He tratado de escapar desde que tuve mi primera cicatriz de amor, y en ese intento incesante de evasión, me he refugiado en placeres no tan inocuos, pero tampoco no tan nocivos. El alcohol en muchas de sus presentaciones se ha convertido en un valioso aliado, en un escudo y en una espada para derrotar a un enemigo infatigable que es el amor, porque cada vez que veo unos ojos de color caramelo tornasolado, mi corazón retoza con cierto frenesí y es el licor el único gestor que refresca y desempolva de mi memoria mustia, las mentiras que evocan de esas miradas sentimentales.
También he rechazado en mi ebriedad labios enamorados y salobres por las lagrimas de la tristeza, labios que exhalaban promesas de amor eterno en su intento de súplica por mi efímera permanencia. Labios que en mi retentiva embriaguez rememoran malaventuranzas y que terminan en patéticos sollozos. Y es que en el dulce tormento de la beodez me convierto en un nigromante, en un sagaz e infalible agorero que revela los más oscuros episodios del destino, en un vidente que reconoce la fetidez de la mentira y el embuste.
Sin embargo, este eficaz y preciado socio, va mermando mis básicos y primarios sentidos y claramente va diezmando las oportunidades de encontrar un amor puro y sincero, un amor poético e idílico como salido de las páginas de Benedetti y no las de Bukowski, una que guarde en su retina la inocencia y desentienda de maldad y crueldad, una que obedezca ciegamente a los principios esenciales de lo fundamental de la lealtad y el respeto.
He llegado a odiar y maldecir a este fiel partidario de mi antagonismo, que entre llanto y lamento he renunciado a él por completo, decidido en cuerpo y en espíritu a descubrir valientemente un cariño nuevo, he puesto mi amor y mi confianza a la disposición de unos ojos renegridos y profundos, a unos labios tan tersos y suaves como las de la misma Afrodita, a unos pechos tan sensuales y eróticos que deseas morir en ellos. Tal fue mi devoción por idolatrarla que entregue hasta incluso las cicatrices del amor, entregue al olvido las desventuras e infortunios y me entregue por completo a ella.
Pero el tiempo le daría justicia a mi desdeñado colega de desamores, porque nuevamente volví a caer en mentiras y patrañas, otra vez me veo azotado por la brutalidad del engaño de los labios que juraron amor incondicional y una vez mas me asedia la mirada llorosa con suplica de perdón y reconciliación.
Hoy vuelvo a ti amigo incondicional, a acorazarme de trago en trago y de copa en copa. Ha grabar con sangre en mi indeleble memoria las antiguas y nuevas cicatrices de estas batallas perdidas, y hoy te recibo con los brazos abiertos y una sed sin precedentes para cerrar mis ojos, mis labios y mi corazón de aquellas que osen importunar nuestra sólida amistad. Hoy vuelvo a ti querido camarada con el corazón y las alas rotas. Hoy vuelvo a ti con un hola y al parecer sin un adiós.