Matar el amor

Eran las 7 de la noche, salí diez minutos después, hacía mucho frío y sabía que sería una noche muy larga, subí al taxi y seguimos su ruta hasta que se bajó, esperé un momento mientras lo veía por la ventana impaciente, en ese instante, mi corazón tenía la esperanza de estar equivocada.

Fue cuando ella apareció, feliz y directo a sus labios. Mientras se besaban, la primera lágrima de toda la noche salía del fondo de mi ser. Empezaron a caminar agarrados de la mano, hablando de sus planes y sus cosas. Yo, detrás de ellos, llevando el cigarro con la mano fría y temblorosa a mis labios, con el aliento frío.

Estaban tan concentrados que jamás se percataron de mi presencia y menos él, ya que llevaba siguiéndolos más de media hora y no por masoquista, no por falta de amor hacia mi misma, sino por certeza y porque mientras ellos hablaban de su eterna historia, yo reconstruía todo mi futuro y no dejaba de preguntarme si él la amaba de verdad o solo era un capricho.

Ella se veía como yo, no en su apariencia, sino en su forma de hablarle, de tocarlo, de abrazarlo, le decía “te amo» con la misma ilusión con la que yo se lo decía a él, más hipócrita no podía ser, la besaba como a mí, la miraba como a mí, en ciertos momentos, hasta me resultaba gracioso y me reía pero con el alma en la boca.

No sé cómo me di cuenta exactamente, seguro fue mi intuición, porque en realidad no existió un cambio en él que me hiciera sospechar pero, desde un tiempo atrás, ya no sentía la misma seguridad que antes, creía que me conocía porque, de ser así, me habría dicho que su felicidad ya no estaba a mi lado y sabría que lo entendería porque no soy de las que tapan el sol con un dedo.

Mientras los miraba, tenía ganas de enfrentarlos, saber si ella era tan víctima como yo o su cómplice, si él tendría el único gesto digno de aceptarlo y disculparse aunque no se lo permitiera, saber desde cuándo y por qué, saber si ya no me amaba y qué pasaría con todo lo que construimos, pero soy más inteligente que eso, cada pregunta ya tenía su respuesta y las disculpas no borrarían el dolor ni la decepción.

A las ocho de la noche ya tenía todo claro y destruido. Pensé mucho en el drama y las disculpas hipócritas que me daría cuando se lo contara. Para sufrir, prefiero hacerlo sola, así me levantaría sola también, entonces decidí acercarme sutilmente para no malograr su momento feliz; en cuanto reconoció mi presencia, el rostro se le congeló. Me aseguré de que me viera y supiera que era yo.

De pronto, toda la calle quedó en silencio, solté el humo de mi cigarro y luego lo tiré al piso sin quitarle la mirada, parecía muy tranquila pero mi corazón palpitaba a mil por hora y las piernas me temblaban. Antes de que mis lágrimas mojaran mi rostro, di media vuelta y desaparecí en la oscuridad. De regreso a casa, pensaba en que todo había terminado.

Pero resultó el inicio de una transición salvaje de la felicidad a la impotencia de no poder controlar el llanto, de no levantarme de la cama por días, de no mirarme al espejo por miedo a ver en lo que me había convertido, de no matar el amor.

De lo único que podía estar segura era de que, esa noche, el mensaje había quedado claro porque jamás supe de él, tal vez no le interesó, pero eso realmente facilitó las cosas dentro de lo que cabe; y como todo mortal, tenía que pasar por las etapas del desamor: negación, ira, llanto, risas irónicas, embriaguez, adicción, frialdad, aceptación y no sé, en realidad, cuantas etapas son.

No quedaba ni rastro de la mujer que alguna vez fui y eso me destruía más porque jamás viví algo parecido, las largas noches con tristes canciones que ni conocía, los inexistentes amigos que me veían con lástima y tristeza, casi loca, tirada en el sofá. Di todo por perdido.

Sin embargo, una noche recordé la persona que era antes de todo esto, incluso antes de él y me di cuenta que sabía ser feliz, que tenía todo sin haberlo conocido, que sabía lo que valía y lo que merecía, que podía ser mejor y que, si bien es cierto que con él conocí el amor, no merecía mi destrucción. Recordé que me amaba más de lo que a él lo amé, que inconscientemente lo acomodé a mi vida sin volverlo el eje, que mis planes funcionarían con él o sin él.

Me di cuenta que ya era momento de superar aquello que no me mató, que debía secar mis lágrimas y levantar el mentón, que en un futuro no muy lejano, me burlaría de mi comportamiento autodestructivo. Es momento de dar el primer paso, es momento de brillar y continuar.

– SS.

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