Estos son los mismos pasillos que alguna vez recorrimos juntos, agarrados de la mano, agarrados por la cintura o amarrados por los labios. Aquí la vida se ha podrido, mi vida ha desaparecido para dejarme pistas asfaltadas en la tierra que dejamos huellas. Me quejo, me quejo y me lloro. Me lloro y mi sal disuelta sala la nueva comida que no cocinaste tú. Me mato dos veces porque no hay vida después de la muerte.
La calma ha vuelto porque eres un remolino de emociones, las calles silenciosas han decido florecer a pesar de tu ausencia. Las calles siguen llenas de cristianos y evangélicos luchando por saber quién es peor, las calles siguen oliendo a basura acumulada y tus ojos siguen siendo canicas que sonríen.
Tus ojos ya han perdido la cafeína que alguna vez intoxicó estos pasillos, tu cuerpo se ha convertido en la moneda estándar del rencor. Ya estos pasillos han desaparecido y le dedico estas palabras al asfalto que lo reemplaza, a la mezcla mal hecha, fracturada y calentada. Le dedico mis palabras a esos recuerdos que ya no son recuerdos, nunca vividos y siempre sufridos, excusas de dolores.
Adiós (como sabes que significa tú).