Qosqo

La noche está hermosa.

Desde una banca de la Plaza Mayor
puedo ver tus calles
y tus casas
junto a los faroles naranjas,

el puchito infaltable
y el friecito
me hacen quererte,
no sé,

quizá porque me has visto crecer. Me es inevitable reafirmar lo que son cada uno de los rinconcitos por donde te estuve, y tu gente, qué bonita tu gente. Dos nombres llevo grabados, la Doña Rosita y la Sra. Blanquita, con el permiso de los que –como yo- nos escapamos para nuestros picantes. Sinceramente te respeto, porque así me enseñaron mi madre y mi abuela, a querer tu pachamama, siempre, para todo en la vida. Bajo ese tu cielo cambiante tuve nostalgias y muchas alegrías, son testigos mi familia, el colegio, los amigos, y el Cienciano del Cusco. Siento temor –a veces- cuando al mirar tus imponentes piedras reparo en que son sagradas, como la vez en Machupicchu a las orillas del Urubamba, solo y de noche. Tenía toda la razón el Cholo Nieto, Qosqo willkaskan sutiyki (Cusco es tu nombre sagrado).

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