Son los últimos días del año 2020 y hoy me encuentro escribiendo un pequeño texto, sentado en uno de los escritorios de mi habitación, la luz un tanto opaca, no me interrumpe la mirada, una taza de café al costado izquierdo y unos cuantos documentos que reclaman mi atención, un poco de lluvia para ambientar y recordar el frio de la calle, los pasos de mi madre por el pasillo y un poco de música actual para recordar lo acontecido.
Algunas fotografías en el escritorio, un par de bolígrafos y mi celular esperando la llamada de mi amada, la oscuridad que me rodea y una casaca en el espaldar de mi silleta si es que tengo que acudir a alguien.
La pasión por la escritura no se me termina, aún extraño esos pequeños recitales en los diversos cafés de la ciudad, alguno que otro bar y nuestras reuniones periódicas con el Búho, un grupo de amigos literatos que se encargan de ponerle sentido a la vida.
A pesar de no encontrarme recitando a causa de esta pandemia, la imaginación se me viene a la cabeza y alguno que otro recuerdo de años pasados, mi pasión por la escritura no se me termina, pero un pequeño cosquilleo en la palma de las manos me señala que termine este párrafo.
Pues en el siguiente, haré recuerdo de aquellos cafés en el que solíamos degustar con un buen espectáculo de literatura o quizás ver a los amigos compartiendo su arte con los bohemios, muchos de ellos lectores de diversos géneros, desde filosofía hasta fantasía, pues todo texto cae bien para el cerebro.
En medio de la noche, un poco de imaginación, la lluvia no para de caer, algunos recuerdos negativos quieren influenciar en mis sentimientos, pero el pensamiento es dominante y pide un poco de imaginación.
Es así que el futuro es incierto, pero el soñar no puede estar de más, aquel anhelo por volver a recitar, compartir el arte con los demás y escuchar nuevamente el sonido del aplauso. Un tono de melodía para los oídos y la audiencia disfrutando lo leído.
El café está por cerrar, los amigos que se abrigan y se ponen sus chalinas, gorritos de colores y casacas de polar; veo por ahí al dueño del local feliz y sonriente, las personas sin mascarillas caminando libremente, pues la pesadilla de un virus mortal fue solo una ilusión.
Regresando a la realidad, es hora de cerrar este texto, es tarde, casi media noche, los ojos parpadean de cansancio, el trajín del día exige al cuerpo un descanso después de haber estado todo el rato en vertical, la cabeza extraña la almohada en el cabezal, y el cuerpo deseando sentir la suavidad del pijama.
En esta noche no escribiré más palabras, solo sé que fue un año controvertido, de mucho aprendizaje, de reflexión, donde los sueños así como los recuerdos y aquellas realidades, están sujetos al simple hecho de la voluntad.