25 de febrero de 2018

«Romance de guitarrero,
pasa su vida cantando.

Canta penas ajenas,
olvida sus alegrías» [Romance de guitarrero – Huayno]
—–
Se han marchado
los cabellos de la noche.

La imagen roja de la piel cortada ha fenecido
y se ha esparcido en la vigilia,

ya no está el espejo de los crímenes
mostrándonos la muerte tantas veces repetida,

ya no nos vemos caminando ajenos.

Se posa el pajarito que ha vencido al infierno,
tiene su pico de brasa
y su canto quema,

se acerca a la ventana y se pronuncia,

entona unas palabras viejas
que discurren como sangre,

se limpia el plumaje.

Su alma surge de los puquios milenarios,
de las cumbres incendiarias,

su nombre es fuego y es relámpago,
distancia y rebeldía,

ha venido por la ruta
que nos lleva a todos los caminos.

Fundamentos

Inicia la coartada final del destino,

la sinrazón de los ópalos perennes,

inicia la primera vez de los adioses,

inicia todo aparentemente .

*

Para qué habría que desmontar la ventana

si la luz de tu presencia es un fantasma,

para qué habría que cuidar los vasos,

el sol y los licores?

*

Antes del amor

vive la resaca,

antes de la sombra,

tu cuerpo.

*

Para qué contemplar el verbo,

después del dolor

y tu ausencia .

*

Para qué.

Ahora que han muerto las flores

Ahora que han muerto las flores debo sincerarme,

retomar la sed de medianoche y acelerar los panes y las ilusiones,

de todo lo que has dejado,

qué es lo que más ha perdurado, dices,

ahora que han muerto las flores,

no queda ningún rastro.

Aletean las memorias, suben y bajan,

se rompen a cada cambio del viento

o del humor,

o del cadalso que contiene tus letras,

se rompen a cada luz violeta o azul,

o a la ausencia que tus ojos representan,

se rompen porque los tallos han muerto,

porque es lo mismo la vida o la hojarasca,

o la pisada con que quiebras la tierra,

ahora que han muerto las flores,

no sonríes,

y no lloras tampoco.

Hora cualquiera

En tanto, veo gotear el espacio como en sueño,

se derrite, se extingue poco a poco a cada parpadeo,

no existe ruta de retorno,

es decir,

no cabe luz para ninguna memoria,

ninguna noción de lo vivido.

Pienso,

como si fuese posible estar sin el recuerdo,

como si fuese posible estar sin lanzar la moneda.

Estamos solamente en la silueta,

en el marco externo calcinado por el fuego,

en el rasgado de la corteza abierta,

en la herida.

Cuestiono el quiebre de la mente,

las rupturas irreparables,

dudo de la caída de las flores

si no está el jarrón deshecho,

si no derrama desde el alma

la soledad de la vida

y el color final posterior a la muerte.

Me parece que el horizonte líquido

va quitando la esperanza,

solo flotan algunos pájaros ahogados,

de espaldas,

y de alas tiesas,

nadie supo al final sus nombres,

nadie más volverá a su canto, seguramente.

Invencibles

La noche interminable corresponde a tu tez dormida,

es consecuente con la línea de luz que roza tu cadera,

es diminuta,

perceptible al amor de puertas abiertas.

Debo comunicarme desde la cercanía,

desde el calor y el hálito,

y cantar,

y romper todas las cuerdas

mientras se muerden las frutas,

lanzar el canasto al piso

y ordenar de a pocos los colores.

Amerita acaso

saborear las formas iniciales de tu pecho

e iniciar la siembra,

revolver la tierra de tu vientre y germinar.

Acabado el acto de la noche,

duermen los óleos y los pinceles,

ya los pétalos se cierran,

amanecerá pronto

y volveremos a esa juventud fugaz,

vivos

e invencibles nuevamente.

La cantata inconclusa

Qué fuera de la noche bohemia, juventud licorosa,

el recuerdo de algún bemol y carcajada,

o el llanto de antaños romances,

qué fuera del mismo repertorio,

cancionero dolorido,

madero y cuerda,

juventud y fiebre.

