoría antiguos Dodge o Chevrolet, anunciaban como destino final el puerto de Pimentel. Serían aproximadamente las ocho de la mañana y después de tomar un jugo de frutas en la Plaza de Armas decidí ir a la playa. El día estaba fresco, el cielo despejado, no podría estar mal sentarse frente al mar por un rato.
Volví a preguntar por el nombre de la playa.
– Pimentel, señor, la mejor playa de Chiclayo… A sol cincuenta señor…. En diez minutos estamos allá jefe…
Pensé que eso de la mejor playa era lógico decirlo pero de seguro habrían otras mejores, aún así iría a Pimentel, sin imaginar siquiera que allí cambiarían muchas cosas para mí.

– Bueno, saquemos las cosas, la carpa primero… Ayúdame a armarla Edén… -le dije mientras miraba la orilla hacia ambos lados para ver dónde nos habíamos estacionado.
– Cálmate, acabamos de llegar… Ármate un porro, brindemos por la llegada y después hacemos tu carpa y todo lo que quieras.
No había gente acampando en las cercanías, daba la impresión que no había pasado nadie por allí pero de pronto la bocina lejana de un bus en la autopista me hizo regresar a la realidad.
Fue un espejismo verla salir del mar. Edén se había recostado a mi lado y quedó dormida balbuceando no sé bien qué maldiciones a qué personas mientras yo miraba con detalle cada comisura de su cuerpo y sentía que nos pertenecíamos. Lo imperceptible de su respirar le daba una apariencia de fragilidad aún mayor, de algún modo presentía que esa primera noche iba a ser distinta.
Es curioso como una botella de vino y algo de fumar pueden abrir puertas que te lleven incluso a sentir temores placenteros y dolores excitantes.
Aquella noche, a escondidas de mis miedos, preparé una velada especial para el estreno de unas posturas sexuales que, se me antojaba pensarlo, prometían muchísimo placer.

– Esas chaquiras que vez al í son todas originales. Yo mismo las he huaqueado… son de esta zona.
Celestino, orgullosamente huaquero y chamán, había nacido en Ecuador pero pasó casi toda su vida en el norte de Perú. Su aspecto era pétreo y su voz era áspera y firme, como si siempre estuviese sentenciando lo que dice aunque sus largas pausas al hablar hacían, al principio, que uno quede en un ansioso limbo que terminaba cuando sabiamente resolvía alguna duda o simplemente daba un dato histórico.
– Los Cupisnique… siempre sueño con sus arañas trepando los muros de sus templos… Es un sueño que siempre vuelve.
– ¿Te atacan las arañas? –pregunté mientras observaba los curtidos pliegues de su bronceado rostro.
– No. Nunca me atacan. Solo las veo que pasan… miles, muchas.

Miraba con atención las cosas que Celestino tenía. Piezas de cerámica y orfebrería que fue guardando y fotos de otras piezas que fue vendiendo a coleccionistas; telares incompletos, collares, anillos, aretes hechos de huesos de aves y especies marinas y alguna que otra antigüedad virreinal. Me llamó la atención en particular un cuchillo de combate medieval por los ornamentos de su empuñadura.
– Mil kilómetros…. Casi todo es desierto y aun así fueron grandes ancestros. Nos dejaron un legado que no podemos ni siquiera igualar…. Mil kilómetros, muchas veces…. Y las mujeres…. Las mujeres…
– ¿A qué te refieres con “mil kilómetros”? -pregunté algo confundido.
– Ellas tuvieron el poder por mucho tiempo…. Gobernaron en grandes extensiones de territorio…. Decidían la vida y la muerte…. De ellas viene toda la sabiduría.
– ¿Por qué “mil kilómetros”, Celestino?
– Y las arañas… siempre las arañas. En el as estaba la vida misma…

Me resultaba difícil sacar a Edén de mi mente. Escuchaba su nombre en la brisa que me golpeaba el rostro. Y no es que extrañara que estuviese allí, de hecho me sentía a gusto pensando en ella pero al mismo tiempo sentía que estaba bien que estemos distanciados y esa sensación me daba un poco de temor. ¿Sería que no la amaba? Me llenaba de dudas. Recordaba con especial detalle la última vez que estuvimos juntos. Creo que a pesar de toda esa noche que pasamos teniendo sexo intenso, sentíamos los dos que nos estábamos acercando al final de nuestra historia. Un halo de tristeza nos invadió al terminar extenuados uno al lado del otro y darnos la espalda. Luego de unos largos minutos de quietud me di vuelta y empecé a acariciar su cabellera, casi imperceptiblemente para ella y al asomarme temerosamente sobre su hombro izquierdo, noté que lloraba en silencio con la mirada puesta en ningún lado, vacía.
– ¿Sabes? El otro día Clarisa me preguntó si de veras te amaba.
Edén solía romper silencios incómodos de esa manera, de la nada. He llegado a creer que es un mecanismo de defensa ante esos silencios hirsutos

 ¿No era que amar es no poder sentirse bien sin el ser amado cerca de ti?

