Ciclo de vida

Hoy, se han reescrito las leyendas
y naces tú
del sol,
del puma,
del hombre.

Crece tu río,
arraiga la vida,
y el halcón saciado nos mece
sobrevolando tus andes.

Ha madurado el capulí
bajo el manto de la luna hirviente
fecundada en la noche fértil
de tu sacro valle.

Y al fenecer…
nunca mueres.

Porque en tu nombre reposa
perenne
la eternidad.

25 de febrero de 2018

«Romance de guitarrero,
pasa su vida cantando.

Canta penas ajenas,
olvida sus alegrías» [Romance de guitarrero – Huayno]
—–
Se han marchado
los cabellos de la noche.

La imagen roja de la piel cortada ha fenecido
y se ha esparcido en la vigilia,

ya no está el espejo de los crímenes
mostrándonos la muerte tantas veces repetida,

ya no nos vemos caminando ajenos.

Se posa el pajarito que ha vencido al infierno,
tiene su pico de brasa
y su canto quema,

se acerca a la ventana y se pronuncia,

entona unas palabras viejas
que discurren como sangre,

se limpia el plumaje.

Su alma surge de los puquios milenarios,
de las cumbres incendiarias,

su nombre es fuego y es relámpago,
distancia y rebeldía,

ha venido por la ruta
que nos lleva a todos los caminos.

G. E. T. T.

El agradecimiento es la memoria del corazón, 

cada vez el tiempo con más ferocidad.

La brújula perdió su aguja, 

un alma perdida luchando, 

por encontrar su camino,

la vida del destino me trajo hasta ti, 

bastaron tormentos para perderme en ti. 

Y recuerda que la verdad, 

se encuentra en nosotros mismos,

apareciendo la criatura más hermosa, 

que mis ojos han tenido el placer de mirar.

Luego me iré así como la noche con el sol,

fiel a tu encuentro, 

en lo más insondable de mi corazón, 

miraré hacia las estrellas,

donde un día al fin te encontré. 

¡Grábatelo! 

Grábatelo en el cuerpo, 

grábalo en la tierra, 

grábalo en el mar, 

grábalo en en la luna, 

grábatelo en tu alma, 

graba tu calidez en mí, 

ayer, hoy y siempre; mi amor.

MARIPOSAS

Alguna vez me preguntaron si sentía mariposas cuando me enamoraba, pues mariposas no, porque cuando estoy enamorado siento algo mucho más fuerte. He sentido como si me estuviera dando un ataque al corazón.
No te voy a mentir, cuando me he enamorado de una chica, he sentido al tiempo pasar tan lento como si cada segundo fuera un siglo y estuviera atrapado en miel.
Al verla, he notado que todo a mi alrededor se volvía borroso y lo único perfecto era su rostro, con esa sonrisa, la cual me tenía cautivo.
Mis pupilas se dilataron tanto que podías ver su reflejo en ellas como si se tratara de un espejo.
Mi respiración se volvía inestable, como si mis pulmones quisieran tomar todo el aire que estaba cerca a ella.
Mi corazón latiendo a mil pulsaciones por minuto pero al mismo tiempo mi mente completamente en paz, pensando únicamente en ella.
Pero no solo sentía eso, si no que comencé a sentirme nervioso y relajado al mismo tiempo cuando ella estaba cerca de mí.
Mi corazón parecía que se saldría de mi pecho por sus palpitaciones.
Incluso, los días en que me sentía completamente devastado o hastiado, comenzaban a mejorar solo con pensar en ella.
Sentía mariposas cada vez que recibía la notificación de un mensaje de ella.
Sentía mariposas cada vez que veía una de sus fotos.
Sentía mariposas cada vez que hablaba con ella.
Sentía mariposas cada vez que escuchaba su voz.
Cuánto me hubiera gustado decirle esto cuando aún estaba conmigo.
Pero nunca tuve el valor para expresarme.
Así que espero que algún día lea esto y sepa que todo esto sentía cuando estaba a su lado.

Fundamentos

Inicia la coartada final del destino,

la sinrazón de los ópalos perennes,

inicia la primera vez de los adioses,

inicia todo aparentemente .

*

Para qué habría que desmontar la ventana

si la luz de tu presencia es un fantasma,

para qué habría que cuidar los vasos,

el sol y los licores?

*

Antes del amor

vive la resaca,

antes de la sombra,

tu cuerpo.

*

Para qué contemplar el verbo,

después del dolor

y tu ausencia .

*

Para qué.

Palindrómico

No lloran los reptiles porque no tienen corazón;
recuérdalo siempre, pequeña.

Así, como los divorciados que no saben empeñar su amor.

La noche
tan simple y basta como lo es
un abrigo hecho de amantes
y el humo recién encendido
sobre esas horas que ya no aguanto…

Van y vienen al son de una vieja canción.
Amore mio.
Van y vienen al son de una vieja canción.

Sobre esas horas que ya no aguanto
y el humo recién encendido,
un abrigo hecho de amantes
tan simple y basto como lo es
la noche.

Así como los divorciados que no saben empeñar su amor.

Recuérdalo siempre, pequeña:
no lloran los reptiles porque no tienen corazón.

Ahora que han muerto las flores

Ahora que han muerto las flores debo sincerarme,

retomar la sed de medianoche y acelerar los panes y las ilusiones,

de todo lo que has dejado,

qué es lo que más ha perdurado, dices,

ahora que han muerto las flores,

no queda ningún rastro.

Aletean las memorias, suben y bajan,

se rompen a cada cambio del viento

o del humor,

o del cadalso que contiene tus letras,

se rompen a cada luz violeta o azul,

o a la ausencia que tus ojos representan,

se rompen porque los tallos han muerto,

porque es lo mismo la vida o la hojarasca,

o la pisada con que quiebras la tierra,

ahora que han muerto las flores,

no sonríes,

y no lloras tampoco.

INCONGRUENCIA

La gente dañada es peligrosa, 

puesto que saben como sobrevivir.

¡Perdóname!, es que a veces me gana el corazón.

Dicen que un muchacho se convierte en hombre, 

cuando sepulta a su padre.

Los cardos añoran descanso, 

dentro de la celda oscura, 

bajo la húmeda piel desecha, 

con su sin fin de espinas,

esperando las manos misericordiosas.

Llena de coraje tu corazón, 

ármate de valentía y continúa tu camino,

aun si te detienes en tu marcha y te acobardas, 

no detendrás el flujo del tiempo,

que el final no sea causa de tristeza, 

pues lucha, ya que nunca deberían ser arrancados,

los capullos sin florecer.

Reflexiones de una mente crédula

Nubes tricolores
en mentes despejadas
sin prejuicios a la vista
en paisajes devastados.

Te caerás en la fosa social
y las nubes serán fango maloliente
en amistades de doble filo
en rincón intermitente.

Hoy igual que otros,
hipócrita, mentiroso, amoroso
ya qué podrías decirme
no quiero que me acuses.

Y te ahogaste en la inmundicia
la que alimentaba tus sueños
ahora tus sábanas
son tan corrientes como las mías.

Hora cualquiera

En tanto, veo gotear el espacio como en sueño,

se derrite, se extingue poco a poco a cada parpadeo,

no existe ruta de retorno,

es decir,

no cabe luz para ninguna memoria,

ninguna noción de lo vivido.

Pienso,

como si fuese posible estar sin el recuerdo,

como si fuese posible estar sin lanzar la moneda.

Estamos solamente en la silueta,

en el marco externo calcinado por el fuego,

en el rasgado de la corteza abierta,

en la herida.

Cuestiono el quiebre de la mente,

las rupturas irreparables,

dudo de la caída de las flores

si no está el jarrón deshecho,

si no derrama desde el alma

la soledad de la vida

y el color final posterior a la muerte.

Me parece que el horizonte líquido

va quitando la esperanza,

solo flotan algunos pájaros ahogados,

de espaldas,

y de alas tiesas,

nadie supo al final sus nombres,

nadie más volverá a su canto, seguramente.

Invencibles

La noche interminable corresponde a tu tez dormida,

es consecuente con la línea de luz que roza tu cadera,

es diminuta,

perceptible al amor de puertas abiertas.

Debo comunicarme desde la cercanía,

desde el calor y el hálito,

y cantar,

y romper todas las cuerdas

mientras se muerden las frutas,

lanzar el canasto al piso

y ordenar de a pocos los colores.

Amerita acaso

saborear las formas iniciales de tu pecho

e iniciar la siembra,

revolver la tierra de tu vientre y germinar.

Acabado el acto de la noche,

duermen los óleos y los pinceles,

ya los pétalos se cierran,

amanecerá pronto

y volveremos a esa juventud fugaz,

vivos

e invencibles nuevamente.

Tejado

Aire con sabor a libertad
como los días que se van volando sobre nuestras cabezas
como los pájaros que deciden no volar
como la mirada ahogada en un charco de incongruencia.

Cielo, lluvia, colibrí,
respira y mantente a la expectativa,

ni tu amor será eterno
ni los ecos pueden apagar el silencio

y la noche se hará cargo de los amantes
como quien intenta matar la sed.

Tejado rojizo,
humo de todos los colores,
lo lejano nos llama al vacío.
Como quien mira directo,
siempre,

hacia el sol.

Escribir sobre leche derramada

Todos los viejos saben que el amor no existe
y lloran ante la soledad forzada,
las doce y tocaron el timbre
es la lluvia que se lleva sus frazadas.

Toda la juventud se ha muerto el día de ayer
en medio de una indecencia de mil años
para traer cigarros y algo de beber
si supieran que nada de eso hace daño.

La mañana ha traído la maternidad
y los niños no saben cómo andar,
déjales frustrarse en responsabilidad
alguno pronto reirá.

Y la vida se pasó en dejar de vivir
y las comparaciones son sueños,
sueños ajenos que anhelo.
Eres tú, perfección artificial,
una banal foto que nadie verá.

Querida tú

Querida tú,

sé que a veces
(solo a veces),
me recuerdas

entre desvelos
y melancolía.

Sé que lo haces
sin cariño
ni añoranza.

Tal vez
(solo tal vez)
tu día no sea propicio para este momento
ni el momento sea el indicado
para hoy.

Pero sabes bien
que lo nuestro
tampoco lo fue.

Sé, también, que sigues aquí,
llevándome de la mano
por aquellos lugares
que yo he de evocar.

A veces, tus alas no encuentran vuelo
y otras, mis ojos te reverberan.

El frío
no es más
un suave palpitar en las cortinas.

La noche
siempre será
el manto tejido en soledad.

Tú y yo,
un par de corazones
apagados en la berma.

Y las fresas…
esas malditas fresas.

Lo sabes, amor.

Sabes que a veces
(solo a veces)
me recuerdas

sin querer recordar.

Queja sin propuesta de solución

En tiempos de plagios y copias
los diplomas son para idiotas,
los que lamentablemente tienen el gran trabajo
gracias a Los Secretos del Carajo.

Con 20 lucas no cocino rico
pero si te hago un favorcito
de hablarle a mi amigo el ministro
¿o acaso prefieres un libro?

Hagamos la jugada de secundaria
hago la tarea y pones la plata
con chamba me pagarías
un diezmo cobrarías.

Si todo sigue así de mal,
siempre al poder podemos postular,
prepárate para ser una rata
decapitada en medio de la plaza.

