Ya pasaron 200 años desde la proclamación de la independencia del Perú y no nos ponemos de acuerdo de qué significa eso. Las celebraciones abarcan desde los tradicionales desfiles o bailes, hasta afirmar irracionalmente de que este es el mejor país. Por otro lado, otros claman que no hay nada que celebrar y nos quedamos inundados en las quejas que puedan vociferar. De cualquier modo, con todos los conflictos sociales y políticos, este territorio llamado Perú puede sentirse orgulloso de lo que posee y su cultura.
Son 200 años de la mano de un presidente tan improvisado, que me recuerda a los estudiantes de secundaria que olvidan la tarea y llenan sus cuadernos de cualquier clase de texto con tal de aparentar haber realizado algo. Pero ahí está. No sé si llegó de casualidad, con fraude o porque realmente es el clamor popular. ¿Qué mas da? Llegó e hizo chillar a tantos grupos políticos y generó (queriendo o no queriendo) la polarización de todo aquel que pueda teclear sus opiniones.
Ya llegamos a este punto de la historia y seguiremos peleando entre nosotros porque fulanito votó por tal candidato cuando zutanito era el empresario ideal. Discutiremos, por años, hipotéticos escenarios en el que el economista de renombre ganaba y transformaba el país. Debatiremos, irracionalmente, sobre si pudo ser mejor que nos gobierne la mafia o algún otro personaje. Nos tiraremos basura, nos repudiaremos, culparemos a la prensa y a los ignorantes. Al final, solo nos preocupará buscar culpables. No será diferente en otros 100 años.
Embriagados de peruanismo, la resaca será tan dolorosa. Nos dieron esta patria, de las tantas que existen, tan solo para destruirnos.