– El hombre en estas costas desiertas tiene mucho más tiempo de lo que la gente cree… Incluso desde antes que haya costa… El tiempo es infinito para el futuro y para el pasado… es un gran círculo que se cierra más al á de lo que podemos imaginar en tiempo y espacio. No podemos… pero el tiempo va y viene.

Esperaba con nerviosismo mi vuelta a Lima, estaba ansioso y no sabía bien el por qué. De pronto eran las ganas de ver a Edén, de abrazarla, de respirar su olor, de comerla a besos, de sentirla completarme en silencio, de humedecerme entre sus murmullos, de sentir ese placentero dolor que me provocan sus uñas y sus dientes. Ella estaba presente en mí de una manera absoluta, aun así sabiendo que nunca me diría quien realmente era, sus verdaderos deseos y metas. El lugar secreto que ella tenía era inalcanzable, inubicable. Solo quedaba esperar a que me dejara entrar algún día y sabía que eso no era posible; no se le puede pedir a una mujer que vaya contra su naturaleza. Y yo ya sabía que amaba a Edén y por lo mismo la iba a dejar ir, para siempre.

Esta historia ha sido construida sobre datos recogidos en muchos lugares, escuchando a quien quiso ser escuchado, en viajes inolvidables que me sugirieron que tendría que poner esas cosas por escrito y compartirlas con la inmensa minoría de los míos.

– Ernesto Muro

Etéreo

Si, soy aquello que golpea tu ventana,

raudo e impaciente, veloz y ruidoso. 

Soy aquello que tiene forma del simple toque con tu ser,

aquello que te acaricia cuando quieres libertad. 

Entro a veces entre tus cabellos de obsidiana,

los sacudo entre su aroma cubierto de deseos, de su olor inherente. 

Toco con frecuencia tu rostro cada vez que abres tu ventana,

te acaricio con fuerza, como si el mundo se fuera a acabar,

siento así que soy tuyo y que tu me perteneces. 

Siempre llego a mi parte favorita,

ahí cuando rozo tus labios,

los toco llenos de ese aroma carmesí,

me ahogo ahí hasta sentir tus besos. 

Toco tu piel hasta cansarme,

te acaricio plena y completa cuando me das la libertad sobre ti. 

Y siempre me das la espalda cada que cierras tu ventana,

allí donde no puedo llegar,

donde mi frialdad no te puede alcanzar,

no te puede tener. 

El deseo me retuerce a su merced,

silbo fuerte si acaso me puedes escuchar,

sueño completo inacabado,

el sueño de tocarte hasta el amanecer. 

Golpeó más fuerte, cuando la oscuridad se desenvuelve,

cuando duermes sin saber que existo. 

Allí donde en tu lecho quiero estar,

allí donde jamás me dejas entrar. 

Si, soy el viento, que te anhela desde siempre.

Cuando la vi

El cielo estaba nublado durante aquella lejana tarde de abril. Las nubes eran grises, pero con suavidad, como si sobre nuestras vidas hubiera un gigantesco lienzo pintado por alguien sin imaginación. Un viento gélido recorría la ciudad, encargándose de congelar narices y chalinas.

Ella había sacado a pasear su belleza. Caminaba sin preocupaciones y distraída. Tenía la mirada perdida y la mente lejana a tal punto que ni el adivino más astuto hubiera podido imaginar en que estaba pensando. Sus pies marcaban el ritmo de una canción que, hasta el día de hoy, la tengo en la punta de la lengua. Andaba simple, sin prisa.

Llevaba una casaca de cuero, un polo morado y uno de esos aretes de los que cuelga una pluma. Su cabello era largo, ondulado, hacia atrás y totalmente hipnótico. Sus ojos… sus ojos eran como dos tazones de madera llenos de agua, hielo y azúcar en polvo. Era un encanto, un deleite a la vista de cualquier perfeccionista. Su aroma era increíble, o mejor dicho, inolvidable. Una mezcla de rosas y las páginas de un libro nuevo era la combinación fatal para encantar a cualquiera que la hubiera visto por primera vez en su vida.

