La dama de la morgue

Ella llegó un viernes por la noche cuando mi turno estaba por expirar. Su frágil cuerpo se deslizaba en la cama. Tenía el rostro más bello que jamás había visto en mi vida. Sus cabellos parecían aún flotar mientras que su tersa piel no presentaba ningún desnivel. Su sonrisa de lado, extrañamente, aún se mantenía encendida y sus ojos como dos cárceles descansaban plácidamente. Era perfecta, salvo un menudo detalle: ¡estaba muerta!

Creerán que he perdido la razón y que mis deleites colindan con la necrofilia; pero no es así, ¡no me juzguen! No soy un enfermo, no es que desfilen por mi mente ideas escabrosas ni lascivas. ¡Habráse visto! Solo quiero seguir contemplando ese rostro que os juro me sonríe, que me lanza palabras silentes en un código que solamente ella y yo reconocemos. Estoy por descifrarlo, solo necesito un tiempo más.

En otra vida sé -ahora estoy completamente convencido- que nos conocimos, que constituimos un vínculo que trascendió espacio y tiempo y que hoy nos ha llevado a un indefectible reencuentro que precisamente tenía que atestiguar la muerte de uno de los dos para consumarse.

No sé cuánto tiempo llevo aquí, las horas de la vigilia y el sueño se entrecruzan, dejándome una sensación onírica.

El médico que me releva en la sección de tanatología forense acaba de llegar ¡no le permitiré que me robe su sonrisa! Aquella musa inmóvil en la camilla es mía; ¡únicamente mía! Una inefable dama que tras su muerte vino a buscarme. No les puedo permitir -a esos seres grises- que me la arrebaten ahora que finalmente logró hallarme.

Se oyen los pasos de mi colega, sus sucias manos pretenden girar la manija de la puerta, ¿se largará acaso cuando la encuentre trancada?

-Hey, no te molestes en insistir, la puerta está con llave. Tengo un caso muy particular aquí, yo cubriré todo tu turno también esta noche -impávido se lo digo mientras advierto algunos murmullos allá afuera-.

Balbucea unos instantes; la desconfianza lo invade, pretende denegarse, lo piensa unos segundos más y al fin cede a mi deseo. Imagino que entiende la firmeza de mi voz, sabe que es mejor no jugar conmigo. Oigo a sus pasos alejarse y finalmente desaparecen al igual que los susurros. ¿Esta escena ya la he pasado antes? ¡Qué más da!

Somos nuevamente solo ella y yo. Nuestro instante ha llegado, pondré un tango y danzaremos en el aire, convertiremos esta sombría sala de autopsias en el salón de baile donde habremos de cortejarnos sin rubor. Seré su caballero, será mi dama, recobraremos esa vida que se nos fue arrebatada pero que en la hora final -si no se nos es devuelta- inventaremos. ¿Diseccionarla? ¡No!, jamás osaría auscultar (dañar) ese cuerpo tan perfectamente aletargado y que ahora suspira evocándome.

¿Qué pasó con el mensaje? Ya no puedo descifrarlo, necesito sus órdenes, sin ellas no sé qué hacer.

El diagnóstico de su dimisión es: “Paro cardiaco súbito”, puedo verlo escrito en un obsceno papel. El mío también lo será si no me responde, si no me arroja más indicios. “No tengas miedo ¡yo te cuidaré!” -le susurro al oído-.

Ningún familiar ha venido a reclamarla, debería pasar al departamento de morfología de la universidad entonces, pero ¡oh coincidencia! hace una semana esta entró en una huelga indefinida y no es posible llevarla para allá. Ergo, su cuerpo debería descomponerse pero no lo hace porque es mágica, claramente este mezquino mundo le es ajeno pues sus reglas no tienen jurisdicción en ella; ni siquiera la implacable muerte puede arrebatarle la vida.