Qué fuera de la noche de los amores truncos,

beso y olvido,

copa del alma

y labio mojado.

«No me toquen ese vals»

escuchas,

qué triste es el recuerdo

y qué cosa la vida entonces.

La víspera de las vísperas

En el conteo del horizonte más próximo se halla el mar,

tras veinte metros de asfalto y otros veinte de arena;

los colores cotidianos dan paso al cielo y a las flores en agonía,

es la víspera del goteo del tiempo, acelerándose silente.

El hálito es inicial o es la sentencia llamando a los pájaros muertos,

cayendo en picada, pétreos, hacia la calma del océano.

Cuando lleguemos a nuestra última puerta,

quedará el mismo cajón de la infancia

y la memoria de nuestra vida;

mientras ignoramos el siguiente paso que, dicen, se parece al olvido.

La cúpula de las cúpulas

Tras el bramido horroroso de una cruz negada

se yergue la cúpula de las cúpulas, única en su género,

bajo la sombra de mil túnicas blancas.

Hay humo en la frente de todos los hombres de la tierra,

gris etéreo que se concentra en el límite del cielo,

la cúpula mayor,

incontrastable.

Por alguna razón el sol apacigua el bramido inicial y lo transforma,

lo convierte en el cántico liviano y piadoso de una voz madura,

sean quizá los rezos de algún pueblo,

sean quizá las esperanzas por algún consuelo,

o quizá solo la práctica de miles de años empolvados en oración.

En el refugio de los ausentes descansan huesos foráneos,

absortos,

todavía tibios pero no por la muerte acaecida,

todavía tibios pero no por los hálitos subsecuentes.

El ocaso más cálido no retiene la vida.

Amén.

La duda

Se me vienen a la mente las encrucijadas de tu piel,

el color incomprensible de tu boca apagada,

tu pelo,

el terrible matiz de cuando callas.

No tengo miedo

al péndulo de tus caderas,

ni al vaivén del dolor colgado entre tu pecho.

Me regocijo en la incertidumbre de tus sueños,

en el instante de tus truncados gemidos,

la añoranza,

la humedad que recorre tu ser

al saberse insuficiente,

la propia vida,

la expresión del fuego suspendido

en tus ojos directos.

Esta noche te enfrento

como espejo repleto y final,

te mantengo

en el curso nocturno de mi vida,

en el trago amargo,

en la soledad de la duda

que recorre tu recuerdo

adornando mis calles.

Jirón penumbra

En la mirada de las aves polvorientas vi caer toda su tristeza,

por las calles de viejos pasos y fantasmas vivos.

En el jirón de todos los muertos se detiene y compra el pan, como siempre,

después de la supuesta carrera de la vida,

después del orden reflejado en un cristal de cien años,

presto a la ruptura

como si de barros secos se tratara,

como si al final de pasada la luz

los sueños valiesen

lo que dos o tres panes.

I

En algún pequeño espacio del recuerdo tú sonríes,

despistada (o), colmada de insipiencia, bendecida.

Quisiera tampoco saber del sol u octubre,

ni del lamento de la calle quechua ni del fonema roto que entorpece tus palabras.

Únicamente espero el culmen nocturno, pasados tus cabellos, post media noche, después del tormento.

En la mezcla de los licores se acrecienta el tufo del amor,

la bebida rancia pero dulce, o espejo o las flores,

la quietud del espacio entre el sopor y la muerte, o los labios o el vientre.

Te desgarro

y se desgarra el mundo.

Imagen posterior

Del otro lado del corredor permanece el reflejo,

el mismo quiebre y resplandor esquivo,

en el centro el rostro de los ritos oscuros,

la silueta deforme del no cuerpo,

no hay piso para ese gran cañón infinito,

o ese mirar sombrío desde el frente.

Atado a cuerdas somníferas, los ojos resisten,

no cerrados, desaparecen.

Llamo a las imágenes contrapuestas de mí

sin que sea posible esa respuesta,

permanezco general, extenso e infinito,

soy yo sin serlo

la imagen posterior

reflejada en mí

sin mí,

soy la rendija del otro lado del rito,

perenne, no roto,

final.

