He decidido autodenominarme «el poeta de la basura». No traigo rimas y mis versos no tienen métricas elaboradas. Tengo un rabia interna que solo dejo fluir cuando estoy en la mesa con lápiz y papel. Soy el poeta de la basura que no te trae amor en forma de cartitas, ni halagos a tu belleza, no te diré que eres arte ni pretendo que mis textos los sean. Soy la furia acumulada de todo un día de frustración convertida en trazos sobre un papel blanco. Desearía que cada línea de texto sea una de cocaína, así me quedo con la sobredosis que tanto anhelo pero no me atrevo a tener. Ese soy yo, el poeta de la basura, que escribe prosa para llenarla de quejas. ¿No somos todos poetas de la basura al final de un día de mierda?
Muchos libros escritos por honorables hombres terminan hongueándose en alguna abandonaba biblioteca, los textos no son nada más que materia para los hongos, comida de insectos y fugacidad para los lectores. Y aquí estoy yo, contribuyendo. Hoy vas a leerme, vas a sentirme y vas a olvidarme. Así también eres tú escuchando los problemas de tus amigos para ignorarlos, así son ellos escuchándote para olvidarte e ignorarte. Todo texto es una poesía a la basura.
Quisiera dedicarle amorosamente un verso al odio, a la rabia y a la frustración. No la enaltezco, no la embellezco ni la maquillo. Es una pasión más, un sentimiento a la misma altura del amor que tanto se predican en un catálogo de sueños con descuento. Quiero ser la putrefacción del alma y reclamar el sitio que me pertenece, un altar junto a ese bello ser perfumado y arreglado llamado amor. Estamos a la misma altura.
Al final del día, luego de una maquillada vida, soy el poeta de la basura, que recicla versos para transformarlos en quejas. Edificaré mi frustración con todos los vicios que pueda soportar y mantener. Quedará de un alma, pedazos de ser humano.