Estaba a punto de besarme, una pequeña gota de sudor empezó a caer lentamente por mi mejilla, me hizo despertar; las sábanas se habían enredado entre mis piernas, hacía demasiado calor, 31 grados para ser precisa, hice movimientos sobre la cama y abrí lentamente mis ojos.
Mis cabellos estaban alborotados y mi boca totalmente seca, como sí hubiera caminado por el desierto varios días sin probar una gota de agua. Tomé mi celular mire la hora y ya eran un cuarto para las ocho, anoche no había podido dormir. Hace una semana que se me había terminado mi contrato laboral, debía la renta del departamento pero era la primera vez porque cuando trabajaba la pagaba sin falta y se estaban por vencer las fechas de pago de todos los servicios.
El calor era insoportable, salí de la cama casi de inmediato, tomé una toalla y me metí al baño, mientras estaba entretenida agasajando mi cuerpo con el chorro de la ducha un mensaje llegó a mi celular; lo supe por el tono ridículo que le coloque, no le di mucha importancia al principio porque en esta última semana no recibía ni buenas ni malas noticias. Pero cuando salí del baño y tomé el móvil, vaya sorpresa que me lleve. Tal fue el escándalo que hasta la toalla que me envolvía el cuerpo cayó desvanecida…
“Quiero verte, dónde podemos vernos o tal vez puedo llamarte para coordinar, necesito hablar contigo” decía el mensaje, no tenía destinatario, no reconocía el número del que provenía el mensaje; al principio me vino la duda y luego al pasar las horas tranquilamente lo ignoré, pues no llegó un nuevo mensaje del mismo número, todo transcurrió normal, recogí la ropa sucia, la puse a lavar, hice limpieza, luego salí a tomarme un café, horas después regresé al departamento y navegué en internet buscando ofertas de empleo y enviando currículos, luego cayó la noche, vi un poco de series en la televisión y sin darme cuenta caí rendida.
Mis días transcurrieron, diría yo, bajo la cotidianidad de siempre, estaba revisando el correo, cuando volvió a sonar el celular; demoré un momento en revisar y nuevamente el mismo número que hace unos días inquieto mi día, esta vez el mensaje decía: “No te hagas la interesante te vi en el café hace unos días ni siquiera me saludaste, por qué no me has escrito para coordinar”. Me quedé totalmente desconcertada, porque alguien que me conoce y quería hablar conmigo me reconoció y no pudo hablarme. Empecé a asustarme, llamé a varios amigos preguntando si alguien me había visto hace unos días, pero todos estaban realizando actividades diferentes.
Todo el día la pasé pensando en qué era lo que sucedía, era a mí a quien escribían, era una broma. Eran las siete y media de la noche y mientras veía una película el timbre sonó y cuando me disponía abrir, un sobre misterioso se deslizó por debajo de la puerta…
– Pamela Arteaga Lamadrid
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