Mi Perú es un capulí

Mi Perú es un capulí,
frondoso,
insigne,
alto como el cielo,
vivo desde la raíz.

Y ellos quisieron talarlo
hurgando en las heridas
para matar el suelo
y la libertad.

Pero se toparon con su pueblo.

Aquel, que ni mil perdigones,
ni cien mil lacrimógenas,
ni un millón de policías asesinos,

nada,

lo podía doblegar.

Mi Perú es un capulí
y su pueblo es sagrado
y su pueblo eres tú.

Su hijo, su hija,
su pequeña hojita,
bailando al viento,
al fruto dulce
de la revolución.

Dale, no te rindas.

Échale
ramita pasional
un poco de amor a tu bandera.

La cantata inconclusa

Qué fuera de la noche bohemia, juventud licorosa,

el recuerdo de algún bemol y carcajada,

o el llanto de antaños romances,

qué fuera del mismo repertorio,

cancionero dolorido,

madero y cuerda,

juventud y fiebre.

Qué fuera de la noche de los amores truncos,

beso y olvido,

copa del alma

y labio mojado.

«No me toquen ese vals»

escuchas,

qué triste es el recuerdo

y qué cosa la vida entonces.

NOCTURNO

El sol entra al ocaso, 

puedo sentir cómo, 

las aves vuelven a su nido, 

comienza el sonido insomne, 

el viento silba por debajo de mi cama, 

el reloj de la plaza toca la campana, 

doce de la noche en mi alma, 

siento como arden los ojos, 

en los párpados cerrados. 

Solo escucho el sonido del río, 

grita por abrazarme, por acompañarme, 

por llevarme. 

Los perros aúllan de tristeza, 

saben que otra noche duermo solo, 

ellos desearían verme sonreír una vez más;

sé que me quieren, 

a la mañana siguiente les daré de comer. 

¿Entonces debo dormir o seguir soñando? 

El crepúsculo estropea la noche, 

sigo exhausto, debería soñar en el cansancio, 

intentar vivir lo que no viví. 

Ya se prenden las últimas rosas, 

los colores grises ven llegar al sol, 

el rocío comienza a derretirse, 

Ha terminado la madrugada, 

ha terminado el deja vú. 

Espero puedas perdonarme, 

hoy te busco en las estrellas.

La víspera de las vísperas

En el conteo del horizonte más próximo se halla el mar,

tras veinte metros de asfalto y otros veinte de arena;

los colores cotidianos dan paso al cielo y a las flores en agonía,

es la víspera del goteo del tiempo, acelerándose silente.

El hálito es inicial o es la sentencia llamando a los pájaros muertos,

cayendo en picada, pétreos, hacia la calma del océano.

Cuando lleguemos a nuestra última puerta,

quedará el mismo cajón de la infancia

y la memoria de nuestra vida;

mientras ignoramos el siguiente paso que, dicen, se parece al olvido.

Darkness

De niños escuchamos la frase «¿Le temes a la oscuridad?»
Como si esta fuera maligna
Pero créeme, no tiene nada de malvada
Sino es un lugar de paz absoluta

Un lugar donde nada te molesta
Un lugar donde no sientes nada
Un lugar donde nadie te lastima
Un lugar donde no existe nada

En la oscuridad dejas de oír las voces
En la oscuridad dejas de escuchar las críticas
En la oscuridad dejas de sentir el dolor
En la oscuridad dejas de pensar

En este reino maravilloso no hay nada
Están vetados tantos los dioses como los demonios
Solo estás tú y hasta tu mente es silenciada
Solo estás tú y el silencio absoluto

Entendiendo eso
¿Puedes ahora entender el porqué me encierro ahí?
¿Por qué decidí desterrarme a ese plano?
¿Por qué eliminé a la luz de mi vida?

¿Y el porqué no deseo salir de esta?

Dime

Dime, viento, cómo es tu aire
cómo mueves las hojas
cómo empañas los lirios
cómo vuelas sin levantarte.

Dime, corazón, qué te hace latir
si es el ritmo del dolor
o una herida abierta
cuando ya no queda sangre.

Dime, lluvia, por qué has de caer
sobre la hierba inerte
que te reclama en amarillos
sin conocer de verdores.

Dime, amor mío, quién es quién
si es mi sed la que te llama
o es solo el desamor
cual pequeño tentempié.

Dime, sol, cuándo estarás aquí
para esperarte a secas
y cobijarme entre miradas
que en tu desvelo han de dormir.

Y si me concedes esta última pieza
dime, tiempo, cuándo vuelves
dime, cielo, por qué te vas
dime, vida, qué es la muerte.

La cúpula de las cúpulas

Tras el bramido horroroso de una cruz negada

se yergue la cúpula de las cúpulas, única en su género,

bajo la sombra de mil túnicas blancas.

Hay humo en la frente de todos los hombres de la tierra,

gris etéreo que se concentra en el límite del cielo,

la cúpula mayor,

incontrastable.

Por alguna razón el sol apacigua el bramido inicial y lo transforma,

lo convierte en el cántico liviano y piadoso de una voz madura,

sean quizá los rezos de algún pueblo,

sean quizá las esperanzas por algún consuelo,

o quizá solo la práctica de miles de años empolvados en oración.

En el refugio de los ausentes descansan huesos foráneos,

absortos,

todavía tibios pero no por la muerte acaecida,

todavía tibios pero no por los hálitos subsecuentes.

El ocaso más cálido no retiene la vida.

Amén.

ÛRUZ

Todo se resume a un punto

El punto de inflexión

Donde después de todo

Reencarnó ese ser

Un ser virulento

Un ser visceral

Un ser de instintos

Un ser oscuro

Un ser Fáustico

Ese ser es el Zorro

Alguien que por años desapareció

Que se creía extinto

Pero solo se encontraba escondido

En una de las cuevas de mi mente

Esperando este momento

En el que volvería a ser necesitado

Para salvar lo que restara de cordura

De ese pobre desdichado

En el que me había convertido

Ahora él está a cargo

Y yo me he refugiado

En lo oscuro de mi mente

Ahora el fin del mundo ha comenzado

En especial, el fin de los que lo liberaron.

La duda

Se me vienen a la mente las encrucijadas de tu piel,

el color incomprensible de tu boca apagada,

tu pelo,

el terrible matiz de cuando callas.

No tengo miedo

al péndulo de tus caderas,

ni al vaivén del dolor colgado entre tu pecho.

Me regocijo en la incertidumbre de tus sueños,

en el instante de tus truncados gemidos,

la añoranza,

la humedad que recorre tu ser

al saberse insuficiente,

la propia vida,

la expresión del fuego suspendido

en tus ojos directos.

Esta noche te enfrento

como espejo repleto y final,

te mantengo

en el curso nocturno de mi vida,

en el trago amargo,

en la soledad de la duda

que recorre tu recuerdo

adornando mis calles.

Doce uvas

Doce meses
como doce días
a las doce horas
de la noche
bajo el alba.

Doce frases,
doce gritos,
doce amores,
doce risas.

Doce nombres
a las almas
de los seres
durmiendo
embrujadas.

Doce años en las mismas.

Doce llantos,
doce juegos,
doce anhelos,
doce mentiras.

Al final, doce uvas
que solo son uvas
como doce días
postergándose
toda la vida.

El autobús de la vida

Les contaré mi experiencia en esta extraña estación de autobuses. Éramos un enorme grupo de contemporáneos, entre los 16 y 17 años, podría resaltar una incertidumbre generalizada. Me incluyo, sabía que existía esta estación, sabía que alguna vez tenía que estar aquí pero no comprendía cómo actuar o a dónde nos dirigíamos. ¿Es esto normal en la vida?

Una vez en la estación, no pasó mucho tiempo hasta ver como algunos grupos se formaban para charlar y compartir risas por un momento. Identifiqué diversos grupos, como aquellos amigos que se notaba que se conocían de toda la vida, aquellas parejas tímidas que empezaban a coquetear, los chicos que empezaban a prender un cigarrillo y aquellos que simplemente estaban sentados uno al lado del otro sin decir ni una palabra. ¿A qué grupo debería ir? ¿Debería ser de aquellos que resalta con tan solo su presencia o debería pasar desapercibido? ¿Es que acaso tú tienes una sugerencia? No había letreros o señales que explicaran a dónde debíamos dirigirnos, pero había muchos buses esperando. Era evidente que debíamos subirnos a estos. ¿A cuál? La incertidumbre era generalizada, nuevamente. Pero debo comentar que los autobuses eran diferentes. Había aquellos tan sofisticados y modernos, que más parecían buses elegantes de turismo y sus pasajeros subían cómodamente para empezar a acomodar sus asientos, abrir sus bebidas y enrumbarse a donde sea que estuviéramos yendo. Había también buses que no tenían nada de especial, asientos duros, sin ventilación y stickers de «pague con sencillo». Ingresé a uno de estos buses más del montón. No elegí el bus, pero por lo menos tuve tiempo de elegir dónde sentarme. Pasaron algunos minutos y simplemente éramos un grupo de chiquillos tímidos sentados en un autobús que no escogimos y no sabíamos a dónde nos dirigíamos. Partimos, y este momento fue el que realmente me impactó. Arrancamos y por la ventana podía verse cómo corrían tras nuestro algunos chicos, gritando desesperadamente que nos detuviéramos, implorando por un espacio. Vi cómo un chico alcanzó a tocar la puerta del bus, mientras agitadamente imploraba que nos detengamos. Durante esos 10 o 15 segundos, solo alcancé a cruzar miradas con otros pasajeros y realmente no sabíamos qué hacer. La verdad es que sé que no había nada que podía hacer. Los buses ya habían abandonado a quienes se quedaron atrás y podía aún escucharse llantos, gritos y maldiciones.

La tensión inicial desapareció progresivamente a medida que el viaje se desarrollaba y comenzamos a conversar, compartir y divertirnos. Abrieron una botella de alcohol en el asiento trasero, prendieron un cigarro y muchos se atoraron al intentar fumar, bailamos y jugamos. Éramos un grupo de jóvenes que descubría la diversión juntos. Estábamos tan contentos de viajar porque viajar siempre es agradable, no importa a dónde. Al caer la madrugada, estábamos agotados y el silencio predominó. Recuerdo a esta persona, tan amable, carismática y graciosa que se sentaba detrás mío. Planeamos seguir viajando juntos y pasar la vida en un autobús. Nos abrazamos y pude sentir la calidez de otro ser humano por primera vez en mi vida, mi piel se erizó, mi columna vertebral se congeló y creo que amé. En medio de la madrugada, abrió la ventana y muchos despertamos al sentir el viento ingresar violentamente. La persona detrás de mí se paró de su asiento y simplemente se tiró por la ventana. Nada más, simplemente dejó de estar presente. Nadie vio su cuerpo impactar con el asfalto, nadie escuchó gritos, quejas o gemidos. Se fue. Y nuevamente, nos miramos sin saber qué hacer, nos miramos sin comprender qué sucedía. Algunos ni despertaron. Se fue. Alguien cerró la ventana y encontré una nota en el piso que decía «Nadie sabe a dónde va». No se equivocaba.

El autobús paró un momento. Bajamos para estirar las piernas y tomar un poco de aire. Nada especial. Subimos nuevamente y arrancamos, el autobús se encontraba con menos pasajeros que al inicio. Desde la ventana pude ver cómo algunos decidieron no subir y se quedaron viendo cómo partíamos. Probablemente, lo más triste al momento de partir nuevamente, fue ver como un grupo no subió por ir a comprar una botella de alcohol.

