Pasé varios meses acechándola. Observé su salida por las mañanas y su regreso muy tarde entre las sombras. Fui su vigía. Ella era una hermosa muchacha de mirada profunda. La veía a diario salir, quizás, rumbo al trabajo o a estudiar. Yo era vendedor ambulante, ofrecía periódicos en la calle por las mañanas y golosinas el resto del día.
Me prendé de ella. Cada vez día la veía más hermosa y fuera de mi alcance. No sabía sobre ella, pero intuía que era una joven carismática. Su sonrisa, su andar tranquilo me daban esa impresión. Yo me veía tan tosco, siempre con las uñas mugrosas y vistiendo el mismo pantalón por semanas. No tuve esperanza de que posará sus ojos en los míos aunque sea por unos segundos. Mi timidez no me permitía acercarme a ella.
Una noche casi al dar las nueve, y sin verla llegar a casa, inicié la retirada hacía la mía. Con desánimo di unos pasos para alejarme de su calle. Mi día había sido malo en las ventas, admirarla hubiera llenado mi día de felicidad. Sin embargo ella no llegaba, tardaba y yo tenía que descansar mis huesos.
Caminé aletargado. Di un largo suspiro y volteé la esquina. Alcé la mirada, ella venía hacia mí, rumbo a su casa. Mi corazón se aceleró, sentí una opresión de alivio en el pecho. Disminuí la velocidad de mis pasos para verla con detenimiento, siempre quise saber a qué olía, y era mi momento de comprobarlo. Me detuve cuando estuvo muy cerca de mí, fingiendo que arreglaba los dulces y cigarros.
Cerré mis parpados y sentí su aroma. Su Perfume (de lirios, madera y tierra fresca) inundó mis sentidos, en ese instante mi ser se elevó y alcanzó el nirvana. Al despejar mis ojos, ella estaba frente a mí y me dijo:
—Dame dos cigarros por favor y me regalas fuego.
—…
—¿Me escuchas?
—…
—¿Estás bien?, ¿será sordo este joven?
—La escucho—dije incrédulo—disculpe, tome aquí los tiene. Deme un momento para buscar el encendedor.
—¿Cuánto te debo?
—Se los regalo.
—No puede ser, yo te los pago, tuve un duro día hoy, no hallé a un… bueno no importa, estoy furiosa así que por favor, déjame pagarte.
—Está bien señorita, creo que yo también fumaré, no fue un buen día para las ventas.
—¡Ay! Así querías regalármelo. Entonces ¿tú también fumas? ¿Lo haces seguido?
—No fumo, no fumo, solo que bueno, este… yo… también quiero relajarme, usted me está comprando dos cigarros y lo voy a celebrar así.
Acerqué el encendedor y ella esperó a que prendiera el cigarro sosteniéndolo en los labios. Yo temblaba y a duras penas pude hacerlo. Saqué uno para mi he hice lo propio, esperé a que se fuera para admirarla por detrás y poder celebrar mi interacción con ella. Sin embargo, no se movió, dio grandes bocanadas y expulsó hilos delgados de humo que se disipaban en la fría oscuridad.
—Creo que el cigarro no será suficiente, ¿me acompañas a casa?, tengo miedo a que me asalten.
Yo empecé a toser por la impresión y por mi inexperiencia fumando. Accedí moviendo mi cabeza afirmativamente, mientras trataba de no verme tan patético. Ella botó el cigarro a medio fumar a la vereda y lo pisó. Con paso acelerado avanzó y yo la seguí como un corderito.
La calle estaba solitaria, pero para mí era un campo verde en plena primavera y escuché a los pajaritos cantar.
—Llegamos, ¿me esperas aquí?
—Sí señorita, aquí la espero—le dije muy intrigado y sorprendido.
Al rato salió, se había cambiado de ropa y llevaba una gran cartera. Acompáñame, ¿conoces el parque de atracciones abandonado?
—Sí señorita, pero ese lugar debe ser peligroso.
—¿Tienes miedo?
—No.
—¿Tienes familia, estás solo en la ciudad?
—Tengo familia, están lejos, vivo solo aquí.
—¿Estás bien de salud?, ¿toses normalmente?, ¿tienes alguna enfermedad importante?
—No, no señorita, estoy delgado pero soy muy saludable.
—Qué bueno, ¿cuál es tu nombre?
—Tomás…, Tomás Aguirre.
—Me llamo Sandra, no sé por qué, pero te tengo confianza. Presiento que no eres un mal hombre. Necesito relajarme, el cigarro no me ayudó, tengo un poco de hierba, quiero fumarla en ese lugar abandonado, el parque de diversiones, ¿me acompañas?
