El más ínfimo, superfluo y cándido sabor,
la palabra del ciego y el tacto del mudo,
no son suficientes ante tal carnalidad,
pues la sexualidad,
no es más que ese placer intimo,
vendido y publicitado,
encarnado y comido.
Es aquel negocio sucio de los batracios,
escondidos en las cavernas,
y los ruiseñores que no cantan,
atormentados con tal delirio y su encanto.
Las musas y los tríos,
que invocan la malicia,
pues el más sincero corazón,
estúpido en su caricia.
No hay mañanas ni mentiras,
simplemente es un juego y la avaricia.