En una caja de zapatos he empezado a guardar los recuerdos de mi vida. Desde aquella piedra azul que encontré en el mar en las vacaciones con la familia, hasta la tarjeta de cumpleaños que recibí este mes. Eventualmente, la caja se llenará o se romperá por la excesiva carga y habrá que reemplazarla y es a lo que me dedicaré hoy.
Encontré en la calle una caja más grande y comencé a vaciar la caja de zapatos un poco rota. Ahora, la nueva caja guarda mis recuerdos de modo que me deja espacio para guardar más. Por alguna razón, empecé a guardar poco a poco aquello que no me traía buenos recuerdos, como la cuenta del restaurante en la que discutí o el reloj que te traje como regalo y no aceptaste. Los meses empezaron a pasar y la caja empezó a llenarse, las esquinas afiladas de algunos adornos y palabras empezaron a cortar el cartón de la caja. Guardé los gritos y los insultos en la caja, pero la caja siguió partiéndose. Quise poner mis lágrimas, y entonces recordé que eso solo arruinaría el cartón permanentemente. Tampoco quise limpiarme las lágrimas porque no quiero lavar mi pañuelo, así que dejaré que se sequen mis mejillas. Si mi piel se raja un poco, no es molestia, a algún lado debe ir la sal del dolor.
La caja empezó romperse más y más, la reparé con cinta de embalaje, pero llegó un día en que reparaba una pared y al día siguiente se complicaba el problema en la otra. Los recuerdos siguen acumulándose, y la caja ya no entra en el armario, debajo de la cama o en el estante de mamá. La caja colapsará uno de estos días, y estoy seguro que mis recuerdos quedarán tirados en el piso de cualquier habitación, serán barridos hacia el patio y solo tendremos que esperar que la lluvia lo limpie, o la baldeada del próximo fin de semana.