Abril quince

En la barahúnda de los sueños nace esta noche,

enclaustrada en la insuficiencia,

rendida al frío que contiene los dedos

y con la voz entintada por el licor de las flores,

simple,

singular,

aislada.

.

No te conviene el tornasol subsecuente,

no te conviene el rezago de los sudores terrenales,

ni la pieza faltante ni la pieza sobrante,

no hay por qué en el vacío

si cruzamos esta puerta semiabierta,

si saltamos y,

del otro lado,

nada al fin, evidentemente,

solo silueta y temor punzante,

si no llega la calma,

si nunca llega.

.

Ser sin ningún verbo.

Solo ser sin ningún verbo.

Habitación

Se agota la luz de las nulas ventanas

como si de anhelos se tratasen

los escasos metros del amor hacia la puerta

se entristecen a cada fúnebre portazo.

Para qué bordear la sombra general,

el suspenso de los días neutros,

para qué la mirada fija en la esperanza,

de nuevo,

los escasos metros del amor hacia la puerta,

otra vez,

como si de pájaros se hablase.

La ventana cambia de color

como de sombra el cuerpo,

la habitación es interior

siembre ha sido interior.

La cita

Renace tu aroma como salpicadura de hierro,

se incrusta como astilla dorada y quemante,

son tus ojos

o el residuo metálico del viento,

los calderos del sudor de tus senos,

el fuego estático bajo tus pies.

Sobre mi piel el molde definitivo,

el contorno predispuesto a dos labios sedientos ,

el incendio crepitante de tu ser expuesto,

mujer,

la ignición de los montes y las caderas.

Letargo

La ventana observa fijamente tu cuerpo inerte,

la luz no llega hasta tus ojos,

tu semblante lleva el féretro de los pájaros,

la condición inhumana de tu separación,

la carne puede ser un manto o un vestigio,

un recelo predispuesto a la muerte,

las palabras brillan sin ser astros,

se oscurecen sin aviso,

el centro de tus huesos tiene el negror perenne,

la debilidad de los coleópteros,

el chillido siniestro de tu propia sangre,

la tumba del amor

o la tumba del sol,

la ventana es el espejo.

La disputa

Encontré a Neftalí de espaldas, asediado por los jardines rojos,

embriagado por la luz decadente de una luna insuficiente,

cuando volteó la mirada, surgió del piso la sombra ancestral,

el pasado que en color oscuro desdibuja todos los recuerdos,

desde otro extremo observaba el Gitano, rodeado de uvas y pañuelos,

apaciguado por la luz reflejada de su copa fulgurante,

lloraba, cuando Neftalí compartió de sus labios con la Aurora.

*

El poema llega tarde a la hora de la cena y el ser adolece,

la sombra ancestral se impone en el medio de la sala y el ser adolece,

el amor se retiene en la copa mientras el ser adolece,

el ser es el dolor, el amo de todo el cariño.

*

Ha muerto el Gitano, batido en el duelo del verbo, queda su sombra,

la amistad de su trazo derecho en el papel rojo del poeta,

seguramente, pasadas las horas del amor lejano, Neftalí retorna

a los cristales sagrados que resguardan su vino

y el cantante entona todas las rimas de su revancha,

está presente y con los labios secos,

mas la palabra discurre como torrente incontenible

que acerca más la luna al hombre

y el firmamento no es más que una sílaba silente

de la ausencia del poema y la canción.

*

La Aurora carga con la muerte de todas las noches.

La brevedad

La brevedad son tus ojos,

la voz callada que precede a mis labios,

la inclinación del color bermejo del afecto,

la silueta de tu sombra después del amor.

*

La brevedad son tus manos tibias,

la noche incalculable,

la forma de tu vientre dispuesto.

*

La brevedad es tu nombre,

cariño,

la sílaba de la felicidad.

La quemante mirada

Qué más pueden decir tus ojos
que no sea que sintetizan el sol.