Entonces ocurrió, la vi por primera vez en mi vida.

Allí mismo, pasó por mi lado y yo quedé atrapado por el aura que ella emanaba. Automáticamente perdí el rumbo. Mis luces direccionales comenzaron a fallar y mi camino quedó sin destino. Aunque fue una cuestión de segundos, quedé sumergido en su belleza. La reconocí de algún lado, Facebook tal vez. Carajo. Rápidamente di media vuelta para cerciorarme de que era ella y de que ella era real. Vaya que lo era. Lo comprobé tiempo después, cuando comprendí su magia.

Para ella, aquel fue un día de ese montón que se eliminan de la memoria y no vuelven más. Para mí, fue todo lo contrario, como un tesoro que se exhibirá por siempre en la galería «Recuerdos preciosos» del museo de mi mente.

Hasta ahora no estoy seguro de cómo funciona esa ecuación de verla pasar, pero sé que siempre tendrá el mismo resultado.

Año nuevo

Ya era las once de la mañana y seguía bebiendo en los Bajos Mundos escuchando unas canciones que me embriagaban más. Era el primer día de la segunda década del nuevo siglo, pero todo iniciaba para mí, o eso era al menos lo que deseaba con cada vaso que bebía, que era la cicuta contra los malos recuerdos, que se disolvían y se solidificaban con la rapidez de un tiroteo de imágenes. Ya había vomitado para recuperar el ímpetu de una dipsomanía atroz, que me reconfortaba pero a la vez me corroía, soportándolo con el cinismo de un eximio bebedor. A mi costado, bebía a vaso lleno mi ex cuñado Lánguido, recomendándome fortaleza y valentía, que, según decía, el romance por el que yo sufría era cosa del pasado. 

     Todo iba bien así hasta que se nos acabó las municiones sonantes y contantes, y quise dormirme tiesamente como si me hubiese desmayado, pero Lánguido me dijo para ver el ambiente en los demás locales. Salimos dejando de lado a las chicas del Refugio, aquellas lindas mujeres que nos habían estado atendiendo desde las cinco de la tarde de ayer, y de pronto parecía que todo había terminado.

     Sin embargo, al entrar al sector Anchihuay, casi todos los locales continuaban atendiendo e incluso la discoteca sonaba fuerte. “¡Uh lalá!”, exclamó a gusto mi acompañante, con una sonrisa en el rostro que me dio buena espina. Entramos al primero de los prostíbares, uno de color moradito y con una rockolla potente funcionando, y, ¡oh, sorpresa!, estaba el amante de Lánguido, un transexual conocido como Nuvie. Ella tenía la piel de alabastro y cutis finísimos, sus cabellos pintados de rubio resaltaban su blanca belleza y sus ojos esmeraldas eran dulces. Había estado tomando con otro de sus amantes, pero aquel ya estaba roncando en un rincón.

—Vengan, chicos, vengan —dijo Nuvie entusiasmada, con voz ebria, al reconocernos.

—¡Uh lalá! —exclamó Lánguido—. Pero, preciosa, cómo está tomando sola, y veo que hay una caja, qué digo, una caja  y media.

—Pues les invito todo, mi amor, chupen conmigo.

     Yo, sin molestias, abrí una botella con mis dientes y me serví un vaso lleno, sonriendo por la invitación. Al instante, como metales atraídos por un imán, Lánguido y Nuvie bailaban pegaditos, susurrándose frases a los oídos y empeñándose en darse caricias a las mejillas y la espalda. La música era alegre e invitaba a seguir festejando, algo que me recompuso totalmente de mis penas, y me puse de pie y bailé como un perfecto borrachín al lado de la pareja. Sin esperar mucho, Nuvie aprovechó nuestra atención para hablarnos del accidente que había sufrido su amigo, que yo pensé era también otro de sus amantes. Pool, su amante, regresaba con una moto lineal de La Curva a San Francisco, pero por culpa de un taxista imprudente, que iba al volante borracho y embistió contra Pool, este estaba en Huamanga en cuidados intensivos. Eso había ocurrido en Navidad y Nuvie derramaba lágrimas gruesas temblando, y entonces Lánguido aprovechó para besarla mientras la consolaba.