Ya no sé a dónde vamos. No sé si alguna vez este autobús se detendrá, si debería tirarme por la ventana en pleno viaje o si debería sentarme al final para beber. Si debería descansar y dejar que el viaje continúe. No sé nada y no sé si es normal no saber.

En el abismo

Caminaste durante horas por un sendero que parecía perderse sobre las montañas. El inicio sin fin, hacía del aire algo tan denso como la mala hierba en los sentimientos que hoy nos invaden. El destino, abstracto e irreal, se pintaba utópico entre la llanura. Sabías que al verlo, lo reconocerías.

En una curva del camino, mientras el amor te distraía la mente y el corazón, un incómodo mosquito cruzó zumbando por el rabillo de tu mirada. Al evitarlo, la salida que andabas buscando se materializó frente a ti. Lo supiste desde ese preciso instante.

A nivel del suelo, una enorme roca y un par de arbustos calmos te invitaron a entrar en un bellísimo paisaje, donde lo verde era altura y el cielo tenía sabor a recuerdo. Lejos, en piso de valle, las pequeñas casas se veían como un sueño del que nadie quiere despertar. Las sombras de las nubes maquillaban la vista y el vértigo se te antojaba más y más con cada segundo que pasaba.

Sin dudarlo, orillaste al borde del abismo. La dicha te envolvió cual pluma bailando en la brisa. Al compás de aquellas canciones que te aceleran la respiración, la noche cayó somnolienta y el tiempo pasó como agua discurriendo en la eternidad.

Todo lo impregnado en ese mágico lugar se te volvió en contra cuando te percataste de que era el momento de seguir. Con mucha paz en el interior, entendiste que de la vida no entendías nada y, durante breves pestañeos, fuiste feliz.

Luego del silencio más absoluto, te dejaste caer. Después de todo, era tu destino. Por fin habías encontrado el lugar perfecto para morir.

Cavoli riscaldati

Lo nuestro era un ocaso
con tintes de color azul.
Un día de verano sin eneros,
una noche de enero sin domingos.
Lo tuyo era el escondite.
Lo mío, un usado corazón.

Ay, ¿dónde estás?
No te veo.
Y mis manos escaparán de mí
hasta saber pedir auxilio.

Ay, ¿a dónde vas?
No te encuentro.
Y eres ser de silueta borrosa
entre lluvia y aguacero.

Ay, ¿dónde te veo?
Si ya no estás.
Si ya no quedas cerca.
Si ya me tienes lejos.

Será que todavía eres amada,
será que tu calor hace frío,
será que, entre nos, ya no te quiero.

Y, aun así, te seguiré esperando,            
como quien está harto de la vida
pero no se cansa
de vivir.

Jirón penumbra

En la mirada de las aves polvorientas vi caer toda su tristeza,

por las calles de viejos pasos y fantasmas vivos.

En el jirón de todos los muertos se detiene y compra el pan, como siempre,

después de la supuesta carrera de la vida,

después del orden reflejado en un cristal de cien años,

presto a la ruptura

como si de barros secos se tratara,

como si al final de pasada la luz

los sueños valiesen

lo que dos o tres panes.

Versos que no son besos

Hay versos, que no son besos
hay besos que solo quieren un poco de afecto
y hay versos que son un «gracias»
hay versos que son un abrazo
y hay versos que son un «lo siento».

Quiero tu cariño,
y quiero darte a párrafos
por favor, recibe estas líneas
por favor, no ignores mi aprecio.

Quiero tu cariño,
pero confundiste este verso con un beso
cuando solo es un «lo siento»
yo quiero tu cariño.

Ahora, pides un consejo
ahora, pides un amor
ahora soy quien tiene versos en fuego
ardiendo de rabia
porque tu orgullo lo quemó.

Si te busco
que sea para darte a versos
que se mojen los papeles
que vengan fluidos eróticos
que se derramen lágrimas de lamento.

Seguro de vida

–¿Usted fuma?
–Ocasionalmente
–¿Qué tan ocasionalmente?
–Uno a la semana, tal vez dos.
–Ya veo… ¿Padece alguna condición cardiaca?
–Me han roto el corazón varias veces.
–¿Ha sufrido lesiones de gravedad?
–Mi espíritu es inquebrantable, siempre ha salido ileso de las más duras batallas
–¿En su familia hay antecedentes de enfermedades hereditarias?
–Mi padre y mi abuelo eran románticos empedernidos.
–Ok… ¿Su trabajo o pasatiempos lo exponen a riesgos o accidentes?
–Soy escritor, el único riesgo en mi vida es no encontrar la palabra adecuada.
–Señor, si no va a tomar esta entrevista con seriedad, no hay nada que pueda hacer por usted. Gracias por su visita.

Don Julio salió de la oficina de seguros con la misma certeza que lo inundaba al entrar en ella: su vida, tortuosa e inverosímil, seguiría siendo un largo camino a la miseria. Al emprender marcha, mientras se despedía con un ademán tosco y grosero, encendió con elegante dificultad su sexto cigarrillo de aquella mañana.

I

En algún pequeño espacio del recuerdo tú sonríes,

despistada (o), colmada de insipiencia, bendecida.

Quisiera tampoco saber del sol u octubre,

ni del lamento de la calle quechua ni del fonema roto que entorpece tus palabras.

Únicamente espero el culmen nocturno, pasados tus cabellos, post media noche, después del tormento.

En la mezcla de los licores se acrecienta el tufo del amor,

la bebida rancia pero dulce, o espejo o las flores,

la quietud del espacio entre el sopor y la muerte, o los labios o el vientre.

Te desgarro

y se desgarra el mundo.

Los ojos no son suficientes

La poesía de la naturaleza en unas fotografías
desde el infrarrojo
al ultravioleta
el universo se revela.

La belleza no se ve
se traduce a colores
y se escucha en La Menor
se siente en Do Mayor.

Es que tanto escándalo por unas fotos
que ocultan la creación,
que tu dios ha muerto hace mucho
y el amor ha triunfado.

Tal vez captamos una familia destruida
tal vez unos amantes sufriendo
tal vez materia que se alimenta
tal vez, todo pasado y nuestro futuro.

Sombra

Estoy muy cansado
Ya me cuesta despertar en las mañanas
Cada noche al acostarme
Ruego a los dioses que esa sea la ultima

Ya no soporto el dolor
Cada vez me cuesta más respirar
Cada aliento que tomo
Es como una cuchilla en mis pulmones

La comida ha perdido su sabor
No importa que ingiera
Todo me sabe a una nada completa
Asquerosa y sin sentido

Creo que solo despierto en las mañanas
Impulsado por las promesas que jure cumplir
Impulsado por ese honor y orgullo que un día defendí
Pero incluso eso ya esta perdiendo importancia para mi

Todo ha perdido su valor
Todo ha perdido el color
Vago por este mundo como un espectro
Un ser sin alma ni corazón, uno que solo espera el final

(*) Errores expresamente intencionales del autor.

BERSERK

Tonto, a veces el fatuo, 

loco y medio vivo. 

Risas y torrentera funesta, 

lirio medio crespo sobre el río, 

suerte de sirena en mar medieval. 

El berserk sin su amada, 

al que le falta un ojo y lleva un solo brazo;

son dos caminos bifurcados, 

yo tomé el menos transitado, 

eso marcó la diferencia;

solo en memoria del amor, 

mis pasos volverían a andar sobre el fuego,

solo deseaba volver a casa, 

si tu mirada cristalina aún me esperaría. 

El más valiente con la idea más clara, 

de lo que hay enfrente de sí, 

la gloria y el peligro por igual, 

sin embargo comienzo a buscarlos. 

No caminamos junto a la muerte, 

es lo que aborrecemos, 

la combatimos hasta el final, 

sin poder ser los vencedores. 

Los lazos, cosas frágiles, 

suelen romperse bajo tensión.

Una vez rotos, 

ya no habrá nada que ganar; 

prefiero dominar mis emociones, 

sin la  indulgencia del pasado vengativo. 

Sin saber qué hacer,

cuando encuentras la verdad,

como el otoño se lleva la primavera, 

es lo inherente de vivir el ciclo, 

entender que ya te has ido,

que dejaste libre al invierno,

congelaste el viento en mi sosiego, 

y deshojaste los sauces

con tu soplido carmesí.

Los malcriados

Se aman por las noches,
se aman a oscuras,
a bajo volumen su música favorita
o ensordecedores ruidos.

Estos jóvenes se aman con todo el cuerpo
sobre la cama en la que duermen cada día
o un cubículo acompañado de un inodoro
amor eterno le llaman ellos.

No son el molde de sus ancestros
cada vez son peores
bailan, pintan y lloran
se aman a las 3 a.m. y 3 p.m.

¡Ay mi amor eterno!
Me dejaste por idiota y te dejé por llorona
no hay diferencia
de eterno eran los segundos
antes de que abras tu alma.

A partir de entonces

Éramos como dos pequeñas florecillas pululando bajo una eterna primavera. Al recordar su advertencia, oculté mis fervientes deseos de besarla. El color de sus labios se asemejaba al de una nube en el atardecer más hermoso de mi vida y la esponjosa caricia de sus roces podía llamar la atención de cualquier incauto. Mis ganas se multiplicaban a cada segundo transcurrido pero su apercibimiento era tan claro como el agua del que no me dejaba beber.

“No lo hagas, no te atrevas, después de esto no habrá marcha atrás”.

Pronto, la fuente de inspiración se vio trunca en un callejón sin salida. Su miedo, indescifrable y latente, nos estaba carcomiendo con voracidad. Me acerqué un poco para estimular alguna reacción suya y ella solo atinó a voltear el rostro, simulando que no me conocía.

Recordé también, como quien encuentra una aguja en el pajar, la sutileza de su sarcasmo. Aquel arma de doble filo que ponía en tela de juicio a cualquier dicho, idea o frase que pronunciaran sus palabras. Ahí me di cuenta que no nos encontrábamos en una situación excepcional. Toda esa pantomima se resumía en la más frívola invitación a intentarlo y atenerme a las consecuencias.

En ese momento, volvió a girar para encontrarme de reojo y su pícara sonrisa fue suficiente. Lo supe apenas las pupilas se encontraron. Caí en su abismo lo más rápido que pude. El acto fue fugaz y sin dar tregua a ningún tipo de reacción.

Nuestras bocas quedaron estampadas desde aquel instante y para siempre.

Y, a partir de entonces, no me arrepiento de nada.

Monedas falsas

Don Rómulo estaba furioso. Luego de un fuerte intercambio de palabras con un veinteañero que la había cerrado el paso, el viejo comenzó a calmarse a pedido de sus turbados pasajeros. La avenida de la Cultura siempre ha sido un caos a las cuatro de la tarde, sobre todo si uno se dirige al centro. A esa hora, el brillo del sol te da en toda la cara como el puñetazo de un púgil en formación.

En la puerta del bus, como siempre, estaba Joselito. El oficio de cobrador no era algo ajeno para él. A sus trece años ya se conocía de memoria todos los paraderos de la ruta y esto le ayudaba a darse sus gustos en cabinas de internet y cigarrillos baratos que nunca podía terminar. Experto en pedir sencillo y calcular el vuelto con rapidez, el pequeño sagaz ya tenía la viveza criolla impregnada en la mirada.

