– Quiero contarte algo.
-¿Qué?
-No soy feliz.
-Eres solo un quejón, lo que pasa es que eres un engreído. Eso de la depresión es un cuento que …
Y así pasó que con 3 palabras pude detonar un sermón que duró como 3 o 4 minutos, pero en mi cabeza se hicieron como horas. Escucharte decir que yo me quejo con la intención de molestar, o que es producto de mi engreimiento no es algo que me sorprenda, lo esperaba.
Esperaba que fueses tan incomprensivo, que menosprecies mis sentimientos y te concentres callar todo lo que siento. Aplastaste todo tipo de grito que podía emitir y lo convertiste en sumisión, me quedo atado de pies y manos en tu vida e incapaz de tirar la puerta con rabia. Controlaste todo aspecto de mi vida y diseñas como será cada día mio. Así me quedaré desde ahora, como 50 kg de carne dispuesto a lo que ordenes hacer.
Controlas hasta lo que me pueda molestar, porque de otro modo tú te molestarás más. Controlas desde que me gusta comer hasta que debo comer. Y si alguna vez tengo un sentimiento que no sea de tu agrado debo pedir perdón. Lo siento, hoy no puedes controlar las letras que fluyen en mis escritos, hoy no puedes controlar lo que debo soñar o mis opiniones respecto al amor que me das. Hoy he tomado un café y puedo escribir diez minutos más.
No soy feliz, y no te estoy pidiendo que me ayudes a serlo. Solo quería que lo sepas y con un «ok» me bastaba. Pero no me preocupo más. Aprendí que puedo seguir así otra noche más, mientras termino de ocultar las lágrimas que nunca mas verás.
Amiga lágrima, puedes venir hoy por la noche pero entra de puntillas que te espero en el baño para un encuentro de unos cuantos minutos. Si haces ruido, puedes quedarte que ya hoy nada me importa.