He caminado por tantas calles, pero es la primera vez que veo esta pendiente. Tan gris, tan solitaria, insegura y desesperada. He caminado por tantas calles, hemos caminado por tantas calles y hoy sueltas mi mano. Lloraste y me diste un beso, te despediste. Adiós.
Ahí me quedé desconcertado, viendo cómo subías la pendiente. Una cuadra y lloraste, dos cuadras y gritaste, te vi odiarme a lo lejos. Te vi subir la pendiente mientras reías y saltabas de algarabía. Te vi entrar a una casa y salir despeinada, te vi entrar a otra casa y salir desesperada. Te vi llegar a la cima. Tan arriba que te perdí de vista.
Te perdí de vista y regresé por las mismas calles que caminamos una y otra vez, di vueltas por toda la ciudad buscando calles donde no nos hayamos besado. Recorrí la ciudad buscando donde comer y noté que habíamos visitado todos los restaurantes. Preferí no comer. Busqué lugares que no habíamos visitado antes y caí en un bar. Dos o tres cervezas amargas y horribles. No puedo más.
Caminé de madrugada al azar por estas calles que solíamos recorrer. Terminé en el mismo lugar, aquella pendiente tan gris, tan solitaria, insegura y desesperada. Me senté, por fin, a llorar tu ausencia. De pronto, te vi descender la pendiente y cruzamos miradas. A paso lento pero firme, descendiste la pendiente, te acercaste cada vez más y más. A una cuadra de mí, sacudiste la mano para despedirte a la distancia, entraste a una casa, prendiste la luz y me mandaste un beso por la ventana. Apagaste la luz y nunca más supe de ti.