La noche interminable corresponde a tu tez dormida,
es consecuente con la línea de luz que roza tu cadera,
es diminuta,
perceptible al amor de puertas abiertas.
Debo comunicarme desde la cercanía,
desde el calor y el hálito,
y cantar,
y romper todas las cuerdas
mientras se muerden las frutas,
lanzar el canasto al piso
y ordenar de a pocos los colores.
Amerita acaso
saborear las formas iniciales de tu pecho
e iniciar la siembra,
revolver la tierra de tu vientre y germinar.
Acabado el acto de la noche,
duermen los óleos y los pinceles,
ya los pétalos se cierran,
amanecerá pronto
y volveremos a esa juventud fugaz,
vivos
e invencibles nuevamente.