CUAL LLEGUE PRIMERO

Vuelve a repetirse la triste canción, abrumando de eco la habitación avejentada por el descuido del dueño, a hacer languidecer la potencia del foco apunto de quemarse, a hacer rechinar la puerta con el soplido del viento, a invitar a la lluvia que pase por la ventana malograda y enfriar un corazón con la humedad de las paredes. El tierno amor como cardo se marchita y las espinas parecen cenizas que se destruyen con el roce de cualquier objeto, permitiendo ser manipulada y arrancada al antojo de cualquiera, pero, ¿cómo regenerarla? si el agua de la confianza ya no es absorbida por sus raíces, como un poeta vetusto en su escritorio forzando su creatividad y recurriendo a álbumes de antaño para recobrar su memoria extinta, pero al parecer los recuerdos nos son suyos, son de su amada y los momentos felices no son con él, el pobre viejo solo rechina los dientes y humedece los ojos con las pocas lágrimas que le quedan y observa con detenimiento las fotos, volteando de vez en cuando los cartones para leer las dedicatorias. Con la voz áspera por el vino se cuestiona ¿por qué siguen allí las fotos? ¿por qué no se borraron las dedicatorias? ¿hasta ahora lo recuerda con amor? ¿por qué? y, ¿por qué?, el viejo tan solo sube la mirada, guarda el álbum y se acomoda en su sillón favorito, prende un cigarrillo y espera la hora del almuerzo o de la muerte, cual llegase primero ya no le importaba… La canción triste termina, la habitación vuelve a su silencio habitual y el amor vuelve a su primavera.

Hoy, te amo Perú

Hoy, repican campanadas de felicidad patria,
colmando de alegría los pechos compungidos,
de peruanos sufridos, golpeados y asolados por una pandemia y
por una corrupción tan letal como la primera.

Hoy, hombres, mujeres y niños entonan a voz en cuello,
la magnificencia de los colores de sus entrañas,
del blanco de su alma, y el rojo de sus venas que impregnan
una bandera de lucha y esperanza.

Hoy, copas tocan el cielo, repletas de néctares y ambrosias
donde Dios con un resoplido mágico, bendice esta tierra divina y sagrada,
cuna de poetas amantes y valientes,
y camposanto de indómitos rebeldes que sonríen a la muerte.

Hoy, guitarras y requintos trinan y agolpan con severidad su cajón,
instigan a las notas más tristes y más dulces, a recordar nuestra
alicaída historia, llena de episodios de desilusión como capítulos
de triunfo y de inexorable gloria.

Hoy, politiqueros se llenan las fauces de promesas y paparruchadas,
repletas de inmisericordes y demagogos discursillos, que procuran
sanar los corazones de treinta y tres millones de guerreros, que aplacados
por estos mismos anhelan la ilusión de un Perú mejor.

Hoy, 28 de julio es día de júbilo, de alborozo y regocijo,
de cervezas heladas y valses criollos,
de jacarandosa jarana y de un buen ceviche norteño,
de besos cándidos de nuestra madre y de abrazos de reconciliación con nuestro prójimo.

Hoy, te amo Perú.  

Línea blanca

Siempre con los mocasines negros esperándote en la línea blanca de la adicción por verte, atento al susurro de tu voz torciendo el cuello para observar tu mágica llegada. La línea blanca va llegando a su fin pero ya mis oídos agudizan y oyen el pisar de tus tacones con el frío de la baldosa negra, parecen hacer música en mis tímpanos con tu jadeo incesante. De pronto apareces respirando en mi cuello y con una carta de as de espadas presionadas por tus labios colorados, matas el silencio con un chasquido de dedos y presionas tu mejilla contra la mía con cierto misterio, mueves tu rostro en sentido de negación mientras cortas mi faz con la carta de tus labios, siento como mi carne se abre y la sangre aflora mientras resbala por el mentón que solías besar en tus regresos de música y bagatela. Terminas de disfrutar el correr de la linfa y dejas caer la carta al suelo, volteas con brusquedad y me das una bofetada con tu cabellera, provocas que mi mirada recorra desde tus hombros hasta tus talones, mientras lo hago término con esa línea blanca que te hace reaparecer en mis peores momentos.

Mi cuerpo desvanece, y cae frenéticamente al frío piso, tú sigues de espaldas ignorando mi presencia, mostrando tu imponente existencia por pura pose, intento gritar tu nombre pero no lo recuerdo, mi corazón se llena de impotencia y mis pupilas dejan escapar lágrimas, solo cierro los ojos y espero a morir en la música muerta de tu inexistencia. Emerges de la afonía del silencio oscuro con una tétrica sonrisa y un puñal entre zarpas justo sostenida por el brazo del cual cuelga el brazalete con mi nombre, irónico que los regalos se vuelvan muerte  y que las ilusiones se tornen en venganzas.

Juegas con el filo del estilete, haciéndolo rosar contra mis venas, adoras colocar el cuchillo en mi cuello y vigilar que se me sea imposible tragar saliva, poco a poco transformas tu lúgubre sonrisa por un gesto de vesania, empuñas bien la daga y colocas la punta  en la parte centro-izquierda de mi pecho, justo en el corazón mientras tratas de penetrar hasta el fondo de él, al parecer tus fuerzas no son las mismas y enfureces más en el fallido intento. Una risa brota de mi boca, no importa el dolor ni que pierda la última gota de sangre de mi cuerpo, la carcajada es prolongada al abrir mis ojos y ver tu pasmada cara atestada de asombro.

Tu imagen desaparece paulatinamente a cada espasmo de risa, desatas tu locura en lo zaguero de tu recuerdo, clavas tus uñas en mi pecho descubierto intentando resquebrajarlo pero ya no existe anatomía de memoria, no hay sufrir en el desgarro de mi piel, solo hay frenesí en la desaparición de tu hedor, tu presencia, de tu existencia. Esbozas un grito mientras hasta tu último cabello termina en desaparecer. Recupero el aliento y echo un suspiro, frunzo los labios y atino a matarte para siempre…