¿De dónde viene ese olor a rosas? Ah, ya recuerdo, son las mismas rosas que le entregué el día de nuestra boda. Pinzas, bisturíes, éter, ácido sulfúrico, acetona, mascarillas, guantes quirúrgicos… ¡no me sirven para nada! Me sirve, por el contrario, el poema que debo recitarle para que se embriague de él, se desentumezca cada arista de su cuerpo y vuelva a magnificarse con una sonrisa.

Estimo que ya han pasado muchas horas.

-”Dime, ¿esos ojos jamás se volverán a abrir?, ¿por qué no me respondes?, ¿acaso hice algo mal?, ¿o debo ser yo el que esté tendido en esa camilla y tú la que lloras sin consuelo como en este instante lo hacen mis ojos pusilánimes?

No teníamos que desenvolver estos papeles, el orden es una locura, ¿por qué mierda te fuiste antes que yo?, ¿estás ahí? ¿O es que debo interpretar tu silencio, como una visible señal de condescendencia a la decisión que tomaré? ¿Ese bisturí más grande y filoso es el medio que me presentas para cumplir con mi misión? ¡Lo comprendo!, lo acercaré a mi cuello”.

Las primeras gotas de sangre de deslizan por mi torso.

Ya no huelo rosas sino productos antisépticos de limpieza, ya su rostro no esboza una sonrisa sino una agobiada mueca, ya sus cabellos no emergen en el aire, solo le cubren el rostro y estorban, ya su piel no se percibe lozana sino consumida… ¡Su silueta es un saco sombrío en plena descomposición!

¿Qué diablos pasa? Mi mente no es la misma; no es la mía. No está bien; no estoy bien. Siento que nuestra historia fenece en las encrucijadas de un sueño y da pase a una realidad inalterable…

¿Quiénes son ellos que fuerzan la entrada y allanan el lugar junto al médico? Ya le había dicho que hoy supliría su turno, ¿por qué me apuntan y me acorralan, me reducen y me introducen una aguja que debo suponer lleva un tranquilizante? “¡No! ¡Suéltenme!”, ellos quieren separarnos, no me interesa que ella haya perdido todo su vigor y su belleza, le juré estar a su lado más allá de la muerte, “¡libérenme!”, no me pueden arrebatar el derecho de estar a su lado. Las palabras se me entrecortan, la vista se me nubla, el cuerpo se me hace pesado, las fuerzas se me desvanecen: – “¡por favor!, si me voy, solo quiero despertar a tu lado amor mío…”

*

Ya son 5 días que me encuentro en este sanatorio, me han diagnosticado espectro de esquizofrenia y otros trastornos psicóticos. Encima de una mesa se halla desperdigado un periódico que tiene por titular: “Médico forense pierde la razón luego de permanecer encerrado durante 3 días en el cuarto de necropsias donde desarrollaba su labor. El galeno fue hallado en un estado lamentable junto a un cadáver -que ya mostraba signos de descomposición- de una joven mujer. Los policías y personal médico del lugar entraron segundos antes de que el profesional atente contra su propia vida. Antes de inyectarle un tranquilizante manifestó que aquel cuerpo inerte le pertenecía a su mujer -fallecida hace unos meses- y que su deber era reencontrarse con ella”.

Ellos no saben nada, ni doctores, ni periodistas ni policías. Reducen sus argumentos a un trastorno mental inexistente, no saben interpretar siquiera los códigos de la eternidad, del amor y de un pacto irrevocable ¡Ella es mi amada y la seguiré esté donde esté!

Hoy en sueños me ha visitado nuevamente y finalmente he logrado comprender todas sus demandas. Ella me sigue aguardando: debo concluir con lo que esos grises individuos me truncaron en aquella hostil sala de necropsias. Nuestro reencuentro está asegurado; aquel incisivo cuchillo que un cocinero acaba de descuidar sobre la barra será la puerta que -incansablemente- he buscado desde que su ausencia se magnificó. Al otro lado, ¡ella me espera!

– Andrei Velit

Deja un comentario