La gran noticia

Caigo rendida y me tiro a la cama boca abajo, mis zapatos se resbalan de inmediato de mis pies. No tengo ganas de levantarlos y ponerlos en su lugar, las piernas me pesan, me hormiguean. Al mismo tiempo, lanzo mi cartera a un lado de la cama. Siento como si un camión me hubiera pasado por encima. De pronto suena mi celular, una y otra vez. Eso me pareció raro. Y en la posición en la que estaba, estiré mi mano para meterla en la cartera y sacar el móvil, era Juliana, mi mejor amiga. Contesté casi de inmediato. Me dijo: “Estoy emocionada, acabo de conocer un hombre maravilloso, ¿tienes tiempo?”. Yo no podía más con mi cuerpo, pero se notaba que mi amiga necesitaba ser escuchada, por lo que quedamos en vernos. Después de colgar el celular, me di un baño y me puse lo primero que vi en mi armario. Recogí mi cabello y me hice una cola pequeña y salí. Nos encontramos en un restaurante del centro. Cuando llegué, tenìa una sonrisa en los labios. Llevaba un vestido rojo hasta las rodillas, resaltaba su figura, había pintado sus labios de un rojo muy intenso. Sus ojos brillaban y al verme saltó de su silla y me invitó a sentarme junto a ella.

Pedimos algo de tomar y de inmediato me preguntó sobre mi día y le conté del problema que había tenido en el trabajo con unos informes, que había estado subiendo y bajando escaleras para entregar a diferentes áreas algunos documentos y que mi día había sido muy monótono y sencillo. Me tomó de las manos, me miró con sus ojos saltones y me dijo que las cosas saldrían bien, que tenga paciencia y trate de poner a todos en su lugar si se lo merecían. Entramos en controversia en ciertos puntos, pero entendí que en parte tenía razón. Cuando terminé de hablar sobre mí, Yuliana emocionada me comentó que hace unos días había recibido unas notas muy extrañas. Al principio me dijo que pensaba que era uno de sus compañeros varones, pero después de encararlos y sacar conclusiones, resultó que ninguno de ellos era el responsable. Me contó que luego de ello empezó a recibir detalles, a veces rosas, otros días chocolates. Mi mejor amiga me contó que todo ello le intrigaba en un principio hasta que le llegó una invitación. En ella decia que no podía faltar y que se encontraran en un restaurante. Yuliana no estaba segura de asistir a la salida, pero después de pensarlo y de tomar sus precauciones, por si algo salía mal, se animó y aceptó. Después de esperar unos minutos, apareció el misterioso galán, alto, muy guapo y con un ramo de rosas en la mano. Casi nervioso y balbuceando, le dijo: “¿No te acuerdas de mí?”. Mi amiga al verlo se quedó sorprendida y le contestó: “¿Eres tú?”. Y él le respondió “Sí, el mismo…”.

– Pamela Arteaga Lamadrid

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