— ¡¿Y dónde quedo yo?! —exclamé preguntando.

     Nuvie se liberó de Lánguido y llamó a una de las chicas del local. Entonces apareció Arlie, vestida provocativamente con minifalda jeans y una blusa amarilla, y se me encendió el deseo como un volcán a punto de dar erupciones. La conocía y había sido mi enamorada: era cuestión de resucitar sentimientos. Pero estos estaban bien muertos, pues no pude convencerla de ir a uno de los cuartos de servicio y gozar como lo hicieron al rato cual recién casados Nuvie y Lánguido.

—Eres una bandida muy atrevida —le dije a Arlie un poco molesto.

—Mírate. Estás borracho. No cambias.

—Cállate. Yo fui tu primer enamorado cuando caíste acá. Y si hubieses seguido conmigo, yo te hubiese rescatado de este antro y ahora serías mi señora. Bah, eres una bandida muy atrevida.

—Eso fue hace años y debes olvidarlo. Además, tú te conseguiste otra, la tal Bereka.

—Ya terminamos, y ya la olvidé —le revelé con un placer inusitado.

     Nos quedamos mudos durante unos fragmentos de minutos mientras escuchábamos la música a todo parlante y nos mirábamos a los ojos en intervalos y quedamente para no ser tan evidentes, con nuestras miradas también clavándose, por entre la entrada, en la calle soleada y calurosa. Respiraba las cenizas y sentía encendiéndose las ascuas.

—¿Sabes cuánto gané hoy día? —preguntó de pronto Arlie cambiando de fisonomía de recelosa a emocionadísima. No respondí extasiado pero ella continuó: “Serénate y vuelve en la noche. Quizás te perdone”.

     Yo acepté gustoso. Me iba ir dejando media caja de cerveza, pues empezaba a darme vueltas de nuevo la cabeza, pero mi ex cuñado apareció y me detuvo diciéndome con voz pícara: “No te vayas, hermano, esto recién comienza”. Y vino Nuvie y me sacó a bailar. Al tocar sus manos, ellos ardían como brasas. Ahí le pregunté si era operada. “Todito”, respondió sonriente y coqueta, “soy más rica que una mujer”. La miré con perplejidad y, con cierta objeción, no le dije que para mí una mujer es única. Solo atiné a sonreír amistosamente.

     La fiesta continuó a todo volumen. Los cuatro bailábamos eufóricamente cuando se despertó el amante tumbado de Nuvie, que nosotros creíamos estaba muerto y, al verlo reaccionar poco a poco, pensamos que se trataba de una resurrección. Lo miramos boquiabiertos y él, desafiante, nos miró, nos sonrió, se puso de pie lentamente, y dijo: “Sabía que eras una puta, Nuvie”.      Lánguido y yo, que no aguantamos pulgas, nos abalanzamos sobre él. Pero no pudimos hacer nada. El otro ya estaba sereno, era bajo y fortachón (no me sorprendería que fuere del campo), y nosotros apenas podíamos sostenernos en pie. Nos sacó la mierda. Nos dejó tumbados y adoloridos en el suelo, y se fue con su trofeo, la excepcional Nuvie. Arlie nos repetía al oído: “Despierten, debiluchos, no me arruinen el negocio”. Y me quedé dormido.

– Francois Villanueva Paravicino

SOBRE EL AUTOR:

Escritor peruano (Ayacucho, 1989). Egresado de la Maestría en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Bachiller en Literatura por la UNMSM. Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007). Textos suyos aparecen en la antología Recitales “Ese Puerto Existe”, muestra poética 2010-2011 (2013). Ha publicado el libro de relatos Cuentos del Vraem (2017) y el poemario El cautivo de blanco (2018); además publicó en Amazon su primera novela Los bajos mundos (2018). Cementerio prohibido (2019) es su cuarta entrega. Reseñas y textos literarios suyos han sido publicados en páginas virtuales, diarios, plaquetas, revistas y/o.

