Pelea gris

Esta gris amiga, que suele aparecer de vez en cuando, da volteretas acariciando mi cabeza y susurrando en mis oídos.

Siempre estuvo ahí, vigilante, esperando el momento oportuno para tomar mi mano y arrastrarme dentro de su cuerpo, y lo ha logrado. 

No sé cuando, no sé cómo, pero lo hizo, y desde entonces se cree dueña de mi ser, ataca mis pasos y los vuelve lentos, abraza mis pulmones y el aire parece no entrar, aprieta mi estómago y el hambre no está más; y lo peor…  come mi cerebro y lo vomita con ideas aterradoras, miedos infundados que pasean por mis nervios en la misma sintonía en la que circula mi sangre.

De pronto yo no estoy en mi cuerpo, lo veo a la distancia siendo manejado por esta amiga, y la lucha comienza. Quiero detenerla, y no obedece, se ríe causando ecos, y veo mis ojos ennegrecidos por el pánico, todo pierde el color, la gravedad no me ata a la tierra, aparezco en el limbo, sin fuerza, sin voluntad.

Quienes más amo parecen distanciados, entes de relleno que solo aportan con su nombre y un par de minutos a mi lado, me sonríen y abrazan, pero ese cuerpo ya no es mío, y esta amiga no les cree, los aleja, los desea eliminados, quiere mi cuerpo para ella sola, para alimentarse hasta los huesos y no dejar nada, ni siquiera el recuerdo.

Me acerco con cautela, y trato de recuperar mi piel, grito cuanto puedo para que mi cuerpo reaccione, pero un susurro de ella es más fuerte que el alboroto que yo pueda causar.

A veces gano la batalla, pero ella sigue ahí, esperando al más pequeño tintineo de luz y así apoderarse de este envase una y otra vez.

Quiero deshacerme de ella, dejarle en claro que no estoy a su servicio, y cuando creo lograrlo devora mis sentidos y me causa temblores, ansiedad, frío, vacío y soledad y agrede en demasía, golpea con bravura y lanza el golpe de gracia: me obliga a buscar la muerte.

Con la debilidad que tengo por la pelea, le obedezco y ella ensancha la sonrisa y respira aceleradamente, levanto la mirada a sus cuencas vacías y solo puedo llorar, ella acaricia con sus húmedas y frías garras mi rostro, asintiendo con la cabeza, trata de portarse materna, solo ella me entiende, es lo que quiere hacerme creer.

Me acompaña al abismo, cuando caigo me levanta, me da empujoncitos hasta que llegamos al borde, sonríe tanto que se rasga la comisura de sus labios, pero no le importa, está creciendo, y yo estoy muriendo.

Su voz rasposa, invade mis oídos, y de pronto, estamos ahí, en el abismo; ella lista para ver el espectáculo y yo lista para darle lo último que queda de mí. Pero algo pasa, el tiempo se detiene, ella deja de sonreír y se arrastra agitada para detenerme, emite gemidos lastimeros, está llorando, sabe que mi fin podría ser el suyo, pero como no le oigo, trepa por mi espalda, desesperada y me inyecta de miedo, el frío aire invade mis pulmones y caigo en sus brazos, no siento nada y me desvanezco entre sus flacos brazos, ella me regresa de vuelta, cada paso que da la hace más pequeña, más débil, más nada.

Con llanto fingido me deja vacía, se apoya en mi pecho y como no puede hablar, se acerca a mi garganta y juntas murmuramos: “Eres cobarde para morir” y así lloramos por un buen rato, porque nadie ha ganado pero si nos hemos lastimado, ella se aleja, se despide, pero ambas sabemos que volverá, porque necesita de mí, me da tregua para sanar las heridas.

Es cuando despierto, débil pero aliviada. “Un episodio más” así le llamo, desde el día uno sin ella, debo buscar la vida, hallar la luz, y refugiarme en el amor de quienes no se han rendido conmigo, debo forjar una nueva armadura para no perder la siguiente batalla, una más fuerte e iluminada.

Vendrás amiga, y espero algún día estar lista y acabarte completamente, ser yo quién ría sobre tu cadáver y se aleje triunfante para celebrar con los pocos aliados que queden.

– Marcia Castro

Deja un comentario