Hace un tiempo atrás creía que me amabas tanto como yo también lo hacía, que te preocupabas por mí de la misma forma como yo lo hacía, que hacías sacrificios tan difíciles como los míos, que los momentos en que no nos veíamos eran tan difíciles para ambos y, entre mis lágrimas y mis sonrisas, creía que esperarte estaba bien, que me mantuvieras en el anonimato era porque el momento aún no había llegado, que andar detrás de ti era lo necesario. Yo lo creía y por eso no me era difícil hacerlo; porque lo hacía por ti.
Esperaba con ansiedad las noches para nuestros encuentros y creía que la forma en como me besabas, en como me tocabas y me hacías el amor; era por tu desesperación de no tenerme, eso me llenaba de tanta alegría porque creía que hacíamos el amor.
Entonces, al día siguiente, después de esperar tanto un mensaje o una llamada, llena de impotencia y desilusión, creía en que fue un día muy ocupado para ti y que tenías asuntos más importantes, entonces olvidaba todo cuando llegaba tu mensaje, al anochecer.
Me había concentrado tanto en que llegaran las noches que no me di cuenta de lo que pasaba conmigo en las mañanas, no me di cuenta que la angustia carcomía mi corazón, que ya no creía necesario algo de afecto o atención, que un mensaje era la muestra más grande de amor, que yo debía esperar y esperar, que había detenido mi vida, mi alegría, mi esencia. No me di cuenta de que ya no era yo.
Mientras tanto, disfrutabas tus logros y progresos y que me tenías ahí, para ti, con tan solo un mensaje. Sabías que te amaba y que disimuladamente me amoldaste a tu vida, a tu tiempo, a tu placer. Estaba encadenada a ti con la llave en mi mano, pero sabías que no la usaría… hasta ese momento.
En que una noche vi en tus ojos la seguridad, la soberbia, tu ego, vi que no hacíamos el amor. Tus caricias toscas, tus besos fríos, tus palabras huecas me sacudieron el alma y arrugaron el corazón. En ese instante, como si del anuncio de mi muerte se tratara, vi como había perdido mi vida y sentí tanto miedo porque no tenía nada más, porque creí que lo tenía todo. Quedé vacía y aturdida. Para cuando tomé consciencia, tú ya no estabas.
Y me quedé inmóvil viendo que en realidad me habías utilizado, que solo era un pasatiempo, que no era parte de tu vida ni de tus pensamientos, que yo siendo tan capaz e independiente me había aferrado, me había enamorado. Que mi imponente carácter sucumbió a tus caricias, que mis expectativas fueron engañadas por tus promesas, que mi personalidad decidida se acurruco en tus brazos y mi determinación se fue al carajo. Me quedé abrazando mis deshechos sentimientos y secando mi ego, me quedé llorando a la que era yo, antes de ti.
– SS.