Ya era las once de la mañana y seguía bebiendo en los Bajos Mundos escuchando unas canciones que me embriagaban más. Era el primer día de la segunda década del nuevo siglo, pero todo iniciaba para mí, o eso era al menos lo que deseaba con cada vaso que bebía, que era la cicuta contra los malos recuerdos, que se disolvían y se solidificaban con la rapidez de un tiroteo de imágenes. Ya había vomitado para recuperar el ímpetu de una dipsomanía atroz, que me reconfortaba pero a la vez me corroía, soportándolo con el cinismo de un eximio bebedor. A mi costado, bebía a vaso lleno mi ex cuñado Lánguido, recomendándome fortaleza y valentía, que, según decía, el romance por el que yo sufría era cosa del pasado.
Todo iba bien así hasta que se nos acabó las municiones sonantes y contantes, y quise dormirme tiesamente como si me hubiese desmayado, pero Lánguido me dijo para ver el ambiente en los demás locales. Salimos dejando de lado a las chicas del Refugio, aquellas lindas mujeres que nos habían estado atendiendo desde las cinco de la tarde de ayer, y de pronto parecía que todo había terminado.
Sin embargo, al entrar al sector Anchihuay, casi todos los locales continuaban atendiendo e incluso la discoteca sonaba fuerte. “¡Uh lalá!”, exclamó a gusto mi acompañante, con una sonrisa en el rostro que me dio buena espina. Entramos al primero de los prostíbares, uno de color moradito y con una rockolla potente funcionando, y, ¡oh, sorpresa!, estaba el amante de Lánguido, un transexual conocido como Nuvie. Ella tenía la piel de alabastro y cutis finísimos, sus cabellos pintados de rubio resaltaban su blanca belleza y sus ojos esmeraldas eran dulces. Había estado tomando con otro de sus amantes, pero aquel ya estaba roncando en un rincón.
—Vengan, chicos, vengan —dijo Nuvie entusiasmada, con voz ebria, al reconocernos.
—¡Uh lalá! —exclamó Lánguido—. Pero, preciosa, cómo está tomando sola, y veo que hay una caja, qué digo, una caja y media.
—Pues les invito todo, mi amor, chupen conmigo.
Yo, sin molestias, abrí una botella con mis dientes y me serví un vaso lleno, sonriendo por la invitación. Al instante, como metales atraídos por un imán, Lánguido y Nuvie bailaban pegaditos, susurrándose frases a los oídos y empeñándose en darse caricias a las mejillas y la espalda. La música era alegre e invitaba a seguir festejando, algo que me recompuso totalmente de mis penas, y me puse de pie y bailé como un perfecto borrachín al lado de la pareja. Sin esperar mucho, Nuvie aprovechó nuestra atención para hablarnos del accidente que había sufrido su amigo, que yo pensé era también otro de sus amantes. Pool, su amante, regresaba con una moto lineal de La Curva a San Francisco, pero por culpa de un taxista imprudente, que iba al volante borracho y embistió contra Pool, este estaba en Huamanga en cuidados intensivos. Eso había ocurrido en Navidad y Nuvie derramaba lágrimas gruesas temblando, y entonces Lánguido aprovechó para besarla mientras la consolaba.
— ¡¿Y dónde quedo yo?! —exclamé preguntando.
Nuvie se liberó de Lánguido y llamó a una de las chicas del local. Entonces apareció Arlie, vestida provocativamente con minifalda jeans y una blusa amarilla, y se me encendió el deseo como un volcán a punto de dar erupciones. La conocía y había sido mi enamorada: era cuestión de resucitar sentimientos. Pero estos estaban bien muertos, pues no pude convencerla de ir a uno de los cuartos de servicio y gozar como lo hicieron al rato cual recién casados Nuvie y Lánguido.
—Eres una bandida muy atrevida —le dije a Arlie un poco molesto.
—Mírate. Estás borracho. No cambias.
—Cállate. Yo fui tu primer enamorado cuando caíste acá. Y si hubieses seguido conmigo, yo te hubiese rescatado de este antro y ahora serías mi señora. Bah, eres una bandida muy atrevida.
—Eso fue hace años y debes olvidarlo. Además, tú te conseguiste otra, la tal Bereka.
—Ya terminamos, y ya la olvidé —le revelé con un placer inusitado.
Nos quedamos mudos durante unos fragmentos de minutos mientras escuchábamos la música a todo parlante y nos mirábamos a los ojos en intervalos y quedamente para no ser tan evidentes, con nuestras miradas también clavándose, por entre la entrada, en la calle soleada y calurosa. Respiraba las cenizas y sentía encendiéndose las ascuas.
—¿Sabes cuánto gané hoy día? —preguntó de pronto Arlie cambiando de fisonomía de recelosa a emocionadísima. No respondí extasiado pero ella continuó: “Serénate y vuelve en la noche. Quizás te perdone”.
Yo acepté gustoso. Me iba ir dejando media caja de cerveza, pues empezaba a darme vueltas de nuevo la cabeza, pero mi ex cuñado apareció y me detuvo diciéndome con voz pícara: “No te vayas, hermano, esto recién comienza”. Y vino Nuvie y me sacó a bailar. Al tocar sus manos, ellos ardían como brasas. Ahí le pregunté si era operada. “Todito”, respondió sonriente y coqueta, “soy más rica que una mujer”. La miré con perplejidad y, con cierta objeción, no le dije que para mí una mujer es única. Solo atiné a sonreír amistosamente.
La fiesta continuó a todo volumen. Los cuatro bailábamos eufóricamente cuando se despertó el amante tumbado de Nuvie, que nosotros creíamos estaba muerto y, al verlo reaccionar poco a poco, pensamos que se trataba de una resurrección. Lo miramos boquiabiertos y él, desafiante, nos miró, nos sonrió, se puso de pie lentamente, y dijo: “Sabía que eras una puta, Nuvie”. Lánguido y yo, que no aguantamos pulgas, nos abalanzamos sobre él. Pero no pudimos hacer nada. El otro ya estaba sereno, era bajo y fortachón (no me sorprendería que fuere del campo), y nosotros apenas podíamos sostenernos en pie. Nos sacó la mierda. Nos dejó tumbados y adoloridos en el suelo, y se fue con su trofeo, la excepcional Nuvie. Arlie nos repetía al oído: “Despierten, debiluchos, no me arruinen el negocio”. Y me quedé dormido.
– Francois Villanueva Paravicino
SOBRE EL AUTOR:
Escritor peruano (Ayacucho, 1989). Egresado de la Maestría en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Bachiller en Literatura por la UNMSM. Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007). Textos suyos aparecen en la antología Recitales “Ese Puerto Existe”, muestra poética 2010-2011 (2013). Ha publicado el libro de relatos Cuentos del Vraem (2017) y el poemario El cautivo de blanco (2018); además publicó en Amazon su primera novela Los bajos mundos (2018). Cementerio prohibido (2019) es su cuarta entrega. Reseñas y textos literarios suyos han sido publicados en páginas virtuales, diarios, plaquetas, revistas y/o.