Ayer me dijiste que tu vida ya no era la misma, que no soportabas más ciertas ausencias, que los nubarrones se habían instalado en tus pupilas. Me pregunto si uno de esos nubarrones soy yo, o mi estúpida facilidad para inducir a tus ojos a llorar. Discúlpame, pero ya han pasado algunos meses desde que terminamos ¿no ha quedado claro aún?, ¿por qué aún me llamas para tener encuentros furtivos?, ¿por qué aún crees tener el derecho para cuestionar mi preciada libertad? ¿Opinas acaso que mi vida es una fiesta prolongada repleta de alcohol, sexo, y drogas y cuando me canso de ella ─en mi resaca─ recién pienso en ti, que te busco únicamente para solazar el frenesí?
No todo lo que ven tus ojos es cierto, cariño. No sabes que busqué como un condenado mi libertad porque estaba harto de dañar los lazos que con amor habíamos formado, que intenté suplir el vacío que me embargaba por las fiestas y desmadres, que el alcohol es solo un pretexto para mantener adormilado a esa bestia hambrienta llamada fracaso, que las pláticas con mis amigos son menos nocivas que los gritos de mis padres.
─ Son tristes excusas para justificar tu desvergüenza e inmadurez ─me dices agachando la cabeza, derramando unas cuantas lágrimas en una escena que se repetirá una y otra vez─.
Tal vez tienes razón y es en vano soltarte eufemismos y teorías sobre mi actual actitud. Mejor sería decirte que ya no puedo ser para ti, que no necesito tu amor incondicional ni tus llantos inconsolables ni tu cuerpo desnudo ni tu orgullo devastado, sino un vaso de whisky, el olor del tabaco, las palmadas en el hombro de mis amigos, el contorneo de otras caderas, la lascivia de otro cuerpo.
Pero tú ─sin escucharme─ solo sigues diciendo que mi corazón se extravió en lo mundano, que mi alma se endureció como una roca, que mi voz perdió vitalidad y ahora solo se justifica, que mi rostro mutó en la indolencia… ¡Es cierto!, pero no necesito que me lo recuerdes, necesito que tú lo recuerdes y sueltes mi mano para hundirme solo en este pantano.
¿Te puedo hacer una confesión? a veces extraño aquellos sueños donde tú y yo caminábamos de la mano por calles inabarcables, donde retomaba mi carrera universitaria, la terminaba y cumplía por primera vez un objetivo en mi vida, donde, en una tarde lluviosa, te leía poesía tras una ventana y canjeábamos el insustancial sexo por el febril amor que se nos fue de las manos, donde nos arrullábamos y no existía nada más que dos seres nacidos el uno para el otro…
Pero hoy es sábado y ya alisto mis trajes más galantes para impresionar a cualquier fémina que se cruce hoy en mi camino. Lo siento, la discoteca es mi segundo hogar. Prometo que brindaré a tu nombre ─a nombre de la confesión que no pude hacerte─ las dos primeras botellas y cuando me llames, primero exaltada, luego suplicante, el ringtone de mi celular se empequeñecerá por el excitante sonido de la discoteca y yo tan solo me dejaré llevar por el baile, el alcohol, los amigos, la mujeres y la certeza de una vida desenfrenada para la cual nací.
No te molestes en seguir llamando, ¡no contestaré!
– Andrei Velit