Pasado aquel día y varias vueltas después, el dúo decidió hacer una ronda final para terminar su jornada. Saliendo de la ciudad, entre las asociaciones pro-vivienda y con la noche encima, solo quedaba un transeúnte en la fila del fondo. Joselito se le acercó para cobrarle el pasaje.

Cuando volvió a la parte frontal del vehículo, el niño se quedó mirando con detenimiento la moneda que el hombre le había alcanzado. Cargado de un largo lapso de duda, se levantó a regañadientes de su comodidad y fue a encarar la osadía de su último cliente.

–Está falso.
–¿Disculpa? – respondió el solitario.
–Esta moneda es falsa, tienes que darme otra.
–¿Cómo no te fijaste y me diste el vuelto?, ya no te la puedo cambiar.
–Pero está falsa, no seas vivo –replicó el niño con un nerviosismo que crecía como espuma sobre su cabeza.

Desde adelante, don Rómulo se había percatado de la tensión e intervino sin dudarlo. Clavado en su asiento, intentó girar la cabeza y vio con el rabillo del ojo que el joven se negaba a pagar nuevamente.

–Ya pues amigo, hay que ser honestos –dijo el viejo.
–¿Disculpe?, yo ya le di mi pasaje al niño y él me dio el vuelto, no es mi culpa que no se haya fijado, además, ¿cómo sé que no me está dando otra moneda?

Joselito sintió una indignación tan grande que quiso insultar al hombre de la última fila. Se acercó a él con la rabia ardiente y una intención peligrosa que parecía ahogarse en sus párpados inundados de inocencia. Antes de que pudiera articular palabra, el pasajero le dijo que no le pagaría de nuevo y lo mandó al diablo de manera sutil.

Don Rómulo, impaciente, había girado todo el cuello y parte de su torso para recriminar el cambio de sencillo. Cuando ambos miraron al conductor, lanzaron un grito aterrador que rompió la tensión en mil pedazos.

El viejo dio una vuelta inmediata y las luces altas del camión que venía hacia él lo cegaron en un instante. La maniobra sobre el volante fue rápida y violenta. El bus, que estaba invadiendo el carril contrario, tambaleó con fuerza brusca sobre sus llantas. La fricción del caucho y el asfalto derivó en un chirrido infernal fundiéndose con un bocinazo eterno. En cuestión de segundos, ambos ruidos se perdieron en el camino mientras los habitantes del vehículo se alejaban milagrosamente de la desgracia.

El alterado pasajero comenzó a recriminar la falta de atención del chofer y pidió bajarse en el siguiente paradero.

–Aprende a conducir, viejo de mierda.

El silencio fue sepulcral hasta que el dúo llegó a su destino. Incluso allí, ninguno de los dos pronunció palabra. Estaban congelados, como si la vida aún pasara frente a sus ojos.

–¿Qué sucedió, don Rómulo? –preguntó el niño.
–No lo sé, Joselito –respondió el viejo al mismo tiempo que su mano temblorosa apagaba el motor del bus–. Creo que a veces le temo más a las monedas falsas que a la muerte misma.

Cuando él bajó del carro, el niño se quedó pensativo, como esperando algo que jamás llegaría. En ese momento, se dio cuenta de lo hermosas que eran las estrellas.

Imagen posterior

Del otro lado del corredor permanece el reflejo,

el mismo quiebre y resplandor esquivo,

en el centro el rostro de los ritos oscuros,

la silueta deforme del no cuerpo,

no hay piso para ese gran cañón infinito,

o ese mirar sombrío desde el frente.

Atado a cuerdas somníferas, los ojos resisten,

no cerrados, desaparecen.

Llamo a las imágenes contrapuestas de mí

sin que sea posible esa respuesta,

permanezco general, extenso e infinito,

soy yo sin serlo

la imagen posterior

reflejada en mí

sin mí,

soy la rendija del otro lado del rito,

perenne, no roto,

final.

Dioses

Vamos a salir un poco de este espacio
y declararnos dioses.

Dioses que han existido desde siempre,
manipulando lo efímero
y evitando su eternidad.

Vamos a reencarnar todas las vidas
para ser niños de nuevo
jugando a la inocencia cortada
entre notas musicales
en medio de la guerra.

Vamos a olvidarnos de la muerte
bajo el dolor de ser humanos
mutando a lo infinito
sobre las heridas frescas

de los que vienen
de los que se van.

Vamos a celebrar los restos
por todo el giste derramado
con un brindis en el aire
y mil versos en las lenguas.

Recordando lo esencial,
sin despedirnos todavía.

Vamos, salgamos de este espacio
y declarémonos dioses.

Dioses existiendo para siempre,
evitando lo efímero
y manipulando la eternidad.

RIMA

He escrito poesía
Por más de 10 años
Rimas basadas en mi historia
Esa oscura que he vivido desde niño
Por eso, a veces son frías
Como el agua que en las madrugadas sale del caño

Pero algunas veces
Son calientes como la lava
Rimas que te hacen calentar la sangre
Rimas que te llevan a luchar a la calle
A golpear a algún rojo camarada
O a llevarle serenata a tu amada

Unas pequeñas rimas
Que me salen del subconsciente
Uno tan caótico
Que no sé cómo logra darles sentido a las palabras
Para poder dar una idea concisa
O por lo menos una idea comprensible

AQUELLA ESTRELLA

Dicen que no podemos vivir sin compañía, 

pero seguimos respirando,

a la soledad del tiempo,

sin la espera de nadie quien nos salve,

como si fuera un esfuerzo carente de mérito. 

Cada ojo suyo es diferente, 

cuando la miras te sientes extraño, 

ella aparecía ahí sin que me diera cuenta, 

siempre me pedía la misma canción,

sin ningún esfuerzo ella sonreía, 

esa sonrisa de melancolía.

Ya no podía evocar el sonido de su risa, 

esa que había oído mil veces. 

Siempre hay tragedia, 

en los ojos equivocados, 

pero hay esperanza, 

para los ojos llenos de amor. 

Me encanta que llueva, 

así puedo verter mis lágrimas allí, 

la gente ya no puede verme, 

la gente ya no sale, 

la gente ya no jode. 

Aquella no es una estrella ordinaria, 

son lágrimas de un guerrero,

alguien que en algún lugar, 

ha terminado su batalla, 

como un alma en pena, 

como un niño perdido, 

como lluvia al sol de mi ventana. 

Aquella estrella aún brillante,

emite retazos de su corazón,

al sonido del río gris,

cuando sientes que su alma,

jamás se ha ido para siempre.

Abril quince

En la barahúnda de los sueños nace esta noche,

enclaustrada en la insuficiencia,

rendida al frío que contiene los dedos

y con la voz entintada por el licor de las flores,

simple,

singular,

aislada.

.

No te conviene el tornasol subsecuente,

no te conviene el rezago de los sudores terrenales,

ni la pieza faltante ni la pieza sobrante,

no hay por qué en el vacío

si cruzamos esta puerta semiabierta,

si saltamos y,

del otro lado,

nada al fin, evidentemente,

solo silueta y temor punzante,

si no llega la calma,

si nunca llega.

.

Ser sin ningún verbo.

Solo ser sin ningún verbo.

Descenso en tu mirada

Entonces,
me lanzo a tu mirada
y en la caída veo
besos y caricias.

Desciendo como una pluma
caigo en el lunar sobre tus labios
dame un beso, por favor.

No vine a molestar,
no vine a llorar
pongo mi corazón en la mesa
ya nada tengo por perder.

Extenderé mi mano
en signo de amistad
se congelará en esta noche
y mi piel rajada te extrañará.

Hoy, me siento sin cariño
a estas alturas del amor
todo he perdido.
Adiós, no te vayas, por favor.


UN DÍA EN MI VIDA

Me levanto como cada día a las 5 de la mañana
Porque ya no aguanto a las voces que me atormentan en sueños
Así que para silenciarlas empiezo a entrenar
Me enfoco tanto en el ejercicio que silencio mi mente

Luego de eso, comienzo un ritual de limpieza
Donde limpio cada parte de mi cuerpo de la contaminación de este mundo
Limpio hasta el mínimo rincón
Al punto de dejar mi piel enrojecida

Después debo cambiar mi rostro
Ese rostro apático y carente de alegría
Por uno que, por lo menos, me haga ver humano
Para así poder ver a la cara mi familia, esa que alguna vez me amo

El resto de mi día es ordinario
Labores de estudiante y trabajos extraordinarios
Aquellos que hago para sustentar mi vida mediocre
Para que al final llegue la noche

Esa noche donde las voces regresan
Para recordarme lo mediocre e inexistente soy
Voces que me acosan hasta que caigo agotado
Y me duermo sabiendo que al día siguiente volverá a ser lo mismo
Porque no tengo el valor para cambiar o acabar con esto

Habitación

Se agota la luz de las nulas ventanas

como si de anhelos se tratasen

los escasos metros del amor hacia la puerta

se entristecen a cada fúnebre portazo.

Para qué bordear la sombra general,

el suspenso de los días neutros,

para qué la mirada fija en la esperanza,

de nuevo,

los escasos metros del amor hacia la puerta,

otra vez,

como si de pájaros se hablase.

La ventana cambia de color

como de sombra el cuerpo,

la habitación es interior

siembre ha sido interior.

Con o sin sombrero

Se vendió como el ícono del campesino o del obrero

ahí está el tan marketeado sombrero

la estrategia funcionó 

y a todos les ganó.

Un nuevo descubrimiento apareció

resulta que no era un sombrero chotano

si no un basín,

el sombrero realmente era un basín

de esos que se usan para hacer pis.

Sus mensajes duran menos que contarte un chichiste

y tienen el mismo valor que un chicle 

sus acciones son de cualquier mafioso

pero sigue siendo el mismo baboso.

No me importa el comunismo

no quiero respuestas sobre el ministro

preguntan desde el hemiciclo

¿el pollito está muerto… o está vivo?

El gato y ella

El gato negro abrió los ojos. Despertó asediado por el ruido de las máquinas que funcionaban en una construcción cercana. La luna se reflejaba en sus dilatadas pupilas mientras su cola permanecía inmóvil, sus bigotes se acomodaban a la suave brisa nocturna y su pelaje combinaba con aquella noche primaveral. Se encontraba en el tejado sobre el cual había pasado toda una vida. Su lugar favorito, sin duda alguna.

La periferia de ese techo estaba adornada por numerosos árboles que él usaba como transporte a tierra. Todos los humanos que vivían cerca lo conocían y no se hacían problema de alimentarlo una o diez veces por día, además, era el sitio perfecto para alejarse de la plaga urbana a la que otros llamaban perros. Estas cualidades convertían a ese tejado en un paraíso para cualquier felino. Empero, el gato tenía un motivo más poderoso para elegir siempre el mismo hogar: una mujer.

Cada vez que el minino levantaba la cabeza hacia la casa del frente, veía una solitaria ventana en el segundo piso de la misma. Ocasionalmente, desde su interior, se filtraba una tenue luz artificial que daba forma a la silueta de su amada. Las noches en las que esa ventana resplandecía eran muy raras, por ende, esa luminiscencia fungía como señal para que el gato supiera que ella estaba ahí. Él intentaba llamarla con largos maullidos pero era inútil. Algunas distancias parecen abismales cuando hablamos de amor.

