La gran noticia – 2da parte

Después de muchos años lo volví a contemplar, se le notaba más maduro, ya no era el chiquillo bromista que ponía apodos, el palomilla, el que una vez dijo que me parecía a la “Pequeña Lulú”, un personaje de historieta norteamericano que fue adaptada a los dibujos animados y los niños la disfrutaban en los canales locales (Era una niña traviesa y muy lista que usaba unos zapatos muy graciosos).

Mi amiga se dio cuenta de que yo conocía a aquel muchacho guapo y elegante que estaba frente a mí. Yuliana preguntó: “¿Se conocen?” y ambos asentimos y sonreímos a la vez. “Mi nombre es Pablo y con tu amiga nos conocimos en la secundaria, yo era un chico muy molestoso y antipático con las chicas, les ponía apodos, pero una niña en especial se ganó el apodo más gracioso de la clase”. Empezó a contar sobre cómo me veía graciosa con mis zapatos de colegio y porqué el apodo de Lulú. Los tres reímos. Pablo nos comentó que después de terminar el colegio, una empresa muy importante en Inglaterra había solicitado sus servicios de analista de sistemas y quería que estuviera dirigiéndola desde esta parte del país. Dijo que no se acostumbraba a la comida europea y que prefería los locales de venta de comida hecha en casa o parecida a su lugar de origen. “Los primeros meses que llegué al extranjero empecé a extrañar mucho todo y me acordé de las tonterías que hice de joven, sentía mucha nostalgia y no pensé traer esos recuerdos al día de hoy”, apercibió.

Interrumpió su narración y le entregó las flores que llevaba consigo a mi amiga. Le comenté que había cambiado mucho y que se veía más atento y caballeroso. Me dijo, sonriendo, ya que me percaté de que actuaba como un niño inmaduro: “Sé tratar a las mujeres como se debe y respetarlas”. Yo sentía que estaba de más en la conversación, fingí que tenía una llamada importante y salí del restaurante. Mi amiga y Pablo se quedaron, de reojo vi que se sentaron en una mesa y pidieron algo. Nunca me había dado cuenta lo guapo que era Pablo, tal vez porque en ese tiempo era muy fastidioso y molesto y ahora yo sonreía inconscientemente mientras lo veía sentado frente a mi amiga. Reaccioné en ese momento y me pregunté qué es lo que estaba sucediendo, ya que me sentía de esa manera. Mi sonrisa se esfumó. Estuve un buen rato afuera del restaurante y decidí entrar para despedirme. Di un argumento falso de que había una emergencia en mi casa y salí huyendo del lugar sin mirar atrás.  Llegué a casa y me senté en el sofá con las manos apoyadas en las quijadas como una niña pensativa. Ya era muy tarde y me fui a dormir. A la mañana siguiente recibí un mensaje de mi amiga diciéndome: “le di tu número a Pablo, me dijo que quería hablar contigo de algo importante y se contactaría contigo, me cuentas que te dijo”.

Yo estaba desconcertada porque quería hablar conmigo. Después de unos días, estaba en el trabajo y recibí un mensaje: “Hola soy Pablo, ¿podemos hablar?, necesito tu ayuda”. Yo estaba nerviosa. Nos encontramos en un centro comercial y me invitó a cenar a uno de los restaurantes del local. Iniciamos la conversación y él me indicó que el motivo de que yo estuviera ahí era para sorprender a mi amiga, quería que le dijera todo sobre ella, pues quería conocerla un poco más. Me dijo que un día la vio en una discoteca, que no descansó hasta ubicar su paradero y que era una buena coincidencia que yo la conociera. Toda esa información me dejó perpleja. Mientras él hablaba, yo me sentía triste por lo que decía y me di cuenta de que Pablo me empezaba a gustar, pero él estaba enamorado de mi amiga. Después de una larga charla, quedamos en seguir saliendo para hablar más sobre ella, algunas veces juntos y a veces como aquella vez. Me di cuenta, a medida que lo fui conociendo, que Pablo era un hombre maravilloso, pero sus ojos estaban puestos en mi amiga Yuliana y yo no podía hacer nada. Hasta que una noche, cuando Pablo y yo estábamos cenando en un restaurante para planificar los últimos detalles y darle una gran sorpresa a mi amiga, nos ganaron las copas  y no pude resistirme más, lo besé, fue el beso más apasionado y tierno del mundo, me llevó a otro planeta. Era como si ambos estuviéramos en una misma sintonía y así lo sentimos. Después de un rato nos separamos, nos quedamos mirando en silencio hasta que salí huyendo del lugar, tomé un taxi y dejé a Pablo ahí. Los siguientes días no volví a recibir ni un mensaje de Pablo y seguí con mi vida normal hasta que recibí una llamada de Yuliana: “Hola amiga ¿por qué no has venido a visitarme?, tengo algo que contarte, estoy muy emocionada, quedemos en vernos” y colgó la llamada…

– Pamela Arteaga Lamadrid

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