Diario

El señor cualquiera,

se sentaba todos los días

dos horas en la rutina,

con lentitud que parecía sabiduría

y no de edad, de melancolía.

Sentado en el mismo banco polvoriento

escuchaba el último aliento

de las hojas que caen,

el primer aliento

de las hojas que nacen.

Allí en la plazuela,

de frente al santuario,

leyendo un diario,

hoja por hoja,

pasaban las palabras

por sus manos arrugadas

y con las palabras, fotos estrujadas

entraban en su mirada,

en su respiro profundo.

Y desde un extraño mundo

el amor que podía ser

lo esperaba.

– Yuleisy Cruz Lezcano

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