Esta es la historia de una de esas noches.

Las horas pasaban con lentitud, los minutos discurrían largos y los segundos demoraban una eternidad. Al lado del gato, dos toritos de Pucará iniciaron una de sus interesantes conversaciones que tenían lugar, sin falta, todos los días a partir de las veintisiempre en punto. Ambos tótems, con mucha sabiduría y pasión, hablaban sobre política, religión, filosofía y varios temas de interés. El minino disfrutaba escuchar esas charlas, silencioso y atento. Sin embargo, en esta ocasión se sentía diferente.

Ni él mismo supo si se trataba de su instinto o un presentimiento externo, pero algo lo incitó a moverse de ahí. Sin estar seguro, sintió que su pequeño corazón se inundaba con un raro pesar o tal vez era la monotonía incomodando en su mente. Aparentando estar cansado de escuchar el coloquio de los toritos, se levantó sereno, estiró sus patitas delanteras, empinó la cola lo más que pudo y se despidió con un largo bostezo. Sin pensarlo dos veces, decidió bajar del tejado y visitar la ventana de su amada.

El gato, emocionado, se dejó manejar por la sensación que lo colmaba, aun siendo algo que lo tenía intranquilo. Muy lejos de sentirse preparado, una mezcla de ansias y miedo empezó a revolotearle como una mariposa en el estómago. Cuando tuvo el panorama frente a él, fijó un sendero con la mirada, caminó elegantemente de teja en teja y dio un salto para alcanzar la rama del árbol más cercano. Descendió por su tronco y llegó hasta la acera. Volvió a mirar hacia la ventana y vio la silueta de ella dibujándose a contraluz. Antes de continuar, soltó un breve ronroneo.

***

Ella estaba concentrada. Incluso cuando el ruido lejano de algunas máquinas era molesto y estresante, podía ignorarlo con facilidad. La habitación en la que se encontraba pertenecía al segundo piso de una casa muy antigua y su pequeña ventana no le ofrecía una vista panorámica de la ciudad, sin embargo, disfrutaba el paisaje urbano que tenía a su alcance. Sentada frente a su laptop y con una taza de café como su única compañía, de rato en rato giraba sobre sí misma para abrir la delgada cortina y mirar a través del vidrio. Su poco espacio visual la había acostumbrado a ver dos toritos de Pucará en el tejado del frente. Junto a ellos, cada noche, siempre veía a un gatito negro acurrucado en su compañía. Esta vez no fue así.

***

A esa hora, la calle estaba casi vacía y el ruido de las máquinas se detuvo tan súbitamente que dejó al mundo en un silencio absoluto. El minino caminaba alerta, observando todo a su alrededor. Varios metros a su derecha, una joven pareja se declaraba su amor con un largo abrazo. Al otro lado, un hombre mayor vestido de saco largo y sombrero, deambulaba con las manos en los bolsillos. Cuando vio que era seguro cruzar el frío asfalto, se lanzó con la mayor rapidez posible. Unos segundos después, sin previo aviso y desde las sombras, una bestia irrumpió en la tranquila escena.

Ladrando, un enorme perro corrió a toda velocidad hacia el pequeño animal.

La efímera tranquilidad de la calle se hizo pedazos en un instante y las pocas almas que existían cerca no pudieron evitar el susto provocado por tal escándalo. La pareja de jóvenes voltearon de golpe y el hombre mayor giró asustado para ver lo que ocurría. El gato, con el miedo atrincherándose en su cuerpo, salió del estado de shock y emprendió una carrera infernal en busca de un lugar donde pudiera estar a salvo.

***

Ella escuchó el ruido proveniente de afuera pero no le prestó atención. Sin inmutarse ni cortar su inspiración, siguió escribiendo tranquila.

***

El gato no sabía a dónde ir. Las altas paredes a su alrededor complicaban su huida, los delgados postes de luz no le ofrecían ningún refugio y ya había dejado el árbol demasiado atrás como para volver y treparlo. Mientras el can se acercaba con fiereza, vio entre los muros una reja metálica que se podía cruzar con facilidad. El problema era que tampoco representaría dificultad alguna para su perseguidor. Al no ver otra opción, tomó su única ruta de escape.

El perro estaba a dos metros de su presa cuando esta se ocultó en las sombras. Dentro de su incontrolable rabia, la siguió hasta atravesar una reja formada por varias varillas de metal y ahora solo tenía que avanzar un poco más. Usando su desarrollado sentido del olfato, se guio para encontrar al felino.

El gato se escabulló hasta donde sea que hubiese podido escapar. Sin mucho camino por recorrer, llegó a esconderse detrás del rosal ubicado en la esquina más profunda de un pequeño jardín. Ese jardín, protegido por la delgada reja de metal, era adyacente a una casa antigua que tenía una ventana grande en el primer piso y una de menor tamaño en el segundo. Parecía que nadie había vivido allí en años.

Inmóvil, el minino se refugió en la frondosidad que ese lugar le ofrecía. Durante su huida, notó que una de sus extremidades estaba lastimada. Entre las muchas espinas del rosal, alguna de ellas le había producido un corte que ahora se traducía en un ardor insoportable. Muy a pesar de ello, ese no era el momento de distraerse. Él sólo quería salir de ahí y buscar a su amada.

El perro, enfurecido con su víctima, olfateaba con rudeza y buscaba el mejor camino para atraparla. A modo de advertencia, lanzó una nueva y potente secuencia de ladridos. El golpe acústico puso nervioso al gato. “Ya me encontró”.

El felino exploró sus posibilidades. Pensó en saltar fuera del arbusto con la mínima posibilidad de que el perro no lo viera, cruzar la reja y huir. Rápidamente descartó esa idea por la distancia que tendría que recorrer y la cercanía de su cazador. Antes de poder pensar en otra solución, vio al can cerrándole cualquier tipo de salida.

El tiempo se agotaba y decidió que era momento de afrontar el problema, cara a cara. Sacó sus garras y las empezó a afilar sobre la tierra, preparándose para atacar. La herida que se había hecho se encontraba en su parte posterior, más precisamente, en la pata derecha, por lo que intuyó que el salto iba a ser doloroso. Cuando alistaba el impulso, una fuerte luz contrajo sus pupilas.

El perro, también sorprendido por el brillo, giró hacia la enorme ventana para ver lo que ocurría. No pasaron ni tres segundos hasta que, al costado, el sonido de una puerta abriéndose dio paso a una figura humana emergiendo de la casa. El fiero animal se sintió intimidado. De repente, un bastonazo de gran tamaño y considerable fuerza le cayó en la cabeza.

Aturdida, la bestia se dio media vuelta, quejándose del insoportable dolor. Con el temor fresco a un segundo golpe, dio un salto que cruzó la reja y huyó tan lejos como era posible.

***

“¡Otra vez ese perro de mierda, entrando a mi jardín sólo para cagar en mis rosas!” fue el grito de la anciana que acababa de golpear al colado perro callejero en el frontis de su casa. Mientras ella se quejaba, alguien más se acercaba a la puerta, como bajando unas escaleras.

Una bella joven llegó a la entrada. Al ver la escena, preguntó asustada: “¡Abuelita! ¿Qué pasó?”. La vieja mujer le explicó a su nieta el motivo de su exaltación y ella intentó tranquilizarla. Cuando se disponía a volver, notó que algo parecía moverse detrás del rosal. Con una curiosidad casi gatuna, se acercó con cautela hacia la pequeña sombra.

***

Al verla, el minino no podía creer que se encontraban tan cerca. Todos esos días esperando su silueta por la ventana se resumían a ese momento. Ahora estaba ahí, a pocos centímetros de ella.

Y ella era hermosa. Tenía la piel morena, el cabello oscuro y los ojos más brillantes que ningún hombre o felino hubieran visto jamás. Mirarla fijamente equivalía a un viaje de ida y vuelta por toda la galaxia sin haberse movido un solo milímetro. El gusto del gato por esa mujer superaba lo entendible.

***

Ella seguía esforzándose para ver lo que había detrás del rosal. La luz emanada por la ventana era de ayuda pero no lo suficiente. Cuando se apoyó en sus rodillas para observar mejor, un pequeño animal salió con timidez. No tardó mucho en darse cuenta de que se trataba del gato negro que vivía en el tejado del frente.

“¡Hola bebé! ¿Qué ocurre? ¿Acaso ese perro estaba persiguiéndote?”

El minino quedó totalmente embelesado con su voz. Con tierna suavidad, caminó hasta llegar a su lado e inclinó la cabeza como buscando una caricia. Ella extendió su mano. Apenas sintió el contacto, un sentimiento indescriptible embargó al felino que empezó a ronronear como nunca.

Al tomarlo en su regazo, ella advirtió que de la parte posterior del animalito brotaba algo húmedo. En ese instante vio la sangre. “¡Pobrecito! Vamos, buscaré algo para curar tu herida”. Dicho esto, se adentró en la casa con él en sus brazos.

Esa fue la última vez en la que el gato negro estuvo en su tejado, al lado de los toritos de Pucará.

Desde entonces, ellos siempre lo veían con su amada.

Siempre feliz. Siempre a contraluz. Siempre por la misma ventana.

ME RESULTA DIFÍCIL DEJARTE IR

Me resulta difícil dejarte ir, 

ambos sufrimos dolores y desdichas, 

pero ambos decidimos aquel camino, 

cuando lo hayamos logrado, 

desapareceremos por completo. 

Mientras haya naturaleza humana, 

habrá esperanza, y si hay esperanza, 

habrá un amor al que no se pueda juzgar.

Para así poder evitar el impulso, 

de buscar consuelo en la fantasía,

pues no sabes cómo mi silencio, 

te conoce de memoria.

En las colinas ondulantes de tu ser, 

esta vez el tiempo no se detiene, 

no es ningún reproche, 

desearía saber 

¿por qué no hubo un buen adiós? 

Desde entonces, soy tan oscuro, 

como la oscuridad puede serlo. 

He sido golpeado por la agonía, 

hundido en brea de soledad. 

Ahora, ahogaremos nuestro dolor, 

en este mar sin fin, 

juntos desataremos la lluvia, 

permíteme compartir las estrellas, 

únete a mi mar sin fin, 

allí en mis brazos libré serás,

porque nadie más, 

puede ahogar tu dolor.

Pues me resulta difícil dejarte ir.

Espejo

El escenario perfecto
colgado en un “buenos días”
y la palabra frágil
moviéndose al viento
con delicadeza.

La expresión latente
probando rostros,
pintando máscaras,
deshojando margaritas.

Un manto triste
que filtra luz
y su naturaleza.

La esperanza de ser
siendo infinito
caminando en un as
sin truco bajo la manga.

La mañana seca
con ímpetu de tempestad.

***

Lo vi feliz
hasta el cansancio.

Aburrido de todo,
la sonrisa falsa
y el insomnio crudo.

Antes se esforzaba
un poco más
a veces solo,
a veces a pedazos,
a veces de par en par.

***

Ay, si duele la vida
tanto como el alcohol bebido
sobre una herida fresca.

Luego, empezó a desconocerse
en el temor a la ruptura
rompiéndose
sin saber qué esperar.

La caída libre
sin vacío
fugaz y extensa.

La noche, la culpa:
un delirio de amor
convertido en recuerdo.