Imagino la calidez
de dos fuentes quemándose,
la ignición del centro luminario,

qué más se puede decir del sol
que no sean tus ojos.

En la tibieza de tu párpado
reposan los sueños,
los nidos de mil aves encendidas
donde mueren y renacen
tus reflejos,

la mirada quemante
donde espero rendido.

La noche

Sé que no esperas una promesa de amor

mientras se impone la noche,

el amor es solamente este acto,

dices,

el de este preciso instante

en el que mirarte es desarmarte

y en el que no pretendes más que susurros

rondando en tus mejillas

deseando el arribo de mis labios en tus labios

o esperando que argumente el hecho de mi piel

junto a tu piel.

Sé que esperas solamente una sentencia

basada en tus ojos y la infinidad de la noche,

que quizá te sientas insuficiente para el mañana,

que quizá no haga falta nada

sobre la sombra de tus magníficos sueños,

que quizá el amor no sea este instante

sino la noche que ahora nos precede

y a la cual la mente busca dar alcance

sin tregua,

apaciguándose derrotada

en la puerta de tu boca.

Tu ausencia – Vals

Déjame allí en la puerta tu olvido

deja la voz saliendo lentamente

que termine tu amor finalmente

por honor al cariño compartido. (bis)

*

Si tu ausencia se quedase aquí conmigo

y tu amor se marchase a algún mendigo

quedaría yo como tu buen amigo

que en la puerta te ofrece su abrigo.

*

Quedaría yo como tu buen amigo

que en la puerta te ofrece su abrigo.

*

No hay razón para volver hacia el pasado

ni motivo para manchar esta caricia

solamente el afecto de lo amado

bajo el recuerdo de tu boca tibia. (bis)

*

Si tu ausencia se quedase aquí conmigo

y tu amor se marchase a algún mendigo

quedaría yo como tu buen amigo

que en la puerta te ofrece su abrigo.

*

Quedaría yo como tu buen amigo

que en la puerta te ofrece su abrigo.

Bolero

En tus manos he dejado el reloj de mi amor,

en tus manos la huella del ayer,

yo sé que no te queda más por dar,

yo sé que ya no hay más,

lo sé.

*

En esa misma calle del ayer,

regresas a mi piel y a mi sed,

yo sé que ya no hay luces más por ver,

yo sé que ya no hay más, amor, lo sé.

*

Y solo por eso,

me dejas la ceniza del olvido,

qué más me queda ahora, ya perdido,

la noche,

la ausencia,

sin cariño. (bis)

*

Y en esa misma calle del ayer,

regresas a mi boca y a mi ser,

yo sé que ya no hay nada más por ver,

yo sé que ya no hay más, amor, lo sé.

*

Y solo por eso,

me dejas en el hondo del pasado,

qué más me queda ahora ya olvidado,

mis labios,

tu pecho,

sin cariño. (bis)

El último recuerdo

Me detengo previo al desenlace,

por temor y por las causas tenues,

me conformo con tu partida emulando la tarde,

sin opción a escucharte de nuevo.

Cuando pienses en mí

no será con la sonrisa de antes,

ni con la voz de tus boleros ni valses,

será todo triste, mi amor,

como antes de conocernos.

Dejo tirados los frutos de tal cariño,

las hojas secas de tu poema favorito,

los símbolos que guiaron tus ojos,

mis labios después del amor.

Será el final de tu voz cansada por las mañanas,

no quedará ni sombra

ni aroma ni rastro

de lo que fue tu piel

cubriendo mi alma

y serás solamente ausencia

o un sueño

del que no tengo detalle.

Imitación de la muerte

-(Febrero de 2018)-

Suenan las gotas tenebrosas

y se mezclan con un raro chillido,

una lejana voz quebrada

y vibrante,

terrible eco en la penumbra.

Se junta con la sombra en que respiro,

circula por mis dedos y mis cejas,

se adhiere desde la ventana, sabe dar pasos,

sabe posarse en la parte baja,

susurra oscuras cosas,

no se separa de mi pecho.