—¿Yo? Sí.
Me clavó la mirada donde yo navegaba a mis anchas, en un mar oscuro, tenebroso pero hermoso. En el trayecto no habló más y yo no sabía que decirle o que preguntarle. Al poco tiempo llegamos, no había nadie más en ese lugar. Olía extraño entre mezcla de orines, alcohol y marihuana. Nos sentamos en las bancas que antes habían albergado a muchas familias contentas de pasar su día ahí.
—Tengo aquí un poco de hierba ¿tú has fumado esto antes?
—No señorita, pero yo la voy a cuidar mucho, aunque no creo que sea saludable consumir eso.
—Esto es medicinal. Te invito un poco, te vas a sentir bien.
—Mejor no señorita Sandra, así estoy bien.
—¿Me estás rechazando el regalo?
—No señorita, yo no podría ser capaz de rechazarle algo a usted.
—Trátame de tú, creo que tenemos la misma edad, mira, ya los tengo listos, listos para prender.
Saqué el encendedor, ya sin nervios. Prendió el porro y me lo puso en la boca. Sacó otro, lo prendió y aspiró. Yo empecé a hacerlo pero con mucha cautela. Ella ensayó un tarareo y se quitó el abrigo, lo tiró al suelo y se acercó a mí. Sentí su muslo pegado al mío. Yo tuve temor de voltear. Tenerla tan cerca me incitaba a querer abrazarla y besarla. Tuve mucha voluntad para quedarme quieto mirando al frente, rezando para no dejar aflorar mis instintos. Cuando terminé la oración ella tenía sus brazos encima de mis hombros. «Dios quiere que lo haga» me animé y retirando la marihuana de mis labios giré mi rostro hacia ella quien ya me esperaba con la boca abierta. En ese momento se juntaron todas las emociones, el efecto de la droga, más el beso que siempre añoré.
En mi mente, el lugar se iluminó, todo dio vueltas. Los juegos mecánicos resplandecían. Escuché las carcajadas de los niños, quienes felices subían una y otra vez a las atracciones. De tanta felicidad me desmayé o eso creí cuando abrí mis párpados. Estaba a oscuras, apenas una lámpara iluminaba el ambiente. Quise poner mis manos en la cara, pero estaban atadas. Sentí que no llevaba ropa, solo una sábana encima. Mis ojos se acostumbraron a la tenue luz y aunque estaba amarrado de manos y pies pude incorporarme levemente, estaba en un cuarto sucio. Vi, a duras penas, material médico, al costado mío, pinzas, bisturís y otros objetos de los cuales yo no sabía sus nombres. «La droga debe tener este efecto», me consolé. Me apacigüé un poco cuando escuché la voz de Sandra a lo lejos. «Estoy alucinando», me tranquilicé, y cerré mis ojos para tratar de controlar lo que estaba sintiendo, para tratar de cambiar de escenario y regresar al parque de diversiones para seguir besando a Sandra. Oí su voz cada vez cerca… «Seguro que ahora despierto en un campo, sí, un campo de flores junto a ella», razoné. Respiré profundo y con los párpados cerrados, por fin la escuché:
—Mira, ¡está joven! Qué bueno que sigue dormido, la dosis de anestesia es la correcta, llevo años haciendo esto. ¡No puedes bajar el precio! De él sacarás órganos sanos. Está delgado, sin embargo los análisis de sangre dicen que está muy bien de salud. ¿Cuándo te he fallado? No me rebajes la paga ¡maldita sea! Sabes que tengo deudas con la mafia.
—No Sandra, ésta vez no será la paga de siempre. Ya te dije que lo que te ofrezco está bien por este «mendigo», además esta vez te la llevaste fácil, ¿crees que no te vigilo?
—Trátalo bien, ¿ok? Me simpatizaba. Él siempre me veía todos los días salir y entrar a esa casa alquilada que me ubicaste. ¿Dónde está el dinero?
– Mirza Mendoza
SOBRE LA AUTORA:
Mirza Mendoza, es cuentista limeña nacida en 1985.
Es colaboradora en la editorial Libre e Independiente y en la editorial Sexta Fórmula. Participa en la antología «El día que regresamos» de Pandemonium Editorial. Autora del ebook «Tenebrismo» y del ebook «El currículum de una ludópata». Es parte de la antología «4 Narradores». Su cuento «Cadáveres abandonados» conforma la antología «Relatos de Pandemia» de editorial La Rata Esquizofrénica. Su cuento «Mochila de emergencia». Conforma la antología «Última estación» de editorial Ángeles del Papel. Ha sido publicada en diversas revistas digitales de México y Argentina.