La misma cojudez siempre. Subir a la mina, quedarse veinte días, bajar con sentimientos encontrados porque debería extrañar a mi mujer, pero en casa me aburro. Ella me aburre, por eso no la extraño. Cuando llego a Lima, primero visito a mi viejita. Le doy su propina y escucho sus quejas sobre mis hermanos. Ella también me tiene harto, sin embargo, es mi viejita y tengo que quererla. No tengo opción. En tanto mi mujer me pregunta dónde estoy, le miento: ya voy a llegar, hubo retraso, hice horas extras. Ella odia a mi mamá y mi mamá la detesta. «Esa mujer no te da hijos. ¿Qué hace sola en la casa? Cuidado con los cachos, hijo».
Me muerdo la lengua, el que no quiere tener hijos soy yo. Por eso me hice la vasectomía hace años. Nadie lo sabe. Resoplo y le doy un beso en la frente a mi viejita. Ella sabe que ya me voy y se cerciora de que me vaya angustiado. «Me duelen los tobillos, mañana iré al doctor, tu hermano no tiene efectivo para llevarme, préstale por favor». Le doy veinte soles, muy a parte del billete que le di al llegar. Tomo un taxi, estoy cansado, sin embargo, no quiero llegar a casa. El camino de una hora se me hace eterno. ¿Por qué tuve que casarme? ¿Qué le vi a esa mujer? Mis pensamientos ralentizan al compás del tráfico. Evoco los besos con mi profesora de secundaria, escondidos en el baño de docentes. Nunca pude olvidarla.
El taxi avanza lento, los baches me incomodan. El conductor putea a otro y los conchasumares se dejan oír. Se disculpa y pone segunda. Remedo: concha su mare, muy bajito. Otro semáforo en rojo, otra lisura. Pasa a verde, el carro del año 97 suena como quejándose. Parece que se ahoga. Por la puta, pienso. El conductor se orilla, sale del auto y directo va a la maletera, saca una botella grande de gaseosa que está llena de agua. Adelante, el vapor del motor recalentado empieza a subir al cielo. Dios no quiere que llegue a casa. «Disculpe, joven» me dice y arranca. Avanzamos y mi mujer empieza a escribirme mensajes. La ignoro. El conductor responde su celular. Tengo ganas de decirle algo, pero al parecer es su esposa, entonces lo entiendo. Apago mi móvil, ya voy a llegar. Siempre lo hago.
—Joven, tengo que hacer una parada urgente, es camino a su destino. No demoro.
—Prefiero que no, mi mujer me espera, si llego tarde pensará lo peor. —Le miento ya que no me importa que piense lo que quiera.
—Está bien.
Mientras conduce, hace una llamada. «No puedo mujer, entiende, debes esperar, dejo a este muchacho y voy directo para allá»
Me da lástima y le digo que mejor haga su bendita parada. «Gracias, y disculpe el inconveniente» responde aliviado.
A pocos minutos, siento que desacelera y pone las luces intermitentes, dobla por unas calles. «¿Será un asalto? Le hubiera dado más plata a mi viejita». Baja dejando el motor prendido. Toca una puerta y una mujer sale. De curioso sigo la escena. Creo reconocerla. Afino la mirada mientras bajo la luna sucia del auto. Ella le entrega un paquete y se acerca al carro. A pocos pasos, la reconozco… es mi profesora, la de los besos. Está diferente. Muy delgada y arrugada. Sus labios carnosos de antaño ahora lucen marchitos.
—Joven, disculpe las molestias y gracias. —Me dice con esa voz que hace mucho no escuchaba. Se da media vuelta y regresa a su puerta.
No me ha reconocido o es muy buena actriz. Han pasado quince años desde la última vez que nos vimos. Estoy nervioso. Empiezo a sudar y a tener una erección. Al rato llego a casa. Mi mujer está ahí y me dice que tiene una sorpresa para mí, no le hago caso. Recordando a la profesora, tomo de la cintura a mi esposa, la cargo y la llevo al cuarto. Empezamos a besarnos. Procuro concentrarme en mis recuerdos de secundaria. Incluso la imagen actual de tan seductora mujer me sigue pareciendo atractiva. Creo que pude sentir su aroma cuando se acercó al vehículo, aunque puede ser una ilusión de mi mente. Mi mujer y yo estamos desnudos, próximos a intimar más. Sus ojos, mirándome con picardía, me detienen. No siento nada por ella y se ve reflejado en mi miembro. Empiezo a ponerme la ropa. Ella se ve contrariada. He parado sin decir nada. «¿Nos vamos a separar?» pregunta. «Es lo mejor» respondo y salgo del cuarto mientras pienso en la profesora y lo fácil que sería convertirme en su amante. Voy a la sala. Sobre el sofá hay una pequeña caja decorada con un moño. Abro la tapa y dentro hay ropita de bebé. Mi viejita siempre tiene la razón, maldita sea.
– Mirza Mendoza
SOBRE LA AUTORA:
Mirza Mendoza, es cuentista limeña nacida en 1985.
Es colaboradora en la editorial Libre e Independiente y en la editorial Sexta Fórmula. Participa en la antología «El día que regresamos» de Pandemonium Editorial. Autora del ebook «Tenebrismo» y del ebook «El currículum de una ludópata». Es parte de la antología «4 Narradores». Su cuento «Cadáveres abandonados» conforma la antología «Relatos de Pandemia» de editorial La Rata Esquizofrénica. Su cuento «Mochila de emergencia» conforma la antología «Última estación» de editorial Ángeles del Papel. Ha sido publicada en diversas revistas digitales de México y Argentina.