El Perú es su gente,
sentencias,
y es cierto porque
nosotros definimos las cosas,
nosotros alzamos la vista
y gritamos ¡Huascarán!,
al ver su pico abierto en búsqueda del cielo,
nosotros caminamos
y descubrimos nuestros pasos,
esos que antaño forjaron los caminos,
Qhapaq Ñan, la gran serpiente del mundo;
fuimos nosotros,
su gente sudorosa que contuvo el mar,
la arena de sus playas,
la misma gente que lloró por las orillas,
por las rocas,
la que luchó contra los yugos
y resolvió las ataduras,
la que persiste en pie
incendiando jaulas,
bebiendo del agua dulce de los mayus,
rezándole a las q’ochas,
a los apus tutelares;
de algún rincón nacimos nosotros,
unos del yuyo verde y sincero,
otros del sol y del oleaje,
hijos de Grau,
de las vidas que perdimos,
de la espuma y el orgullo,
del mar, la tarde,
la calma del Pacífico;
otros más bien alumbramos
de la tierra,
de la sed de nuestras pampas,
de las espinas pétreas que punzan
las nubes
y se mezclan con los cóndores,
de la nobleza
de la Pachamama,
del maíz y de la papa,
venimos también del polen,
de la lúcuma y su esencia,
somos cantuta y pisonay,
y florecemos siempre,
somos semilla,
fruto.
Llegamos de un solo lado,
pero también de varios,
crecimos de Caral,
de sus lejanos misterios,
fuimos siempre una mistura,
un perpetuo mestizaje,
nos hincamos bajo los mismos dioses,
Viracocha,
bebimos del fuego
y de la chicha,
cubiertos de textiles imposibles,
fuimos síntesis
de una sola memoria,
Wari,
quechuas, chankas y yungas,
fuimos todos Pachaquteq,
bañados de oro
y bendecidos por el Inti,
nuestra gloria es nuestra historia,
el sendero
por el que brilla nuestra sangre,
la patria,
la esencia de todos los rincones,
Amaru,
Melgar,
el sinfín de todos nuestros
nombres.
El Perú es su gente,
sentencias, sí.
Nosotros.