Hay textos que se escriben desde el fondo del corazón, con toda la inocencia que el amor permite y todo el pecado que la pasión solicite. Hay otros textos que son escritos con las tripas y el amargo más profundo, listos para devorar salvajemente al lector y vomitar caóticamente la rabia acumulada. También están esos que son lágrimas sobre tinta para dejar bien en claro que la tristeza los ha consumido y vagan por el mundo con la mirada en los pies. Este, es un texto desde la inseguridad, de la duda, de la incertidumbre y un poco del dolor.
Aquí, entre líneas, se esconde mi intención de gritarte lo que siento y quiero que tu también pongas todo lo que quieres decir. Sin embargo, no me atrevo a confesarme. ¿Qué pensarías de mí? ¿Cómo reaccionarías? Espero no delatarme con mi lenguaje corporal, espero no descubras que hay dentro de mí. Entonces maquinaré un plan para esconder todo esto. Lo esconderé y deberé controlar mi sonrisa, mis pasos, mis palabras y mi mirada. Monitorearé cada minúsculo movimiento y añadiré un chequeo doble a cada acción que pueda realizar. Ya me siento tan cansado de solo pensar qué debo hacer y acabo de darme cuenta que tal vez no vuelva a verte, que no volvamos a conversar, que no habrá más café y cigarrillos juntos.
A lo mejor debería escribirte y contarte que necesitamos vernos, que necesitamos conversar. ¿Y si dices que no? Yo no podría soportar esa humillación, me derrumbaría al saber que no me quieres ver. ¿Y si aceptas? Sería una bendición, pero corro el riesgo de maldecirme con alguna tontería mía.
He decidido comunicarme contigo. No tengo ni más mínima idea de cómo empezar. ¿Qué decir? Al diablo todo, ni soy tan importante para ti.