Al cerrar la puerta me tomas por el cuello y me pegas contra la pared, me besas como si nunca lo hubieras hecho y me tomas por el pelo mientras saboreas mi cuello con tu lengua, poco a poco vas rasgando mi ropa para dejarme totalmente desnuda, trato de seguir tu ritmo pero no puedo, luego me dejas parada mientras tú subes tus manos desde mi tobillo hasta mis nalgas y en un instante estoy rodeando tus caderas con mis piernas para que así puedas tener mis senos a tu disposición, mientras me besas vas posando mi cuerpo en la cama y sin esperar demasiado separas mis piernas con total seguridad, entonces somos uno, somos fuego, debería gemir o gritar pero mi lengua está muy ocupada con la tuya y mis manos estrujando las sábanas mojadas, entonces bajas tu ritmo pero solo para darme la vuelta y cogerme arrodillada, yo solo me dejo llevar porque sabes que me gusta que me sometan y te gusta someterme, el adormecimiento no me impide disfrutar del mejor sexo de mi vida, hasta que por fin ambos satisfechos finalizamos con un beso. Ya para el final, nos abrazamos y dormimos unas horas para luego vestirnos.
Entonces salimos del hotel, cada uno por su lado y es cuando caigo en cuenta que solo en la cama somos felices, que solo unas horas me perteneces, que solo un momento me amas, que no sabré de ti hasta que una noche me digas que me deseas y yo aceptaré porque soy débil y porque también te deseo, te deseo a más no poder, tanto que se me olvida tu conveniente indiferencia y ausencia en los días posteriores, se me olvida que no escribes, que no llamas ni preguntas, pero aun así yo siempre te responderé y te daré encuentro a donde tú me digas para poder ser fuego las veces que quieras.
– SS.