Línea blanca

Siempre con los mocasines negros esperándote en la línea blanca de la adicción por verte, atento al susurro de tu voz torciendo el cuello para observar tu mágica llegada. La línea blanca va llegando a su fin pero ya mis oídos agudizan y oyen el pisar de tus tacones con el frío de la baldosa negra, parecen hacer música en mis tímpanos con tu jadeo incesante. De pronto apareces respirando en mi cuello y con una carta de as de espadas presionadas por tus labios colorados, matas el silencio con un chasquido de dedos y presionas tu mejilla contra la mía con cierto misterio, mueves tu rostro en sentido de negación mientras cortas mi faz con la carta de tus labios, siento como mi carne se abre y la sangre aflora mientras resbala por el mentón que solías besar en tus regresos de música y bagatela. Terminas de disfrutar el correr de la linfa y dejas caer la carta al suelo, volteas con brusquedad y me das una bofetada con tu cabellera, provocas que mi mirada recorra desde tus hombros hasta tus talones, mientras lo hago término con esa línea blanca que te hace reaparecer en mis peores momentos.

Mi cuerpo desvanece, y cae frenéticamente al frío piso, tú sigues de espaldas ignorando mi presencia, mostrando tu imponente existencia por pura pose, intento gritar tu nombre pero no lo recuerdo, mi corazón se llena de impotencia y mis pupilas dejan escapar lágrimas, solo cierro los ojos y espero a morir en la música muerta de tu inexistencia. Emerges de la afonía del silencio oscuro con una tétrica sonrisa y un puñal entre zarpas justo sostenida por el brazo del cual cuelga el brazalete con mi nombre, irónico que los regalos se vuelvan muerte  y que las ilusiones se tornen en venganzas.

Juegas con el filo del estilete, haciéndolo rosar contra mis venas, adoras colocar el cuchillo en mi cuello y vigilar que se me sea imposible tragar saliva, poco a poco transformas tu lúgubre sonrisa por un gesto de vesania, empuñas bien la daga y colocas la punta  en la parte centro-izquierda de mi pecho, justo en el corazón mientras tratas de penetrar hasta el fondo de él, al parecer tus fuerzas no son las mismas y enfureces más en el fallido intento. Una risa brota de mi boca, no importa el dolor ni que pierda la última gota de sangre de mi cuerpo, la carcajada es prolongada al abrir mis ojos y ver tu pasmada cara atestada de asombro.

Tu imagen desaparece paulatinamente a cada espasmo de risa, desatas tu locura en lo zaguero de tu recuerdo, clavas tus uñas en mi pecho descubierto intentando resquebrajarlo pero ya no existe anatomía de memoria, no hay sufrir en el desgarro de mi piel, solo hay frenesí en la desaparición de tu hedor, tu presencia, de tu existencia. Esbozas un grito mientras hasta tu último cabello termina en desaparecer. Recupero el aliento y echo un suspiro, frunzo los labios y atino a matarte para siempre…

Ira

Era una fiesta elegante en uno de los lugares más lujosos de la ciudad, un lugar de esos en los que te sirven con más de un tenedor y una servilleta con el logo del local. Yo llegué a las 8 de la noche, según lo acordado, y allí estaba Anne, tan hermosa como siempre, pero esta vez su belleza se notaba más, tenía un vestido oscuro como la noche y pequeñas estrellas brillaban en el fondo de ese pequeño universo, ella era la luna. Al verme vino corriendo como una niña que va en busca de su libro favorito y me abraza, siento su cuerpo y me besa diciendo que me extrañaba.

Después de saludarnos tiernamente me indica que se sentaría en el medio de la mesa principal y que nosotros (los hombres) estaríamos en la mesa continua, y le pregunté – ¿Y quién se sentará aquí? – señalando la frentera de su asiento, a lo que ella me respondió – No sé, creo que los profesores- . Debo aclarar que yo ya sabía la posibilidad de que suceda eso, ella ya me había indicado anteriormente que las chicas se sentarían en esa mesa frente a los profesores invitados, a mí no me gustaba la idea, pues es menester afirmar que yo ya presentía muchas cosas respecto  a esa decisión: Una vez fui a recogerla de sorpresa a la Universidad, era un miércoles y era día del maestro, había una ceremonia por dicho día y yo quise sorprenderla a la salida; esperé en el parque más de lo pensado, vi que la gente salía y decidí llamarle, ella contestó y me dijo que ya se iba a casa, se oía apurada y decidí no interferir su apuro, pero al retirarme por el sendero del parque ¡Ohh sorpresa! Encontré a Anne saliendo rápidamente con el Dr. Gabriel, un profesor joven y guapo, con familia y trabajo estable, extrañamente siempre elegía a Anne para que sea su delegada en los tantos cursos a los que ella se matriculaba, y salían rumbo al parqueo de vehículos, yo les seguía con la vista, ella subió al asiento del copiloto y él condujo su Santa Fe con rumbo desconocido, me dolió en el alma, pero yo confiaba en ella; después de un cigarro decidí llamarla y ella contestó diciendo que ya estaba en casa y que no me preocupe, yo confié.