Al salir me deja las puertas abiertas,

las piernas frías,

el terrible preludio de los muertos.

Aproximación

Se reúnen los diminutos silbidos que orquestan bajo tu frente,

esos fantasmitas con los que de noche construyes rincones sombríos,

parlotean, susurran, van de un lado a otro cambiando de forma,

a veces rostros, siluetas, pedazos de tela que se confunden con mejillas.

Dan vueltas alrededor tuyo y se reflejan en mil cristales continuos,

en el medio tu imagen,

de rojo o de negro, mirándote a ti mismo,

sabes quién eres

porque ya te has visto,

de rojo

o de negro,

no puedes estar soñando.

En nota menor

Volver la mirada y no ver más que un obscuro pasillo,

no recordar la edad en que cogí mi guitarra,

o la vez en que salvé sus cuerdas.

*

Llena de despedidas en su madero,

borradas con cada rasgueo, marcadas por algún huayno.

La tristeza sostenida.

*

Volver a las antiguas tonadas,

rebuscar espacios quebrados,

querer no romper más los fragmentos,

situarse en el medio de la sala

o de la nada que es lo mismo,

saberse transcurrido,

lejano del tierno amor,

falto de licores.

*

Olvido sostenido.

Nos queda la fuga.

La última

nota menor.

Casi joven

Me caracteriza la insuficiencia,

la falta de voluntad para serme feliz,

muchas veces ausente de mí mismo.

Cuando pienso en el futuro

no veo más allá de una sombra

que desaparece después de la tarde.

He querido y no sé

hasta qué punto he sabido y me han sabido amar,

tengo todavía temas pendientes,

libros, temores y aceptaciones.

Me canso al caminar

y seguidamente me pesan los ojos,

hay colores que no deseo ver.

Confieso que me estoy en búsqueda,

y a veces canto y me creo ser feliz.

Soy consciente de la muerte

y creo en ella.

Tengo gusto por las despedidas y lloro,

y no sé encontrarme por la noche.

Veo mis manos tan distintas a ayer,

no necesito espejos.

He descartado los artilugios,

quitándome de calificativos,

hay latidos que no se deben expresar.

Me conmuevo

al ver personas riendo

en primavera,

las flores y no flores.

Sé que igual estoy parado al filo,

adelante a medio paso,

y atrás la sombra de siempre.

Despedida

Guardo el pequeño libro que nos define,

los errores no ortográficos,

la última tonada de tu voz;

las hojas que ya no tienen caso.

*

Irremediablemente, debemos partir.

*

Lo peor debe ser mirar sin ti esta misma ventana.

Lo mejor sea quizá que visiblemente ya no llueva.

*

Todo paisaje termina con un último trazo,

el color al final del sol,

la quietud previa a la noche.

Así debe ser la despedida, dices,

y en el pecho se te desprende algo

y tu voz busca refugio

para no quebrarse.

*

Adiós.

Esa triste palabra.

El pago

En el cajón todas las cuentas, las tristes páginas de borradas tardes,

cuando no queda nada del amor,

cuando del amor no queda nada.

Mi pago será la foto recortada. El invierno. La lluvia de mi pueblo.

Las veces que estés triste. Todas las veces.

*

Por mi parte, y como ya seguramente se sabe,

correspóndeme la noche. La fría mesa de la esquina.

Las veces que esté triste. También.

Último cariño

Después del cariño solo el último estío,

y el amor dejado no da razón de olvidos,

no parece justo el proceder sombrío.

*

En la puerta queda la piel del último cariño,

en que entrara yo para tu vil designio

y quedaras tú marcada por tal sino,

tras la puerta del amor, sin fe, ni cruz ni corpiño.

*

Volver al sitio del eterno corazón contigo,

reclamar los labios aunque polvo perdure el beso,

no tiene caso el fuego si en la luna te persigo

para borrar con tiempo la razón de tu embeleso.

*

En tus ojos cada instante de amor perdido,

con los años y el dolor en el pecho hendido

y el final del último cariño prendido.

El salto

En el fondo más lejano de la noche

se apaciguan tus ojos,

se distancian como deseos perpetuos.