La memoria en la ensenada
y la mirada fija
en ese espejo
i m i t á n d o l o .

Finalmente, la culpa,
siempre la culpa,
encarando, sin miedo,
al mar.

Inefable

Somos el llanto de un ángel,

que olvidó la luz.

Dicen que solo los corazones humanos pueden romperse.

Mira a los ojos del cazador,

lejos del cuento de hadas,

cazando bajo la luna,

andando lejos del día,

no estaré cuando el nuevo amanecer te lleve.

La manía de ser eterno en una vida pasajera,

en corazones impropios,

en ilusiones inocentes,

en un tiempo prestado.

Donde quiera que vaya, tú me traes de vuelta a casa.

Más allá del púrpura más oscuro,

en estrellas caídas por hondas soledades,

en el desierto de las sonrisas perdidas,

camino de luz y un latir nos salve.

Salvé a un ser creado de polvo estelar,

hasta que mis células vuelvan a vibrar,

hasta que la oscuridad cambie su color,

hasta que mi armonía regrese a su hogar,

con las ternuras inefables,

donde yo merezca amor

y sea capaz de decirlo.

La democracia es un enjuague bucal

Es muy probable que, si consultamos cuál es el sistema de gobierno que las personas prefieren, una gran mayoría responda que la democracia. Ahora, si consultamos sobre el concepto de democracia, obtendríamos respuestas como «el gobierno del pueblo para el pueblo», por lo menos eso da un vistazo rápido por internet. Que los académicos y expertos nos ilustren, a lo mejor terminan rabiando en televisión, peleando con algún entrevistador y todo se convierte en un acto de fe más que en una enseñanza en ciencias políticas.

La experiencia de televidente consumidor de basura me permite dar un punto de vista. La democracia es el enjuague bucal que usa cualquiera que quiera darle un poco de fragancia a su pestilente discurso. La democracia es la palabra clave que quita la homofobia y machismo de las palabras de cualquier nauseabundo personaje. La democracia es la menta que consumen los adolescentes que acabaron de fumar para ocultar el olor a sus padres, es el perfume que se ponen los resaqueados en la oficina para que nadie detecte la juergaza de unas pocas horas atrás.

Algunas bolsas de basura con corbata se denominan demócratas. No entiendo qué quieren decir. No ponga en duda la democracia y no cuestione que somos demócratas, caso contrario, será apedreado por la turba que nos protege. No se defienda, es inútil. Lindo sistema. A lo mejor es hora de reciclar a estas bolsas de basura con corbata.

Estoy bastante seguro de que explicaciones sobre qué es la democracia abundan, no necesitamos inundarnos de información, sino una guía que oriente al ignorante del tema (me incluyo) a conocer de qué estamos hablando al mencionar democracia. Quedo atento a explicaciones y quede atento a mis dudas.

La cita

Renace tu aroma como salpicadura de hierro,

se incrusta como astilla dorada y quemante,

son tus ojos

o el residuo metálico del viento,

los calderos del sudor de tus senos,

el fuego estático bajo tus pies.

Sobre mi piel el molde definitivo,

el contorno predispuesto a dos labios sedientos ,

el incendio crepitante de tu ser expuesto,

mujer,

la ignición de los montes y las caderas.

Letargo

La ventana observa fijamente tu cuerpo inerte,

la luz no llega hasta tus ojos,

tu semblante lleva el féretro de los pájaros,

la condición inhumana de tu separación,

la carne puede ser un manto o un vestigio,

un recelo predispuesto a la muerte,

las palabras brillan sin ser astros,

se oscurecen sin aviso,

el centro de tus huesos tiene el negror perenne,

la debilidad de los coleópteros,

el chillido siniestro de tu propia sangre,

la tumba del amor

o la tumba del sol,

la ventana es el espejo.

L’intruso

–Entonces, ¿sabes quién es?
–Sí –respondió el corazón.
–¿Sabes su nombre, su edad, a qué se dedica y todo eso?
–Así es.
–¿Y qué es lo que sabes?
–Que tiene una banda, que es como un influencer o algo así.
–¿Cómo te enteraste?
–A veces ella es muy obvia.
–¿Y qué piensas al respecto?
–Me da celos.
–¿Qué más?
–Me estás presionando.
–Lo siento –dijo la razón mientras miraba desafiante, como alentando la tristeza.

–Me gustaría saber cómo así lo conoce.
–Dijo que es un amigo suyo desde hace varios años.
–¿Amigo?
–Así es.
–No parece.
–¿Y qué parece?
–Sabes bien lo que parece.
–Explícate.
–Es alguien especial para ella.
–¿Cómo sabes eso?
–Lo sé porque tú lo sabes.
–Puede que solo sea un amigo y ya.
–Pero no lo es.
–¿Entonces?
–Pienso que es alguien que no puede sacar de su vida.
–Tienes razón en algo, no en todo, pero en algo –la razón se inclinó hacia atrás, acomodándose con desdén.

–No me tortures, si sabes algo deberías decírmelo.
–Aunque te lo explicara, no lo entenderías.
–¿Por qué quieres hacerlo más complicado?
–No lo estoy complicando.
–¿Y prefieres que siga haciéndome ideas antes que aclarar las cosas?
–Prefiero que confíes en mí.
–¿Cómo hacerlo después de todo lo que vi?
–¿Exactamente qué fue lo que viste?
–Que aún le escribe, la busca y la extraña.
–¿Y tú crees que ella le haría caso?
–Espero que no, pero sé que es así.
–¿Por qué lo dices? –Los ojos de la razón dieron una señal de temor.
–Porque presiento que aún la ama.
–Eso no tiene nada que ver, no es importante.
–Sí lo es.
–Claro que no, él puede hacer lo que quiera sin ser correspondido.
–El problema es que ahí es donde nace mi duda.
–¿Y qué duda es esa?
–¿Qué tal si es lo que ella quiere? ¿Qué tal si es correspondido?
–Lo dudo mucho.
–Es difícil saberlo, aunque sé que tú sabes algo –corazón volvió a encender un cigarrillo.

Luego de un silencio incómodo, la razón tomó la palabra.

–¿Sobre qué es todo esto?
–Aún no estoy seguro.
–¿Y cómo pretendes demostrarlo?
–No quiero demostrarlo, solo quiero saberlo.
–¿Por qué?
–Porque ya no puedo amar sin sentir que me duele y tampoco puedo sentir el dolor sin amar.
No tienes ni la más mínima idea de lo difícil que es ser o no ser algo que se tambalea. Desde que ella se fue, ya no puedo dormir en mentiras ni despertar ileso con lo que arde la verdad.
–Entonces no lo hagas –ahora la razón se había volteado, como ignorando la tristeza.
–Prometo que ya no lo haré, pero antes quiero que me quites esta duda.
–¿Qué quieres que te diga?
–Todo lo que sepas sobre él.
–Está bien. Sé que estuvieron juntos, no sé hace cuánto. Sé que ella aún siente algo por él, no sé exactamente qué. Y sé que volverán, no sé por qué, pero así es.
–¿Y cómo sabías todo eso?
–Ella me lo dijo.
–¿Y por qué solo a ti?
–Porque, querido amigo, cada vez que ella aparece, solo la admiras sin escuchar.

Sombrero Ronderito

Tu papi te dio permiso para jugar
y terminaste presidente de casualidad
siempre te vemos como un huevón
y cada día muestras ser mamón.

Tu viejo tapir
gobierna con terrucos de mierda
y tu bronca te hecha caca
todo vale, siempre es un drama.

Que el tapir y el fosforito
se hagan cachar con fidelcito,
y tus congresistas
se jodan con el che Guevara.

Profe de economía
no nos tomes examen mañana
que ni el sombrerito o la banda
sabe de economía un caca.

El siguiente es Gonzalo

Muerte el perro, muerta la rabia. Así nos dijeron, pero lamento informar que no aplica a esta situación. Abimael Guzmán ha muerto el 11 de setiembre de 2021, para calmar heridas o para abrir conspiraciones, pero muerto está. La pregunta real es: ¿Ha muerto el pensamiento Gonzalo? No. La respuesta es que no ha muerto y que han quedado residuos en mentes que podrían homenajearlo y glorificarlo.

Abimael Guzmán nunca fue un luchador social, ni un líder político y menos algo bueno para el Perú. Representa la devastación que desangró a tantas familias y cuyos efectos se sienten hasta el día de hoy. Está muerto, los compuestos que lo constituyen cumplirán una serie de procesos químicos de los mismos que se hace con el cuerpo de cualquier ser humano. Y será así, un cadáver más.

Es ahora cuando empieza una nueva guerra, contra el pensamiento Gonzalo. No hay armas o tácticas de guerra que permitan eliminar este pensamiento. No existe ejército preparado para liquidar cualquier pedazo ideológico asesino encubierto de lucha social. Las balas son inútiles. La verdadera respuesta es la educación.

Muchos años de no leer historia nos pasan factura. No me las doy de intelectual que impone la lectura obligatoria de tomos de historia, sino que hago un llamado a informar de lo desastrosa que fue aquella época del terrorismo en el Perú. Hago un llamado a matar al pensamiento Gonzalo con la reflexión de la historia. No de aprender hechos por aprender hechos, sino de comprender las consecuencias que tuvieron aquellos actos execrables. A lo mejor deberías dejar de lado tu «la historia es aburrida» para darte cuenta de que eres historia, la vives y no te condenes a repetirla. Y llama a la reflexión cuando puedas, discute, argumenta y, sobretodo, infórmate. Esto no volverá a suceder a mentes bien informadas. Que se muera el presidente Gonzalo, el mejor tiro de gracia será una sociedad educada.

El uniforme es una servilleta

Hemos visto a personajes tan elegantes que hemos olvidado lo basura que pueden llegar a ser. Hemos visto a gente rompiendo los estándares estéticos establecidos para, simplemente, tratarlos como basura. Todo entra por los ojos y la primera impresión cuenta. Tan superficial pero tan cierto. Qué agradable ese sujeto, con una camisa bien planchada y una línea bien planchada en ese pantalón de sofisticada tela, un peinado elegante y formal. Los colores de su ropa no son cualquier elección, si no que representan a la institución.

La institución, una abstracta entidad que determina la identidad de un grupo de personas quienes darían la vida por defenderla. Eso es un chiste, la identidad es tan frágil como las telas que tienen puestas. Qué necesario se hace desgarrar sus ropas para mostrar la debilidad dentro de ellos. Son tan mierda como lo podría ser yo, como lo podrías ser tú. La basura sigue con su pestilencia aunque la pongas es una bolsa regalada del pan de la mañana o en la de las compras del mall.

Un uniforme es una servilleta más, está a la misma altura de un papel que te sobró. El uniforme que representa a la institución es una envoltura desechable que terminará de trapo para limpiar el piso, como es el futuro de todas las ropas. El único valor que tiene es la calidez de su temporal usuario. Tan humano, tan basura, tan padre, tan madre, tan cura y tan hijo.

Solo para fumadores (Tributo a Julio Ramón Ribeyro)

Muy como el flaco, empecé a los catorce o quince años, apoyado en la descolorida baranda afuera del ICPNA. Como a cualquiera, la primera pitada me causó una tos implacable y la promesa de no volver a hacerlo más, mas nunca he sido el indicado para hablar de compromisos.

