Recuerdo la tarde en la que el cielo se convirtió en un lienzo en blanco. Recorrí unas cuadras, me llené de nervios por la emoción. Saber que eso fue una realidad era mi paleta. Partí con una capa de color sonrisa y color amabilidad. Pasaron las horas y había suficiente alegría en este cuadro, había que pasar a otro color.
El azul noche empezaba a posarse por lo que tuve que colocarlo en mi cuadro. Como el azul me puso triste y frío, puse un poco de color abrazo. Estaba tan inseguro de añadirle color beso. Los colores no deben usarse aleatoriamente o al criterio de cualquier principiante, sin embargo, yo solo experimentaba con esta paleta y pensé que sería una buena idea. Lo fue y entendí que existe un abanico de colores beso. ¿Cuál de todas estas tonalidades debería usar? Entendí que yo conocía dos o tres, en esa noche encontré unos diez más.
Un fondo azul es invadido por el calor de un abrazo, un punto color beso empieza a extenderse. Se calentó el lienzo. No puedo agregar más, me invade un temor de arruinar el cuadro. Empiezo a poner en duda si el lienzo debería agradar a quienes lo observen, o si quien debería sentirse cómodo con esto seríamos nosotros. Mis dudas tambalean los cimientos de aquello que se da por establecido, este lienzo es nuestro a partir de ahora, este lienzo se llama felicidad.
Gracias por dejarme pintar el cielo.