A veces prefiero no evocarlos pero

no tengo salida,

me es irremediable esa turbulencia con que

destrozas la luz

sin importar el número ni la letra.

No tengo más respuesta que el silencio.

Debo sincerarme,

yace en tu mirada la forma inicial del misterio,

la intriga de los amores súbitos,

la rendición definitiva.

En esa pequeña puerta me detengo

para incendiar las manos repetidamente,

me aferro a tus pupilas

y no pretendo ninguna tregua,

allí descanso y me consumo.

Me reafirmo

en la existencia de tus ojos

solamente para volver a soñar,

no tengo escena,

ni óleo,

ni papel

para lo incontenible.

Salto a la noche y salto a tus ojos,

ya no hay retorno, digo.

ya no.

Cifrado

Mientras los huesos se acobardan del frío y de la vida

he querido señalarte,

ver cómo de lejos pasas por estas líneas sin poder notarme

pero consciente de cada uno de mis dedos

en cada una de las frías teclas

que tampoco saben de mí,

tan poco realmente.

Entiendo que no son posibles los designios

pero hay fantasmas que se encaprichan al azar, lo juro.

Lo juro por la flama tenue que aparenta tu labio,

porque tu voz ajena compite con la mía ausente,

porque a la larga, pasado el café,

la sed no nos distancia.

Aunque tarde tengamos lugar tras la capitulación de la piel:

No te lo repito porque no hace falta:

Ineludibles cáscaras que se marchitan:

Elementos livianos que integran la nada.

Inadvertencia

Los detalles se constituyen en lo más complejo de tu ser, puedo jurarte,

pero yo no juro lo sabes,

lo sabes bien y eso que no he querido hablar de amor.

Lo más difícil deben ser las dos figuras negras que ocupan el lugar de tus ojos,

o el color que usurpa la tonalidad de los bellos misterios, sí,

te hablo del cielo o del estío, o si prefieres del durazno,

sin duda te toparás con retazos míos

que harán las veces de palabras que no necesitas,

y eso es lo de menos

porque lo importante es que no alcanzamos a reparar en nada,

ni en el eco estrepitoso con el que invocas los labios

ni en el silencio en el que se arden los cuerpos.

Fugacidad

El tiempo que me toma escudriñar la noche

es el tiempo que me toma el parpadeo,

la duración de la vida tiene el símil de una manzana

o viceversa,

la calle borra el rastro del desorden y lo remplaza con el caos,

o la voz del viejo, o el que ya no es niño, ni joven, ni adulto,

que no es lo mismo.

En esencia, la vida tiene el lapso equivalente al de la muerte,

de a pocos uno se muere, dicen,

pero quizá morimos varias veces. Repetidas veces.

Cuando llega la mañana tarda lo mismo el parpadeo

o la consciencia o la ilusión

de saberse despierto y estar vivo

o de todo lo contrario.

Vértigo

Al borde de tus miedos transitas como de costumbre,

junto a la misma ventana fría que te muestra la fragilidad del afuera,

mientras piensas por adentro y estás peor, te dices,

el filo que separa la vida de la muerte es tu despertador.

Si la mañana es agitada el café te consume,

quisieras que el aire fuese la célula final con la que muere el cáncer,

o el parpadeo temeroso inmediatamente después de una bala.

Sabes que después del paso al vacío ya no hay nada,

o al menos eso te han dicho.

Te enfrentas con el vértigo, en el duelo que paga el doble

o el triple en contra tuya y de todas formas saltas,

eres valiente, te dices,

pero no tienes agallas. Te falta mucho para saber de ti.

La tarde bajo la tarde

En la tarde tendremos la noción exacta

de aquello que no podemos decir

precisamente porque a medida del paso, el devenir,

resulta más densa la figura de la distancia

que la propia distancia.

Bajo la tarde soy la propia tarde

que desvanece su imagen sin ningún tipo de temor,

no tengo el rezago del adiós y carezco de atadura.

Bajo la tarde redundo entre el final de sus colores

y el origen de su forma. No hay palabra todavía. Ningún concepto aterriza.

