No sé cómo empezar este frío relato, probablemente sea el más crudo que alguna vez he escrito.
Siempre he tratado de ponerme reglas, incluso para escribir. Suelo ser de una visión equilibrada, trato de no ofender descaradamente, pero tampoco busco santificar. Sin embargo, en esta ocasión, un sentimiento engorroso ha guiado mis latidos los últimos días.
Tu muerte, tu repentina muerte desembocó todo un derrumbe en mis arterias, un derrame oscuro de rabia, impotencia y destrucción. Nunca había sentido tal sensación, vi como el luto entristecía a la gente a mi alrededor, se apagaban las luces de sus cabezas mientras la noticia corría de boca en boca, el mensaje apesadumbrado de tu pronta partida.
No creas que no quedé impactada. La muerte repentina, sobre todo en gente que vaga en el tiempo de la juventud, es algo que deja sin aliento a cualquiera. Pero una vez pasados los segundos de incredulidad, no sentí más. Mis propios problemas, el día a día y la rutina, se volvieron a mí para seguir con la vida.
La noticia vuela y los periódicos ya mostraban en la sección de obituarios tu lamentable deceso, el texto póstumo se deshacía en elogios a tu amable, cálida, dulce y honesta vida, la pérdida de una valiosa ciudadana, una leal amiga, una profesional intachable, todo un ejemplo de ser humano le era arrebatado al cruel y frío mundo. Las primeras voces chismosas ya murmuraban en la plazoleta, todas con fingido dolor. Ya en los mercados del pueblo se decían las frases más reconfortantes:
“Si murió joven quizás era buena”
“La hierba mala nunca muere, se fue joven, debió ser bondadosa”
“Nos dejó un ángel que protegía con cariño y amor”
Y así, las chismosas y chismosos del pueblo hablaban de tu persona. Si de pronto hubiera llegado un foráneo, habría de creer que se hablaba de la siguiente Santa Teresita del niño Jesús, muy venerada en la zona.
Y aquí estoy yo, dos semanas después, parada frente a tu fría tumba, pensando que es curiosa la forma en la que pasamos la vida, tratando de sobresalir para finalmente acabar bajo la misma tierra en la que competimos por distinguirnos en la vida.
No traigo flores, no pienso dejar flores en tu tumba, yo que conozco tu otra faceta, no cumpliré con los protocolos ni con la etiqueta que demanda nuestra iglesia y que exige mudamente nuestra sociedad. No puedo mentir, al menos no como tú.
Sabes… creo ser un humano sin aspiraciones divinas, no busco la trascendencia de mi alma purificada. Por otro lado, no pretendo que creas que busco la aprobación del anticristo y que repelo a la humanidad, simplemente pretendo verla tal y como es: con blancos, grises y negros. Y aprender a amarla y odiarla de acuerdo a las circunstancias.
Este pequeño pueblo, en el que habitamos, está muy lleno de falso positivismo, lleno de sonrisas y deseos falsos al prójimo, solo en la privacidad de nuestras casas podemos vociferar a fiera voz los reales deseos por otro, o murmurar en las cocinas lo mucho que despreciamos a tal o cual ser humano. Pero no tiene sentido que te recuerde el deporte en el que has ganado medallas al punto de dejar vacíos y melancólicos a quienes te rodean.
Pero no dejaré caer el hierro solo en ti, la actitud tímida, en introspectiva, a veces es una ventaja cuando de ver realmente a la gente se trata, basta unos segundos de observación y entendimiento para ver que todos estamos hechos de la misma mezcla de bondad, hipocresía, rabia y lamento. Aunque nos pasemos la vida negando las partes más detestables o dolorosas de nuestro ser, apariencias es todo lo que, creen, nos queda.
Estas dos semanas, el alud de rabia, cólera e indignación; ha sido el pan de cada día. No omitiré que los dos primeros días, mi cabeza se pasó sermoneando a mis sentimientos y me obligué a prender una vela en tu nombre, rezando por la llegada de tu alma a las puertas de San Pedro. Pero mis rezos, que pedían por tu bienestar y te perdonaban a viva voz por los errores que cometiste conmigo, se entorpecían cuando una bola de rabia se atoraba en mi garganta y terminé dejando que la vela siguiera su curso, incluso vi como una oscura y gorda mosca aterrizaba en la cera líquida, quemándose y ahogándose. Lo tomé como una señal. Apagué la vela y decidí acabar con el ridículo teatrito que me estaba imponiendo.
