Don Mario era un restaurante a una cuadra de la universidad. Era un restaurante pequeño, con unas 5 mesas y un televisor viejo. La primera vez que fui, fue un martes de clases al medio día. Me llevaste porque dijiste que la comida era buena y no te equivocaste. Desde aquel día, se hizo rutina nuestra ir a almorzar ahí. El menú era lo mismo que en todos los restaurantes de la zona, una sopa y segundo. Como frecuentábamos el restaurante, siempre recibíamos un vaso extra de refresco de sobre, aún lo vendían en aquella época.
Don Mario dejó de ser un restaurante para mí desde aquella tarde de otoño en que te vi sentada con una mirada melancólica y fija en el plato de sopa. Supe que la nostalgia devoraba tu corazón, entendí que la distancia de los que amabas mataba tu alma, pero que los deseos de cumplir tus sueños retenían las lágrimas en tus ojos. Fue en aquella tarde que pude coger tu mano bajo la mesa, mirarte a los ojos y decirte «Estoy aquí para ti», me miraste a los ojos y por fin salió una lágrima, salió una lágrima que desbordó en un llanto de desahogo, eso era lo que necesitabas. Dejar fluir todo aquello que retenías en el corazón, llora mi amor, beberé de tus lágrimas y te daré la calidez de mi joven corazón.
Don Mario fue el escenario de tu primer llanto a mi lado, me mostraste tu corazón y pude exponerte el mío. Te dejé todos mis besos y te dejé toda mi alma. Me diste tu corazón acompañado de los apuntes de las clases, me diste tu corazón envuelto en chocolates y gotas de lluvia. Nos fuimos por caminos distintos, me quedaré con esa sonrisa que iluminó mi universo, me quedaré con esos ojos cafés tan grandes que, de solo verlos, siento que caigo en todos los recuerdos. Llévate mi sonrisa, mis cigarros y mi alma. Gracias por las experiencias.
Don Mario cerró hace 3 o 4 meses, hoy pasé para una asunto burocrático y me encontré con una maquinaria que terminaba de demoler todo el local. Aquel terreno se convertirá en otro edificio más que albergará nuevos negocios. Aquel escenario de nuestra juventud quedó hecho polvo, no volveré a besarte, no volveré a abrazarte, jamás jugaremos bajo un árbol y nunca más comeremos sopa de quinua en Don Mario.
Adiós, corazón. La juventud queda en esos escombros que unos obreros trasladan a un camión. Nuestro amor juvenil es un polvo que recorre oscuros pasajes donde solíamos besarnos. Adiós, corazón.