El escenario de nuestros besos era una calle llena de tierra y polvo. Nuestras despedidas duraban 10 o 15 minutos, mientras la noche caía en forma de luna llena. Una atmósfera llena de gases helados rajaban mis labios y solo quedaban humectados por tus besos. Un breve descenso de temperatura invadía mi espalda, y tus manos tibias calentaban mi piel para devolverme el calor necesario. Tu vida se hizo mi vida por unos meses y ahora ya no sé quién eres. Ahora ya no hay nada de lo que podamos hablar. Hoy, cinco kilogramos de papeles invaden tu día a día, aplastando las fotos de nuestros viajes y tus sueños de felicidad. Ahora el brillo de mis ojos enamorados queda opacado por la distancia a la que nos ha tocado vivir.
El escenario de nuestros besos era una calle llena de tierra y polvo, a un costado del parque infantil y cerca de nuestro restaurante favorito. Dónde la melancolía recolectaba fotografías para usarla de inspiración años después. Una calle que fue testigo de la primera vez que nos tomamos de las manos, que me fui molesto por una tontería y cuando acordamos nunca mas hablarnos.
Hoy pasé por la calle llena de tierra y polvo, y no tenía ni tierra ni polvo, ni amantes, ni parque o restaurantes. La vida se nos fue en estos años y se llevaron los recuerdos del amor juvenil. Se llevaron nuestros besos al frente de tu casa y se llevaron nuevamente, un pedazo de corazón.