Qué angustia

Habían pasado varios meses desde que no recibía esas llamadas misteriosas, ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que, asustada, tomé el teléfono al escuchar sonar incansablemente el tono y que nadie contestó del otro lado. Llovió mucho esa tarde. Caminaba rauda por la calle mojada por la tempestad cuando llegué a casa y vi que la puerta principal estaba abierta, mis piernas temblaban. Hace un rato quería estar dentro para refugiarme de la lluvia, pero ahora no quería ni asomarme. Pensé “me han robado”. Estuve varios minutos quieta, respirando lentamente y sin hacer ruido, ninguna palabra quería salir de mi boca. Quería salir corriendo, pero mis piernas no respondían. Una voz interrumpió mi angustia. “¡Señorita! ¿Qué sucede? ¿Por qué no entra? Hace mucho frío”. Sus palabras me dieron valor y grité: “¡Me han robado! ¡Por favor, llame a la policía!” El amistoso hombre dejó lo que estaba haciendo y fue en mi auxilio: “¿Cómo así?”. Le expliqué detalladamente lo que había encontrado. Dijo: “No se preocupe, veré qué sucede”. Yo seguía en la puerta, podía mover ya mis piernas pero no tenía el valor para entrar. Mi amable vecino gritó “¡Señorita!”, yo salté del susto… “¿Hay alguien ahí?” demoré unos minutos en contestar y me dijo “No. No hay nadie. Puede entrar”. Entré raudamente pero aún seguía asustada. Solo pude pasar hacia la sala y el vecino se acercó, me dijo “Parece que alguien estuvo aquí y dejó esto…” Me entregó un sobre que decía “Ábreme cuando estés sola”. Mi vecino me aconsejó denunciar el hecho pues podría estar en peligro y se fue. Cuando logré abrir el sobre, aparecieron ante mí varias fotografías mías en varios lugares anotados, además las fechas y días en los que estuve en esos momentos. Además de una nota que decía “Yo lo veo todo y sé todo”.

– Pamela Arteaga Lamadrid

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