Cuando nacemos, somos la mayor alegría para nuestros padres y demás familiares, somos una bendición, la cosita más tierna que se haya podido ver, somos inocentes de todo e ingenuos ante el mundo. Cuando ya niños, empezamos a comprender cómo es que funciona esto de la vida, ya tenemos responsabilidades, cierta maldad, ya somos sujetos a culpabilidad porque ya estamos creciendo. Luego, en la adolescencia y juventud, debemos de entender a plenitud lo que es la vida, o eso espera el mundo de nosotros, ya no somos inocentes ni tiernos, debemos enfrentarnos a nuestros propios retos y diferenciar la maldad de lo bueno, así también, asumir las consecuencias de nuestros actos. En la adultez ya somos juzgadores, maestros de otras mentes, moldeadores de personalidades, guías para los nuevos nacidos, ejemplos de vida o de fracasos, todo dependiendo de cómo hayamos asimilado las enseñanzas de los adultos allá en nuestra niñez. Así se pasa la vida, sin detenernos a pensar en cómo, al llegar a la adultez, me convertí en un sabio o un buen consejero o ejemplo de alguien, es decir, ¿merezco serlo? O por el simple hecho de que ya tengo mis años encima puedo jactarme de alguna sabiduría en mí. Tal vez, en mi niñez, solo me preocupaba por jugar, reír, hacer las tareas, obedecer a mis papás y cosas similares, pero cuando ya podía tomar mis propias decisiones, ¿las hice pensando en mí?, ¿en mi familia? Y más importante aún, ¿las hice tomando en cuenta si podía perjudicar a alguien? ¿Si podía lastimar los sentimientos de otra persona? Me refiero a que, a lo largo de mis años, ¿logré ser una buena persona?, si en este preciso momento dejara de existir, ¿me recordarían con una sonrisa en el rostro? Qué tipo de persona quiero ser o soy… una egoísta que quiere salirse con la suya a costas de lo que sea, o una empática que también piensa en los sentimientos de los demás, en que la otra persona también importa. Cuando salimos a la calle solo vemos desconfianza, nada de amabilidad o cortesía, andamos a la defensiva con el ceño fruncido y la mirada alerta; si tenemos discrepancias, las queremos resolver con agresión y jugamos a quien dice la última palabra o quién se queda con la razón, no pensamos en ayudar al que lo necesita porque creemos que necesitamos más. “Lo cortés no quita lo valiente». La vida se ha devaluado, vale menos que un celular o algo de efectivo, no aceptamos críticas y señalamos fácilmente, no somos tolerantes y no comprendemos las desgracias de otros, exigimos primero respeto para respetar, la buena fe no existe y menos la honorabilidad. El amor se ha convertido en un negocio, la amistad en una falsedad y aquellos que se conocían, pasan de la noche a la mañana a ser desconocidos y a utilizar sus debilidades para destruirse, no existe la lealtad, la sensibilidad, estamos perdiendo la esencia de ser humanos. No somos eternos, tampoco perfectos pero podemos aprender, reinventarnos, comprender que todos tenemos nuestros problemas personales y que probablemente por eso es que desconfiamos, podemos darnos una oportunidad, sin juzgar, sin señalar, podemos arrepentirnos y pedir perdón porque la vida sigue y cada día podemos ser mejor que ayer. Recordemos que; ya sea en un accidente, por culpa de un inadaptado, por la naturaleza o cualquier otro suceso; podemos morir, ya que en manos de la vida, nuestro cuerpo es un papel que se puede arrugar o romper, porque existen circunstancias en las que no importara si fuiste malo o bueno, si fuiste madre, padre, hijo, hermano, verdugo, carcelero, sacerdote, homosexual, pobre o rico. Entonces no podrás siquiera arrepentirte, porque ya no estarás y ni cuenta te habrás dado y lo que fuiste hasta ese momento serás para siempre en la memoria de los demás, entonces, ¿cómo quieres ser recordado?, ¿quieres que tus seres queridos hablan bien de ti porque ya no estás o porque así fuiste? Pero más importante que eso, ¿queremos vivir de la mejor manera? Disfrutar de nuestras vidas sin mirar al costado y sin perder nuestro tiempo en cosas superfluas, me parece a mí, una buena forma de dejar este mundo.
– SS.