La duplicidad es una gran constante de la tarde:

la misma

pero tan distinta de sí misma.

El Perú es su gente

El Perú es su gente,
sentencias,
y es cierto porque
nosotros definimos las cosas,
nosotros alzamos la vista
y gritamos ¡Huascarán!,
al ver su pico abierto en búsqueda del cielo,
nosotros caminamos
y descubrimos nuestros pasos,
esos que antaño forjaron los caminos,
Qhapaq Ñan, la gran serpiente del mundo;
fuimos nosotros,
su gente sudorosa que contuvo el mar,
la arena de sus playas,
la misma gente que lloró por las orillas,
por las rocas,
la que luchó contra los yugos
y resolvió las ataduras,
la que persiste en pie
incendiando jaulas,
bebiendo del agua dulce de los mayus,
rezándole a las q’ochas,
a los apus tutelares;

de algún rincón nacimos nosotros,
unos del yuyo verde y sincero,
otros del sol y del oleaje,
hijos de Grau,
de las vidas que perdimos,
de la espuma y el orgullo,
del mar, la tarde,
la calma del Pacífico;
otros más bien alumbramos
de la tierra,
de la sed de nuestras pampas,
de las espinas pétreas que punzan
las nubes
y se mezclan con los cóndores,
de la nobleza
de la Pachamama,
del maíz y de la papa,
venimos también del polen,
de la lúcuma y su esencia,
somos cantuta y pisonay,
y florecemos siempre,
somos semilla,
fruto.

Llegamos de un solo lado,
pero también de varios,
crecimos de Caral,
de sus lejanos misterios,
fuimos siempre una mistura,
un perpetuo mestizaje,
nos hincamos bajo los mismos dioses,
Viracocha,
bebimos del fuego
y de la chicha,
cubiertos de textiles imposibles,
fuimos síntesis
de una sola memoria,
Wari,
quechuas, chankas y yungas,
fuimos todos Pachaquteq,
bañados de oro
y bendecidos por el Inti,
nuestra gloria es nuestra historia,
el sendero
por el que brilla nuestra sangre,

la patria,

la esencia de todos los rincones,
Amaru,
Melgar,

el sinfín de todos nuestros
nombres.

El Perú es su gente,
sentencias, sí.

Nosotros.

Qosqo

La noche está hermosa.

Desde una banca de la Plaza Mayor
puedo ver tus calles
y tus casas
junto a los faroles naranjas,

el puchito infaltable
y el friecito
me hacen quererte,
no sé,

quizá porque me has visto crecer. Me es inevitable reafirmar lo que son cada uno de los rinconcitos por donde te estuve, y tu gente, qué bonita tu gente. Dos nombres llevo grabados, la Doña Rosita y la Sra. Blanquita, con el permiso de los que –como yo- nos escapamos para nuestros picantes. Sinceramente te respeto, porque así me enseñaron mi madre y mi abuela, a querer tu pachamama, siempre, para todo en la vida. Bajo ese tu cielo cambiante tuve nostalgias y muchas alegrías, son testigos mi familia, el colegio, los amigos, y el Cienciano del Cusco. Siento temor –a veces- cuando al mirar tus imponentes piedras reparo en que son sagradas, como la vez en Machupicchu a las orillas del Urubamba, solo y de noche. Tenía toda la razón el Cholo Nieto, Qosqo willkaskan sutiyki (Cusco es tu nombre sagrado).

Cusco

Aquí se forja el sol
y nacemos todos.

La leyenda de nuestra carne
se refleja sobre tu tierra
y nos conecta
con tu centro inagotable,

en tus calles nuestros ojos,
en tus chacras nuestras manos,

tu bandera son los apus infinitos,
Salkantay!
la espada de nieve,

en tus piedras la memoria de tu gente,
Pachacuteq y Cahuide,
la añoranza de tu tiempo,
Tawantinsuyo y Qhapac Ñan,

las raíces de la resistencia.

