El solo pronunciar la palabra mágica “Cusco” es sinónimo de alegría y júbilo de recuerdos invaluables de mi loca y aún no esfumada juventud. Rememorar su tradición y su cultura es una fiesta y por que no llamarlo hasta un cargo patronal en el hipocampo del cerebro. Cada lugar hermoso y seductor a los sentidos de esta tierra linda, alberga reminiscencias que serán imposibles de desvanecer.
Memorias como las salidas nocturnas de bohemia en el Mirador de San Blas, o en la plaza del templo de San Cristóbal, donde atravesabas copas y cigarrillos con grupos juveniles, desde muchachos con los ojos rojos y perdidos en el inmenso cielo gélido, hasta las niñas pitucas sometidas por el elixir del Inkaria, cantando huaynos de Condemayta a viva voz por amores no correspondidos.
Pero Cusco y su magnífica cultura no solamente se extiende a su capital, sino a sus bastas provincias reticuladas de encantadores y originales costumbres. Así asoma a mi mente, las noches acomayinas, donde los muchachos rodeados de amistad, amores y aguardiente, salían de madrugada por las calles para contagiar su algarabía juvenil con su tradicional “pichuichada”, donde entonaban estribillos pícaros para entretener a los espectadores e invitar tentadoramente a escaparse a los hombres casados, para reunirse y compartir bebidas espirituosas al final de la noche fría en el templo de Santa Bárbara y culminar su ronda dividiéndose en dos bandos de mujeres y varones para mojarse en la pileta de la plaza principal a razón de los carnavales, luego tener un merecido descanso y retornar en la puesta de sol para finalizar la jornada juntándose en parejas de ambos géneros y derribar el típico árbol emperifollado de serpentinas y regalos coloridos.
De igual modo, como suprimir de la mente, las fiestas de la tierra bravía de Chumbivilcas, siendo específico en el distrito de Colquemarca, donde pasamos tres días y tres noches de incomparable jarana, comiendo y bebiendo al son de bandas tradicionales con pitos y wakawaqras, los cuales anunciaban la fiesta taurina a realizar por la Virgen madre del lugar, tengo que indicar que en las corridas de toros costumbristas del lugar no matan al toro, ni le hacen daño con objeto alguno, más al contrario, quienes deben derramar sangre son los toreros aficionados que entran con sus ponchos rojos y guindas envalentonados por el licor a enfrentarse con las astas filosas del animal, lo cual seria augurio de lluvia y de cosecha fructífera para el pueblo de fiesta. Y es que ver de cerca a la muerte, hace que vivas exponencialmente el presente, por suerte el licor no me arrojó a las fauces feroces de esas imponentes bestias, pero sí pudo rendirme ante los ojos renegridos de una hermosa chumbivilcana, a quien a voz en cuello y con guitarra en brazos trate de impresionar toda una noche, terminando a golpes con otro aguerrido pretendiente, que al parecer estaría tentando suerte mucho antes que yo. Tuve que despedirme de esa hermosa tierra con el ojo morado y jalado de las orejas por mi padre, pero jurando regresar a desafiar al toro más bravo y más temido, para impresionar a la chica hermosa de ojos de capulí.
Y por supuesto, como no rememorar las tierras preciosas de Quillabamba, donde muchos curamos las heridas del mal de amor, en los brazos de una bella y exuberante morena, para luego embarcarnos en viajes a las profundidades de su selva, en busca de aventura y misticismo. Recorrer sus magnificas cataratas mientras maldices el calor infernal por la imperdonable resaca, pero absolutamente nada puede opacar las maravillas que nos ofrece a la simple vista. Emborracharse en la plaza central en polo y bermuda cantando “que lindo es Maranura, que lindo es su amanecer”, endulzando los ojos, con las piernas de bellas musas que espectan ansiosas la hora de ir a bailar.
Son muchas historias y anécdotas impregnadas e indelebles en el corazón, las cuales empiezan con “una vez en Cusco”, que emocionan mis sentidos de una manera vesánica, porque en una sola aventura, puedo sentir el frío ósculo de la noche de Espinar, o el acurrucador calor de Quillabamba, el sabor incomparable de la chicha de jora de Paruro, o la refrescante cerveza artesanal de Urubamba, la calidez del abrazo del amigo de Anta, o los besos ardientes de una Paucartambina.
Y es así que me enamoro de Cusco, de sus maravillas arquitectónicas, de sus parajes, de sus costumbres, de sus fiestas, de su comida, de sus mujeres. Y es que en cada una de ellas guardo en lo más profundo de mí, un recuerdo, una cicatriz, una foto, un beso, un orgasmo.