Helo ahí, ingenuo, despreocupado y hasta descarado, dando todo por hecho, disfrutando todo lo superficial sin prestar atención a lo que realmente significa estar vivo. Y cómo culparlo, si los tiempos han cambiado, cada minuto se pierde más el lado humano y se desarrolla el instinto de supervivencia que no importa dónde y con quién se aplica, creemos que estamos progresando pero en realidad regresamos a los tiempos bárbaros, al ojo por ojo y ni hablar del honor, el amor, la amistad o la lealtad; conceptos que, a decir de todos, son anticuados, sin valor, pero… ¿acaso no era así como el hombre mantenía su reputación ante la sociedad juzgadora?, esa sociedad que ahora se cree inmortal, toda poderosa y que cree que no existe algo más grande que ella misma, que llegado el momento nos borra de las memorias de quienes más amamos y se cobra todo el daño que pudimos causar cuando vivos, no somos conscientes de que el final, tarde o temprano, llega y que somos simples mortales a quienes la vida nos puede arrugar como papel y creemos que es desdichado el que muere, cuando en realidad lo es el que vive porque se queda añorando tiempo, amor, perdón o dinero. Creemos que estamos realizados cuando hemos logrado un título, dinero, una posición en la sociedad, pero, qué hay de una familia, de un amigo que siempre te estirará una mano o de un amor que te dominará y que, además, serán los que te brindaran lo único que puedes llevarte a la tumba: felicidad. Pensemos en que no importa lo que la sociedad nos pida, si nos hace feliz debemos hacerlo, debemos vivir, debemos amar, debemos ser recordados con una sonrisa y así seremos realmente inmortales.
– SS.