Era una mañana a principios de febrero,
vaticinios de un pronto Adiós.
Cielo roto en gotas grises,
bancas húmedas de dolor.
Parque tétrico y ajeno,
escucharías el crujir de mi corazón.
Árboles llorando sobre mí,
ocultando mis lágrimas a los demás.
Una llamada anticipada,
traía la desdicha por venir.
Tristeza y resignación,
al oír su voz.
Decía «lo siento» por tanto dolor.
Me pedía perdón,
por no tener más amor.
Sentía sus lágrimas caer,
cual cascada de desamor.
Cada fibra de mi cuerpo se rompía,
mi pecho se inundaba de agonía.
Sentía como el alma se me hundía,
con cada palabra de despedida.
Sostenía las lágrimas,
en fuerzas sobre humanas.
No la vería nunca más,
ni por las noches, ni en mis mañanas.
Mientras ella se alejaba,
mi ser entero se despedazaba.
A partir de hoy el silencio será,
nuestro recuerdo.
Te llevo siempre en mi piel
y en el corazón.
Ya al fin pueden descansar,
mis cansados huesos.