Del otro lado del corredor permanece el reflejo,
el mismo quiebre y resplandor esquivo,
en el centro el rostro de los ritos oscuros,
la silueta deforme del no cuerpo,
no hay piso para ese gran cañón infinito,
o ese mirar sombrío desde el frente.
–
Atado a cuerdas somníferas, los ojos resisten,
no cerrados, desaparecen.
Llamo a las imágenes contrapuestas de mí
sin que sea posible esa respuesta,
permanezco general, extenso e infinito,
soy yo sin serlo
la imagen posterior
reflejada en mí
sin mí,
soy la rendija del otro lado del rito,
perenne, no roto,
final.