Le perdí la gracia por mucho tiempo hasta que llegó la época de los quinos y las fiestas de promoción. Ahí, el fuego forrado de blanco fue mi mejor arma para combatir al frío y al mal del primer amor que me atormentó durante tres largos años. Luego, como cerrando el mismo ciclo, también terminé el colegio.

En la universidad conocí a mi primera relación seria que me pidió abandonar este hábito por cuestiones estéticas. Como un fugitivo, tuve que mantener el humo en secreto y disimular el olor que me dejaba. En aquel entonces, fumaba sin importarme la calidad de lo que entrara a mis pulmones y no me inclinaba por un sabor o una sensación en especial. Después de un año y un poco más, con todo terminado, me sumergí en el mundo de las marcas. Así comprendí la importancia de identificarme con la empresa que me ofreciera la mejor muerte.

Motivado por mi ignorancia en el campo, comencé a probar de la variedad para familiarizarme con los diferentes nombres y sus propiedades. Los Lucky nunca han sido de mi agrado por parecerme muy inconsistentes, los Pall Mall y los Premier estaban… más o menos (a veces más menos que más) y no tengo palabras para describir mi repulsión hacia los Golden Beach. Atorado en ese trajín, entre decisiones nefastas y vueltos incompletos, descubrí que mis favoritos siempre habían sido los Hamilton. No los tomé como la gran maravilla al principio, pero poco a poco se consolidaron como irremplazables. Su comodidad para mi bolsillo y su aroma a nostalgia me fueron enamorando, año tras año, en un sinfín de cajetillas para el bar, la noche y mi literatura.

Ya con la consigna de casero en todas las carretillas a las que frecuentaba, compartí mis tabacos y parte de mi rutina universitaria con una querida amiga mexicana con quien adopté la manía de prender uno sin haber terminado el anterior. Debido a que su estancia aquí fue muy limitada, quiero dedicar estas líneas para decirle que la extraño y espero que muy pronto podamos quemar algunos cerillos de nuevo.

Con el pasar de los años, mi costumbre tabaquera se fue quedando trunca porque solo la aplicaba como compañera para bebidas bohemias y viajes cansados. No me había considerado un fumador empedernido ni cuando encendía los cigarrillos de siete en siete en fiestas que no valen la pena recordar. De a pocos, mi consumo se mantuvo leve y estable, como esa colilla que sigue apagándose en un cenicero eterno.

Entonces llegó Pamela y me enamoré sin norte ni sur. Lamentablemente, mi vida es una constante decepción que sufre una enfermedad crónica de verdades incompletas y cuyo síntoma principal es la pérdida de lo que más quiero. Toda esta experiencia me llevó a reiniciar mi vicio de calar por sufrimiento, el mismo que empecé en la pre-adolescencia y se me había hecho esquivo por razones que escapan del corazón. Mezclando la necesidad con el gusto, me convertí en una máquina de volutas que funcionaba de cuatro a seis turnos por noche; así sea en la calle, la azotea, los taxis o cualquier otro lugar que pudiera tolerar mi desdicha.

Entre recuerdos amargos y terapias mal escogidas, con la poesía ya encima, conocí a un gran compañero de puchos para seguir jugando a esta rasposa actividad libre de beneficios. Cada dos sábados, sumergidos en las letras de Juan de Dios Peza y pendientes del otro, nos preguntábamos si había o no había. Si no había, tocaba invitar.

Hoy por hoy, con el maldito infortunio que conlleva una enfermedad directamente ligada a la respiración, tuve que controlar mis insistentes gustos por un tiempo. Dicen por ahí que uno siempre vuelve a donde fue feliz y, al no poder volver a la universidad ni a Pamela, solo quedó aferrarme a ese aroma que deja la ceniza mientras se abraza de un recuerdo y se impregna en la ropa.

Y muy como el flaco, quiero decir que ya empiezo a sentirme algo agitado. Mis procesos bronquiales ya no se curan con facilidad y no me quedan más segundos aires. No quiero terminar este pequeño tributo sin soltar una idea plasmada sobre la cruda realidad; porque esto no es una reflexión ni una oda, este es el puro gusto de escribir solo para complementar al hermoso acto fumar: “El cigarro es el suicido perfecto, asegurándote un prólogo lo suficientemente largo para disfrutar de todo, antes de ir a la tumba”.

Seguramente, en algunos años, revisaré y reeditaré este texto con todos mis sentimientos encontrados y a flor de piel. Por ahora, volveré a encender un desgraciado pitillo ante la innecesaria necesidad de sentir el humo entre mis fauces. Pues aún cargo, como mis pulmones negros, con la culpa de seguir fumando y el placer de poder hacerlo.

La disputa

Encontré a Neftalí de espaldas, asediado por los jardines rojos,

embriagado por la luz decadente de una luna insuficiente,

cuando volteó la mirada, surgió del piso la sombra ancestral,

el pasado que en color oscuro desdibuja todos los recuerdos,

desde otro extremo observaba el Gitano, rodeado de uvas y pañuelos,

apaciguado por la luz reflejada de su copa fulgurante,

lloraba, cuando Neftalí compartió de sus labios con la Aurora.

*

El poema llega tarde a la hora de la cena y el ser adolece,

la sombra ancestral se impone en el medio de la sala y el ser adolece,

el amor se retiene en la copa mientras el ser adolece,

el ser es el dolor, el amo de todo el cariño.

*

Ha muerto el Gitano, batido en el duelo del verbo, queda su sombra,

la amistad de su trazo derecho en el papel rojo del poeta,

seguramente, pasadas las horas del amor lejano, Neftalí retorna

a los cristales sagrados que resguardan su vino

y el cantante entona todas las rimas de su revancha,

está presente y con los labios secos,

mas la palabra discurre como torrente incontenible

que acerca más la luna al hombre

y el firmamento no es más que una sílaba silente

de la ausencia del poema y la canción.

*

La Aurora carga con la muerte de todas las noches.

Quiero volver

Invítame un poema
sobre la fresa de tus labios
y el idilio eterno
de tu nombre con el mío
que vacilan en volver
como si de sed se tratara.

Tus recuerdos han escapado por la ventana
llamándome a despertar
a cada beso
a cada esquina
a cada madrugada.

¿Por qué me llevaste de la mano
a ese extremo de la tormenta?
Si nunca pude volver
y tú eres un manante
que no deja de fluir.

Por favor, amor,
sácame de aquí
que tus canciones sienten la ausencia
y mis ojos te buscan donde ya no estás
como si de vapor se tratara.

Este poema nació un jueves,
sufrió a Lárregui
y agoniza con un vino
bajo cartas releídas
y la memoria ensangrentada.

Nunca debí amarte
porque no era la mentira
sino, la oportunidad
de poder partir
vestida de rabia.

Las dudas me empapan el alma
respondiéndose a sí mismas
con angustia
como si de lluvia se tratara.

Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.
Te odio.

– repetirlo los septiembres que sean necesarios
y no recordarlo más –

Ya no sé, mi amor, qué hacer.

Entre mi añoranza y tus senos
no quedan cenizas,
todas han volado
al azul
como si del mar se tratara.

El vacío no entiende de nada
ni de dolor ni de tristeza,
solo tiene empatía
para cargarme los ojos
de tortura.

Y de nuevo, te vas
y te has ido varias veces
dejándome el café tibio,
la fe en una pendiente
y un aroma entre mis sábanas.

¿Te confieso algo?

Quiero volver.

Pero no al lugar
ni al momento
ni a ti.

Quiero volver al sentimiento,
al verso en limpio,
al corazón sin quebrar

como si de mí se tratara.

MARCHAR

Existió un guerrero de negro cabello

Como su corazón, el cual había perdido

Con iris rojos, rojos como el acero en la forja

Rojos de tanto llorar

El guerrero se calzó su armadura mientras el pueblo le rogaba

Pero este guerrero

Se puso a marchar

A tierras lejanas para olvidar a su amor

Cuando el bosque

Este guerrero quiso cruzar

Las ninfas de los árboles

Salieron al frente de él

Rogándole que no las deje

Pero este guerrero

Continuó su marchar

A tierras lejanas para olvidar a su amor

Cuando su camino lo acercó

A las altas montañas

Sus espíritus protectores salieron

Le ofrecieron todos su tesoros

Con tal que se quedara

Pero este guerrero

Continuó su marchar

A tierras lejanas para olvidar a su amor

Cruzando las montañas

Al cielo se acercó, desde donde los dioses

Le comenzaron a rogar que no abandonara su patria

Que volviera a ser el gran protector

Le ofrecieron darle el secreto de las runas

Pero este guerrero

Continuó su marchar

A tierras lejanas para olvidar a su amor

Cruzó las montañas y los valles entre ellas

Bajó por grandes abismos y cruzó llanuras abandonadas

Pasó por los pantanos donde las almas deambulaban

Y por donde pasaba, todos le rogaban

Que no se fuera de su tierra amada

Pero este guerrero

Continuó su marchar

A tierras lejanas para olvidar a su amor

Mas luego de un tiempo, llegó al mar

Donde su viaje, parecía, a fin había llegado

Pero el guerrero derribó un enorme árbol con su espada

Y con su ayuda, un barco construyó

Le puso el nombre de su amada y al mar se lanzó

Y así, el guerrero siguió su marchar

Buscando la tierra lejana donde su amor podía olvidar

Aun sin saber que ni con la ayuda de la muerte lo iba lograr

Así partió el guerrero, solo en el mar

Soltando las únicas lágrimas que le quedaban en el corazón

Y cuando llego al medio del mar, liberó todo su dolor

Y fue tan grande su dolor, que toda la tierra lo sintió

Y todos aquellos que le habían pedido que se quede

Entendieron el porqué de su marchar

Y porque él nunca ha de regresar

La resaca del Bicentenario

Ya pasaron 200 años desde la proclamación de la independencia del Perú y no nos ponemos de acuerdo de qué significa eso. Las celebraciones abarcan desde los tradicionales desfiles o bailes, hasta afirmar irracionalmente de que este es el mejor país. Por otro lado, otros claman que no hay nada que celebrar y nos quedamos inundados en las quejas que puedan vociferar. De cualquier modo, con todos los conflictos sociales y políticos, este territorio llamado Perú puede sentirse orgulloso de lo que posee y su cultura.

Son 200 años de la mano de un presidente tan improvisado, que me recuerda a los estudiantes de secundaria que olvidan la tarea y llenan sus cuadernos de cualquier clase de texto con tal de aparentar haber realizado algo. Pero ahí está. No sé si llegó de casualidad, con fraude o porque realmente es el clamor popular. ¿Qué mas da? Llegó e hizo chillar a tantos grupos políticos y generó (queriendo o no queriendo) la polarización de todo aquel que pueda teclear sus opiniones.

Ya llegamos a este punto de la historia y seguiremos peleando entre nosotros porque fulanito votó por tal candidato cuando zutanito era el empresario ideal. Discutiremos, por años, hipotéticos escenarios en el que el economista de renombre ganaba y transformaba el país. Debatiremos, irracionalmente, sobre si pudo ser mejor que nos gobierne la mafia o algún otro personaje. Nos tiraremos basura, nos repudiaremos, culparemos a la prensa y a los ignorantes. Al final, solo nos preocupará buscar culpables. No será diferente en otros 100 años.

Embriagados de peruanismo, la resaca será tan dolorosa. Nos dieron esta patria, de las tantas que existen, tan solo para destruirnos.