Salir a las calles fue un infierno, tu nombre y fotos con tu rostro en cada afiche y periódico eran una verdadera molestia, más aun, ver esa sonrisa que ante mí se disparó maliciosa y desdeñosa. Pero exploté, exploté cuando los viejos conocidos mutuos se abrazaban y se daban el pésame ante tu fatal partida, hablaban de las excursiones, las fiestas y lo hermoso de tu potente y brillante luz. Y si mal no recuerdo, esas bocas que escupen anécdotas dulces y buenas, eran las mismas que dedicaron floridos y ácidos adjetivos durante las reuniones después del trabajo en la cantina, rodeados del vino y el whisky, todos sentían la confianza y la libertad de escupir sobre tu ahora santo nombre, todos indignados con la falsedad de tus acciones, rabiando porque se sentían usados y humillados, todos sintiéndose como esclavos tuyos y escupiendo secretos que estaban cansados de esconder. Ahora esas bocas babean pena y extrañan a la loca manipuladora que convirtió muchas de sus tardes en infiernos silenciosos, solo para conservar el trabajo y llevar el pan a sus familias, es claro que sabías que el poder yacía en tus manos y nunca dudaste en jugar con él a tu soberano antojo.
Y luego yo, víctima de tus mentiras y manipulaciones. La pregunta que más ronda en mi mente es “¿Por qué a mí?”, no recuerdo haber empañado tu buen nombre, es más, como muchos en el pueblo, cedí ante la pulcra apariencia que emanabas, te admiré y traté de ser amable durante muchas ocasiones. No tomes esto como una victimización, santo no soy y mucho menos pretendo que, al morir, todos eleven mi humanidad a la santidad. Pero con tu muerte cayó la rabia de nunca haber podido decirte mi sentir, de nunca poder haber revelado tus intenciones y haberte dejado en tu pequeño reino, manipulando incluso a seres que yo amo.
Me quitaste la felicidad de tener un trabajo honesto, te burlaste a mis espaldas y tramaste sucias tretas para deshacerte de mí, usaste los asquerosos chismes y, con cartitas entre secretarias, compartías tu animadversión mientras me sonreías y fingías justicia y neutralidad para ayudarme cuando más lo necesitaba. Yo confiaba en ti y veía cómo ayudabas a otros tantos, pensé que dentro de la cordialidad de nuestras relaciones, serías igual conmigo. Pero no, salí apuñalada y traicionada, sabiendo que aún después de que me fuera, seguirías lastimándome a través de personas que significan el mundo para mí. Tal es el performance que aparentas que, incluso, al vernos de casualidad en los bares y cantinas, me saludabas con un beso en la mejilla. Por supuesto que con mi retirada no acabaron las largas tertulias y quejas que escupían los demás, fue ahí que entre copas y sinceridad, se escapó la frase “Ella solo ayuda a quienes le agradan, y tú, nunca le agradaste” Nunca pude haberme decepcionado más, pero entendí que las apariencias son realmente un juego de las grandes ligas.
Ahora, en el solitario cementerio, te divulgo sin remordimiento que no me da pena tu partida, que no lloré, que no pienso que un ángel se haya ido. Y vengo a dejarte la desagradable valija que dejaste conmigo, vengo sin flores pero sí con algo que nadie te ha dado, honestidad sin medias tintas. No dudo haya habido bondad en ese pequeño cuerpo, pero sí que viví la maldad que en ti reside y como víctima de tales acciones me abro y te digo adiós. No espero que el inframundo y sus terrores te traguen, pero tampoco rezaré para que los ángeles canten celestiales himnos para ti.
Si alguien de verdad te quiso y de verdad quisiste, entiendo que tu partida duela, tienes padres después de todo. Pero reniego de aquellos que, en vida y llamándose tus amigos, decidieron escupir en ti antes que decirte al menos un trago de verdad para frenar tus manías, o al menos, para develar la verdad de tus acciones con la esperanza de que seas el ser humano que ahora pintan los periódicos y el anuncio de la iglesia que prepara tu misa, llena de lamentos mentirosos y omisiones a la vida que realmente llevaste.
No fuiste santa, tampoco el diablo, pero te dejo el peso que me diste y que el más allá se encargue de ti y seguramente de mí, cuando el beso de la muerte me sea dado.
Adiós, A.
– Marcia Castro