Al llegar los demás invitados nos sentamos todos según lo previsto, pasaron las horas, ya eran las 10 de la noche y no llegaban los profesores invitados, pero en el momento que nos preparábamos a servirnos el buffet, se abren las puertas principales del local y entran los profesores, entre ellos Gabriel, despampanantes y soberbios, cuchicheando como niñas de secundaría pero sin perder la alcurnia entre las sonrisas, y entre los saludos picaros que se intercambian con los demás invitados, las chicas como sus fieles fans se paran y les indican sus asientos pero ¡Ohh coincidencias de la vida! Gabriel se sienta justo frente a Anne, yo veía desde el otro lado del salón, desde la mesa condenada al ostracismo, con rabia, decidí pensar que todo eran simples casualidades.

Se oye un charango sonar al compás de una quena, está sonando Let it be, comenzó el show y todos los invitados se paran para ir en competencia rumbo al buffet de la otra sala; se oyen tacos, carcajadas, chistes y música. Intenté pasar una buena noche, no todos los días se podía celebrar una fiesta de egresados, iniciaba conversación con algunos amigos y profesores presentes, pero a lo lejos podía ver cómo Anne le regalaba sonrisas y miradas a Gabriel, yo sólo atinaba a disimular que no me importaba. 

El show terminó y las carcajadas continuaban en la mesa principal, en mi mesa sólo iniciaban el parloteo con autos, futbol y brindis insípidos, una reunión de puros hombres es como un café sin causa, era una tortura.

Pasadas unas cinco copas de whiskey los docentes comenzaron a brindar para todos los presentes, primero muy emotivamente el Dr. Uriel, después el Dr. Boris y de la misma forma algunos integrantes de mi promoción; es en esos momentos que sucede lo impensado, lo inesperado, al menos para mí y Anne; el Dr. Gabriel se levanta y entre los aplausos de sus colegas, ya un poco ebrios, dice más o menos lo siguiente – Queridos amigos, doctores, quiero expresarles mis palabras- y continuó con las palabras que a simple vista no significan nada, pero que si los presentes supiera todo lo que pasó anteriormente, no hubiesen hecho lo que hicieron a continuación; Gabriel continuó pidiéndome permiso para hablar, como quién se mofa, se dirigió a mi persona diciendo «con tu permiso Juan» y mirando de reojo a Anne levantó su copa sonriendo, todos los presentes al parecer ya tenían en mente algunas conclusiones, pues obviamente no fui el único testigo de algo entre Anne y Gabriel, y gritaron con cizaña, como si lo mencionado por Gabriel fuera un golpe bajo. Mi mente explotaba al ver a Anne, que se dio cuenta de lo ocurrido, se puso roja, tal vez de vergüenza, eso avivó más mis malos pensamientos, mi mente me decía a gritos que parta la cara a Gabriel, las circunstancias me gritaban que él se burlaba de mí, que todo estaba planeado por Anne, que ella jugaba conmigo, que nunca me amó, que todo lo nuestro era una fachada para ocultar lo suyo con Gabriel. 

Morí por dentro, todo se desplomaba, no quería estar ahí, no quería estar con Anne. Todos seguían gritando, Mary se dio cuenta de lo que me pasaba y me dijo que me calme ante lo obvio, yo no quería generar problemas e hice caso, me quede sentado, tenía ganas de llorar, me levanté para disimular y me fui al baño destrozado después del brindis de Gabriel. Al regresar ya todo se retiraban a seguir festejando en otro local, busqué a Anne y no estaba, ni ella ni Gabriel, lo peor pasó por mi cabeza, levanté mi saco me despedí de los pocos que aún estaban presentes en el velorio de mi dignidad y decidí retirarme. Al huir de lugar, herido profundamente, desfogué toda mi ira contra Anne, ¿Por qué permitió que me hicieran daño? Gabriel no lo hubiese hecho si no hubiera pasado nada, ¿Por qué Anne no dijo nada? ¿De verdad pasó algo entre ellos? ¿Por qué me hicieron daño? Sentí que Anne era coautora de todo, de las heridas causadas, de mis lágrimas de huida, sentí que no me quería y la odié.

– J. Martín