La brevedad

La brevedad son tus ojos,

la voz callada que precede a mis labios,

la inclinación del color bermejo del afecto,

la silueta de tu sombra después del amor.

*

La brevedad son tus manos tibias,

la noche incalculable,

la forma de tu vientre dispuesto.

*

La brevedad es tu nombre,

cariño,

la sílaba de la felicidad.

La quemante mirada

Qué más pueden decir tus ojos
que no sea que sintetizan el sol.

Imagino la calidez
de dos fuentes quemándose,
la ignición del centro luminario,

qué más se puede decir del sol
que no sean tus ojos.

En la tibieza de tu párpado
reposan los sueños,
los nidos de mil aves encendidas
donde mueren y renacen
tus reflejos,

la mirada quemante
donde espero rendido.

MANGOSTA

Siempre pensé que la matemática

Me llevaría a una vida lunática

No que me acercaría a ti

Mi princesa romántica

Aquella que tiene la mirada penetrante

Y la sonrisa demasiado radiante

Aquella que se marcó en mi mente

Aquella que relajó al demente

Y se proyectó plenamente

En conocerte completamente

En ti confiar ciegamente

Y solo a ti adorarte

Pero creo que mi mente

Muy lejos está viajando

Porque no sabe lo que tú estés pensando

Quién sabe que de mí te estás imaginando

Seguro estás pensando «¿en qué loco me estoy fijando?»

Pero princesa, este loco es un vato

Que solo en una piensa

Un loco que solo a una quiere

Y que si lo aceptas, su vida te daría

Y hasta el fin del mundo te acompañaría

Y que en las siguientes vidas, a ti te buscaría

Para repetir esta historia

Aquella que, para mí, será la más bonita.

El pase largo

No quise pensarlo mucho y me decidí por el pase largo que dibujó una hermosa parábola en el cielo de aquella tarde. En campo rival, Pedro tuvo cierta dificultad para controlarla pero su mágica zurda fungía de guante. La mantuvo así por algunos segundos hasta que le duplicaron la marca y se vio en la obligación de abrir el juego por el costado.

Chemita apareció como un rayo. Veloz para el desborde, pudo avanzar algunos metros cuando la figura de Hugo emergió como la de un coloso impasable. La disputa del esférico fue rápida e injusta. Sin pensarlo dos veces, ya estábamos volviendo para evitar el contraataque. Un cambio de banda letal y Sergio la tenía en su poder.

Su capacidad de disparo, fuertísimo, soltó el latigazo apenas tuvo el espacio libre. Pedro había vuelto de nuestra ofensiva fallida e hizo un esfuerzo sobrehumano para desviar la trayectoria con un planchazo. Muy a pesar de haber conseguido su intención, el balón seguía en ruta directa a nuestra portería.

Martín no es alguien acostumbrado a pararse bajo los tres palos y aquel día le tocaba estar ahí contra su voluntad. Sus reflejos, mermados por la sorpresa del remate, lo llevaron a estirar un manotazo temeroso que llegó a rozar el misil con la punta de sus dedos. Ayudados por la fortuna, escuchamos ese sonido metálico que te devuelve el alma al cuerpo y los pies en la cancha.

Ahora era una dividida. Intenté llegar antes pero Galileo se encontraba mejor posicionado y se la llevó varios centímetros por delante. Si lograba volver al área y conectar al medio, todo estaba perdido.

Fui a cubrirlo con cierta desesperación para poner fin a su ataque. Él, astuto, quiso filtrarla entre mis piernas. En circunstancias así, es arriesgado juntarlas mucho porque se concede el espacio para un pase. Tampoco hay que separarlas a lo loco porque uno queda expuesto a la humillación. La solución es ser paciente pero sin calma, cerrando los espacios, jodiendo el control y siendo consciente de que dependes de la picardía del rival. Fue así que escuché a Jair pidiendo el toque. Galileo no lo dudó ni por un segundo y se la dejó a su compañero.

La espontaneidad del fútbol podrá resolver muchas cosas, sin embargo, la decisión prematura puede ser la mejor arma en situaciones de riesgo.

Jair es un regatero nato. En ese momento, tenía mil opciones de cara a mí. Irse de largo, pisarla, retroceder el juego, izquierda, derecha, arriba, remate… o mandarla bombeada para Sergio. Felizmente escogió la última, porque yo me la había jugado para cerrar exactamente esa.

Brazos atrás, cuerpo inclinado y pierna izquierda extendida. La fuerza impresa en su centro impactó de lleno en el interior de mi pie. El balón, en lugar de ir afuera, se fue hacia adelante.

Paradójicamente, ese despeje salió mejor que el pase al principio de este relato. Sobre nuestras cabezas, la bocha daba mil vueltas y todos la veíamos hipnotizados. Cuando empezó a descender, nos dimos cuenta de que el contexto era favorable. Su arquero, Elí, había salido más de lo necesario y teníamos a un hombre listo para el remate. Era nuestro turno.

Pedro no lo dudo y fue a ganarla. Hugo buscó cerrarlo pero ni el adivino más astuto pudo haber visto lo que pasaría. Pedro fintó y ambos pasaron de largo. Chema la recibió cómodo, por el medio, con un amplio panorama frente a él. Los pases sin tocarla son, de lejos, los recursos más bellos en este deporte.

Elí no tuvo otra opción más que salir y cubrir todo el espacio posible. Era el uno contra uno. Chema intentó llevárselo en diagonal pero su control fue excesivamente ancho. La palla se le iba directo al lateral cuando vi que Martin había empezado una carrera endemoniada para acompañar la ofensiva. Ahora corría para mantenerla viva.

Justo en el borde, desafiando a los límites de nuestro mundo, nació un nuevo envío con destino de área. La rapidez del suceso fue como un espejismo y lo vimos de inmediato. Su trayectoria era abierta y horrible. No tenía destino de nada. Sé que en ese instante nos sentimos resignados. Los hombros y las ilusiones cayeron de par en par.

De la nada, como el héroe nacido en fuera de juego, apareció Ronald, nuestro nueve que se había quedado en el área rival durante toda la jugada. Fiel a su costumbre lauchera, llegó a la caprichosa y la contuvo antes de que fuera demasiado tarde. La remató en su media vuelta, sin siquiera ver a donde la mandaba. Felizmente, directo al arco. Era gol.

Por fin lo habíamos conseguido. El descuento. Ahora estábamos 5 a 1.

Mi funeral

Parado ahí, ante ese féretro desconocido, no pude evitar tener las reflexiones más crueles y crudas que no deberían ser normales a esta edad. Los asistentes, que se acercaban para dar su último adiós, no parecían mostrar el mínimo sentimiento de tristeza por quien yacía en el ataúd. Solo los más cercanos eran quienes derramaban las lágrimas más reales, los suspiros más dolorosos y los abrazos más sinceros a la par que se auto-convencían de que el difunto por fin descansaba en paz. Mi hipocresía no alcanza para eso.

En tanto un niño se acercó a ofrecerme una bebida caliente sobre una charola de plata, decidí que ese no iba a ser mi destino. Frente a la inevitabilidad del suceso, imaginé un desenlace diferente para mis días. Nada de extraños, nada de terceros, nada de inoportunos que aparezcan a fin de pillarse un vaso de ponche mientras visiten a un cadáver con el que nunca cruzaron temas de interés ni se invitaron un miserable cigarro en una madrugada llena de risas.

Me fui sin despedirme, con la epifanía aún fresca, directo a escribir la lista negra para mi velorio. Empecé con algunos nombres de la época escolar, entre profesores y ex-compañeros, la mayoría sin apellidos. Luego, entré al terreno de los amores pasados o que no llegaron a ser. Exactamente ahí, detuve el lapicero para ahorrar tinta, cayendo en cuenta de que la susodicha ya ocupaba dos hojas y una cara. Parecía el registro de una boda.

Entonces pensé en simplificar. La condensación de filas me llevó a agruparlas por características comunes y diferentes etapas de mi vida. Presa de un arrebato peculiar, comencé a desconsiderar a mis mejores amigos con una increíble indiferencia. No me sentí a gusto dejando fuera a tanta gente, pero cualquier excusa era válida: su timbre de voz es irritante, alguna vez me hizo esperar, no congeniamos en el gusto musical, me aburre su presencia, etcétera. En cierto punto, con criterios ridículos y poco fiables, manejé mi tarea con el objetivo de que fuese un asunto exclusivamente familiar.

Finalmente, pude notar que había perdido todo sentido de lógica cuando ya estaba descartando a mi propia sangre. Parientes lejanos, tíos a los que no veía jamás, primos que confundía con sobrinos y viceversa. Aletargado, caí en un estado paranoico con la idea de que no merecía una despedida como tal. Quería algo más simple, algo sin invitados que no me recuerden y puros forasteros enterrándome porque simplemente es su trabajo. Ningún alma que me pueda juzgar.

El hecho de tener una ceremonia tan privada me fascinaba, pero la pregunta obvia saltó un segundo antes que la emoción. ¿Cómo hacer para que nadie quiera asistir? Hasta ese momento, había tenido una existencia normal dentro de los parámetros exigidos por esta sociedad: un casi graduado, sin antecedentes penales, que se hacía cortar el cabello y que a veces vestía formal. No me tomó más de cinco minutos decidir que podía echar esa rutina a la basura con tal de cumplir mi nuevo objetivo. Era tiempo de un cambio y ya lo tenía resuelto.

Durante las semanas siguientes me dediqué a un comportamiento repulsivo con la única finalidad de hacerme odiar. Me olvidé de los modales y de las cortesías vacías, adopté un vocabulario mucho más grosero y conduje mis deseos a la promiscuidad. Estas nuevas costumbres, auspiciadas por el exceso de alcohol y abuso de drogas, fueron empeorando hasta derivar en serios problemas con mi entorno, discusiones que terminaron en peleas y, al fin y al cabo, la tan ansiada soledad. Estaba listo.

Antes de recuperar algún ápice de aprecio y preocupación por parte de cualquiera, me las arreglé para conseguir una pistola y cometer mi delito. Como otrora fuera mi hábito de no fumar, la locura de ser fiel a mis principios me llevó a reconsiderar mi decisión. No la de mi muerte, esa ya estaba pactada conmigo mismo, sino la de una explicación, aunque esta sea banal. Así, sin dar muchas vuelta al asunto, escribí la nota de suicidio más ambigua de la historia:

“Te vi venir, cansado de ti y agobiado por lo que fue un asunto de suma importancia. Estabas demacrado, con un pesar muy denso y la pena más latente que se puede expresar, pero estabas. La sensación que te forzaba a continuar también te arrastraba, devorando tu inocencia y escupiéndotela en la cara. Lo noté en tu mirada fría, reflejando el temor al silencio inerte que solo puede conseguirse en la tumba. No sé si fue tu hambre de respuestas inmediatas o tu exagerada manía de libertad, pero encaraste a la inmundicia del ser y perdiste. Si no sabes que hay después, ¿para qué dudar?

Allá tú. Al final, todo pasa exactamente como menos te lo esperas.”

Intenté releerla pero las voces en mi cabeza me decían que ya era hora. Cargué el arma, puse el cañón en mi sien, cerré los ojos con fuerza y jalé del gatillo sin saber qué esperar.

Y sin embargo, ahí estaban. Docenas de personas en mi funeral.