Tu piel me sacude
con tanta ternura y me
emboscan tus
ojos pequeños
que
caigo
en
ti
inevitablemente
entonces llega la noche
en
el (silencio) de tus muslos
y abres –no-
tu boca –no-
pagana –no-
Mi bajel que a punto estaba de
izar las velas para enfrentar
tu cérvix
entra en parasismo:
el
orbe es vasto
y
tú –tristeza-
tampoco
eres oro
tu cuerpo es
una baratija brillante
más
¿De
qué sirve, entonces,
que
mis manos
dibujen
meridianos
en tu cuerpo
que
lo que yo busco de
caprichoso
portento
presumible
quieras reemplazarlo con tu rostro de miel?
Si hasta la grana
de
tu cielo húmedo me ruega fertilidad,
pero
– tristeza-
ese apresto no tendría tierra
buena
Bien, tráfago: si mantienes tu lengua
clausurada
Mal, tráfago: de mi soberbia imposible ante
tu ignorancia
Y
mi alabarda cae al suelo, si hablas
Hiperión
me juzgas
no soy más que un peón
niobe,
el ronzal de mis huesos
nada más
pero busco a Nemea,
quiero
el agua de Leteo
y
si en tu jubón no caben las alas
porque
no las tienes
(lo sé, una bofetada no sería suficiente si
entendieras
de ignominias)
si
en tu tesitura
no encuentro a Eos,
plancharé
mis quejas y
me
iré
pronto.
– Maggie Oré