Tras el bramido horroroso de una cruz negada
se yergue la cúpula de las cúpulas, única en su género,
bajo la sombra de mil túnicas blancas.
Hay humo en la frente de todos los hombres de la tierra,
gris etéreo que se concentra en el límite del cielo,
la cúpula mayor,
incontrastable.
Por alguna razón el sol apacigua el bramido inicial y lo transforma,
lo convierte en el cántico liviano y piadoso de una voz madura,
sean quizá los rezos de algún pueblo,
sean quizá las esperanzas por algún consuelo,
o quizá solo la práctica de miles de años empolvados en oración.
En el refugio de los ausentes descansan huesos foráneos,
absortos,
todavía tibios pero no por la muerte acaecida,
todavía tibios pero no por los hálitos subsecuentes.
El ocaso más cálido no retiene la vida.
Amén.