Se acelera el corazón y la respiración, las piernas te tiemblan, no se puede olvidar esa sensación.
A cada instante en cada momento, cuando algo en mi mente me perturba, sea la preocupación, angustia por alguna situación, ahí está.
Aparece como si supiera que la necesito. Pero no es así. Es constante y diaria, como el almuerzo, el desayuno o la cena. Solo la medicina puede hacer que ya no la sienta dentro de mí.
Noches sin dormir, en no dejar de pensar en algo que es ilógico y poco común para muchos. Vienen y van esos pensamientos que se han vuelto obsesivos y dañinos.
Cuando todo parece perdido, te armas de valor y lo enfrentas, decides medicarte y acabar con el martirio.
Pero no es para siempre, es temporal. Terapia para complementar. Conversaciones profundas y confesiones dolorosas que debes sacar a flote para poder sanar.
Y así dos veces por semana, hasta que esté preparada para decir, finalmente, que ya puedo dejar de preocuparme o ponerme nerviosa y dejar de sentirme incómoda cuando socializo con la gente.
Parece fácil el proceso; pero es difícil, agotador, a veces quieres tirar la toalla y decir que no quieres avanzar, pero es necesario. Treinta años han tenido que pasar para poder darme cuenta de que debo de sanar. Sanar para poder vivir en paz.
– Pamela Arteaga Lamadrid