Sobre ti los Túpac Amaru
y la grandeza de tus sueños,

tus llaqtas inmortales,
Machupicchu
y la cima del Ande.

Qosqo tu nombre.

Invencible tu voz.

Retorno

En la tarde volveremos,
tardecito.

A quitar las hojitas del patio,
buscando a nuestro perrito
nuestra gatita.

Anochecerá
temprano,
y tomaremos cafecito,
como todos los días,
aplacando el frío
escuchando la lluvia.

Volveremos a estar cerca,
juntitos,
con la radio prendida
y el agua hirviendo.

Tardecito volveremos
tardecito volviendo.

Existir

El frío retumba los cristales,
los quiebra hiriente,
fuerte,
insensible,

volvemos la mirada desde afuera,
volvemos al tedioso encanto de seguir,
al horrible estado de inacción,

a la inerte forma de ebullirse.

El frío empaña los cristales
y los desgasta,

es incapaz de ser piadoso,

afuera todo es tan distinto,
la sed del polvo con la piedra,
la unión del llanto con la tierra,
la palma de la gente y el color,

la manera inédita de sustraerse,

el pelo y su batalla con el viento,
las cabezas suspendidas
y gargantas silenciadas,

las estatuas bien vestidas,

las personas sepultadas;

distintos,
todos,

ya no queda más.

Infancia (noviembre, 2018)

Volver a ser niño
y correr,
atravesar los muros
y el peligro,

¡Correr!

Pequeños dioses insufribles,
amos del tiempo
y sus desgastes,

pequeños túneles inexorables,
pedacitos extrapolados de la vida,
materia en pleno movimiento,

eternas extensiones de la madre,

retacitos,

nebulosas comparables con el fuego,
diminutos misterios,

posibilidades al fin.

Un día toca abrir la puerta
y descubrir
los juguetes rotos
que vivirán por siempre
en nuestra infancia.

Índigo (febrero, 2013)

Índigo ha olvidado su color
en algún dedo gordo,
no ha sabido qué decirle,
no ha podido con su genio de aguanegra,

Índigo se ha marchado hacia la meca
de los dedos,
lerdo,
flaco y vivibundo,
solo y semimuerto.

Ya no sabe qué rayos hacer,
la mañana,
la vida,
el pantano,
el insípido alimento,

ya no sabe qué hacer.

Índigo ha dejado sus palomas
para después.

para lejos,
para luego,

para más tarde.

Incongruencia

Lo que sucede es
que ya no busco mucho y
ya no suelo
volver atrás.

Ando apenado por eso,
terriblemente inconcluso,
nada es más terrible que eso.

Para qué faltar y cometer ausencias,
para qué volver hacia las frías
escarchas,
hacia fragmentos cortantes,

para qué tender la vida sobre
hojas obscuras.

El corazón anda de traje negro
por la calle,
fumando su pucho,
haciéndose ceniza,
volviéndose humo,

lucky heart, lucky heart,

por andar caballerito
con las piedras,

ya ves,
tenías que quitarte
el saco un día.

Esta incongruencia entre tu pelo
y tu cadera
se asemeja a un disparo
en la cabeza,

leve muerte del volcán,
leve canto de la piel,
leve sierpe
que se oculta por la noche.

¡Qué incongruencia!

El secuestro
es un nuevo punto de partida.

Finitud

Imagina la decisión correcta,
la presión.

La carga efervescente que contienes en el pulso.

Las cosas que te guían pueden ser lo mismo
que frutos caídos,
estáticos,
inertes cual sepulcros,

la mirada de los hombres tiene el mismo sentido;

pero hay pájaros bonitos,
revoloteando sobre las ciudades,
sintiendo el frío que punza sus alas,
reducidos,
tratando de subir, lejanísimos,
al sol,
al fuego,
a momentos increíbles.

A cierta altura deciden caer,
por peso,
por fuerza,
por cariño al vértigo,
ese péndulo invisible
que los mantiene vivos
y que se quiebra,

caen
pero ya no como un acto voluntario,
descienden como reacción a la insuficiencia,
la finitud.

Súbitamente la muerte es un acto de justicia.