El autobús de la vida

Les contaré mi experiencia en esta extraña estación de autobuses. Éramos un enorme grupo de contemporáneos, entre los 16 y 17 años, podría resaltar una incertidumbre generalizada. Me incluyo, sabía que existía esta estación, sabía que alguna vez tenía que estar aquí pero no comprendía cómo actuar o a dónde nos dirigíamos. ¿Es esto normal en la vida?

Una vez en la estación, no pasó mucho tiempo hasta ver como algunos grupos se formaban para charlar y compartir risas por un momento. Identifiqué diversos grupos, como aquellos amigos que se notaba que se conocían de toda la vida, aquellas parejas tímidas que empezaban a coquetear, los chicos que empezaban a prender un cigarrillo y aquellos que simplemente estaban sentados uno al lado del otro sin decir ni una palabra. ¿A qué grupo debería ir? ¿Debería ser de aquellos que resalta con tan solo su presencia o debería pasar desapercibido? ¿Es que acaso tú tienes una sugerencia? No había letreros o señales que explicaran a dónde debíamos dirigirnos, pero había muchos buses esperando. Era evidente que debíamos subirnos a estos. ¿A cuál? La incertidumbre era generalizada, nuevamente. Pero debo comentar que los autobuses eran diferentes. Había aquellos tan sofisticados y modernos, que más parecían buses elegantes de turismo y sus pasajeros subían cómodamente para empezar a acomodar sus asientos, abrir sus bebidas y enrumbarse a donde sea que estuviéramos yendo. Había también buses que no tenían nada de especial, asientos duros, sin ventilación y stickers de «pague con sencillo». Ingresé a uno de estos buses más del montón. No elegí el bus, pero por lo menos tuve tiempo de elegir dónde sentarme. Pasaron algunos minutos y simplemente éramos un grupo de chiquillos tímidos sentados en un autobús que no escogimos y no sabíamos a dónde nos dirigíamos. Partimos, y este momento fue el que realmente me impactó. Arrancamos y por la ventana podía verse cómo corrían tras nuestro algunos chicos, gritando desesperadamente que nos detuviéramos, implorando por un espacio. Vi cómo un chico alcanzó a tocar la puerta del bus, mientras agitadamente imploraba que nos detengamos. Durante esos 10 o 15 segundos, solo alcancé a cruzar miradas con otros pasajeros y realmente no sabíamos qué hacer. La verdad es que sé que no había nada que podía hacer. Los buses ya habían abandonado a quienes se quedaron atrás y podía aún escucharse llantos, gritos y maldiciones.

La tensión inicial desapareció progresivamente a medida que el viaje se desarrollaba y comenzamos a conversar, compartir y divertirnos. Abrieron una botella de alcohol en el asiento trasero, prendieron un cigarro y muchos se atoraron al intentar fumar, bailamos y jugamos. Éramos un grupo de jóvenes que descubría la diversión juntos. Estábamos tan contentos de viajar porque viajar siempre es agradable, no importa a dónde. Al caer la madrugada, estábamos agotados y el silencio predominó. Recuerdo a esta persona, tan amable, carismática y graciosa que se sentaba detrás mío. Planeamos seguir viajando juntos y pasar la vida en un autobús. Nos abrazamos y pude sentir la calidez de otro ser humano por primera vez en mi vida, mi piel se erizó, mi columna vertebral se congeló y creo que amé. En medio de la madrugada, abrió la ventana y muchos despertamos al sentir el viento ingresar violentamente. La persona detrás de mí se paró de su asiento y simplemente se tiró por la ventana. Nada más, simplemente dejó de estar presente. Nadie vio su cuerpo impactar con el asfalto, nadie escuchó gritos, quejas o gemidos. Se fue. Y nuevamente, nos miramos sin saber qué hacer, nos miramos sin comprender qué sucedía. Algunos ni despertaron. Se fue. Alguien cerró la ventana y encontré una nota en el piso que decía «Nadie sabe a dónde va». No se equivocaba.

El autobús paró un momento. Bajamos para estirar las piernas y tomar un poco de aire. Nada especial. Subimos nuevamente y arrancamos, el autobús se encontraba con menos pasajeros que al inicio. Desde la ventana pude ver cómo algunos decidieron no subir y se quedaron viendo cómo partíamos. Probablemente, lo más triste al momento de partir nuevamente, fue ver como un grupo no subió por ir a comprar una botella de alcohol.

Ya no sé a dónde vamos. No sé si alguna vez este autobús se detendrá, si debería tirarme por la ventana en pleno viaje o si debería sentarme al final para beber. Si debería descansar y dejar que el viaje continúe. No sé nada y no sé si es normal no saber.

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