Frente a mí se extiende una calle vacía, todas las casas tienen solo un piso y no hay almas que se asomen por nuestra ruta. Vamos caminando y me siento nervioso. Estoy nervioso porque, por primera vez, me atreveré a coger tu mano para caminar juntos. Esto no es como cuando eres adolescente y estás inseguro hasta de cada paso que das o del color de tu pantalón. Pero sí que se siente así, sí que siento cómo mi corazón sale de mi pecho con cada palabra que pronuncio. Es momento de arriesgarme, cogeré tu mano y finalizaremos nuestra ruta juntos.
Un paso más, un chiste más, un comentario más. Al diablo el frío, al diablo la inseguridad. Cogí tu mano, tan pequeña, suave y delicada. Sentí que el alma se me había salido, sentí que el corazón se me detuvo y sentí el tiempo congelarse junto con el viento que soplaba. Aquí seguías, a mi lado, como si nada hubiese pasado pero tácitamente aceptando mi mano, entrelazando tus dedos con los míos. Luego de diez pasos, una sonrisa cómplice, calles más adelante, un beso de tus labios. Días mas adelante, muerto de incertidumbre.
Aún recuerdo tus frías, pequeñas, suaves y delicadas manos. Sentí que te protegía del frío. Sentí que, por un minuto, yo podía ser algo para ti. ¿Podría ser tu felicidad por unos breves minutos? Concédeme una caminata por esas mismas calles.
Hoy me quedaré recordando esa misma calle y ese mismo frío de la compañía de un cigarrillo, de otro intoxicante placer que, espero, alivie mi angustia. Quiero que me dejen morir en este humo y con este recuerdo en la cabeza, para resucitar en un beso tuyo a las 10 p.m.